XXXI

La habitación de Fabián parecía otra. Martina se llevaba la mayor parte del crédito, pero no estaba en casa, así que él se atribuyó el logro. Karen luchaba por distinguir algo en un rollo fotográfico negativo. Lo sostenía contra la luz de la ventana y aguzaba la vista entrecerrando los ojos.

–¿Dices que esto es un atardecer? –preguntó ella.

Fabián yacía en su cama, ausente, con la vista al techo y las manos en la nuca a modo de almohada.

–¿Hey? –Karen se puso junto a él y agito la mano sobre su cara para sacarlo de sus pensamientos– ¿Qué pasa?

–Quiero que esta noche te quedes aquí conmigo –dijo él poniéndose de pie con un rápido movimiento y aprisionando a Karen con ambos brazos.

Karen estaba confundida. No tenía ningún problema de que él se quede a dormir en su departamento, pero en casa de Fabián vivían otras dos personas aparte de él. Si salía de su cuarto al día siguiente y se topaba con alguno de los dos tendría que dar muchas explicaciones además de lo incomodo que seria. Quizá Martina no signifique ningún problema. Simpatizaron muy bien desde el momento en que se conocieron. Ese día las entradas en el cine para una película que estaba en cartelera se habían agotado. Fabián y Karen se quedaron a mitad de la fila, pero a diferencia de las demás personas que protestaban por una butaca, ellos prefirieron una opción más agradable. Se fueron a casa de él para ver otra película sentados en el sofá. El punto no era lo que iban a ver, sino estar juntos.

–Martina, ella es Karen, es mi novia –le dijo el muchacho a su nodriza que estaba con la boca abierta y los ojos llorosos.

Se dieron un beso en la mejilla y se sentaron todos frente al televisor.

–Al fin hijo, dejaste de llorar por esa chica que no te quería –Martina no dejaba de ver a Karen. Tenía miedo de que se desvanezca en cualquier momento.

A Fabián se le pusieron las mejillas coloradas. No sabía cómo decirle a Martina que ese no era el mejor tema de conversación. Hasta ese momento los dos habían evitado hablar de su pasado. Por suerte, Karen solo lo miro de soslayo y cambio de tema fácilmente. Escogieron un film clásico, Cinema Paradiso, de entre una limitada lista de opciones. Invitaron a Martina a que vea la película con ellos, pero ella prefirió seguir con sus labores. Tenía en mente preparar algo especial para Ramiro, ya que ella sabía muy bien por lo que estaba pasando. Poco a poco, Karen se fue acostando más sobre el regazo de Fabián, hasta que termino con la cabeza descansando sobre las piernas de su novio.

–¿En serio lloraste por esa chica? –le preguntó de repente.

–Si –respondió él, poniendo cuidado en su tono para que pareciera que no le importaba– ¿Tú nunca lloraste por nadie?

–Claro que sí, es solo que no puedo imaginarte llorando.

–No lo hagas –le acarició la cabeza a Karen entrelazando los dedos con su cabello–, si algún día me dejas, lo veras.

–¿Es un chantaje?

–No, sería algo inevitable, y también aplacaría tu curiosidad.

–Aunque fuera inevitable, no vale la pena.

Fabián comenzó a reírse.

–¿Dije algo gracioso? –preguntó ella tratando de sonar enfadada.

–No sé cuántas veces escuche esa frase –respondió él–. Creo que demasiadas.

–Es una frase común.

–Sí, pero solo la dices cuando no estás dispuesto ni siquiera a intentarlo.

–Intenta llorar entonces.

Karen lo miraba desde abajo y él parecía concentrarse.

–No puedo –dijo Fabián rindiéndose.

Mientras se reían, se dieron cuenta de que se estaban perdiendo gran parte de la película, así que tuvieron que retroceder el video. Esa noche Fabián ya tenía las intenciones de pedirle a Karen que se quede en casa. Tras considerarlo le pareció demasiado pronto así que tuvo que desistir. Además, estaba su padre, que lo tenía amenazado si es que a él se le ocurría agrandar la familia.

La oportunidad se volvía a presentar y Fabián disfrutaba viendo Karen acorralada. Había dejado los negativos a un lado y sus dedos se movían nerviosos. Sería la primera vez que una chica se quedaba a dormir junto a él en su cuarto. Aunque según las historias que repartía entre sus amigos, su cama conocía las formas de varios cuerpos femeninos. Entonces reparó en el hecho de que jamás le había pedido algo parecido a Leticia, al punto de que ni siquiera la había invitado a su casa en oportunidad alguna. Siempre fue él quien la visitaba de forma clandestina, y tan solo llegó a conocer su cuarto.

–¿Que dices, aceptas? –le insistió Fabián al ver la cara indecisa de Karen.

–Está bien –aceptó ella–, será solo por esta noche.

–Y todas las que vengan a futuro.

El resto del día, se la pasaron inventando la historia más convincente posible para que Ramiro no tenga objeción. Martina, flexible como siempre con el niño de sus ojos, se ofreció a cambiar las sabanas de su cuarto por unas más limpias. Fabián se moría de vergüenza. Ramiro que había salido temprano en la mañana, llamó por teléfono para decir que no volvería a casa esa noche.

–Hasta el destino se puso a mi favor –comentó Fabián con picardía.

–Tranquilo querido –dijo Karen con su sonrisita malévola–, de seguro tu padre te hubiera dicho que duermas en el sofá para que yo esté más cómoda en tu cuarto. Sola –enfatizó–. Y pensándolo bien, no me parece tan mala idea.

–No te vas a librar de mí así de fácil.

Sentados en el jardín del patio trasero, a la sombra de un gran árbol de paraíso de hoja menuda, se abrazaban y se daban tiernos besos de rato en rato. Se reían de cualquier cosa, desarrollando ese lenguaje propio de enamorados que solo ellos dos podrían entender. Desde la ventana de su habitación, Martina los contempló por un instante, y tan solo eso le bastó para sentirse feliz por el muchacho que amaba como a un hijo.

–Cuando tenía doce años –le contaba Fabián a Karen que había adquirido un gusto por utilizar a su novio como almohada–, aposte con un amigo a que robaría el sello de aprobación de mi maestro de matemáticas. Lo saqué de su maletín cuando salió de aula y comencé a repartir notas de aprobado entre todos mis compañeros. Obviamente me atraparon. Mi padre estaba furioso, y como era otoño, me castigo haciéndome barrer todas las hojas de este condenado árbol. Cada mañana parecía que no hubiera recogido una sola hoja el día anterior. Martina me ayudaba en todo momento, aunque mi padre le dijo que no lo hiciera.

–¿Piensas en tu madre? –Karen pregunto con una voz tan apacible que Fabián no dudo en responder.

–Sé que un día la volveré a ver.

–¿Y qué harás cuando ese momento llegue?

–No lo sé. Solo sé que nunca me hizo falta como madre.

El cielo no daba tregua. De un momento a otro, negros nubarrones lo cubrieron todo. Otra vez amenazaba, a base de relámpagos lejanos, con dejar caer su furia sobre la ciudad. Unos cuantos pajarillos pasteaban en el jardín apresurándose ante la inminente lluvia. El silencio en el que se sumergieron ambos muchachos era reconfortante. Solo les bastaba sentirse uno junto al otro compartiendo el calor de sus cuerpos. Aun así, una fría ráfaga los obligó a resguardarse dentro de la casa. Solo unos minutos después la lluvia se precipitó sin mesura. Fabián corrió a su cuarto por su cámara y experimentó fotografiando las gotas de lluvia a través de la ventana. Durante la cena Martina lucia preocupada.

–¿Qué te ocurre? –le preguntó Fabián.

–Tu padre no dijo dónde iba a quedarse –respondió Martina con tono afligido.

–Y eso que, ya es bastante grande como para saber lo que hace.

–Hay hijo, acuérdate que yo lo vi crecer como a ti.

–¿Y cómo era el señor Ramiro? –preguntó Karen bastante curiosa.

–Era peor que este chico –Martina recobró algo de su alegría habitual–. Salía con su moto y no volvía en días. El señor Gregorio lo botó de la casa tantas veces.

Fabián había escuchado esas historias en incontables ocasiones y aun no se las podía creer. Su abuelo era un hombre duro, según sabia. Estricto y frívolo como pocos, había expulsado definitivamente de su casa a Ramiro en cuanto se enteró de que iba a tener un hijo. Para ese entonces Ramiro ya comenzaba a organizar su vida y estaba iniciando su carrera. Pero no le importó para nada. Martina se fue con él sabiendo que no podría cuidar al niño que venía en camino.

Discretamente Martina se retiró a su habitación dejando a los enamorados viendo otra película. Esta vez escogieron Réquiem por un Sueño. Fabián sentía como la circulación se le cortaba en el brazo donde Karen se apoyaba. Hizo un gran esfuerzo para aguantar toda la película y no romper la magia del momento.

–Tienes que prestarme ropa para dormir –le dijo Karen una vez que estuvieron en el cuarto preparándose para descansar.

–¿Acaso piensas usar ropa? –Fabián la miraba con ojos gatunos que brillaban en la oscuridad.