XIX
–Cada vez que te vas, me pregunto si será la última vez que te veré –dijo Fátima aun metida en la cama.
De pie junto al ropero, Gerardo, su marido, solo entraba a la habitación para sacar la ropa necesaria para hacer su maleta y emprender un nuevo viaje. Cuando estaba en casa dormía en otro cuarto, creyendo que sus hijos no se daban cuenta.
–Ya te lo dije –respondió Gerardo–, cuando me vaya para ya no volver más te lo diré de frente y en su momento.
La habitación siempre estaba oscura. Los grandes ventanales estaban cubiertos por gruesas cortinas de color café opaco y para nada translucidas. Las paredes, revestidas por un papel tapiz gris con puntitos negros, daban una apariencia tétrica al ambiente, además de las débiles lámparas que luchaban por dar un poco de claridad. Los edredones de la cama compartían la misma tonalidad opaca y triste. Era como si la vida misma se ausentara solo en ese cuarto de la casa.
–No lo hagas, por favor –suplicó Fátima levantándose de su cama–, no lo soportaría. Si te vas hazlo mientras no esté en casa.
Gerardo termino de empacar, se sentó en la cama junto a ella y le tomo la mano delgada y huesuda. La marca de un anillo que alguna vez usó, comenzaba a aclararse. Aún no había amanecido, pero en el este comenzaba a verse un poco de celeste rosáceo que se imponía a la oscuridad. Gerardo vestía un traje café oscuro debajo de una gabardina negra. Sus anteojos pequeños para su rostro estaban sucios, pero la prisa que llevaba por irse era más importante.
–Volveré en una semana, llevare a Henry a la escuela de fútbol –mencionó como si no pasara nada.
–Sabes que eso no le servirá –contestó Fátima. Su camisón de seda hasta media pantorrilla alguna vez le habría parecido a su esposo algo excesivo para dormir.
–Siempre fui duro con Leti, al menos con él puedo remediar las cosas.
Así era Gerardo. No pudo ser el padre ideal para Leticia porque ni siquiera lo había intentado. No pudo ser el marido perfecto para Fátima porque tenía otras cosas en que pensar. Y no pudo ser la persona que esperaba de si porque nunca se sentía satisfecho con nada. Los negocios eran su vida, y los engaños serian su muerte. Entro en el mundo de lo ilegal creyendo ser lo suficientemente experto como para salir cuando él quisiera. Al principio vio a la fortuna sonriéndole. Gastaba dinero en excesos de todo tipo, desde juegos, extravagancias y mujeres caras. Los problemas comenzaron, se hicieron grandes y las salidas eran escasas. Llegó al punto en que retroceder no era opción y solucionar las cosas era casi imposible.
Fátima solo hizo preguntas al principio. Su preocupación era normal al ver al padre de sus hijos tan ausente día tras día. Luego vinieron las sospechas, y por supuesto también llegaron las averiguaciones. Atando poco a poco los cabos, Fátima descubrió como su marido se convirtió en una persona detestable, solo por ambición de dinero. Su peor error fue reclamar. No estaba dispuesta a ofrecerle su ayuda, no quería involucrarse ella y mucho menos involucrar a sus hijos. Gerardo se defendía con silencio y agresividad.
Tiempo después las aguas se calmaron. Gerardo nunca pediría perdón, ni a su esposa ni a sus hijos. Lo que había hecho lo consideraba necesario y arrepentirse, a su entender, era de cobardes. Henry significaba lo único para él. No habló con Leticia, supuso que sería como su madre y que lo averiguaría sin necesidad de explicaciones. Solo le prometió ayudarla para que termine sus estudios.
El resto del día Fátima se la pasó con cara de tristeza. No se podía acostumbrar a la idea de estar sola. Gerardo se iría un día de forma definitiva, Leticia se iría un día a iniciar su propia vida y Henry, aunque falte mucho tiempo, también se iría y quién sabe dónde. No tenía amigos. La familia con quienes creció estaba dispersa. ¿Qué podía hacer? Era un futuro inevitable y solo prometía soledad y tristeza
Entre tantos pensamientos no reparó en la hora y olvidó ir por Henry a la escuela. Tenía veinte minutos de retraso y faltando a sus principios aceleró a fondo y se pasó varias luces rojas. Siempre salía temprano para tomar calles alternas y así evitar estancarse entre el tráfico, pero dadas las circunstancias tuvo que tomar la ruta principal. Grave error, ya que se encontraría atascada a solo unas cuantas calles del colegio de su hijo.
Sintió un impacto de no mucha intensidad en la parte trasera de su automóvil. Bajó de inmediato y se encontró con una leve abolladura en la quinta puerta del Rav4. El responsable, un Jeep verde conducido por un hombre de unos cuarenta años con aspecto de aventurero. Vestía pantalones vaqueros y botas. Traía camisa a cuadros y el cabello algo crecido casi hasta los hombros, que eran anchos y fuertes. Fátima no pudo evitar notar que era un hombre atractivo.
–Lo siento tanto, es que tengo algo de prisa –se disculpó.
–También yo tengo prisa, pero también tengo cuidado –respondió Fátima enfadada–. Mire no tengo tiempo para esto, debo ir por mi hijo.
–De acuerdo, yo me hago responsable, solo deme su número de teléfono y le pago todos los daños.
–Solo déjelo así. No lo conozco y esto no es tan grave.
Fátima subió a su auto de inmediato ya que la fila avanzaba. El hombre trato de detenerla pidiendo hacerse cargo de la reparación, pero fue inútil. Para ella estaba primero su hijo que la esperaba.
Al llegar al colegio, Henry está jugando junto a otros pequeños en la cancha de fútbol de la escuela.
–¿Usted es su madre? –preguntó el entrenador, un hombre entrado en años de estatura mediana y con un bigote poblado que le daba un aspecto amable.
–Sí, lo lamento no pude llegar antes –respondió Fátima al tiempo que le hacía señas a Henry.
–Señora su hijo tiene potencial ¿No ha pensado en inscribirlo?
–Su padre se encarga de estos asuntos –respondió Fátima tomando de la mano a Henry que ya había recogido sus cosas en su mochila.
El entrenador no insistió más. Ya en el auto, Fátima pensó que era hora de que en verdad tomara las riendas de su vida. Y empezaría por buscar lo mejor para sus hijos. Henry se iría algún día, eso era cierto, Leticia también, pero si ese es el futuro inevitable, entonces ¿Por qué no aprovechar el presente?
–Ven conmigo hijo –pidió Fátima al niño.
Ambos bajaron del auto y se dirigieron otra vez hacia las canchas deportivas. Mientras caminaban Fátima se arrepintió de no haberle dado su número telefónico a aquella persona que le habida abollado el auto. Conocer amigos no es fácil, no es que se haría amigo de ese hombre así por así, pero la oportunidad no estaba de más.
–Puede comenzar de inmediato –dijo el entrenador con una sonrisa de satisfacción.
Fátima no pudo resistirse a la tierna mirada de su pequeño, que le rogaba estar con los demás niños corriendo en el césped sintético. También noto que en la libreta que traía el entrenador ya estaba anotado el nombre de su hijo.
–Anda, ve de una vez –le dijo Fátima dándole una palmadita en la espalda.
Henry prácticamente arrojo su mochila al suelo y de inmediato se fue corriendo con sus compañeros. Ella en cambio se alejó un poco del ruido que hacían los pequeños futbolistas. Tomó el móvil y llamo a Leticia.
–Hija disculpa, no podré ir por ti… –decía Fátima.
–Tranquila mamá –interrumpió Leticia–, ya estoy en casa.
Ver a su niño disfrutando al máximo de algo tan simple, le hizo ver que quizá esa era la diferencia entre la tristeza y la alegría. La primera es demasiado complicada, al punto que creemos que nadie es capaz de entendernos cuando la sufrimos, y que resolverla es demasiado difícil. La última en cambio es tan sencilla que podemos encontrarla en el lugar menos pensado.