Capítulo 48. Aun así, duele.
Siempre pensé que amar era sencillo. Incluso mientras pensaba lo peor de Aiden en mi adolescencia, para mí era simple aceptar que lo amaba, que le había entregado una parte importante de mi corazón, sin garantía de retorno. Nunca pensé mucho en las consecuencias que traerían mis sentimientos, porque a pesar de sentirlo todo, era capaz de entender que a veces, simplemente no resulta. Con ese pensamiento he vivido todos estos años, pero en realidad, solo he estado escondiéndome de mi propia realidad.
En el estado de trance que me encuentro, no soy capaz de entender realmente lo que pasa. Solo siento que mi espalda está muy tensa, mis manos se agarran fuertemente a los brazos de la butaca y, mis ojos, están fijos en un punto determinado del espacio frente a mí. Específicamente en él. En el culpable de todos mis desajustes emocionales desde que soy una niña. En unos ojos grises que me devuelven la mirada, pero no me ven como yo deseo.
—Estoy esperando, Aiden. Puedes responderme, ¿qué hace "esta" aquí? —Vuelvo a escuchar esa voz y la piel se me eriza con un escalofrío.
Cierro los ojos por unos segundos, inconscientemente esperando que él, por una vez en su vida, no tome una decisión incorrecta. Que no se repita la historia donde él escoge el equipo equivocado. Años atrás, estuvo en juego mi felicidad junto a él. Pero hoy está la suya, junto a su hijo. Por más egoísta que me parezca lo que pienso hacer, es mi única tabla de salvación para mantenerme cuerda en estos momentos. No hay necesidad de hacer un show donde yo tenga todas las de perder.
—Y bien... —Estela se ha movido hasta ubicarse justo entre nosotros dos. Mira alternativamente entre uno y otro.
Sus brazos en jarra, sus pies en posición de ataque, su rostro rojo de la indignación y la mirada fulminante, me pone al día con la relación que ambos mantienen actualmente. Ella exige una explicación, por lo que derechos tiene. Mi corazón se aprieta con sospecha.
«Están juntos», pienso con tristeza y decepción.
Después de todo yo sí tenía razón. Tuve razones de sobra para intentar salvar mi relación con Aiden hace cuatro años. Con ella cerca nunca hubiéramos sido felices. Los minutos pasan y Aiden no responde, solo me mira. Me pone nerviosa su mirada fija. No sé qué busca, pero no le daré el gusto de obtenerlo tan fácil. Vine hasta aquí para hablar con él sobre su hijo.
«Aunque eso él no lo sabe», señalo en mi subconsciente.
Por un momento pienso que debo cambiar mi postura. No tengo que bajar la cabeza por nadie, menos por él. Lo miro, fijamente ahora, retándolo a responder. Él alza una ceja en respuesta y yo la correspondo. Siento a la pelirroja bufar de exasperación por nuestra silenciosa interacción. Yo sonrío provocativa, pero me dura poco.
—Eso mismo quiero saber yo, Estela —murmura con voz ronca, baja, pero la sonrisa arrogante que marcan sus labios me decepciona. Extiende una mano hacia mí, señalándome y añade—: Por favor, Maddison, estamos esperando. Si no es algo importante, te pido que no nos hagas perder más tiempo.
Tambaleo en mi posición; por fuera sonrío, pero por dentro la sangre me hierve. No es rabia, ni decepción. Es dolor. Duele revivir esta situación de ser un plato de segunda mesa en cuanto a decisiones de este tipo se trata. Él siempre elige por ella. Para quedar bien con ella. Ni siquiera por la duda de mis razones para estar aquí luego de estos años, él decide a mi favor.
«Pero se acabó», decido.
Se acabó pensar en él con preocupación. Culparme por decidir ser padre y madre a la vez. Él no merece que yo piense en su bienestar. Él no considera que mi visita puede ser importante. Pues le daré el gusto.
—No es nada importante. Solo quería verte luego de estos años —respondo, con fingida tristeza.
Escucho a Estela resoplar, para luego soltar una carcajada. No la miro a ella, sus reacciones me importan poco. Mantengo mi mirada en sus ojos. Esos pozos profundos que son una ventana a su alma. En ellos busco una última esperanza. Y cuando se vuelven turbios, pienso que existe. Que tal vez está a tiempo de rectificar y que yo cambiaré de idea. Pero no es así.
—Pues ya me viste. Ahora, si no tienes nada más que hablar, por favor, puedes retirarte —dice serio y extiende la mano hacia la puerta.
Yo no me quedo a ver qué hacen ni cuál es la mirada de Estela, aunque me la imagino. Me levanto y me dirijo a la puerta, dispuesta a irme, pero un pensamiento me hace voltear.
—Cuando el tiempo pase, no podrás pedir explicaciones. Cuando sepas todo, no podrás exigir. ¿Sabes por qué? Porque nunca me diste la oportunidad de hablar. Porque siempre decidiste por encima de nosotros. Siempre fue ella —susurro, alzando los hombros.
—Hace cuatro años que no hay un nosotros. No veo por qué debo recordar siquiera que lo hubo, cuando no valió la pena —replica, enojado.
—Es verdad, ha pasado el tiempo. Ya no tengo derecho a buscarte —recalco esa última parte para hacer énfasis—. Todo lo dejamos atrás. Mejor olvidamos, ¿verdad?
Aiden asiente, para luego levantarse y ponerse justo al lado de Estela. La toma de la mano y la pega a su cuerpo. Rodea su cintura con sus manos y acerca su boca a la suya. Cuando sus labios se tocan, cierro los ojos. Las manos me tiemblan y el corazón me palpita demasiado rápido. Observarlos besándose en primera plana me rompe de mil maneras, pero no es suficiente con el dolor que se avecina cuando abro los ojos y los conecto con los suyos.
En ellos veo deseos de venganza. De lastimarme.
—Por favor, espero que no se repita —farfulla, molesto—. Ni a mi prometida ni a mí, nos interesa lo que tengas que decir. Así que, por favor, ahórrate la vergüenza.
No permito que sus palabras me afecten, no al menos delante de ellos. Aguanto el tipo y planto una sonrisa en mi cara, la más real que puedo. Mantengo una expresión serena, aunque ganas no me faltan de llorar. Tomo un suspiro rápido para tomar fuerzas y hablo con la mayor hipocresía de la que soy capaz.
—Felicidades. Supongo —termino. Doy media vuelta y me voy.
Salgo por la puerta y sigo caminando con dificultad. La respiración se me atasca en la garganta y las piernas me fallan. Me sostengo de una mesa, creo escuchar un «Hey» molesto de la recepcionista, pero no logro coordinar para responderle. Siento mi pecho arder y mi estómago doler, como cientos de cristales filosos punzando en mi interior. Este dolor que siento, no es nada parecido a lo que he sentido antes. Es más fuerte, más profundo, más desgarrador.
Al llegar a la calle siento el aire enfriar mis mejillas, señal inequívoca de las lágrimas rodando por ellas.
«¿Por qué me duele tanto?», grito interiormente.
Cómo es posible que aún duela cuando he tenido cuatro años para convencerme de que él nunca me buscó, nunca quiso saber, siempre tuvo clara su posición. Era de esperarse que haya seguido este camino. Lo raro es que todavía no lo haya consolidado. Aunque tenía claro que algo así podía suceder, mantuve esperanzas.
No te rompas. Aunque estén todas las condiciones para que sea eso lo que pase.
Ahora entiendo las palabras de mi abuela. Ella me alertó, a su manera, pero lo hizo. Me obligó a enfrentarme a mis demonios, sabiendo el riesgo que corría, pero también sabía que era necesario. Lástima que no pude completar la tarea por la que en realidad vine.
Camino por las calles sin ver realmente hacia dónde voy. Pienso en todo lo que viví hasta hoy, en todo lo que he aprendido. En todas las barreras y piedras que he tenido en el camino y la forma en que he resuelto todo.
Recuerdo mis momentos con Aiden, todos pasan como una corta secuencia, pero representativa de todo lo que significó y significa para mí. Veo el momento en el que mi vida cambió. Ese en el que descubrí todo lo que me unía a Jackson y que, sin saberlo, sería el punto de partida para una vida nueva. Veo la rabia en los ojos de Aiden cuando nos vio juntos y recuerdo mi dolor cuando supe que él, no creería en mí, a pesar de todo lo que significábamos el uno para el otro. Recuerdo el momento exacto cuando supe que estaba esperando un hijo del hombre que más he amado en la vida, todo lo que sentí, una mezcla de felicidad con resignación y una pizca de esperanza. Revivo la llamada que le hice a Aiden, esa donde intenté decirle que seríamos padres, pero que no salió como yo esperaba.
—Hola. ¿Aiden? —pregunto nerviosa, me costó mucho trabajo convencerme de hacer esto y estoy al borde de un colapso. No esperaba este cambio en el juego.
—¿Qué quieres? Creo que te dije que no quería saber más nada de ti —responde él, con voz dura y exenta de algún buen sentimiento.
—Creo que necesitamos hablar, Aiden —replico, obviando la forma tan déspota en la que me habla—. Te llamo por algo que creo necesitas saber.
—Ya te respondí y es mi última palabra.
—Espera...—le pido cuando siento que va a colgar—. Por favor, de verdad necesito...
—¿No te alcanza con tu nuevo amante? —rezuma sarcasmo cuando me interrumpe—. Si te diste cuenta de que no valía la pena a estas alturas, por favor, acepta las consecuencias de tus actos.
—Aiden, no... —Siento el tono del teléfono y miro la pantalla, para verificar que me ha colgado.
Bloqueo el teléfono y me tiro en la cama, cubriendo mis ojos con las manos. Lloro, desconsolada. Esta decisión no solo me incluye a mí. Necesito su apoyo.
«¿Qué voy a hacer ahora?».
Seco mis lágrimas otra vez, al parecer se ha vuelto normal llorar desde que llegué a este lugar. Con el tiempo acepté que nada cambiaría nuestros actos, ni nuestras decisiones. Cargaríamos con ellas toda la vida. Así estuviera él en la vida de Aarón o no. Pero, aunque siempre lo he tenido claro, no es fácil aceptar que no hay solución.
Miro a mi alrededor y por un momento no sé dónde estoy. Doy vueltas en el lugar buscando un punto de referencia, pero la poca iluminación no me ayuda. A poco más de diez metros diviso un camino, con un gran portón de metal.
«La casona», caigo en la cuenta de que caminé inconscientemente hacia el único lugar donde he podido desahogar mis pesares.
Me pregunto si vivirán aquí. Si no le importa hacerle el amor a ella donde mismo me hizo suya tantas veces. Me preocupa que haya compartido con ella mi lugar escondido, nuestro rincón de amor.
En un ataque de locura sigo el camino que rodea su casa y bajo a la cala. Sorprendentemente no hay luces prendidas, pero recuerdo que ellos estaban en el pueblo. Enciendo la linterna de mi teléfono y camino con mucho cuidado. Hace años que no paso por aquí, pero me conozco este tramo como la palma de mi mano. Cuando llego abajo, me recibe el hermoso paisaje que tanto he disfrutado. Me acerco a la arena y me quito los zapatos para sentirla entre mis dedos. El agua fría es como un bálsamo para mis ánimos caídos. Miro hacia el cielo, a las estrellas y cierro los ojos. Tomo una respiración profunda y exhalo suavemente. Intento relajar mi cuerpo, que lleva tenso desde que llegué a este pueblo. Me siento en la arena con los brazos abrazados a mis rodillas. Apoyo mi barbilla en ellas y miro el movimiento de las olas del mar.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando siento la presencia de alguien. No necesito mirar porque sé quién es. Mi cuerpo, largo tiempo dormido, lo reconoce.
—Sabía que vendrías aquí. —Su voz es suave, candente y melodiosa, nada comparado a la frialdad de unas horas antes—. Al menos hay algo que no fue mentira.