La Recuperación
Carlos
Me llevaron de nuevo a una habitación, ya no con todos aquellos aparatos y dejarme sedado por días. Esta habitación tenía una ventana completa con vidrio sellada, una cortina de tela color gris plomo, las paredes eran blancas con una lámpara sobre la cabecera de la cama y una mesa rectangular con una pieza de hierro que ajustaba a la altura de la cama para comer sentado.
Tenía un pequeño baño con un espejo pequeño donde solo podías verte el rostro y las piezas sanitarias eran grises con la loza de color blanco que cubría todas las paredes. Está era las habitaciones de los recuperados, los que habíamos salido de la desintoxicación y empezaba la etapa más dura, empezaba el tratamiento con el psiquiatra, era luchar contigo mismo. Bueno al menos ya las pesadillas habían desaparecido, solo quedaba el temblor en las manos que no me permitía estar sereno y en paz.
Si mi comportamiento mostraba signos de mejoría, según mi médico, podrían cambiarme de habitación a una que tuviera un pequeño escritorio y tal vez un equipo portátil de cd para escuchar música. Había dejado de escucharla desde que me fui de casa, todo aquello que consideraba que era de mi propiedad, pero que ellos me habían dado lo dejé en su casa, era realmente de ellos, incluyendo mi colección de CD de música clásica que adoraba.
María, una enfermera de cabello blanco, como de unos setenta años, me cuida. Ya nos conocíamos, la primera vez que estuve aquí hace hoy casi seis largos años, no estaba tan canosa como ahora pero siempre estuvo pendiente de mí. Era una buena compañía y compartimos muchos intereses: le encantaba la poesía, la música instrumental y tocaba el piano y el violín. Esa música me inspira. Eso nos hizo más amigos esta vez.
Creo que no les he dicho que el psiquiátrico tenía dos bloques de tres pisos cada uno y había un pasillo externo que los unía. Ese pasillo los unía a partir del segundo y tercer piso. En el tercer piso estaban los pabellones y en el segundo las habitaciones de cuidados especiales, desintoxicación y en la otra edificación la recuperación, donde estaba mi habitación ahora.
El balcón de la edificación donde me encontraba era inmenso casi bordeaba la edificación y te permitía ver todo el jardín desde arriba. Había dos jardines, el de la entrada que bordeaba la edificación, pero ese solo eran árboles y pequeños arbustos con flores diminutas y el posterior, donde las habitaciones tenían su vista, era el más hermoso. Debo reconocer que me encantaba verlo desde arriba, todo verde, espeso, con diferentes árboles y rodeado de flores de muchos tipos, siempre lleno de color, siempre florido. Parecía un bosque encantado, solo sabías donde iniciaba, pero no donde terminaba, era hermoso.
Me encantaba porque en las mañanas la luz del sol se escurría entre las ramas, la briza acariciaba el rostro y hacía cantar las hojas suavemente, llevándonos a otro lugar. A muchos nos sentaban debajo de los frondosos árboles y nos leían, otros estaban sentados pero ausentes, viéndonos sin vernos, otros tenían la dicha de que los visitaban y comían panecillos dulces con café con leche que vendían en la cafetería. No me permitían recibir visitas, no mientras estuviera en tratamiento y probaran que no era una amenaza para el que me visitaba. Bueno, quién visitará a alguien como yo, nadie.
En las tardes, cuando iniciaba, el sol lo sentías en los pies, bañaba las flores que comenzaban a cerrarse y la briza triste, fría y solitaria se llevaba las hojas debajo de tus pies. Me gustaba más de tarde, solo los pacientes de recuperación se nos permitían estar en las tardes en el jardín, lo disfrutaba. Los pájaros también cantan acompañando la tonada de las hojas melodiosas de los árboles. Era hermoso. Era como su rostro fresco, cálido, hermoso, lleno de paz y lleno de amor. Dios, cómo la amo.
María y yo solíamos salir en las tardes a pasear por los jardines, aún no caminaba mucho porque temblaba y mis pasos eran erráticos por lo que me llevaba empujando la silla de ruedas. Era una clara y fresca tarde de septiembre, ella empujaba la silla de ruedas mientras miraba cada una de las plantas y de las flores del jardín. Luego de recorrerlo casi de un extremo a otro le pedí que me llevara al balcón, donde estaban los cuartos de los que estaban en recuperación, porque quería contemplarlo todo desde arriba, desde allí se observaba la otra torre y parte del gran jardín.
Para llegar al balcón había que atravesar un pasillo y una puerta de cristal que permitía ver las copas de los árboles mecerse por la brisa. Generalmente esa puerta permanecía con llave solo las enfermeras disponían de una copia que había que solicitarla en el estar de enfermería del piso.
María me dejó en la silla de ruedas enfrente de la puerta de cristal mientras solicitaba la llave y al tenerla la abrió despacio, colocó la silla al otro lado de la puerta bajo techo, dejándome alejado de la baranda de dos hileras de madera color caoba oscuro. Solo se escuchaba las voces de quienes caminaban por el jardín, debajo, casi como un susurro y sonreí tristemente.
─ Si quiere le busco alguna revista para que lea, en el estar debe haber algo, así se distrae y disfruta de la brisa un rato — me propuso la enfermera acercándose por la espalda.
─ No se preocupe, así está bien. ¿Podría dejarme solo unos instantes?, por favor — le respondí mirando al frente, sin voltear a verla.
─ Está bien. Voy a buscarle su tratamiento. No voy a tardar mucho ya que estamos cerca de su habitación y regreso — Me tocó el hombro, no era la primera vez que hacíamos esto, sabía que no haría nada malo y la esperaría.
María era una mujer de edad avanzada, de piezas gruesas y de poco cabello totalmente plateado por las canas, por la edad tenía las manos con manchas marrones y la piel casi transparente. Habíamos estrechado nuestra relación paciente-enfermera, sobre todo después de la última noche de las alucinaciones porque terminó asignada a mí cuando me pasaron a las habitaciones de la emergencia y luego a las habitaciones de recuperación. Nos habíamos encariñado el uno con el otro. Sabía que Inés la había asignado a mi cuidado, eso lo notaba cada vez que venía a verme, especialmente cuando me hacía el dormido, y se asomaba a la habitación conversando con María con la puerta entreabierta; entre las dos compartían la misma sonrisa de satisfacción ante mis avances. Cuando no me veían también sonreía porque significaba que seguía pendiente de mí, el hombre que más la ha amado.
La brisa me acarició el rostro, a pesar de estar más tranquilo por haber superado las alucinaciones aun la piel lucía marchita, las bolsas de sus ojos estaban menos pronunciadas y el color rojo había casi desaparecido, sin embargo, la mirada seguía triste y cristalina. Cerré los ojos y respirando profundamente mantuve en los pulmones el aire fresco y luego despacio, dejándolos cerrados, lo dejé escapar lentamente liberando con ese largo respiro mi más profundo dolor: la ausencia de Inés en mi vida.
Noté que las manos temblaban, cuando eso ocurría no me gustaba tener gente cerca por lo que no acostumbraba a compartir con los demás pacientes, estaba siempre solo. Las manos seguían temblando así que las llevé al rostro para ocultar sus movimientos apoyándome en ellas, luego las bajé al apoya brazos.
─ Bien Carlos, ¿para qué sigues con vida? No puedes enfrentarla solo, siempre necesitarás de alguien. Eres una pesada carga para todos ─ agarre las ruedas de la silla haciéndolas rodar y acercarme a la baranda, poco a poco hasta estar frente a ella. Llevé las manos a la baranda y apoyándome ella levanté despacio el cuerpo por lo que la silla rodó un poco hacia atrás. pero ya de pie. comencé a buscar con la mirada el lugar perfecto para caer.
─ ¿Qué tratas de hacer? ─ preguntó Inés al acercarse lentamente.
─ Estaba viendo el paisaje, solo eso ─ no volteé a verla, me sentí descubierto ante la agradable idea de saltar. Como siempre llegaba a tiempo para interrumpir, parecía que lo presentía.
─ No te muevas ─ se acercó despacio a mi lado, solo a unos pocos pasos.
─ Si te acercas más, me lanzo ─ le dije muy seguro de mis intenciones.
─ Vamos, Carlos, deja de hacer tonterías. Voy a ayudarte a sentarte de nuevo en tu silla — me dijo observando extendiendo sus brazos para acercarse
─ No quiero que me ayudes ─ volteando lentamente hasta quedar frente a ella.
─ ¿Por qué?
─ Porque no puedo soportarlo más ─ lo solté como el aire de mis pulmones
─ ¿Qué es lo que no puedes soportar más? ─ preguntó con amabilidad
─ Tu lástima, tu compasión, eso es lo que no soporto ─ dije furioso, estaba molesto, me había arruinado la oportunidad perfecta
─ No tengo lástima por ti, estás equivocado — respondió dulcemente observando cada uno de mis movimientos, la expresión de mucho dolor y rabia en mi rostro. Como no le permití acercarse colocó sus manos en los bolsillos de su bata blanca.
─ No me mientas ─ le respondí molesto
─ No te miento ─ dijo mirándome fijamente aún con sus manos en los bolsillos de su bata de médico, como aferrándose a ellos, para evitar acercarse más de lo necesario.
─ No digas que no lo haces. Me tienes lástima porque ahora soy un inútil, mi cuerpo ya no me responde, ya no puedo controlarlo. ¿Has notado cómo tiemblan mis manos? Cómo mi caminar es torpe y desequilibrado ─ me aferré con fuerza a la baranda apoyando la espalda en ella mientras que Inés trató de acercarse, pero no la dejé.
─ No te acerques, mantente alejada de mi ─ dije colocando la mano como escudo
─ ¿Qué tratas de hacer? ─ preguntó a unos pocos pasos y pronunciando cada palabra casi con dolor.
─ Inés por favor, para qué me preguntas, es que acaso no ves que ya estoy muerto — respondí confundido, no podía creer que no se hubiera dado cuenta cuando me conocía tanto.
─ Quiero ayudarte a que vuelvas a ser aquel hombre al que amé tanto, que significó mucho en mi vida – colocándose frente a mí muy despacio logró acariciarme el rostro para luego estando frente a frente lo suficientemente cerca como para hablar sin levantar la voz, colocó su mano lentamente en la espalda y la acarició.
─ Eso ya no se puede. Ese hombre ya no existe ─ le dije con la seguridad de sentirlo, entendiendo con su caricia que era el momento de acercarnos por lo que el abismo que ambos habíamos mantenido había desaparecido. Acercó su rostro al mío, pero sin tocarnos, las cabezas estaban casi rozando una con la otra mirando ambos al suelo.
─ Si existe, yo sé que sí. Está delante de mí solo que tú no quieres aceptarlo. Carlos soy yo la que necesito que tu mejores porque…
─ Así borras la culpa ─ la interrumpí como tentándole con cada palabra y observándola aún, aunque ella seguía mirando al piso para que no me violentaba al verle, tenía que hacerle sentir que de verdad me dolía la situación, pero comprendí que ambos nos necesitábamos, tal vez más que la vez anterior.
─ No, no es por eso. Te aprecio, te…─ le interrumpí levantando la vista del suelo y acercando mi mano a su rostro para que me viera a los ojos.
─ ¿Me quieres todavía? ¿Después de todo esto, me quieres? — cuando logré ver sus ojos estaban con brillo por las lágrimas que aún no salían a recorrerlo.
─ Claro que te quiero, es que no ves que me hace daño verte destruirte poco a poco, cariño ─ respondió con los ojos llenos de lágrimas que salían desesperadas por sus mejillas y las palabras más sentidas que había podido decir, este era el primer encuentro entre ambos después de aquella discusión en la casa de la playa.
El dolor se transformó en un torrente de lágrimas desesperadas y abundantes, ambos empezamos a llorar.
─ Sé que te amo y mucho más que antes porque ahora entendí lo estúpido que fui contigo, lo egoísta y…─ no pude continuar las palabras se atoraron en la garganta, Inés acarició mi rostro nuevamente con ternura.
─ ¿Acaso tienes miedo de que me lancé al vacío? — le dije muy cerca de su rostro
─ Si tengo mucho miedo que lo hagas porque necesito que me des la oportunidad de que vuelvas a ser normal, a ser como antes — respondió viéndome a los ojos directamente
─ Para qué quieres que siga viviendo esta porquería de hombre que necesitará beber lo que le resta de vida. No te das cuenta que, aunque lo escondas, voy a encontrarlo. Ese monstruo vive dentro de mí — le dije con la certeza de la verdad
─ Solo si tú quieres. Estás aquí de nuevo, estás recibiendo ayuda, solo déjate ayudar, puedes hacerlo, como antes….
─ No, no como antes — le interrumpí — Antes te tenía a ti, conmigo, ahora estoy solo. No entiendes que te sigo amando, que te necesito y que no puedo aceptar que por ser un tonto te perdí. Quisiera poder retroceder el tiempo y que volviéramos a estar juntos porque no te necesito como médico, te necesito como mujer, como mi amor, como mi refugio, como lo que éramos antes.
─ Por favor no me hagas escoger. Sabes que no puedo regresar contigo como éramos antes ─ me miró a los ojos bajando después su mirada al suelo de nuevo, sus mejillas estaban mojándose por las lágrimas que salían.
─ Porque eres la mujer de mi hermano ─ le miré esperando que ella preguntara ante la afirmación, como no lo hizo descubrí entonces que él no se lo había dicho ─ Samuel es el hijo ilegítimo de mi padre.
─ No lo sabía ─ se sorprendió ante el comentario mirándome incrédula.
─ Lo sé. Ese mediquito no te lo ha dicho ─ le miré a los ojos sabiendo que era la sorpresa lo que veía en ellos ─ Él me arrebató todo, el cariño de mi padre, a ti y hasta mi herencia porque al morir se lo dejó todo ─ miré al suelo para buscar, tal vez, la fuerza necesaria para seguir ─ No es tan bueno como tú crees. Samuel es el que administra nuestros bienes y lo poco que me dan. Es el resultado de un desliz de mi padre y una de sus secretarías, eso destruyó a mi madre que había vivido para él, solo para él ─ me detuve por unos instantes para tomar aire y pensando en voz alta continúe ─ Le perdoné cuando murió, pero mi madre creo que nunca lo hizo, en realidad creo que eso realmente la mató, se llevó ese dolor para la tumba ─ concluí con tristeza.
─ Carlos no hablemos de Samuel, hablemos de ti. Lo importante es que pensemos en ti y en tu recuperación ─ dijo mirándome de nuevo.
─ No lo creo, ya no tengo tiempo para nada más. Si desperdicié mi vida dejándote en sus manos, no creo que valga la pena seguir intentando corregir algo que ya no tiene remedio.
─ No digas esas cosas, puedes corregir a partir de ahora, eres joven aún, puedes iniciar de nuevo — acarició mi rostro, era evidente que quería convencerme.
─ No, ya no me siento así. Lo único bueno que había en mi vida eras tú.
─ Tú me echaste de tu vida, cuando eras mi mundo, todo lo importante para mí ─ sabía que sus palabras gritaban la verdad, la cruda verdad, pero era el momento adecuado para que cada uno se desnudara ante el otro.
─ Y no sabes lo arrepentido que estoy de haberlo hecho. Creí que podía dejarte, olvidarte, pero no, estás en mi piel como un tatuaje, que no puedo borrar.
─ Y tú en la mía ─ me miró a los ojos con amor, lo reconocí, dentro de ella aún me amaba. Así era su mirada cuando nos encontrábamos en el jardín, cuando caminábamos tomados de la mano por la orilla de la playa, cuando despertaba a mi lado, cuando la amaba con pasión.
Nos acercamos uno al otro, Inés apoyó su espalda en la baranda del balcón percibí que se sentía sin fuerzas, como si su alma hubiese dejado su cuerpo para unirse a la mía. Sus brazos cayeron a ambos lados del cuerpo, no tenía energía para levantar y abrazarnos con fuerza.
Solo la miraba con tristeza sin apartar la vista de su rostro, así que me acerqué hasta quedar uno frente al otro para descansar la frente con la suya, simplemente viéndola, entonces muy lentamente ella levantó sus brazos para acariciar mi rostro y yo el de ella. Lloramos por unos instantes y luego de un silencio corto la besé para decirle, en tono muy bajo, quedandonos juntos uno apoyado en la frente del otro.
─ Necesito decirte que te agradezco lo buena que has sido conmigo, pero no debí aceptar que Daniel me trajera nuevamente. Soy un suicida que no ha podido matarse porque le teme al dolor, así que destruí mi vida y la tuya porque sé que fue difícil para ti aceptar todo aquello como una equivocación, una terrible equivocación.
Vinieron a mi memoria aquellos momentos de intimidad en aquella casa de la playa, todas las veces que estuvimos juntos, las cosas maravillosas que compartimos, los momentos de alegría y la felicidad que creí que nunca terminarían, era como si la película de mi vida se proyectara y luego de unos instantes le dije bajando el tono de voz.
─ Te maté mientras que tú solo me amabas, me atendías, me ayudabas, pero no supe cómo hacerlo. No sabía cómo era querer a otra persona cuando no sabía ni quererme a mí mismo. Tú me enseñaste cómo hacerlo, sin esperar nada a cambio solo un poco de tiempo para los dos, desde solo mirarnos, de apoyarnos el uno al otro, compartir las cosas más simples como un café, un amanecer o un atardecer sin dejar de ser cada uno. Solo con vernos nos entendíamos, sin usar palabra alguna, eso ocurre muy pocas veces en la vida y fuimos afortunados en encontrarnos. Eso lo sé y me duele mucho perderte.
─ Carlos ya vas a terminar con tu tratamiento por favor debes continuarlo. Tal vez podemos encontrar un lugar cerca del hospital donde puedas quedarte, así iría a verte cada vez que me necesites para ayudarte a superarlo — le observaba recorriendo su rostro y su mirada una y otra vez buscando la verdad en todas sus palabras, la sentía cerca, muy cerca como antes sin barrera alguna, estamos encontrándonos de nuevo, siendo sinceros el uno con el otro.
─ Déjame pensarlo ─ dije casi como un susurro y me aparté de ella hasta acercarme a la silla para volver a sentarme retrocediendo poco a poco mirándola, mientras ella seguía apoyada su espalda a la baranda y bajaba sus brazos para colocar sus manos dentro de los bolsillos de su bata de médico solamente observando.
A pesar de no habernos tocado, solamente un beso casi robado, estoy seguro que los dos sentimos que lo habíamos hecho, habíamos liberado nuestras almas reconociendo el amor que aún sentíamos el uno por el otro y perdonándonos. Estoy seguro, más que antes, que me amaba tanto como lo hago ahora.
Aún la contemplaba desde la silla de ruedas cuando sentí que Samuel pasó a mi lado para acercarse, ella seguía viéndome con tristeza apoyada en el borde del balcón.
Estoy seguro que reconoció nuestras miradas así que se acercó a ella rodeándola por los hombros mientras que sonreía al verlos. Sabía que ella aún me quería a mí, no sé cuánto lo quería a él, pero estaba más que seguro que nos amábamos.
Sabía que estaba molesto, lo noté en su mirada fría como siempre me miraba cuando estábamos solos. Debo reconocer que se ha portado como un caballero, como diría mi abuelo, sabiendo que su mujer quería a otro hombre, y que ese hombre era su medio hermano, no era nada fácil de aceptar.
Estaba seguro además que no me toleraba y que trataba de ser lo más distante y amable posible mientras estaba con nosotros. Puedo asegurar que si ella no estuviera ya me hubiera matado con una sobre dosis, y si se enteraba que me seguía amando sería la excusa perfecta para hacerlo. Ese era nuestro secreto, hermanito.
No me moví, al contrario, los contemplaba sonriendo con amargura y resignación para decirles muy seguro
─ Tú le perteneces. No debí tenerla porque es demasiado buena para mí. Cuídala Samuel
María entró casi al finalizar mis palabras, colocó la mano en mi hombro y acepté moviendo la cabeza hacia adelante para que empujara la silla hacia la puerta del balcón. Sin embargo, mirándolos, cuando quedaba de frente para salir de la habitación, sostuve la rueda de la silla entre las manos para decirles
─ Samuel, tú la ganaste. Me parece que es tarde para mí, pero no debes dejarla sola.
─ No pienso hacerlo — respondió con la seguridad de tenerla con él, ahora le pertenecía.
─ No esperaba menos de ti, hermanito. Si, ella lo sabe ya no merecía seguir con esa mentira y tú tampoco. Debes arreglar las cosas como he empezado a hacerlo yo. Cuídala, cuídala mucho.
María y yo salimos del lugar dejándolos solos. Lentamente llegamos a mi habitación y me recosté en la cama. No hablamos sobre el incidente y la noticia que hice pública ella la sabía, habíamos hablado de ello. María le debía mucho a Samuel gracias a él estaba en el psiquiátrico cuando su marido murió, y sin hijos, se había convertido en su refugio. Me prometió no compartir con nadie mi secreto.
María procedió a darme la pastilla para que durmiera un rato antes de la cena, y sencillamente me acomode en la almohada para dormir.
En estos días he recordado a mi madre, sí a mi madre, aquella mujer que me perseguía por esa inmensa casa para recordarme que mi padre era un mal hombre. Mi madre la señora Isabel enamorada perdidamente de su amado Carlos. Sin embargo, nunca le dejó, siguió con él a pesar de todas las infidelidades y la soledad que le dio a cambio, aunque también estaba enamorada del status quo que él le permitía tener. Lo que no puedo definir si este último era mucho más importante que el estar perdidamente enamorada aún de su Carlos.
Comprendí que su amor era más fuerte que ella porque prefirió seguir con él y su tormento, que dejarlo. Pero su amor por nosotros no fue igual, el amor por nosotros era enfermizo porque nos usaba para hacerle daño. Qué ironía con ello solo nos hizo daño a nosotros, bueno a mí, porque realmente no sé cuánto afectó a Javier la situación ya que no éramos unidos, nunca lo fuimos.
Javier vivía su mundo y se aferró al afecto de mis abuelos, pero yo no lo hice, decidí que debía quedarme con ellos para que ambos sufrieran por lo que sus acciones me habían convertido en un alcohólico. Sí, no te sorprendas hace mucho que lo sé, sobre todo después de esas pesadillas y las alucinaciones que no quiero volver a experimentar.
El Doctor Márquez había logrado con su terapia que descubriera el origen de mi problema, muchas veces me recomendó que lo hablara con mi padre, pero nunca pude. Cada vez que estaba decidido algo pasaba y toda la energía y fuerza que lograba reunir se evapora como un fantasma. El odio volvía de nuevo a mí, convirtiéndose en una fuente de energía diabólica que solo me hacía planear las cosas que podía hacer para avergonzarlos, para hacer escándalos y hacerles pasar un muy mal rato. Reconozco que el origen de mi problema era el haber depositado en mi padre tanta admiración y haberlo convertido en mi héroe que después que descubrí que no era nada de eso, no supe qué hacer con la sensación de decepción y tristeza que me generaba. Solo sentía que debía castigar, sí, castigarle porque sabía que me amaba tanto o más que yo a él.
Nuestra vida hubiese sido tan diferente si él realmente hubiese puesto de su parte para reconocer sus errores y enfrentar las consecuencias de sus actos. Y en mi caso si hubiese encontrado transformar aquel odio enfermizo por dañar, por el perdón, si perdonarle por lo que había hecho y perdonarme por lo que decidí hacerle todos esos años hasta ahora.
Pero ahora que estoy con la mente más clara entiendo la profundidad del amor de ambos, era un afecto enfermizo el que sentían el uno por el otro. Él confesó que la seguía amando a pesar de todo lo que le había hecho y estaba arrepentido, solo que no le permitió el tiempo demostrarlo pues ella decidió irse.
Decididamente el amor de los Villalobos es enfermizo, el mío lo reconozco, porque no sé cómo darlo sin hacer daño. Ojalá aún tenga tiempo para demostrarle que mi amor no es como el de ellos y pueda enmendar mi error con mi recuperación. Esa pudiera ser la mejor demostración de mi amor hacia Inés y hoy comprobé que la conexión con ella seguía igual, igual de fuerte, igual de intacta como antes, como antes de la discusión por aquellos celos enfermizos por culpa de Samuel. Estoy seguro que él tendrá muchas cosas que explicarle y sonreí imaginándome la escena y el rostro indignado de Inés, de mi amada Inés.