La noche más oscura VI

Nunca interrumpas la diversión de un demonio, ni siquiera para ofrecer un entretenimiento mayor; hacerlo es la manera más simple de decir “no me importa mi vida, ten; agárramela mientras razono que pasa”

Si Zan fuese creyente se hubiese persignado, pero eso no evitaba que dijese “oh, pobre diablo”

— Aggh— suspiro Cyra, hastiada— me agradan más cuando están vivos, al menos la peste se les irá con un baño.

— ¿disculpe?

— ¿Se puede hacer algo por el mal olor, Zan?

— Este siervo lo desconoce, mi señora.

Cyra quebró su lengua, no está conforme con la situación y el pobre desgraciado frente ella tampoco ayuda, ya que uno no comprendía los límites de su osadía sin convertirse en estupidez. Pero no sería el Demonio rojo quien le enseñase, no hoy.

Arrastrando el arma hasta partir las tablas del suelo, el sujeto lo vio como una advertencia, dando un paso hacia atrás, fue incapaz de sentir el momento en que su cabeza ya no le pertenecía. De un movimiento y con una brutal fuerza, el corte trascendió hasta el muro detrás del sujeto, en una acción tan veloz, solo el siseo del aire y el crujir de los huesos de su tráquea, alertó al resto.

La garganta se convirtió en una fuente de sangre, aun confundida por la decapitación, bombeaba a borbotones a causa del miedo, cayendo a los pies de la mujer, se mantenía imperturbable. No tuvo la intención de cortar un cuello, había agitado su alabarda sin interés. Siendo esta última, sostenida con fuerza, la que emitía un zumbido violento.

El gimoteo de los hombres que fueron salpicados con sangre se escucharon ahogados en su garganta, viendo sus manos, ilusos de haber presenciado una ejecución. Solo podía apoyarse en los estantes para tratar de reaccionar.

En el grupo, fue uno que cedió a lo visto, gimoteando con más fuerza, señalo a Cyra con horror.

— ¡Demonio, demonio!

Con pasos lentos, sus piernas corrieron hacia la puerta de la cabaña, saliendo despavorido. Cyra soltó aire, quitando los mechones de su cara, se situó en el umbral, viendo correr al pobre infeliz, muchos creyeron que le dejaría huir. Pero contrario a sus ideas, el demonio rojo se agachó con lanza en mano y con un tiro perfecto, golpeo en media espalda del hombre, clavándolo en la tierra.

— Qué molestos— susurró, barriendo la sangre de su cara, se giró hacia el anciano convaleciente— ¿en que estábamos?

— …amenazas— contesto envalentonado, de ser posible, se oiría de forma colectiva el trago de la saliva.

— Cierto, ¿Paul? Tu vida no te importa, tampoco la de los otros; me ves a mí y crees que sus pequeñas existencias se apagaran una vez las tenga en mis manos — Cyra se burló, al ver el rostro de Paul, parecía que esa era su idea— pero… ¿Quién dijo que yo me ocuparía de ellos?

El anciano titubeo, y eso basto para que el Demonio Rojo supiese que lo había logrado. No necesito más palabras, con una mirada en dirección de Zan, su fiel seguidor, este entendió que le pedía. Dándole una reverencia, arremango las mangas de su túnica, luciendo en su piel una red de cicatrices, delgadas y largas, que cubrían gran parte de sus antebrazos.

Uno podía encontrarle similitud con las raíces de un árbol joven, claro, si uno era poético; por lo contrario, eran marcas dolosas que extraían el asombro de quien las viese.

Sus colas se agitaron, parecían traer al viento; moviendo sus manos en el aire con gracia y destreza, un murmullo empezó a calar en los oídos de los presentes, un crujido constante y punzante que recordaba el lamento del bosque.

De las penumbras de la arboleda, como una bestia a la espera de ser llamada, erizo la piel de todos, contrario a sus grandes expectativas de una criatura de dientes afilados, solo fueron capaces de vez la hojarasca caída del bosque reptando en el suelo como una enorme bola de nieve.

— ¿Qué es eso? — susurro uno de ellos, incrédulo por considerarlo una amenaza.

Quizás eso era lo que Zan esperaba, cerrando con fuerza su puño, las cicatrices de sus brazos se expandieron hasta los bordes de su rostro, formando una sonrisa traviesa.

El cúmulo de hojas se aumentó en tamaño, y al mismo tiempo que la mano de Zan indicó que bajase, este se estrelló en el suelo, convirtiéndose nuevamente en solo un tumulto de hojas secas.

Ante la mirada de los escépticos, como si de un torbellino se tratase, serpentearon con velocidad hasta alcanzar al hombre clavado por la alabarda, a distancia parecía que cubrían su cuerpo, ¿pero por qué desaparecían las hojas secas? Los gritos ahogados del hombre revelaron la razón, una mezcla de desesperación con un agudo dolor.

La hojarasca se reducía a pedazos tratando de introducirse por los orificios del infeliz, trozos grandes para los ojos, diminutas, cuál agujas; en los poros de la piel. El hombre conoció el dicho “relleno como un pavo” de una nueva forma.

Tal era el dolor en su carne que no distinguió cuando la alabarda fue extraída de su espalda, por este mismo cúmulo de hojas, que actuando como un ser de un cuerpo, se arrastraron a la entrada de la cabaña. Estirándose para dejar en el suelo, el arma, con suma delicadeza. Gateando hasta los pies de Zan se colarían en el cuerpo del hombre muerto.

A diferencia del escándalo amortiguado de fuera, un cadáver no presenta alguna queja, pero el sonido ¡oh, el sonido! A uno podía recordarle el movimiento de una colonia de cangrejos, o el paso de un nido de cucarachas, era repetitivo y plástico, que tomaba forma al meterse bajo la piel del muerto, creando bultos en toda la superficie de manera grotesca.

No existía quejido que lo explicase y eso era lo peor, dejaba espacio a la imaginación, a las pesadillas.

— No solo la muerte será un anhelo— aseguró Cyra, señalando el cadáver— incluso en ella seguirán pagando por tu “valentía” ¿Qué culpa tienen ellos, Paul?

El anciano contuvo un suspiro de asombro, de forma poco articulada, el cuerpo del hombre empezó a moverse, teniendo pequeños tics que expulsaban un par de hojas secas, logro erguirse por completo, caminando muerto, hacia la puerta de la cabaña; donde se arrodilló a levantar la alabarda.

— Monstruo— susurro Paul

— E imagina a estos monstruos invadiendo sus dulces sueños.

Zan dio la orden con una mano, el cuerpo del sujeto caminaría con torpeza sosteniendo el arma y bajo el dominio del lobo, se arrojaría de rodillas frente Cyra, levantando la alabarda por encima de su cuello en completa sumisión. Tan fuerte fue el golpe sobre sus rodillas, que incluso Paul podía tener la idea que el hueso se había roto.

Por fuera, el hombre que intentó huir, yacía inerte en el suelo, su cuerpo fue dominado por el poder de Zan y desde ahí empezaría a emitir unos gruñidos que casi se entendía como palabras.

— Es desagradable, Zan, cállalo.

— ¡Me disculpo, este lobo es inútil! — Zan poso su mirada en uno de los seguidores, todos hasta el momento se habían quedado fijos en su lugar, intentando no ser el siguiente— ¡Tú, ve y mete un trapo a la boca!

El señalado se tambaleó en sus primeros pasos, alcanzando el cuerpo, amortiguaría su miedo mordiéndose la lengua; ya no podía llamarse humano y decir que era un saco de carne y hueso era demasiado. Quizás, su semejanza a las marionetas de trapo, era la más correcta.

— ¿Lo comprendes? — preguntó Cyra, viendo como los demás agachaban su cabeza a la vez— ¿lo entiendes Paul? La muerte no es un regalo en esta ocasión, ni la tuya, ni de los cientos de personas que condenaras, ¿podrás con eso, ver a tu deidad a la cara y explicarle la razón?

El anciano aceleró su respiración, su rostro palidecía ante la mención de su deidad, esto no pasó desapercibido por Cyra, que en un arranque de inspiración, tomo la alabarda y se acercó a susurrar al rostro del anciano. Donde solo podía oírle este.

— Sí, existe; le vi la cara y como me odio por la caída del Cuarto Reino

— ¿Qué…tú?

— Demasiados muertos, su preciosa creación; incluso en la bondad en la que la dibujan, tu deidad juro tomar mi cabeza como pago ¿Qué crees que te dirá a ti? Cuando sepa que eres la razón de una nueva masacre.

Paul se perdió en su mente, sus ojos se desenfocaban conforme su respiración se agitaba más y más. Tenía miedo, verdadero miedo.

— ¡Señora, el cielo! — gritaron por fuera de la cabaña.

Cyra se aproximó a la ventana, viendo como la noche empezaba a oscurecerse, absorbiendo a luz de las estrellas y de la luna; a sabiendas de lo que era, jugo una treta final al anciano.

— Mira, eso Paul, parece que ya ha venido a por ti.

El viejo apenas podía verlo desde su posición, era irreal, pero el miedo ya se había apoderado de su razón; balbuceando con torpeza.

— No tiene sentido, no existe…tal cosa es inútil

— ¿Qué es inútil? Yo lo juzgaré. Habla

— Las moras, la leyenda, los mitos. Nada de eso tiene sentido una vez estén en tus manos.

— Reformularé la pregunta— golpeando el piso con el arma, hablo por cada sílaba— ¿Dónde están las moras Zardan?

De ser posible, los demás se habrían fusionado con las paredes, incluso Zan tuvo que morder el interior de su cachete para retener el impulso de salir corriendo.

Instalando un silencio tortuoso, la claridad pareció llegar a Paul.

— Jajaja, hereje, es eso ¡es inútil! ¡¡ANDA, MATAME, PORQUE ES INÚTIL!!

— Enloqueció— murmuró Zan, ganando una mirada de regaño de su ama.

— Yo diré cuando haya perdido la cordura— Cyra apunto el filo dela alabarda, atravesado el estómago del anciano con esta.

— ¡No me importa! Moriré y explicaré mis pecados, porque esto no tiene sentido, lo que haces es inservible, ¡anda, mata a este viejo cuerpo, que me encontraré del otro lado! Quieres las moras Zardan ¡yo las tuve y no pude hacer nada con ellas, más que beberlas!

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Nota de una autora que quiere avanzar en su historia: Hasta aquí los capítulos de la semana, volveré a publicar los capítulos (uno diario) desde el lunes y ya dependerá si me dan el visto bueno para que aparezca en la plataforma. Hasta la próxima semana, nos leemos