XXV

El cuarto de revelado, totalmente cerrado e iluminado con una luz roja intensa, daban un aire de misterio y ocultismo. Fabián se sentía como en una película de ciencia ficción futurista, a pesar de que Demetrio le menciono que ya eran muy pocos los que usaban esa técnica fotográfica por que la consideraban antigua. Había bateítas de plástico con agua en varios mesones, Demetrio sumergía hojas de papel fotográfico en ellas y las movía poco a poco sujetándolas con una pinza hasta que una imagen comenzaba a aparecer mágicamente. Luego las colgaba con ganchitos como si fuera ropa al sol. Enormes maquina ampliadoras se ubicaban cerca de las paredes, y estantes repletos de botellones llenos de sustancias químicas lucían amenazantes, ya que lo primero que le advirtió Demetrio al entrar al cuarto, era que no se acerque ni toque nada de lo que había en ese sector. Al menos no por ahora. El calor no era para nada agobiante, incluso con los delantales y guantes de plástico.

Fabián se había devorado todo un curso escrito de fotografía, no recordaba la vez que había leído tanto. Luego practicó con la cámara para familiarizarse con su forma y funciones, sobre todo quería recordar que hacía cada botoncito y palanca. Tenía la foto que se tomó junto a su padre y a Martina lista para ser revelada. Vio como la imagen de los tres tomaba forma en un papel que hasta segundos era por completo blanco. La colgó con cuidado de una de las sogas que cruzaban el estudio.

–¿Es tu padre? –preguntó Demetrio acomodándose los anteojos y aguzando la vista frente a la fotografía.

–Ayer cumplió cuarenta y tres años –respondió.

Demetrio lo observó con gracia y soltó una risita socarrona.

–Dicen que los hijos que nacen de padres jóvenes nunca envejecen. No solo traen su juventud encima, sino también la de sus padres.

Para Fabián esas palabras fueron esperanzadoras, pero no sabía si su padre las hubiera recibido del mismo modo.

–Esta me gusta mucho –mencionó Fabián al ver en el negativo una pareja de recién casados corriendo por un prado.

Una vez, recostado junto Leticia sobre el césped recién cortado de un parque, hablaron de casarse. Tejieron ilusiones de ceremonias lujosas en la iglesia central de la ciudad, un salón enorme decorado con adornos de flores y manteles de lino. Las damas con vestidos de gala y los caballeros con smoking y corbata de moño. Comida servida de tal manera que daba lastima comerla y arruinar el decorado del plato. Un pastel hermoso con pequeñas réplicas de ambos en la cima. Leticia vestiría de blanco. Un vestido hecho solo para ella y solo para ese día. Él, en cambio, luciría un traje negro y camisa blanca en perfecto contraste. Una orquesta tocaría un vals que ambos bailarían bajo las luces de enormes candelabros y la mirada atenta de todos los presentes. Una limousine estacionada en la entrada los esperaría para irse a compartir su amor por toda la ciudad. Casi de inmediato, la idea de casarse en una parroquia clandestina, con la prisa por estar juntos y saltarse a la luna de miel como único equipaje, sonaba tentadora. Una decisión solo de los dos, sin tener que responder preguntas ni gastar dinero. Solo importaba el sí que se darían el uno al otro en las buenas y en las malas. El cielo seria su único y mudo testigo y el camino por delante sería el padrino generoso que les regalaba una vida para vivirla juntos.

Al salir del cuarto oscuro Fabián le comentaba a Demetrio todo lo que había aprendido con el texto de su computadora.

–Bien, ya tienes la teoría –dijo Demetrio mientras sacaba la cámara Minolta del mostrador y se la pasaba a Fabián–, veamos cómo te va con la práctica.

Fabián hizo todo lo posible para demostrar que había aprendido algo en serio y por voluntad propia. No pudo hacerlo. La cámara casi se le cayó de las manos en más de una ocasión, confundió la función de los botones esenciales y no pudo abrir el seguro para poner un rollo nuevo de película fotográfica.

–Tranquilo muchacho –dijo Demetrio riéndose–, esto no es algo que se aprenda de un día para otro. No olvides que es un arte.

–¿Un arte? –Fabián había leído eso en el texto, incluso se lo comentó a su padre, pero aun así no lo entendía.

–El verdadero arte está muriendo muchacho –respondió Demetrio–. La mayoría cree que el talento lo es todo. Pero es también la habilidad y la técnica adquirida, lo que hace de una persona un artista. Sin mencionar la dedicación y la disciplina. Y no solo en fotografía, sino en todas las artes. Me refiero al dominio total de tu arte, de tu creatividad y de tu personalidad.

–Creía que un artista hacia lo que quería –dijo Fabián poniendo la cámara sobre el mostrador.

–Eso es un bohemio, no un artista –Demetrio se sentó en una silla de madera tallada desde la que atendía a sus clientes–. Una persona puede ser ambas cosas, una de ellas o ninguna, solo hay que saber diferenciarlos.

–¿Que es el arte para usted señor?

–Una obra de arte hijo, debe ser irrepetible, debe ser irremplazable y debe ser inolvidable.

Fabián se sintió todavía más confundido al punto que la siguiente pregunta le salió como por instinto.

–¿Una persona puede llegar a ser así?

–Nos han dicho que todos somos diferentes. Nos lo han dicho desde niños, pero se han olvidado decirnos que ser diferente a los demás depende absolutamente de nosotros. Formar parte del montón inerte de masa humana es tan fácil como respirar. Así que te respondería que sí, una persona puede ser como una obra de arte. Y una persona así hará grandes cosas.

En un mundo donde el saludo entre desconocidos ya no es obligatorio, Fabián encontró curioso hablar con alguien que tenía tanto que decir. Parecía un hombre forjado con los años repletos de experiencias.

Le enseño paso a paso como debía colocar el rollo de película en la cámara, para que servía cada botón y manija, como debía disparar el obturador y como usar el enfoque. Fabián siguió todo con interés genuino.

–¿Tiene hijos señor? –preguntó Fabián con naturalidad y confianza.

Por segunda vez ese día recordó a Leticia. Aquella vez que desayunaban juntos en un pequeño restaurante y vieron a una pareja con un bebe en brazos de no más de seis meses de edad. Ella dijo que quería una mujercita. Para su sorpresa, él también quería tener una niña. Por primera vez estaban de acuerdo del todo en algo. Hasta que llego la elección del nombre. Ninguna sugerencia de Leticia convencía a Fabián y viceversa.

–¿Cómo piensas en ponerle ese nombre? –vocifero Fabián.

–¿Qué tiene de malo? –pregunto Leticia defendiendo su elección.

–Se burlarían de ella.

–Los niños no son tan crueles.

–Yo lo hacía, y lo haría con ella si fuera niño de nuevo.

Estaba a punto de llevarse un pedacito de queque de naranja a la boca, cuando fue impactado por una tajada de manzana. No tardó en responder lanzándole a su novia una pieza de fruta igual. Comenzaron una pequeña guerra a fuego cruzado en su mesa, hasta que fueron expulsados del local por un mesero.

–Mis hijos ya son padres –respondió Demetrio a la pregunta de Fabián–, no necesitan de mí y yo no los necesito a ellos.

Un señor de baja estatura vestido con una gabardina oscura y zapatos de charol, pidió un protector de rayos ultravioleta para un lente de cincuenta y ocho milímetros. Tal cosa estaba en el último nivel del estante más alto. A Fabián le costó alcanzar el pedido, la escalera no llegaba hasta ahí y sus brazos tampoco. Estuvo a punto de caerse en un par de ocasiones. Entonces se preguntó que hubiera hecho Demetrio si él no hubiera estado ahí para hacerlo. El hombre era demasiado orgulloso, aunque sabía que necesitaba ayuda. Pensó en su padre, y en lo parecidos que eran. Llegará el tiempo en que su padre ya no pueda sostener el peso de la vida sobre su espalda. ¿También él pensaría que ya no necesita más de su hijo?