Las pesadillas Capitulo 1

Carlos

Me llevaron a la emergencia, amarrado de nuevo a esta silla de ruedas, mis manos me dolían, pero no podía levantarles pues mis brazos estaban sujetados con las correas de cuero al igual que mi pecho para mantenerme sentado. Me dolían los brazos, las piernas y mi cabeza daba vueltas. Las luces pasan una detrás de la otra pues mi cabeza estaba hacia atrás mirando el techo. Detestaba que eso pasara pues después el dolor de cabeza me duraba días.

Quería gritarle a la enfermera o al chico que empujaba la silla ─ Chico empuja mi cabeza hacia adelante para que por lo menos mire al piso y no a la luz.

No sé quién lo hizo, pero le agradezco que la hubiera llevado hacia adelante y colgara de mi cuello como si no sirviera. Como pude levanté la mirada, aún caminábamos por el pasillo, estaba lejos de la emergencia así que cuando cambiaron las losas de las paredes de blanco a azul comprendí que había llegado.

Me habían inyectado algo, ese líquido blanco que sentía que me adormece el cuerpo, pero dejaba libre a mi mente para revivir todas las cosas que habían pasado antes de todo esto. ¿Por qué tenían que darme ese medicamento? ¿Por qué no me daban otro que la callara a ella también? ¿Por qué solo adormecer mi cuerpo? No se dan cuenta que es peor el maltrato de mi mente, la lucha con ella cada vez que me despierto. Es que somos como dos Carlos peleando en un solo cuerpo, por eso siempre digo que es una lucha con un gigante muy poderoso y lo peor es que siempre gana.

Tengo que hacer algo, inventar una estrategia para desaparecer, que se vaya a otro lado, que vaya a atormentar a otro lejos de mí. Cuando lo logre, seré el hombre más feliz pues por fin seré libre.

El chico sostenía la silla y se acercaron dos más y junto con la enfermera me llevaron a una de las habitaciones azules con blanco para curar mis heridas. Cuando me desataron los brazos vi la sangre que salía de mi brazo, por la parte exterior, las manos hinchadas y sangrando poco, pero me dolían igual. Sonreí tal vez sí había logrado matar a alguno de ellos, aunque me hubiesen herido, me hubiese mordido, debí matar a alguno.

Los enfermeros me sostenían uno por cada lado levantándome de la silla y vi mis pies también sangrando. Dios la pelea si había sido fuerte, pero estaba vivo, aunque aún no sé para qué. Debieron dejar que me mataran esos monstruos, que se comieran mi carne y devoraran mis huesos.

Me cambiaron de ropa limpiándome como podían pues no podía mantenerme erguido, parecía que se hubieran llevado mis huesos y era de plástico. Me reía dentro de mí mismo casi a carcajadas, flexible y me divertía con la sensación.

Limpiaron mis heridas, me tomaron unos puntos en el brazo y en el empeine del pie derecho, sacaron unos vidrios de mis manos y me inyectaron de nuevo. Ya no sentía dolor alguno. Una de las enfermeras se acercó a mi rostro y lo limpió. Sentí dolor cerca de mi ojo derecho, cuando pasó el alcohol por la mejilla me ardió, me habían cortado o arañado con sus garras, y cuando me volteé mirando a la mesa contigua a la cama vi la riñonera llena de algodones y gasa cubiertos de sangre. Ella, sigilosa y sin pronunciar palabra alguna, me vistió con mi traje favorito de estos días: mi camisa celeste y pantalón ancho del mismo color. Me acomodó la cabeza sobre la almohada y colocándome una sábana se alejó apagando la luz de la habitación, dejándome con mi mente despierta, aunque mi cuerpo no pudiera moverse.

De repente el sueño comenzó a llegar, me sentía cansado, cansado de pelear, cansado de luchar. Recordé que ella estaba conmigo en la otra habitación y cuando gritaba ella se acercaba sigilosa, lentamente, como midiendo cada centímetro para abrazarme y decirme que todo estaba bien. Ese abrazo fue maravilloso, sentirla de nuevo fue increíble. Aunque pensándolo bien tal vez no ocurrió y solo pasó en mi imaginación.

Soñaba de nuevo y me vi llegando a la casa de la playa. Me asomé a la ventana Inés se escurría alrededor de la mesa mientras la perseguía y vi cuando arrojé el jarrón de vidrio al piso y los girasoles cayeron. Estaba furioso ese día, mi cabello estaba alborotado como si hubiese peleado con alguien y mis gritos se escuchaban fuera de la casa.

Había perdido la compostura, parecía un desquiciado y tomé a Inés por el antebrazo mientras ella quiso salir de la habitación para evitar que nos agrediéramos físicamente. Me quedé viéndome como si fuera otro el que estaba en aquella sala discutiendo con ella. Sin embargo, la sostuvo con fuerza y colocarlo frente a él, sacudiéndola, le gritó varias veces de forma eufórica: ─ ¿SABES QUIÉN ES ÉL?

─ Suéltame que me haces daño, por favor ─ le suplicó visiblemente asustada.

─ ¡CONTÉSTAME! ─ le dijo furioso sosteniéndola por sus brazos fuertemente, sacudiendo de nuevo.

Observe como Inés miraba mis ojos enrojecidos y estoy seguro que sintió mi aliento a alcohol. Recordé cuando salí de la habitación dos noches antes, esa noche ella estaba de guardia y ese hombre había venido por ella, estaba molesto y habíamos discutido por tonterías, pero tenía que desquitarme la rabia.

Al día siguiente cuando regresó esa noche por primera vez no dormí con ella a mi lado, salí de la habitación y busqué a mi amiga para comenzar a beber un trago y luego otro, y otro hasta que me bebí toda la botella y me quedé dormido.

─ ¿Has bebido? Bebiste de nuevo. ¿Cuándo lo hiciste? ─ le preguntó, pero aquel hombre solo la sacudía sin darle importancia a lo que le preguntaba, calmándose le dijo ─ No sé de quién estás hablando, por favor suéltame...─ había lágrimas en los ojos, estaba asustada nunca me había visto así de violento, fuera de sí.

─ ¡Todo este tiempo me engañaste como a un niño! ─ le grité quería desahogar toda mi ira de una sola vez.

─ No te he engañado ─ dijo con lágrimas en el rostro, estaba que temblaba, sentía en mis manos que la sostenían por ambos brazos.

─ ¡Eres una cualquiera! ─ le grité empujándola, ella perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con la mesa de madera pequeña, donde colocaba los pies al sentarme en el sofá con ella, al caer al suelo quedando inconsciente.

Ese Carlos se le acercó aún más molesto, pensó que ella solo estaba fingiendo, no había visto que se golpeó con la mesa porque solo le gritaba la rabia que sentía por dentro al haberla visto demasiado cerca caminando por la playa con Samuel.

Entonces descubrí el motivo real de mi rabia que había sentido el día anterior cuando los vi demasiado juntos para mi gusto caminando por la playa. Regresaban del hospital, tal vez cercano a las diez de la mañana como de costumbre.

Había bebido como acostumbraba cada vez que se iba, pero esa noche cuando vino por ella, no sé me pareció que ella salió feliz de casa montándose en el auto de ese hombre. Cuando terminé de beber, pues me bebí toda la botella, y antes de dormir me preparé un té de menta, el olor debía desaparecer por completo cuando ella regresara la mañana siguiente.

Al despertar, como a las siete de la mañana, me preparé un café bien cargado y humeante y lo bebí muy despacio hasta lograr que el último sorbo estuviera lo suficientemente frío. Miré el reloj cerca de las nueve de la mañana, sonreí con amargura y llegué a la habitación a arreglar la cama asomándome de vez en cuando a la ventana esperando su regreso.

Una hora después la observe por la ventana de la habitación, ellos no lo notaron. Quise correr y arrojarme encima, golpearlo hasta desfigurar el rostro, pero solo cerré los puños de las manos tragándome la rabia.

Vi que ese Carlos decidió tomar un baño para pasar el disgusto. Cuando terminó aún no habían entrado, con la toalla amarrada a su cintura salió a la sala para verificar si ya estaba adentro. Como no la encontró se acercó a la ventana para verificar que no había sido su imaginación o los celos que le habían hecho ver cosas que no ocurrieron. Regresaron a la entrada de la casa, entonces la vio de nuevo sonreír a ese hombre. ¡Qué rabia! ¡Qué impotencia!

Eso había ocurrido, por eso la rabia, por eso la impotencia, la frustración. La había visto feliz con ese hombre.

Miré al suelo viéndola a mis pies, cerca del agua derramada y los girasoles por el suelo. Era como si fuera un fantasma reviviendo la escena y ese Carlos se acercaba a ella gritándole.

─ ¡Jamás sentí nada por ti! ¡Todo lo que hice fue jugar contigo, porque yo sabía la clase de mujer que eras! ¿Me oyes? ─ el monstruo que vivía en él había salido de su jaula, estaba furioso, molesto, agresivo, sus manos temblaban al igual que su barbilla. La botella había hecho efecto, había olvidado todo y solo la rabia lo dominaba, el alcohol había hecho su trabajo y muy bien.

Se acercó a ella al ver que no se movía y la sacudió. Vio que no reaccionaba y en el piso había unas pequeñas gotas de sangre. Dejándola en el suelo se puso de pie levantó sus brazos a la altura de la cabeza en gesto de miedo y se pasó las manos por su cabello porque creyó que la había matado, empezaron a temblar las manos diciendo para sí cómo era posible que hubiese matado a la única persona que había logrado amarlo verdaderamente, sintió miedo y salió a la calle sin rumbo para buscar alcohol porque necesitaba beber.

Ahora sabía que no la merecía, que era demasiado para él, pero ya era demasiado tarde, pensó, ya había acabado con ella también.

Ese Carlos salió de la casa corriendo, afuera, desesperado por perderse y no regresar. ¿Qué horrible cosa había hecho? La había matado, la había destruido.

Caminé por varias horas cerca de la casa, buscando que la rabia abandonara mi cuerpo y tener algo de claridad en mi mente para descubrir qué había pasado realmente. Me quedé caminando por la playa, no salí a buscar alcohol, tenía que aclarar mi mente, regresaron los consejos que me decía antes de vivir juntos cuando sentía que mi cabeza explotaba por la impotencia y la rabia. Escuché su voz decirme de nuevo

─ Respira profundo, una y otra vez. Respira lentamente. Respira de nuevo, que toda la rabia salga de tu cuerpo y ahora que sientas tu corazón más tranquilo y latiendo más despacio, da un paso a la vez y luego otro, despacio y respira con cada movimiento de tus pies. Un paso a la vez.

Comprendí entonces que no la había matado, que solo había sido el golpe que se había dado lo que la había aturdido. Si claro, eso fue lo que ocurrió. Sonreí y regresé a la casa, tal vez estaría de pie recogiendo el desastre que había hecho y me esperaba.

Tenía que disculparme y pedirle mil veces perdón, sabía que me había equivocado, pero también que le había mentido y estaba bebiendo, estoy seguro que eso era lo que más temía. Tenía que decirle que había bebido, no me sentía orgulloso de eso, claro que no, pero esos celos al verla con ese hombre eran por su culpa, por estar con ese hombre. ¡Fue su culpa!

Mientras caminaba seguía en mi cabeza la discusión entre el Carlos bebedor y el de Inés: No Carlos no fue su culpa, fue la tuya. Tú le habías fallado, habías roto la promesa de no dejar que esa amiga, la botella con licor, te tentara y cayeras en sus garras. No era solo la tentación que sabías cómo vencer, ella te había enseñado cómo, es que tú solamente te dejaste llevar por la pasión y el arrebato de ira como si fuera una prostituta a la que no pudiste negarte pues sus encantos te habían seducido.

Cuando llegué a la casa el auto de Samuel estaba estacionado con la puerta abierta mientras él salía de la casa con Inés en brazos y la colocaba en el asiento del copiloto, con delicadeza le colocó el cinturón y cerró la puerta.

Entonces me acerqué muy molesto, de nuevo la rabia se apoderaba de mí, viendo que ella se encontraba adentro del auto y él daba la vuelta para llegar al asiento del piloto para llevársela, lo desafié

─ ¿Qué piensas hacer con ella? ─ le grité golpeando el auto por la parte de atrás con el puño cerrado.

─ Llevarla al hospital, está inconsciente ─ respondió cerrando su puerta.

─ ¡Tú no te la llevas! ¡Ella es mía! ─ me acerqué hasta la puerta del copiloto gritándole.

─ Deja la tontería Carlos. No ves lo que le hiciste, sabes que está mal ─ estiró sus brazos señalando para que observara que de verdad seguía sin despertar dentro del auto.

La vi ahí desmayada y más rabia sentí, entonces recordé su rostro como un destello en mi memoria.

Ese día en la oficina de mi padre debía darme dinero y cuando salí para esperar a Miguel su secretaria estaba demasiado nerviosa, lo noté, eran muchos años conociéndola. Mi padre la miró molesto y la mandó a pasar a su oficina, ella tomó una libreta y un lápiz y entró con él.

Mi padre me dijo que Miguel estaba por llegar y en la entrada junto al escritorio de la secretaria de mi padre había un joven musculoso y alto como de veinte años, más o menos de la edad de Javier, sentado esperando. Le saludé y me senté de nuevo a unas cuantas sillas cerca de él. Tenía una bata de médico y unos libros en sus piernas.

Unos segundos después el Doctor Miguel entraba a la oficina, se detuvo un momento sorprendido de vernos a ambos sentados, juntos, nos sonrió y colocando su maletín en el escritorio de la secretaria sacó dos sobres. Se acercó al joven, lo saludo dándole la mano y le entregó uno de los sobres. Él se levantó con sus cosas y despidiéndose salió de la oficina.

─ ¿Quién es? ─ le pregunté luego que salió

─ Un chico estudiante de medicina que viene a retirar su ayuda.

Recordé su imagen de niño, como de doce años, en aquel auto escondiéndose en el asiento de atrás asomando su rostro mientras mi padre y esa señora discutían en el estacionamiento, cuando llegábamos con mis abuelos a buscar a mi padre, para irnos de vacaciones.

Mis abuelos se miraron uno al otro, Javier jugaba con la pelota, pero vi su rostro asombrado mientras mi padre al ver el auto de mis abuelos la dejaba y ella llorando se montaba en el suyo viéndonos alejarnos. Recuerdo que mi abuelo le preguntó qué pasaba y él sonriendo cuando se sentaba a mi lado, luego de abrazarme y besarme, dijo: ─ Una madre desesperada por ayuda. Vayámonos que se hace tarde.

Después recordé que una tarde llegué a buscar a mi padre luego de la práctica de fútbol. Se suponía que me buscaría, pero ni él ni el conductor se aparecieron en el campo de entrenamiento, con mi mochila en el hombro caminé hasta la oficina, tendría como diez años, fueron casi doce cuadras las que recorrí ese día.

Eran pasadas las seis de la tarde cuando llegué a su edificio, muchos salían pues era la hora, con disimulo me escurrí para que el vigilante no me viera entrar y le avisara que había llegado. Quería sorprenderlo y me llevaría a comer helados, solo nosotros dos, para luego reclamar que no había pasado por mí.

El pasillo de la oficina de mi padre estaba vacío y todas las puertas cerradas. No hice ruido, lo recuerdo muy bien, así que cuando llegué giré la manilla de la puerta muy despacio y la abrí lo suficiente para asomarme. Mi padre estaba besándose con la secretaria, la misma mujer alta de cabello largo, delgada, de rasgos finos como los de aquel chico, y tenía su falda un poco levantada, pues estaba sentada en el escritorio y mi padre estaba entre sus piernas.

No me vieron, estoy seguro, cerré la puerta y me quedé afuera esperando que saliera. Esa fue la primera vez que los vi besándose y fueron muchas otras veces después. Aunque no era solo con ella que se besaba, se besaba con muchas otras después de esa vez que lo vi, pero esa había sido la primera. A partir de entonces comprendí que lo decía mi madre era cierto: nos abandonaba para estar con sus mujerzuelas, nos cambiaba por estar con ellas.

Ese descubrimiento me marcaría para toda la vida, el descubrir que mi padre, mi héroe, besaba a cualquier mujer, nos abandonaba en cada campaña y mi madre se quejaba de sus ausencias, decidí castigarle. Sabía que me quería más que a Javier, así que terminé odiando y para herirlo bebía constantemente, lo ofendía y avergonzaba frecuentemente. Lo hería en su amor propio y delante de todos aquellos que eran muy importantes para él, sus colegas de partido, sus votantes, sus admiradores, su pueblo.

Esas imágenes llegaron tan claras a mi mente que reconocí que era él, el chico de la oficina, el que retiraba el dinero que le daba Miguel. No era un cualquiera debía ser su hijo y por eso buscaba el dinero, muchas veces lo vi, ahora lo recuerdo con claridad. Era su hijo bastardo.

─ Hermanito, siempre te odie. Sé que eres hijo de mi ilustre padre. Si recuerdo cada vez que ibas a retirar el dinero para tus gastos. No pude olvidar tu rostro. ─ le grité señalándolo con el dedo.

─ Cállate, tú no sabes nada ─ me respondió, había rabia en su rostro

─ Por tu culpa mi madre sufrió mucho, casi no nos dejó vida a nosotros, nunca ─ le dije con rabia, mordiendo cada palabra llena de odio

─ Es suficiente Carlos – respondió Samuel cerrando su puerta para enfrentarme.

─ Tu madre, esa secretaria, y mi ilustre padre. ¡Qué descaro! ─ le dije pues todos los reclamos de años se atoraron en mi garganta

─ ¡Ya está bueno! ¡Tú no tienes ni idea de lo que es vivir escondiéndose! Mi madre también sufrió por culpa de él, nunca fue lo suficientemente valiente para encarar la situación que él mismo había creado ─ dijo acercándose a mi bordeando el auto.

─ ¡Y tú no tienes idea de lo que es vivir viendo morir a tu madre de tristeza por el desengaño! ─ le grité al señalar.

Rodeé el vehículo, al estar frente a él lo empujé al carro y Samuel cerrando el puño me golpeó fuerte en el rostro haciendo que cayera al suelo de la entrada del estacionamiento en la casa de la playa, quedando inconsciente sobre el asfalto y sangrando por la boca.

Fui un estúpido, ahora que veo las cosas pasar por mi mente reconozco que lo fui. Mi abuelo siempre repetía, cuando se sentaban en el jardín al final de la comida familiar del domingo, que para que un matrimonio se mantuviera en el tiempo el esposo estaba en el deber de hacer feliz a su esposa y así hacer feliz a sus hijos. Aquél que pensara que, con llenar de cosas, de dinero, la esposa con solo eso sería feliz se convertiría en un infeliz.

¿Escuchaste alguna vez Carlos esas palabras? Creo que mi padre las escuchaba, pero nunca las puso en práctica y yo tampoco. Tanto que juré que no sería como él, había convertido mi única y real relación con la mujer que amaba en una tragedia. Por culpa del odio, por culpa de la decepción, por culpa de mi padre y por mi culpa desperdicié la oportunidad de hacerla feliz y de serlo también. Después de aquella pelea no me atreví a buscarla, no pude, me había atrevido a agredirle y eso no tenía perdón.

Cuando desperté esa madrugada, mi mandíbula me dolía lo suficiente como para pensar que estaba rota. A duras penas me levanté como pude y entré a la casa a lavarme la cara, estaba amaneciendo.

Llegué a la cocina y busqué lo que quedaba de licor, casi media botella, la revisé y comencé a beberla de un solo trago. Tosí casi me ahogaba con su líquido y limpié mi cara pues había salpicado el último trago escupiendo sobre mí. Respiré profundo y dejando la botella sobre la mesa pensé en buscar a Daniel.

Cuando llegué al apartamento, aquel donde todo empezó, Daniel aún dormía. Me senté en la sala para esperar que se despertara y me acompañara a sacar las cosas de la casa de la playa. No podía seguir con ella, así que la dejé, la abandoné y no tuve la suficiente fuerza para buscarla después de ese incidente ni siquiera para pedirle disculpas. Hasta yo tenía miedo de que pudiera hacerle realmente daño, los celos y las dudas se habían apoderado de mí y no sabía cómo controlarlos. La amaba tanto que era mejor alejarla de mí, mantenerla a salvo lejos del monstruo que estaba saliendo de nuevo.

Daniel me acompañó hasta la casa al día siguiente, era cercano al mediodía, entramos a la casa y a la que había sido nuestra habitación. Saqué su maleta del armario y la mía, le pedí a Daniel que recogiera sus cosas que estaban en la mitad del armario de madera y yo recogí las mías.

Lloraba como un niño, tenía mucha rabia, sabía que estaba con él, lo sabía y no podía impedirlo. Golpeé con los puños cerrados la pared varias veces cada vez que recordaba su rostro radiante de felicidad a su lado. Dios quería matarlo así que la impotencia debía sacarla de mí, cerré los puños y volví de nuevo a golpear la pared, una y otra vez hasta que Daniel me sostuvo impidiendo que lo siguiera haciendo. Qué buen chico, me cuidaba hasta de mí mismo.

Le pedí al terminar que le llevara la maleta y las llaves al psiquiátrico, mientras que yo iría al apartamento para seguir bebiendo, para beber porque la había perdido definitivamente.

Seguí bebiendo unos días más que otros y otros, muy poco, trabajaba con los chinos del restaurante. Daniel seguía acompañándome hasta que un domingo mientras leía el periodo sentado en el restaurante, esperando la comida para almorzar, vi la foto de su boda con Samuel. En esa foto estaba una mujer madura, su madre la secretaria de mi padre, Inés sonriendo y otra mujer que no identifiqué, visiblemente felices. ¡Qué ironía! Ahora sí tenía a su único hijo, el bastardo, para acompañarle ya que Javier estaba muerto y yo muerto en vida.