XX

Por petición de Leticia, Diego la dejo a media cuadra de su casa. Al llegar a la puerta vio a Fernanda, sentada en la grada de la acera, esperándola para hacer la tarea.

–¿Se puede saber de dónde vienes? –preguntó con tono autoritario–. Y aun con uniforme.

Leticia sabía que la curiosidad natural de su amiga llevaría una larga conversación, mezclada con confesiones y algo de humor negro, y como siempre, la tarea era lo último en lo que pensarían.

–Fui a dar una vuelta –respondió Leticia– y no, no fui sola.

Ambas entraron a la casa, subieron corriendo a la habitación de Leticia y se sumergieron en el emocionante relato de todo lo sucedido durante su pequeña aventura con Diego. Fátima llego a media tarde con Henry, que estaba cansado y sucio, pero notoriamente feliz.

–Se nota que le agradas –comentó Fernanda.

–Ya me di cuenta –dijo Leticia–, a mí también me gusta mucho. Bueno ya habrá tiempo para eso.

–¿Por qué lo dices?

–Tengo suerte de que mi padre se halla ido en la mañana. Si no tengo decidido mi futuro para cuando vuelva…

–¿Y qué te dijo la última vez?

–Fue como estar hablando con otra persona. Ya no es tan cruel ni distante como antes, era como si quisiera acercarse, aunque no sabía cómo.

–Los hombres son así.

–Pero los padres no deberían serlo.

–Supongo que no le mostraste tu famosa lista de opciones.

Fernanda se echó a reír. A Leticia no le hizo nada de gracia el comentario. Tenía ganas de decirle que ese asunto estaba finiquitado, pero sabía bien que la última vez que Fabián estuvo pasando por su pensamiento, ella le había concedido una última oportunidad.

–Te confieso algo –dijo Leticia con un tono que denotaba algo de culpa–. Si él me vuelve a llamar, le responderé.

Fernanda abrió más los ojos inyectándoles furia. No daba crédito a las palabras de su amiga. Se levantó de la cama donde estaba recostada y comenzó a buscar en los estantes, tomando varios objetos y sintiendo su peso.

–¿Qué haces? –preguntó Leticia.

–Busco algo lo suficientemente pesado como para provocarte amnesia. Es urgente quitarte esas estupideces de la cabeza.

De entre los objetos que Fernanda tanteaba, agarró un adorno en particular. Era la figura de una bailarina de ballet hecha de metal, tenía piedrecitas brillantes y una pesada base de mármol esculpido. Al sentirlo demasiado pesado lo dejo en su lugar, para Leticia ese simple adorno significó la diferencia aquella noche.

Ella y Fabián llevaban como cuatro meses juntos. Esa noche se quedaría a cargo de la casa, sin encierros. Sus padres saldrían a un pequeño encuentro con viejos amigos que volvían del extranjero. Su hermanito se había ganado una noche en casa de sus amigos por las buenas notas conseguidas en el trimestre. En realidad, Leticia tenía mucho que ver con eso, ya que ese era el plan. La velada era solo para los dos.

Estaba nerviosa. Temía que se notara. No era algo nuevo para ella y tal vez ese sería el problema. Faltaba poco para la media noche. Se puso la ropa más ligera posible, por comodidad. Tenía prendas realmente provocativas en su guardarropa, pero prefirió reservarlas para las demás ocasiones.

Tenía la llave de la puerta principal en las manos, lista para abrir en el momento que su novio llegara. Fue un ruido en la ventana lo que le anunció que no serviría de nada el esfuerzo que hizo para hacerse de la llave.

–Te has vuelto un experto –mencionó Leticia ayudándolo a entrar por la ventana.

–Siempre ha valido la pena –dijo Fabián.

Ella lo abrazó y besó en el instante en que él tuvo todo el cuerpo dentro de su habitación. Ese primer contacto le confirmó que Fabián no había bebido alcohol, como solía hacerlo la mayoría de las noches. Llevaba solo unos pantalones vaqueros de tono oscuro y una camiseta estampada. Comenzó a acariciarla, tomándola por la cintura, subiendo suavemente las manos por debajo de la blusa. Leticia le besaba el cuello, recorriendo con sus labios el contorno de su rostro aferrándose a su espalda con sus brazos.

Fabián la llevó hasta la cama con lentos pasos, haciéndola retroceder. Ella le subió la camiseta hasta el pecho, él hizo el resto quitándose la prenda con un par de movimientos. Leticia hizo lo mismo por iniciativa propia. Él la empujo con delicadeza a la cama y con sus manos exploró el cuerpo de su novia. La ruta era la misma, comenzó por la cintura, subió por su vientre que delataba una respiración profunda. Le acaricio los senos con dulzura por encima del sujetador. Leticia le recorría la espalda con sus manos y con los ojos cerrados dejaba que su boca bese todo lo que encontraba, la nariz, los ojos, el mentón… cuando ambas bocas se encontraban se sumergían en un beso profundo jugando con la lengua.

Un pequeño ruido en la planta baja interrumpió el momento. Leticia apartó el cuerpo de Fabián algo asustada y se incorporó de inmediato.

–¿No estábamos solos? –preguntó Fabián.

–Iré a ver –dijo Leticia.

Sin volver a vestirse salió de la habitación. Fabián se quedó sentado en la cama esperando. Ella tardaba demasiado, y él sintió que algo comenzaba a hacer efecto en su cuerpo. Ante sus ojos los objetos se volvían deformes producto del mareo, convirtiendo todo en un torbellino multicolor y deforme. Una energía desmedida se disparó por su interior. Empezó a sudar y jadear. Tenía ganas de correr, pero sus piernas no le obedecían, hacían lo que querían llevándolo por la habitación dando vueltas. Aún conservaba el equilibrio, pero no podía mantenerse firme. Leticia entró al cuarto y le tocó el hombro para darle vuelta y tenerlo de frente. Le dio un beso al cual Fabián respondió con un movimiento brusco alejándose de ella.

–¿Te asuste?

Fabián no contestó a la pregunta de su novia. La vio de pies a cabeza, contempló su cuerpo y perdió el control de sus acciones por completo, entregándose a sus más bajos instintos y deseos.

Leticia no alcanzó a notar nada extraño, estaba emocionada y quería que todo salga bien. Fabián se estrelló contra ella para besarla y abrazarla. Sus caricias ya no eran suaves, empezaba a lastimarla. La apretaba y le clavaba los dedos. Sus besos eran ahora lametones de saliva glutinosa y desagradable. Se concentró en el broche del corpiño e intento abrirlo. Había perdido la coordinación en las manos y no tuvo éxito. Comenzó a tirar del elástico tratando de arrancárselo del cuerpo a Leticia.

–Tranquilo, yo lo hago –dijo Leticia apartándolo y llevándose una mano a la espalda.

Al verlo se detuvo en el acto. Al contemplar el aspecto que tenía Fabián, todo se convirtió en miedo. La emoción se había desvanecido. Sus ojos estaban desorbitados y enrojecidos. Su rostro sudoroso se movía con su respiración jadeante y su boca no podía mantenerse cerrada, haciendo que la saliva le salga por los labios dándole el aspecto de un perro rabioso. La miraba fijamente, como mira un depredador a su presa.

Leticia sintió miedo, el encanto y la expectativa que prometía la noche había desaparecido.

–Mejor vete –pidió Leticia.

Fabián no pronunció palabra alguna. Como una fiera se abalanzó sobre ella derribándola sobre la cama. Sus manos descontroladas intentaban arrancarle la ropa que ella aun llevaba puesta. Le hacía daño al tocarla. Le apretaba el pecho y le mordía la piel de su cuerpo. Leticia intentaba defenderse, pero no era lo suficientemente fuerte para quitárselo de encima. Sus piernas estaban aprisionadas entre las piernas de él. Estaba aterrada, pero no quería gritar. El descontrolado muchacho logró arrancarle el sostén raspándole la piel, ella ya no podía resistir. Le araño la cara y logro darle un rodillazo en la entrepierna. Fabián se apartó liberándola. Leticia se levantó de inmediato. Retrocedió hasta acorralarse en la esquina junto al estante. Él se hallaba retorciéndose en el suelo por el dolor. Al reponerse, su mirada era la de un total desconocido, llena de furia y lujuria. Leticia tomó lo primero que pudo de entre las cosas del estante haciendo que muchos otros objetos caigan al suelo, y se preparó para defenderse. Fabián se lanzó hacia ella, acercándose lo suficiente para que Leticia le asestara un golpe directo en toda la sien con la base de piedra del adorno metálico que uso como arma. El cuerpo de muchacho cayó de bruces al suelo. El golpe no sangraba, pero le había dejado un claro moretón sobre la piel.

Asustada, Leticia se derrumbó en cuerpo y alma, deslizándose por la pared hasta dar con el suelo frio. Comenzó a llorar, cubriéndose el cuerpo con los brazos y el rostro con las manos. Fabián yacía inconsciente en el piso del cuarto con el rostro hacia abajo. El reloj avanzaba y las lágrimas brotaban sin control de sus ojos. La idea de que quizá su novio ya no estaba entre los vivos, le pasó por un microsegundo en la mente. La descartó de inmediato al verlo respirar con dificultad debido a su postura. Sus padres llegarían pronto. Se levantó y se secó las lágrimas. Desnuda siempre se sentía vulnerable, pero esta vez no le importó. Fabián era más pesado que ella y, aun así, Leticia tuvo la fuerza para meterlo debajo de su cama. Arrastrándolo y dándole de patadas, se aseguró de que ni un pedazo de él saliera por debajo del catre.

Amanecía. Leticia no había podido dormir. Sus padres aun no volvían. Bajo sus sabanas su brazo derecho se aferraba fuerte al arma improvisada que uso en su defensa. Se había puesto un pijama de dos piezas y trataba de no pensar en el animal inconsciente bajo su cama. Escuchó ruidos como gemidos quejumbrosos. Fabián despertaba. Leticia se levantó y atrincheró en una esquina junto a la puerta, lista para dar un golpe si es que él se atrevía a acercarse. El muchacho salió arrastrándose, se sentó en el suelo con bastante dificultad y vio a Leticia, en posición de defensa y bastante asustada. Estaba confundido y los recuerdos que le pasaban fugaces por la mente no eran suficientes para aclarar lo que había sucedido.

–Eres un maldito –le dijo Leticia llena de rabia y con los ojos humedecidos

Fabián recorría el cuarto con la mirada buscando respuestas. Vio la prenda desgarrada en el suelo los objetos desordenados regados por el cuarto. Comenzó a ordenar las cosas en su mente y al darse cuenta de lo bajo que había caído y de lo terrible de sus acciones. Se agarró la cabeza con ambas manos y miró a su novia suplicándole perdón. Una hilera delgada descendía de sus ojos, marcando claramente el camino que las lágrimas habían recorrido por sus mejillas.

Leticia dejo caer a la bailarina de metal. Se sentó en el piso apoyada en la pared, quedando ambas miradas a la misma altura. Los ojos de él pedían perdón, los ojos de ella trataban de perdonar, pero el daño estaba hecho y las heridas abiertas sangraban. El sol irrumpió por la ventana con un débil rayo que se cruzaba entre ambos, separándolos.