XXVIII
Como de costumbre, a las ocho de la noche, Manu cerraba su negocio. El día había estado algo flojo. Fabián y Karen eran los únicos que quedaban en el lugar. Se divertían mirando una revista de manga japonés sin traducir, de las cuales Manu tenía muchas a la venta, mal acomodadas en un pequeño y desvencijado estante de madera.
–Ya nadie en este mundo quiere un verdadero tatuaje –se quejaba sin que nadie pareciera escucharle.
Extrañaba dibujar sobre las espaldas de sus clientes enormes alas angelicales de plumas negras, calaveras llameantes de ojos oscuros sobre los hombros, flores de tallos espinosos y hojas curvilíneas, cruces, estrellas, en fin.
–Ahora lo máximo que quieren es el nombre de alguna estúpida persona –continuó Manu–. Una diminuta flor, una inicial… a este paso voy a morir de hambre.
–Pues si sigues vendiendo algo como esto –le dijo Fabián señalándole la revista– tenlo por seguro. No conozco a nadie que sepa hablar japonés.
–¿De qué hablas? –objetó Karen –se entiende todo solo con mirarlo.
–Se supone que ahora debes estar siempre de mi lado –respondió Fabián y la rodeo con sus brazos.
–¿Y por qué tendría que estarlo? –respondió ella dejando la revista en su lugar,
–Porque yo si voy a estar de tu lado sin importar nada.
–¿Aun cuando sepas que estoy equivocada?
Era casi un jaqué mate. Fabián se quedó en silencio incapaz de argumentar algo a su favor. Solo una cosa le quedo clara: siempre estaría de lado de Karen, porque llevarle la contra era prácticamente imposible para él. Manu los miraba confundido. No podía creer que hace unos días ese muchacho, que ahora abrazaba a una bella mujer, luchaba consigo mismo por realizar una simple llamada.
–Ayúdame –le pidió Fabián a Manu, que se limitó simplemente a reírse y continuar con su labor.
–Bueno si no quieren mis servicios debo pedirles que se larguen de una vez –les dijo con su típico humor negro.
–¿Tienes entradas para eso? –le preguntó Karen señalándole un cartel recientemente pagado en una de las paredes.
–Otra de mis malas inversiones –se lamentó llevándose ambas manos a la cara y frotándose los ojos para espantar el cansancio–. No he vendido ninguna.
Karen y Fabián estaban pensando lo mismo y compartieron sendas miradas de complicidad y gusto.
–Bien antes de que nos eches a la calle, danos dos de tus entradas –pidió Fabián.
–¿Estás seguro muchacho? –Manu lo miro con desconfianza– No es algo de lo que disfrutes.
–Ves ese es tu problema –le reclamó–. Cuando alguien te pide un tatuaje o algo de lo que vendes le sales con cosas como esa. Al final terminas haciendo que a la persona se le quiten todas las ganas comprar.
Karen se reía sola y meneando la cabeza de lado a lado. Se acercó a la pared, liberándose de los brazos de Fabián, y tomó nota del evento. Sería el sábado por la noche y tenía carácter de benéfico en pro de la naturaleza. Los nombres de las bandas que tocarían en el escenario eran difíciles de pronunciar y peor aún de memorizar. Aunque eso no importaba. Karen tenía ganas de ir solo por curiosidad y para salir un poco de la rutina. Manu saco dos tickets de un pequeño talonario que tenía en una de las gavetas de un armario igual de precario que el resto de sus muebles. Fabián se preguntó cómo es que no se había dado cuenta antes de que todo el lugar se estuviera viniendo abajo.
–Son ciento cincuenta –le dijo a Fabián alcanzándole las entradas.
–¿Estás loco? –le gritó Fabián– Aquí dice que cada entrada está a cincuenta.
–Querías que venda ¿No? Ahora no te quejes de cómo lo hago.
Fabián le pidió ayuda esta vez a Karen, quien solo se limitó a poner los ojos en blanco y reírse para sí misma. De mala gana Fabián saco el dinero y pago por sus entradas. Manu tenía una cara de satisfacción que no le cabía sobre los hombros.
Manu ponía el último candado a la cortina metálica que cubría la puerta de su negocio. Fabián y Karen, que ya se habían despedido, se alejaban tomados de la mano.
–Por cierto, Fabián –gritó Manu para hacer que se detengan–, tu amigo Dennis el grandote está en el hospital.
–¿Que le paso? –preguntó Fabián algo preocupado y frunciendo el ceño.
–Es por esa porquería que se meten tú y tus amigos –Manu comenzó a caminar en dirección contraria–. Va a terminar matándolos a todos.
Fabián sintió que los colores se le subían al rostro. Lentamente giro la cabeza hacia Karen que le pedía explicaciones con unos ojos llenos de furia.
–Supongo que hay cosas que aún no te he contado –le dijo Fabián avergonzado.
–Después. Vamos a ver a tu amigo.
De un empujón, como quien espolea a un caballo, Karen hizo que Fabián comenzara a caminar. Se aseguró de mantener un poquito de distancia entre los dos como advertencia de que tenían mucho de qué hablar.
El hospital estaba algo vacío y silencioso. Karen se encargó de averiguar donde tenían a Dennis. Subieron al segundo piso. Era una enorme sala con varias camas cubiertas con cortinas. Alex estaba apoyado en la pared junto a la entrada de la sala. Al verlos acercarse ni siquiera se inmuto.
–¿Cómo está? –preguntó Fabián luego de saludar a Alex con un movimiento de cabeza.
–Sigue siendo un imbécil –respondió Alex. Se notaba que estaba agotado.
–Entonces está bien –dijo Fabián aliviado–. ¿Podemos verlo?
–Adelante. Yo ya me voy. Estoy aquí solo por mi madre.
Entraron y buscaron la cama de Dennis. Era la última de la sala. Al verlos entrar, el muchacho se incorporó un poco quedando sentado en su cama, apoyado en dos enormes almohadones de esponja. Fabián lo vio, con una manguerita conectada a la vena del brazo izquierdo que le inyectaba suero. Traía puesta una bata de color blanco que le daba el aspecto de un fantasma. Su cabello estaba sucio y grasiento y una barba insípida se le asomaba en el mentón. Al verlo así, Fabián se vio a si mismo postrado en esa cama quizá en un estado mucho peor.
Dennis siempre había tenido fácil acceso a todo tipo de sustancias ilegales y fármacos de dudosa procedencia y nombres extraños. Fabián nunca le pregunto cómo lo hacía. Alex tampoco tenía mucha idea. Normalmente andaban juntos, pero los hermanos eran muy diferentes no solo en la apariencia. Aquella vez Fabián estaba tan nervioso, que no le quedó opción más que contarle uno de sus secretos más grandes.
–La verdad es que nunca he estado con una chica –le dijo a Dennis escondiendo la cara. Estaban en casa de Fabián a medio día.
–A ver, según tú te has acostado con todo el colegio –Dennis parecía divertirse.
–Necesito algo –pidió Fabián casi suplicando–, algo que me ayude, no quiero parecer un niño frente a ella esta noche.
–¿Siquiera sabes cómo se hace? –se burló Dennis.
–¿Vas a ayudarme o no?
Dennis saco una pastilla circular de color amarillento de su bolsillo. Reviso el otro solo por si acaso. En ese había todo un arcoíris de fármacos y capsulas, desde aspirina hasta algo de color azul intenso que Fabián prefirió no preguntar que era.
–Sí, creo que es esta –dijo Dennis algo inseguro y dándole la pastilla a Fabián.
–¿Crees? –Fabián estaba furioso, aunque eso era mejor que demostrar que en realidad se estaba muriendo de miedo.
–Si no la quieres devuélvela –Dennis casi se la quita de los dedos–, haz el ridículo con tu novia.
Fabián aparto la mano a tiempo esquivándolo. Se guardó la dosis en su bolsillo y se quedó más tranquilo.
–Tómala justo antes de hacerlo. Te dará energía. Aunque si quieres un consejo trata de pensar en otra cosa.
–¿Qué?
–Si otra cosa, tu sabes para no terminar tan rápido.
–¿En que podría pensar?
–No sé, piensa en… en computadoras.
En computadoras, si claro. Para lo único que Fabián usaba su computadora era para ver escenas de sexo mal interpretado.
Al día siguiente, Fabián lo buscaba como si fuera un fugitivo de la guillotina. Cuando lo encontró estaba sentado junto a Alex, fumando en una banca del parque matando el tiempo en la tarde.
–¿Qué demonios me diste? –le gritó agarrándolo por la camiseta haciendo que se ponga de pie. El muchacho lo superaba con varios centímetros de altura, pero la rabia de Fabián lo compensaba.
–¿Pero que pasa hombre? –preguntó Alex.
–No era yo. Ese no podía ser yo. Yo nunca haría algo así. ¡Fue tu culpa! –a Fabián se le enrojecieron los ojos.
–¿De qué demonios me estás hablando? –Dennis se quedó estático como si no pasara nada.
–Lo que me diste. No sé qué era, pero… –Fabián comenzó a sollozar.
–¿Te refieres a lo que tú me pediste?
–No era yo. No sé quién era.
–Eras tú cuando me pediste ayuda. Eras tú cuando aceptaste lo que te di. Y eras tú cuando te la tomaste. No vengas a echarme la culpa a mí de tus problemas –Dennis estaba tranquilo. No era la primera vez que se topaba con alguna situación similar.
Fabián lo soltó. Se alejó un paso hacia atrás y lanzo su puño lleno de toda la rabia que traía dentro. El golpe le acertó a Dennis en la mandíbula y logro hacer que retrocediera un poco y ponga una rodilla en tierra. Alex se quedó inmóvil. No quería intervenir. El dolor hizo que Fabián tenga que sacudirse la mano y ahogar un grito apretando los dientes.
–Este también soy yo –fue lo último que dijo y se fue dando zancadas.
Ya no tenía rabia dentro de sí. Ahora solo le quedaba la vergüenza, el arrepentimiento inútil y unas ganas infinitas de retroceder el tiempo. Lo peor, y lo que más le carcomía el alma, era que había verdad en las palabras de Dennis, mucha más de la que podía aguantar. Era su culpa. Por más que quisiera cambiar el pasado o buscar responsables indirectos, lo único que era por completo cierto es que era su culpa. Ahora tenía que aprender a vivir con eso y tratar siquiera en algo, de remediarlo.
–¿Qué harás al salir del hospital? –le preguntó Karen a Dennis que tenía un semblante de aburrimiento. Había garabateado unos dibujos en un cuaderno que tenía sobre la cama cerca de sus pies. Fabián se preguntó a quien se le había ocurrido darle eso a él.
–Mi madre me dijo que tuve suerte –respondió Dennis–. Y también me dijo que no pagaría un solo centavo de la cuenta. Cuando le dijeron que era por sobredosis, ella casi añade fracturas de varios huesos a mi diagnóstico.
Se despidieron prometiendo estar cuando le den de alta. Se fueron al departamento de Karen. Fabián le contó todo lo que había ocurrido en esa ocasión y como Leticia lo había perdonado a pesar de todo. O eso creía él. Hubo una larga pausa de silencio incomodo por primera vez desde que se conocían.
–¿Que acaso tú no tienes pasado? –había un tono acusatorio en las palabras de Fabián.
Karen no respondió. Lo tomo de la mano, lo condujo hasta su cama y lo hizo recostarse. Se acostó a su lado y se acurruco entre sus brazos. Se quedaron dormidos en cuestión de minutos arrullados por el sonido de sus respiraciones relajadas, que poco a poco se fundieron en una sola.
Fabián despertó casi a las once de la noche. Le dolía la cabeza y sentía los ojos pesados. Con cuidado, liberó su brazo derecho que Karen usaba como almohada. Se levantó con cuidado tratando de no despertarla. La circulación volvió a su extremidad causando un cosquilleo doloroso. Salió hacia el pequeño balcón que daba a la calle y respiro profundo un aire que olía a humedad y vapor de autos. Marcó el número de Leticia en su celular. No dudo un solo momento. Solo quería decirle una cosa a la chica que fue de lo más hermoso que le había sucedido. Perdóname.