Chapter 47: Capítulo 47. Encuentro.
Las grandes puertas de cristal provocan un ruido seco cuando se cierran detrás de mí y, de lo nerviosa que estoy, no puedo evitar sobresaltarme. El consultorio de Aiden luce igual a la última vez que estuve aquí. Un salón amplio de paredes color azul tenue, con inmobiliario blanco y todo extremadamente limpio. Un olor intenso a violetas inunda mi nariz cuando me acerco a la mesa de la recepcionista, que está ubicado en una de las esquinas, justo al lado de la puerta donde Aiden desarrolla sus consultas. La chica es joven y bastante agraciada, lleva unas gafas de pasta y viste un sencillo traje de oficina, cubierto por una bata blanca.
«¿Por qué no me extraña que tenga a una jovencita trabajando para él?», me pregunto en mi fuero interno, rodando los ojos.
En cuanto la chica me ve, frunce el ceño, aunque no dice nada, solo se dedica a mirarme de arriba a abajo. No estoy segura si lo hace por curiosidad, porque me conoce o porque cree que soy una amenaza. Por un lado, no creo que me reconozca, puesto que ella no trabajaba aquí cuando yo frecuentaba este lugar. Pero tampoco me extrañaría que estuviera loquita por Aiden, si es que sigue tan apuesto e impresionante como siempre.
«Seguro que sí», afirmo internamente, no me caben dudas de que Aiden tiene esa belleza que con el tiempo se pone mucho mejor.
—Buenas noches, señorita —murmuro con voz casi imperceptible. Carraspeo para aliviar el nudo en mi garganta y limpio el sudor de mis manos en mis jeans.
—Buenas noches —responde ella, con voz un poco cautelosa. Todavía no logro descifrar por qué me mira recelosa.
—¿El doctor Reed está? —pregunto no tan convencida, pero ya no hay vuelta atrás.
—¿Para qué lo busca? El doctor no recibe visitas si no son de urgencia cuando está de guardia —responde convencida, pero se nota que no está siendo del todo sincera.
—Es que necesito verlo. Yo soy familiar de una paciente suya y necesito hacerle unas preguntas sobre su estado de salud —farfullo una mentira que seguro la abuela entenderá. No creo que a la chica le interese saber que vengo a hablarle a su jefe sobre el hijo que tiene y aún no conoce.
—Ujum... —duda, pero yo le mantengo la mirada y espero a que continúe—. Lo siento, pero no puedo hacer nada, son órdenes del doctor.
—Por favor, necesito verlo, es algo urgente. —Esto último no es del todo una mentira. Me urge hablar este tema con él y por fin poder dormir tranquila junto a mi hijo.
—Ya le dije que no puedo, son órdenes de... —Comienza a decir la misma coletilla de antes, pero se ve interrumpida cuando la puerta que está justo a su lado se abre y aparece Aiden.
Me quedo sin aire de la impresión. De tantos escenarios que he imaginado en mi mente, en ninguno él se veía tan hermoso y tan maduro como en verdad está.
Él aún no me ha visto, viene revisando un papel que trae entre sus manos, por lo que me dedico a mirarlo como toda una acosadora. Su pelo ahora es más corto, lo lleva casi rapado a los lados y un poco largo en el flequillo. Sus facciones varoniles se han endurecido, dándole un aspecto más maduro a su rostro. Su bata blanca tapa su escultural físico, pero se nota por encima de la ropa que lleva, que aún quema sus energías en el gimnasio. Miro sus dedos, largos y finos, mientras señala algo en el papel. Todo en conjunto me hace prácticamente babear. Pero el peor momento es, cuando levanta su mirada y sus impresionantes ojos grises se encuentran con los míos.
La sorpresa que veo en ellos no me extraña. Lo que sí me deja descolocada es la mirada detallada que me hace. A medida que sus ojos se deslizan por mi cuerpo, siento la sangre corriendo aún más rápido por mis venas, mi pulso se acelera y mi respiración se entrecorta. El calor se extiende por mi piel y siento como mis mejillas se colorean. Intento evitar que me vea de esta forma tan...intensa y, aunque carraspeo para llamar su atención, no se detiene hasta que se siente satisfecho.
La recepcionista, que ha sido testigo de la tensión que existe entre nosotros, interviene y es cuando, por fin, Aiden desvía su mirada de mí.
—Doctor... —menciona la chica.
—Ehh... —intenta responder, pero no sabe qué decir. Vuelve a mirarme y es como si no creyera que estoy aquí, en su consultorio, frente a él.
Yo no abro la boca, no digo nada. Espero a que se decida.
—Mads... —dice por fin.
Su voz. Es como miel fluyendo por mi cuerpo, el susurro bajo y ronco que sale de sus labios, me provoca mil sensaciones y ninguna buena. Escuchar el diminutivo que utiliza para referirse a mí, me ablanda por unos segundos. Nada que ver con el doloroso Maddison que me dijo la última vez que nos vimos y la última vez que hablamos una palabra.
—Aiden... —No estoy segura si lo pienso o lo digo, pero de ser así, mi voz suena como un respiro silencioso. Cargado de muchos sentimientos encontrados.
Pasan unos segundos en los que todavía no somos conscientes de lo que está pasando. Cuando por fin Aiden reacciona, su mirada se endurece, sus labios de fruncen y asume una posición tensa. Al ver su cambio, mi corazón duele. Por mucho que me mienta a mí misma diciéndome que todo está superado, tengo que aceptar que ni cuatro años fueron tiempo suficiente para olvidar.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz falsamente dura, por más que quiera ocultar sus sentimientos, el temblor en su voz lo delata. Yo cierro los ojos y tomo una respiración bien profunda.
—Necesitamos hablar —respondo, cuando abro los ojos. Aiden nota la determinación en mi mirada y vuelve a fruncir el ceño.
—No creo que tú y yo tengamos nada de qué hablar. Tu resolviste tu vida hace mucho tiempo —bufa con rencor. Actúa como si todo hubiera sido mi culpa.
Con esas palabras solo enciende mi rabia, por varios años calmada. Tal parece que él no recuerda cómo sucedieron las cosas.
—Sí, Aiden. Tuve que hacerlo. —Le planto cara con carácter, él no tiene derecho a culparme por todo—. ¿Qué esperabas que hiciera, que continuara interpretando el papel de estúpida? —pregunto, enojada. Él abre los ojos, sorprendido por mi exabrupto.
Mira a su empleada, lo que me hace reaccionar. Estamos haciendo un espectáculo ahora mismo.
—Lisa, si alguien llega avísame por el interfono. Pero no nos interrumpas —dice Aiden, dirigiéndose a ella con una mirada helada. Luego me mira a mí y, con un resplandor extraño en sus ojos, me pide que lo siga.
No me queda más remedio que hacerlo. Antes de pasar por su lado miro a la recepcionista y ella me está mirando, curiosa. Supongo que debe ser un shock tremendo haber presenciado en primera plana nuestra interacción luego de tantos años. Aiden sigue mi mirada y la regaña por curiosa. La chica baja su cabeza avergonzada y vuelve a su puesto de trabajo. Cuando ya estoy dentro de la oficina, siento como Aiden cierra la puerta.
Al instante me atacan los nervios. Nunca me resultó estar sola con él y no caer en sus redes. Por lo que tanta proximidad llega a ser un poco impactante.
Me quedo parada justo en el centro. Cuando Aiden me rodea para sentarse detrás de su escritorio, siento su perfume. Exhalo con mucha discreción y al momento, me arrepiento. Su varonil aroma inunda mis sentidos y por unos segundos me sumerjo en mis recuerdos. En aquellos en los que era feliz y no lo sabía.
Me hace una señal con su mano para que me siente en uno de los butacones que tiene frente a su mesa. Lo hago, primeramente, porque creo que en cualquier momento me caeré desmayada de tanto aguantar la respiración y, en segundo lugar, porque el temblor de mis piernas ya es demasiado evidente.
Me mira por largo rato. No con odio. Y ya eso es un gran avance. Sino con curiosidad. Y con algo de atrevimiento. Le aguanto la mirada hasta que él mismo se da cuenta de que lleva más tiempo de lo normal mirándome. Carraspea, supongo que para organizar sus ideas. Eso me da ganas de reír, pero me aguanto.
—Entonces, Maddison, ¿qué es lo que quieres? —dice con un tono de voz serio. Impuesto.
—Vaya, ahora vuelvo a ser Maddison —replico, alzando una ceja inquisidora.
—Así te llamas, ¿no? —pregunta con sorna.
—Sí, claro, ese es mi nombre. Pero mejor te lo dices tú mismo, para ver si te convences. —No puedo evitar mencionarle su desliz al llamarme por mi diminutivo cuando me vio en la recepción.
Él sonríe. Y yo me derrito. Tal parece que estamos jugando. Él me dice, yo le replico. Indirectas y más indirectas, que me catapultan a un tiempo en el que todo terminaba de diferente manera. Un tiempo en el que, entre tantas cosas, no faltaban dos palabras que me hacían extremadamente dichosa. Te amo.
Cuando noto que me pondré nostálgica, asumo el control de mis emociones y lo más seria que puedo, le hablo.
—Dejémonos de jueguitos, Aiden. Estoy aquí por una razón. Solo una.
Él se queda callado, esperando. Solo hace un asentimiento con su cabeza, pidiéndome que continúe.
—Necesito contarte algo. Algo muy importante.
Las palabras no me salen. Abro la boca en varias ocasiones, pero no puedo. Cierro los ojos con frustración y provocando unas sencillas lágrimas. Pestañeo para evitar derramarlas, pero la acción pone en alerta a Aiden, que me mira sin entender, ahora con un deje de preocupación en su rostro.
—Aiden, yo tuve un... —Y justo cuando había retomado las fuerzas, la puerta de la consulta se abre, para darle paso a una voz chillona que conozco muy bien.
—¿Se puede saber qué hace "esta" aquí?