Las pesadillas Capitulo 2
Samuel
Eran pasadas las siete de la mañana cuando llegué al hospital. Debía pasar revista a mis residentes de turno y luego pasé a ver a los pacientes. Cuando llegué al módulo donde se encontraban los que estaban bajo tratamiento psiquiátrico, descubrí que la historia de Carlos no estaba en su lugar.
No había enfermeras, tal vez estaban tomando las muestras de la mañana, así que llegué hasta la habitación. Cuando abrí la puerta solo estaba la cama vacía y sin arreglar, evidentemente la camarera aún no había pasado para disponerla para otro paciente.
Algo había pasado, Inés tampoco la vi por ninguno de los pasillos de camino hasta aquí, tal vez empeoró y está muerto. ¿Muerto? No creo estaría aquí mi amigo el Doctor Miguel, estoy seguro, como siempre cada vez que algún Villalobos moría.
Caminé a mi oficina que quedaba en el piso de abajo y cuando llegué Inés estaba esperándome mirando por la ventana al jardín, la puerta estaba entreabierta. Me sorprendí verla, normalmente era muy pocas las veces que se acercaba hasta aquí. Tenía que ser algo grave o algo con lo cual, estoy seguro, no estaría de acuerdo.
Mi oficina era parecida a la de ella, cercana a la ventana que daba el jardín, había una pequeña mesa con una cafetera eléctrica solo de dos tazas rodeada de un frasco con café instantáneo, bolsitas de té en una cesta, dos tazas grandes de cerámica de color beige, dos vasos de cristal y una azucarera de acero. La mesa estaba enfrente del escritorio de caoba roja, dos sillas de cuero y acero para los pacientes y a espaldas del escritorio un librero de caoba roja lleno de libros.
Cerré la puerta despacio mientras ella se acariciaba los brazos y de vez en cuando sus mejillas, tomaba una taza de té. Cuando sintió el ruido de la puerta al cerrarse se sorprendió y me sonrió al descubrir que era yo quien la cerraba.
La observé esperando que hablara, sabía que tenía que decirme lo que había ocurrido, darme una explicación pues a ella no le correspondía atender a Carlos y menos durante una de sus pesadillas porque en su inconsciencia pudiera matarla.
Me acerqué al escritorio para sentarme esperando que ella se aproximara. Inés se acercó a la mesa para servirse de nuevo la taza de té y procedió a sentarse frente a mi escritorio, mientras me acomodaba colocando las manos entrelazadas sobre él. No quería pensar, no quería emitir ningún juicio por lo que había ocurrido, no quería hacerlo. Iba a escucharla, simplemente eso. Respire profundamente dejando libre mis pulmones de aire y con ello mi mente.
─ Anoche ─ dejó la taza de té sobre el escritorio y mirándome fijamente dijo muy despacio ─ Carlos tuvo una de sus alucinaciones más fuertes.
─ Me imagino. Hace rato llegué y cuando fui a buscarte me encontré con la habitación vacía. Debieron llevarlo a la emergencia, ¿cierto? ─ le contesté sereno.
─ Si, después del evento lo llevamos a una habitación en la emergencia. Tengo mucho miedo, miedo por él ─ ocultó su rostro entre sus manos y luego de respirar hondo se quedó mirándome atentamente.
─ ¿Por qué no llamaste al residente en lugar de ir tú? ─ pregunté sereno apoyándome sobre el escritorio vacío de papeles, donde reposaba su monitor apagado a la izquierda, pues era zurdo, y el porta lápiz acompañado de un porta retrato con la foto de ambos sonrientes y abrazados sentados en uno de los bancos de la entrada a la capilla en el jardín del hospital.
─ Tú sabes que solo yo podía calmarlo sin necesitar inyectarle esa droga que lo atonta por días ─ dijo serena para que no tuviera oportunidad de hacerle ningún reclamo.
─ Debo recordarte que ya no es tu paciente ─ dije fríamente y viéndola a los ojos ─ Ese fue el acuerdo cuando decidiste ayudarle. ¿Se te olvidó lo que acordamos? Te lo recuerdo: lo aceptaríamos siempre y cuando sea yo quien lo atendería, sería mi paciente.
─ Samuel, él me necesita ─ respondió mirándome angustiada
─ Esta situación no puede seguir. Necesito que seas sincera conmigo por una vez nada más ─ respire hondo para lograr calmarme, sabía que si perdía la compostura no lograría nada, al contrario, eso la haría regresar con Carlos.
Sentí miedo, mucho miedo, por lo que volví a respirar hondo para aclarar los pensamientos y continuar hablándole ─ Todo el tiempo que ese hombre ha estado aquí tú no has dejado que lo atienda como mi paciente. Diría que estás demasiado ocupada en su tratamiento, vigilar su sueño, la evolución y ahora sus pesadillas y alucinaciones. ¿Estás pensando en regresar con él?
Ella no respondió, se quedó observando atónita, se levantó de la silla y tomó nuevamente la taza de té en sus manos para servirse un poco más, dándome la espalda para escucharme sin verle, porque sabía que continuaría con el tema y defendería mi posición.
─ ¿Y qué harás cuando vuelva a arrojarte contra la pared, vuelva a golpearte o esta vez sí logré matarte consciente de ello? ─ le dije midiendo cada palabra, pronunciando despacio y modulando cada una.
─ Eso no pasará esta vez. Tú sabes que no puedo ni debo regresar con él ─ me respondió colocando a la taza dos cucharadas de azúcar y la revolvía despacio dilatando el tiempo de su respuesta.
─ Entonces, ¿Por qué insistes en atenderle? Por Dios, es que no te has dado cuenta que pasas demasiado tiempo pendiente de él.
─ Me extraña tu comentario. Está mal, tú lo sabes, está verdaderamente enfermo ─ seguía de espalda para no enfrentarme
─ ¡PERO… NO… ES… TU… ¡PACIENTE! ─ le increpé observando cómo se estremeció ante las palabras subidas de tono levantándome del asiento y apoyando los nudillos en el escritorio utilizándolos para acompañar cada una de sus palabras, luego de unos instantes de silencio y respirando profundamente varias veces proseguí habiendo logrado controlarme nuevamente, continué despacio la conversación ─ Discúlpame por decirte estas cosas, es que siento que lo que hemos vivido juntos no ha sido lo suficiente para ti.
Mis palabras la hicieron voltearse, puede verle el rosto, y me imploró ─ Samuel, por favor.
─ Sé que él siempre te quiso ─ le interrumpí ─ y tú a él, tal vez más que a mí.
─ Esta discusión no tiene sentido ─ respondió para evadir las demás preguntas que sabía que haría.
─ Si la tiene, por lo menos para mí ─ dije con angustia en las palabras y me acerqué a ella que se había sentado frente al escritorio, le tomé de la mano que reposaba en sus piernas para lentamente arrodillarme frente a ella. Inés no respondió, estaba fría y distante.
─ Dime, ¿le quieres? ¿En qué clase de psiquiatra te has convertido si no puedes resolver tu vida? ─ dije lo más serena que pude porque sabía que le hacía daño, sin embargo, estaba consciente que era yo al que más le dolía porque tuve, todo el tiempo que vivimos juntos, la angustia de que, si Carlos reaparece en su vida, tal vez, ella regresaría con él.
─ Samuel, amor, este no es el momento para que hablemos de estas cosas. Estoy cansada, fue una larga noche ─ me respondió despacio y suave para no seguir.
─ Me casé contigo para cuidarte y para quererte como él jamás podría haberlo hecho porque siempre te maltrató. No cuido de ti simplemente te utilizó para que le cuidaras y lo amases, nada más. Cuando le dejaste no podía creer que podías seguir sin él, porque él era para ti como el alcohol para él. Siempre regresará para desquitarse contigo de sus frustraciones, es que acaso, ¿no lo entiendes?
─ Sé ─ me interrumpió porque ya no podía contener sus lágrimas ante las verdades expuestas ─ Perfectamente qué fue lo que pasó. No necesito que me lo recuerdes. Tú más que nadie sabe lo que me costó salir de ese atolladero ─ las lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas y comenzó a temblar.
─ Entonces, dime ¿qué recuerdas que pasó luego que se levantó al otro día de la borrachera?
─ Samuel, por favor….
─ Te negaste a verlo entonces llamó a Daniel para que viniera por tus cosas y las dejara en el psiquiátrico porque le habías cambiado por otro. ¿Cómo podrías? Ese otro era diferente a él, pero demasiado parecido a ti, a lo que tú te merecías. No aceptó que lo cambiaras, te sacó de su vida y se fue para siempre, pero yo me quedé solo porque una parte de ti sigue con él desde esa misma noche y aún no ha regresado.
Comprendí que lo que decía era cierto, aún lo amaba, escondido, oculto de mí durante todos estos cuatro años. Desde que regresó a su vida la sentía distraída, divagando, demasiado pensativa, pero sobre todo alejada de mí y su afecto mudo dentro de ella.
Respiraba hondo, lo hizo varias veces, mientras la miraba fijamente esperando solo su respuesta, sus palabras. Luego de limpiarse el rostro con sus manos me miró a los ojos acariciándome las mejillas con ternura para decirme casi en susurrando: ─ Samuel, todo lo que has dicho es cierto. Solo una sola cosa te reprocho, he estado contigo desde hace cuatro años y aún dudas de mi afecto por ti.
─ No, no de lo que puedas sentir por mí, de lo que aún sientes por él. Tal vez he perdido la partida porque no logré amarte con la suficiente pasión como debí. Es que siento que te me vas, cada día.
─ Samuel ─ me besó en los labios con ternura ─ Te necesito a ti, conmigo, ahora. Lo que debo hacer no puedo hacerlo sola, sin ti.
─ Dime, ¿qué cosa es? ─ le dije mirándola atentamente y revisando cada uno de sus ojos para tratar de ver que escondía su alma realmente.
─ Necesito ayudarle no puedo dejarle solo — respondió con voz temerosa
─ Es que me da miedo que pueda hacerte más daño de lo que puedo ver.
─ Debo cerrar este capítulo en mi vida. Fallé como psiquiatra porque necesitaba probarme que era buena y me involucré más de lo que debí. Creo que parte de su actual estado se debe a mí, por haberlo dejado sin ayudarlo a que lo enfrentara y aprendiera a manejar. Es cierto que no regresó por mí, pero tampoco fui por él, simplemente huí, me escondí quedándome contigo, no lo enfrenté, no lo resolví. Fui cobarde porque el miedo me paralizó —respondió con firmeza en cada palabra, suavemente, pero firmes.
Sabía que tenía razón, solo que me aferré a la idea de que con el susto que había pasado y el miedo que había generado en ella el último encuentro con él, había logrado que el miedo fuera más fuerte que sus sentimientos. Evidentemente me equivoqué y por mi parte, estaba tan temeroso de que cualquier encuentro de ambos regresaría con él, tampoco hice nada para ayudarle a enfrentarlo.
Quería que desapareciera, sencillamente, los Villalobos habían marcado mi vida de una manera tan torcida, si torcida, primero mi madre enamorada de ese hombre de una forma enfermiza, luego él escondiéndose siempre de todos especialmente de ellos, después cuando enfermó y su esposa murió entendiéndolo como si hubiese sido un padre ejemplar para mí. Nunca lo fue y mi madre siempre trató de defender y justificarlo hasta el día que su esposa murió, ese día después de su entierro mi madre se quedó con él en ese caserón vacío
Fue entonces que le pidió que se quedara con él, que estaba dispuesto a iniciar su vida a su lado, inclusive me reconoció como hijo, pero no cambié mi apellido, me negué.
A pesar de todo la amaba, mi madre era todo para mí y por ella le perdoné. Reconociendo que no podría sentir amor por él, pero era tan grande mi amor por ella que estaba dispuesto a hacer este sacrificio solo por verla feliz. Ahora me tocaba hacerlo por la mujer que amaba, pero no podía decirle que éramos hermanos de padre, respire profundo y le dije mirándola a los ojos con ternura
─ Entonces, aunque me oponga, ¿seguirás atendiendo?
─ Así es. Le debo lo que le robé hace años y solo puedo devolverlo ayudándolo. Créeme que te amo es a ti ─ se acercó a mí para abrazarme y terminar llorando ambos.
Luego de besarnos y de llorar juntos un rato, le sequé las lágrimas con mi pañuelo y observándola atentamente le dije casi en susurrando: ─ No sabes lo que daría para poder ayudarte a decidir lo mejor para ti.
─ Tú eres lo mejor para mí, lo sé y no debes dudarlo — respiró profundamente, sé que lo hizo para ahogar sus lágrimas dentro de ella.
─ No quisiera que sufrieras nuevamente por él — le respondí viéndola con ternura, como hacía cada vez que comprendía que no lograría hacerla cambiar de opinión.
─ No voy a hacerlo, pero debo ayudarlo. Solo quisiera que me apoyaras no criticándome por favor. Sé que esta situación es difícil para ti, pero debes confiar en mí ─ tomó mis manos entre las suyas y apoyando su frente en la mía dijo casi como un susurro
─ Después que acepté que entraras a mi vida, no puedo imaginarla sin ti.
─ Solo quiero protegerte — reconociendo que el miedo no se alejaba de mí, temía perderle, sabía que debía dejarla enfrentar sus fantasmas solo que esperaba que ese fantasma no terminara con mi matrimonio. Tenía dudas, peor que antes, muchas más que antes.
─ No puedes evitar lo que debo enfrentar, es necesario. Te prometo que voy a estar bien ─ sonrió con tristeza acariciando mi rostro lentamente.
Le sonreí mirándola con ternura, llevé mi mano a sus labios para acariciarlos y luego besarle, recorrí su rostro mirándola fijamente, era una mujer hermosa, lo mejor que me había pasado y si tenía que esperar por ella y apoyarla lo haría sin titubear. No podía llevarle la contraria, eso lo sabía, si lo hacía se iría con él sin dudarlo.
Le sonreí de nuevo, me levanté extendiendo el otro brazo para ayudarla a ponerse de pie para abrazarla y besarle despacio primero, muy suavemente, y luego con pasión. Tenía que sentir que de verdad era a mí a quien amaba, sentir de nuevo la pasión de mi esposa por desearme tanto como yo a ella. El estómago saltó dentro de mí, la electricidad recorrió el cuerpo hasta bajar por mis piernas; besarle era una explosión de electricidad, un sentimiento abrumador, una necesidad que debía lograr satisfacer.
Ella me conocía, mucho más que nadie. Sabía que cuando la deseaba de esa forma era porque tenía miedo de que me dejara. Una alarma se encendió en ella y abrió los ojos para descubrir entre los besos ahogados, que esperaba con los ojos abiertos, que ella lo descubriera.
Se alejó un poco de mí, levantó sus manos para acariciarme el rostro atrayéndome hacia ella apoyándome en su frente, mordiendo su labio inferior como sabía qué hacía antes de amarnos y dijo ─ Vamos a casa, amor.