LA INQUISICIÓN PERSIGUE A ELIZABETH
Ciudad de Sibiu, Transilvania
Toc, toc, toc, tocaban la puerta.
Toc, toc, toc, nadie salía.
Toc, toc, toc.
-¿Quién es? -preguntó la madre de Elizabeth.
-¡Abran la puerta que somos la santa inquisición! -dijeron con autoridad Filippo Sega y Juan de Acebedo.
La madre de Elizabeth abrió la puerta sorprendida a tan inesperada visita.
-Sus excelencias en que puedo serviros, -dijo ella haciendo un acto de reverencia.
-¿Aquí vive la joven de vestido rojo llamada Elizabeth? –Preguntó el inquisidor Juan de Acebedo observando los alrededores de la casa.
-Es mi hija santo inquisidor, -contestó con recelo su madre.
-¿Dónde está? ¿Puede llamarla? Necesitamos hacerle unas preguntas. –Replicó Filippo Sega.
-Mi hija está de viaje, fue a visitar a unos familiares, pero pronto estará en casa. –La voz de la madre de Elizabeth era titubeante.
-¡Gracias! Pronto estaremos por aquí. –El gesto del cardenal Filippo Sega y del inquisidor Juan de Acebedo era de disgusto al no encontrar a Elizabeth.
Aquella misma tarde Elizabeth llegó a casa después de visitar a sus familiares lejanos en la vecina ciudad de Brasov.
-¡Hija mía! ¿En qué lio te has metido que la santa inquisición ha venido a la casa preguntando por ti? –Su madre le preguntó con un tono nervioso.
-Mamá, ¿no entiendo que me quieres decir? –Le replicó Elizabeth.
-Un cardenal e inquisidor vinieron específicamente a hablar contigo acerca de un delicado asunto. Es mejor que vayas tú mismo hija mía y averigües la razón por la que te andan buscando.
Elizabeth esa misma tarde se dirigió a la iglesia donde se encontraban los inquisidores, mientras caminaba un niña misteriosa se le apareció advirtiéndole que no fuera a visitar a esa malvada gente, que lo mejor es que escapara de ellos ya que habían asesinado y torturado a algunas doncellas.
Elizabeth se sorprendió al escuchar la advertencia de la niña, sin titubear le hizo caso huyendo de Sibiu para regresar a la ciudad de sus familiares que recientemente los había visitado.
Antes de partir, fue donde sus padres para decirles la verdad que la andaban buscando para sacar información a base de torturas y si es posible la muerte.
Aquella misma noche Elizabeth salió en silencio acompañado de dos campesinos para que la acompañaran hasta Brasov. Toda la noche estaban caminando hasta que descansaron.
Ciudad de Brasov, Transilvania
Al siguiente día muy de madrugada continuaron el viaje hasta llegar a Brasov. ¡Vaya sorpresa que se dio el tío de Elizabeth al verle regresar sorpresivamente!
-¡Elizabeth! ¿Por qué has retornado? ¿Olvidaste algo de valor o importante en nuestra casa para que hayas regresado? –Le preguntaba su tío con mucha curiosidad.
-Tío quiero descansar, luego te explico me siento agotada del viaje. –Acabando de decir estar palabras Elizabeth fue a dormir quedando profundamente dormida.
Al atardecer ella despertó recuperada del viaje que realizó en toda la noche. Su familia le hicieron toda clase de preguntas a los contestó:
-Querida familia les pido por amor de Dios que no revelen a nadie donde me encuentro escondida, por razones que no logro entender la santa inquisición me está buscando para hacerme unas preguntas.
Su tío apoyó a su sobrina debido a que le salvó la vida de la terrible enfermedad de la tuberculosis, él la protegerá de la mano dura de la inquisición. Elizabeth se sintió agradecida por la ayuda de su tío, eso sí esperando el momento oportuno en averiguar por qué tanto afán de parte de los inquisidores de interrogar a una mujer tan santa como lo ha sido Elizabeth.
Los días pasaron hasta que dos vecinas campesinas de la casa de Elizabeth en Sibiu, llegaron a Brasov desesperadas para hablar con ella.
-¡Señorita Elizabeth! Su nombre es buscado por toda Sibiu siendo acusada de tener lazos carnales con el demonio. La inquisición ha puesto una demanda en contra suya.
Al oír esta difamación de parte de la inquisición, se echó a llorar confundida al ser tachada de concubina del demonio. Su tío al escuchar tal mentira, la consoló llevándola a una pequeña capilla cerca de un pueblo para que rezaran juntos pidiendo sabiduría al Señor.
En la noche cuando todos fueron a dormir, Elizabeth tuvo un sueño en respuesta a las plegarías que había dirigido al Cielo junto con su tío en la capilla.
Ella miraba a Drácula siendo perseguido por hombres de la iglesia, ellos lo asechaban por todos lados, pero primeramente los inquisidores torturaban a inofensivas jóvenes, otras eran asesinadas.
Todas eran obligadas a revelar el paradero de Drácula y la conexión que tuvo con aquella doncella vestida de rojo que bailó en el festival en la plaza central de Sibiu.
Después vio que Drácula la defendía de todos los perseguidores, eliminándolos uno por uno. Fin del sueño.
“¡Dios mío, es por causa de él que me andan buscando la inquisición! ¿Qué tiene Drácula de malo si aquel día me trató con respeto, además me dio fórmulas medicinales para curar enfermedades desconocidas aún para la ciencia?” –Elizabeth se hacía estas preguntas sin hallar respuesta alguna.
La decisión que tomó a partir de ese día fue quedarse por un largo tiempo en la casa de sus familiares en Brasov. Su rostro se entristeció mucho al no poder volver a su hogar donde esperaban sus padres, tampoco podría dar de alimentar a los animales de la ciudad y del campo y lo principal de todo, la gente pobre y enferma de aquellas aldeas se quedarían sin quien les tienda la mano o les den un plato de comida.
Esos días Elizabeth pasó deprimida, su tío trataba de consolarla pero no pudo hacer mucho. Las cosas se iban a poner más difíciles ya que la inquisición iba pueblo por pueblo buscándola.
Brasov fue el siguiente lugar donde Juan de Acebedo llegó para buscarla, el pánico corría por la ciudad, todos temían a la inquisición al escuchar de las torturas que hicieron en Sibiu.
El tío de Elizabeth supo de la noticia diciéndole enseguida a su sobrina que la inquisición la buscaba en la ciudad. Ella se escondió en el establo donde estaban las vacas.
Desde lejos se escuchaba los tambores anticipando a la gente que la inquisición llegaba en busca de una joven mujer. Juan de Acebedo entró junto con dos clérigos y cinco guardias a cada una de las casas. Todo lo rebuscaban para hallar a la concubina del demonio.
Fue el turno de la casa de los familiares de Elizabeth, al golpear la puerta salió su tío mirando la pomposa vestidura del inquisidor Juan de Acebedo.
-¡Excelencia buenos días! ¿En qué podemos ayudarlo? –Le dijo con la voz temblorosa.
-Busco a la joven Elizabeth, ella es blanca, viste de rojo es de buen aspecto físico y no es muy alta. –La voz de Juan de Acevedo daba miedo.
-No la conozco su excelencia, si gusta pueda buscar por todo el lugar si así lo desea. –Los nervios del tío de Elizabeth eran notorios.
Juan de Acebedo dio la autoridad a los guardias para que rebuscaran toda la casa, luego se dirigieron a los establos donde Elizabeth se escondía. Para fortuna suya en esos momentos cayó un torrencial aguacero, evitando que los guardias siguieran buscando en los establos ya que la tierra al mezclarse con la lluvia se volvió pantanosa.
El inquisidor no pudo hacer más, esperando que escampara salieron de la morada de Elizabeth para seguir buscando por otras casas. Recorrieron toda Brasov sin resultado.
La amargura en el rostro de Juan de Acebedo lo notaban los clérigos que lo acompañaban, se sentía impotente al no hallar a la mujer que la catalogaba la concubina del demonio.
-¡Tío muchas gracias por salvarme la vida de la inquisición que me han acusado falsamente en creer algo que jamás lo hice! –Elizabeth abrazó a su tío por unos instantes.
-Tranquila mi querida sobrina, mientras estés bajo mi protección no te pasará nada malo. –Su tío la consolaba acariciando su cabello.
Elizabeth se quedó dormida en los brazos de su tío, él la llevó a su cama para que descansara luego de un estresante día.
Ciudad de Sibiu, Transilvania
La ira del inquisidor Juan de Acebedo no tuvo límites, de regreso a Sibiu ordenó a todos los acusados de brujería, paganos y judíos fueran azotados en la plaza central de la ciudad.
Parte del pueblo consternado por la masacre que se veía en la plaza, otros gritaban a los herejes que los quemen sin misericordia. Un tumulto se formó en las calles al encontrarse en oposición los aldeanos y nobles.
Desde lejos la inquisición llegaba en tres carruajes acompañados de varias decenas de guardias, al ver al tumulto Juan de Acebedo ordenó a los guardias que calmen el relajo.
Hubo heridos por la fuerte presión de los guardias, familiares de los herejes fueron encarcelados a la fuerza por defender a los que han sido condenados por la Iglesia.
En otro carruaje llegaba el cardenal Filippo imponiendo su autoridad, los condenados fueron puestos en medio de la plaza, unos para la orca, otros en la hoguera y los judíos para ser azotados.
La ira de Juan de Acebedo hizo que los condenados fuesen ejecutados rápidamente sin darles oportunidad de arrepentirse. ¡Pobre gente inocente! Ninguno de ellos era culpables de brujería, pero así era el inquisidor causando terror en toda Rumanía como lo había hecho en España y Portugal.
A todos los que buscaba los hallaba culpables, nadie se le escapaba de su poder y autoridad a excepción de Elizabeth. Es la única mujer que no ha logrado atraparla con tanta facilidad como lo había hecho con otras mujeres.
Al ver la muerte de los acusados no se complació del todo, sino que decidió ir nuevamente a la casa de los padres de Elizabeth para interrogarlos a la fuerza donde está el paradero de su hija, si seguían sin darles una respuesta certera los llevaría al Santo Tribunal.
-¡Guardias llevadme a esta dirección lo más pronto posible! –El semblante del inquisidor denotaba amargura.
-¿Está seguro excelencia seguir en el santo oficio a altas horas de la noche? –Le preguntó uno de los guardias con cierto recelo.
-¿Estás contradiciendo lo que debo hacer?, si es así te acusaré de opositor a las órdenes del inquisidor y serás torturado. –Le respondió con arrogancia humillando al guardia.
Con miedo el pobre hombre tuvo que callar la boca y cumplir con las órdenes del malévolo inquisidor. Eran más de las 12 de la noche, un golpe repentino se escuchó en la puerta de los padres de Elizabeth.
-¡Abrid la puerta que la inquisición os quiere interrogar! –Dijo uno de los clérigos con tono fuerte.
-Mi vida nuevamente la inquisición viene a interrogarnos. –La madre de Elizabeth temblaba de miedo.
-¡Tranquila mi amor!, pongamos toda nuestra fe en el Señor para que nos libre de la inquisición. –Su esposo le contestó serenamente para apaciguar la situación.
Ellos abrieron enseguida la puerta, dos clérigos y seis guardias los llevaron a la fuerza, Juan de Acevedo dio órdenes explícitas que los arrestaran al ser acusados de esconder a la concubina del demonio.
La mirada de tristeza pero a la vez de miedo reflejaba la cara de los dos. Por otro lado el rostro del inquisidor era de satisfacción al saber que pronto daría con el paradero de Elizabeth.
Anteriormente la conoció en un par de ocasiones, sabía de la hermosura particular y eso le provocaba una obsesión enfermiza por verla desnuda y buscar por cada rincón de su cuerpo, alguna señal que la acusara de amante del diablo.
Era el siguiente día y a primera hora de la mañana, los padres de Elizabeth fueron llevados ante la presencia del inquisidor Juan de Acebedo y del cardenal Filippo. Este era un acto de traición, ninguno de los sacerdotes del pueblo fueron llamados para iniciar la interrogación.
Dos clérigos de Roma y seis guardias serán los cómplices del malvado inquisidor. El interrogatorio dio comienzo, marido y mujer sentados en la silla de los acusados, el primero en hablar será Juan de Acebedo, luego daría la potestad a los clérigos para continuar con las preguntas, si se resistían a negar la ubicación exacta de su hija Elizabeth, serán llevado a la sala de torturas quedando a manos de los verdugos.