XXIV
–No te he visto tan feliz en mucho tiempo –comentó la maestra Mérida viendo a Leticia apoyada en el barandal del pasillo frente al aula.
No tenían clases ese día, prácticamente nadie tenía clases. Era una muy poco habitual mañana de media semana. Los estudiantes, en numerosos grupos, deambulaban por el patio central. Bulliciosos y bromistas, se molestaban mutuamente con inocente sentido del humor. Otros buscaban matar el tiempo en algo más productivo. Debatían acerca de algún tema de estudio o aprovechaban para hacer alguna tarea retrasada.
La maestra Mérida iba vestida ese día con un traje entero color magenta, blusa blanca de seda y una bufanda transparente a modo de moño. En la mano llevaba un paraguas que no había tenido la necesidad de utilizar, ya que, si bien la mañana era fría, húmeda y con un cielo encapotado, no había caído ni una sola gota. Leticia en cambio parecía indiferente al frio, con el uniforme de siempre, pero sin un suéter que era común en el resto de sus compañeros.
–Yo la noto a usted algo cansada –le dijo Leticia a su maestra. Su alegría era notoria, con ella escapaba al frio.
–Otro año que se va Leti, es normal estar cansada.
Apenas despertó en la madrugada, Leticia llamó a Diego para contarle que consiguió el permiso sin mucho esfuerzo. No le dijo nada más. Habría tiempo para hablar de eso. Diego no pudo ocultar su emoción. Pegó un grito tal que Leticia tuvo que apartar el teléfono de su oído. Quedaron en verse esa misma noche, a pesar de que faltaban un par de días para el concierto.
–Voy a extrañarla profesora –dijo Leticia con ternura–, usted ha sido la mejor persona que he conocido.
–Estas a punto de iniciar una nueva etapa hija, conocerás a otras personas mejores –le dijo a su vez la maestra Mérida con su modestia característica–. A propósito ¿Ya sabes que harás después del colegio?
Esa pregunta le tocó a Leticia una de sus más sensibles fibras. Había dejado ese tema de lado, o quizá para después. La lista con sus tres opciones estaba entre sus cuadernos y no la había vuelto a ver hace varios días. Su maestra esperaba una respuesta que pase por aceptable, y ella quería dársela. Lo malo es que no la tenía y tampoco tenía esperanzas de conseguirla muy pronto.
–Aún no lo sé –respondió Leticia sabiendo que si existía alguien que la comprendería seria la persona que tenía enfrente.
–¿Cuál es tu sueño más grande? –le preguntó la maestra acomodándose junto a ella en el barandal.
Leticia volvió a ser niña por un instante. Su sueño infantil más sublime era ser bailarina. Se lo había comentado a su madre alguna vez, pero no paso de ser un comentario que Fátima matizo con una mirada severa que decía niña tú no sabes lo que quieres. Con un par de años más, su sueño se convirtió en ser cantante. Tomaba desde el mango de su cepillo hasta un simple bolígrafo y se ponía a cantar junto a la música de sus discos favoritos. Tampoco dio frutos y termino del todo cuando su padre la hizo callar con un espantoso grito, una noche en la que discutía con Fátima. Luego en su cabeza se formó la idea de ser una escritora. Escribía mucho, aunque no le mostraría nada de lo que había escrito a nadie por nada en el mundo. Era algo que le gustaría hacer. Pero no lo contempló en su lista.
–Me gustaría escribir –respondió con algo de duda.
–No te siento muy segura –observó la maestra Mérida.
–Es solo algo que me gustaría hacer en un futuro, pero no sé si lo logre.
Su maestra siempre tenía las palabras indicadas para situaciones como esa. Le enseño unos documentos que tenía en su maletín. Eran de una señorita llamada Varinia. Se vio obligada a dejar momentáneamente el colegio hace una semana debido a que estaba embarazada y se había puesto algo delicada de salud. Leticia sabía muy bien quien era esa muchacha, aun así, considero que no era conveniente mencionarlo.
–Cuando hable con esta chica me dijo que quería ser arquitecta –la maestra esbozo una gran sonrisa– ¿Que chica de quince años quiere ser arquitecta? Pero sabes, cuando me lo dijo, no note ni un atisbo de duda en sus palabras. Si de algo estoy segura, es que dentro de algunos años veré a Varinia convertida en una arquitecta.
–Usted hizo que conociera a grandes escritores –dijo Leticia mientras rebuscaba en su mochila–. Y cuando leía sus biografías no me parecían personas felices.
–Esas personas también tenían un sueño. Y es el sueño que todos tenemos. Buscamos felicidad. ¿Y sabes cuando la alcanzamos de verdad? –Leticia negó con la cabeza, no quería interrumpir a su maestra– Cuando estamos viejos y recordamos el pasado, nos damos cuenta que, en muchos momentos de nuestra vida, por más pequeños y simples que hayan sido, fuimos en verdad felices.
Entre sus dedos, Leticia tenía el papelito con su lista que al fin había encontrado. Lo arrugaba poco a poco apretando el puño.
–Me gustaría enseñar, como usted lo hace. Y también escribiré –Leticia no estaba cien por cientos segura. Pero por primera vez, desde que la atacaron con la misma interrogante día tras día, se sintió cómoda y tranquila con lo que decía.
–Recuerda –concluyó la maestra Mérida antes de despedirse–, pon tu sueño como la meta a alcanzar. Los caminos para llegar a verlo realizado son infinitos. Y también recuerda, que la persona que sueña, y la persona que alcanza ese sueño, deben ser la misma.
Una leve llovizna caía suave y silenciosa. La maestra se alejaba hacia el auditorio cruzando el patio central, sin abrir el paraguas y mirando hacia el cielo. Leticia plancho lo mejor que pudo el papelito arrugado. La primera opción decía: Fabián. La puso pensando en él, ya que alguna vez habían soñado con recorrer el mundo. Juntos, aunque tengan que huir para ello, se prometieron cumplir con lo pactado. En ese tiempo, la sola idea de estar junto a su amado día y noche la tenían convencida. Al verlo de vuelta en su vida a pesar de todo, esa ilusión volvió también. La segunda opción decía: profesora. Le gustaba enseñar. Ayudar a Henry con sus tareas, y en varias ocasiones hacer que entienda lo que le explicaba, aunque no se quedaba quieto ni un instante, la animaron. La tercera opción era: ninguna. No recordó porque había puesto esa opción, quizá solo era el resentimiento que le tenía a su padre. No se refería a ser una holgazana, como le hacían entender las palabras de muchos otros maestros. Quería formar una familia, tener hijos y dedicarse en cuerpo y alma a ellos, como lo hacía su madre.
Rompió la lista en tantos pedazos como pudo y se los guardó en el bolsillo delantero de su mochila. Ya tenía algo claro, y si se equivocaba o tropezaba, solo era cuestión de volver a empezar y seguir hasta el final.