EL ÚLTIMO FÜHRER I

Hubo perplejidad y aprensión en las calles del Tercer Reich Alemán cuando la noticia se difundió públicamente en los noticieros televisivos y en Internet. La incertidumbre y el temor invadieron a muchos ciudadanos conforme el popular Führer era derrocado y en su lugar se colocaba en el poder a aquel advenedizo desconocido.

Años antes Kurt Waldheim había sido electo como el Cuarto Führer del Tercer Reich, corría el año 2000 cuando fue derrocado en un golpe de Estado muy polémico. Hasta entonces y desde la victoria de Alemania y sus aliados del Eje en la Segunda Guerra Mundial nunca se pensó que el Führer alemán podía ser derrocado.

—Waldheim se lo veía venir —adujo uno de los clientes que comentaban en el modesto restaurante italiano donde Carolina servía como mesera. Era un lugar de estilo sobrio, típicamente mediterráneo, con la enorme fotografía del Duce luciendo en una de las paredes más visibles, si bien la actual gobernante italiana era la nieta del Duce, Alessandra Mussolini, y no su abuelo, aún había un robusto culto a la personalidad de aquel viejo caudillo. El cliente hablaba con otros comensales que bebían cerveza alemana y observaban las noticias en la televisión. —Era un debilucho —continuó el cliente— y un liberal.

Lo decía porque Waldheim, en efecto, había tenido una postura más moderada que sus predecesores en distintos temas. Flexibilizó las leyes contra la disidencia política, tuvo mayor apertura en cuanto a temas como la libertad de expresión y asociación, fortaleció el Parlamento del Reich, inició políticas de paz con los japoneses y otras medidas similares.

—¡Sí! —confirmó otro de los clientes— incluso dicen que estaba pensando abolir las leyes de higiene sexual. ¿Se imaginan? Todo ese montón de homosexuales pululando por ahí. ¡Que asco!

Si bien Italia no pertenecía al Reich Alemán, para todos los efectos era como si así fuera. Italia era la principal aliada de Alemania, especialmente desde el inicio de la Guerra Fría entre el Reich Alemán y el Imperio Japonés en 1947. El Führer era, en la práctica, el hombre más poderoso del mundo y su influencia sobre los países aliados era determinante.

—A mí lo que me pareció peor —adujo una mujer regordeta que gesticulaba mucho con las manos, desde una de las mesas aledañas a la barra— era la idea de permitir el ingreso de Madagascar a las Naciones Unidas. Creo que esa propuesta fue la que lo condenó.

—¿Qué es Madagascar? —preguntó un niño de unos diez años que acompañaba a su madre, la mujer regordeta.

—Madagascar, mi niño —respondió la madre— es el lugar donde están recluidos todos los judíos del mundo.

El niño, al escuchar la palabra “judíos” se puso pálido y se estremeció. Hubiera podido salir corriendo en ese mismo instante. Los adultos rieron, aunque Carolina tuvo que fingir la sonrisa. Para esa época los judíos habían tomado una dimensión mitológica, casi de cuento de hadas, o más bien de terror. Eran vistos por la historiografía oficial casi como demonios con cuernos y pezuñas. En términos generales se consideraba que los judíos no eran humanos, sino monstruos vampíricos que bebían sangre humana y tenían poderes hipnóticos para controlar las mentes. Las películas de Hollywood y de casi cualquier productora de cine mundial mostraban a los judíos como seres más similares a los demonios que a cualquier otra cosa, especialmente aquellos filmes dirigidos a los espectadores adolescentes. Los filmes para adultos se apegaban un poco más a la realidad histórica mostrando una gran conspiración sionista a través de toda la historia con efectos perniciosos para la humanidad, pero mucho más creíble. Aún así la proliferación de grupos religiosos hitlerianos empezaba a crear una mitología sobrenatural alrededor de los protagonistas y antagonistas de la Segunda Guerra Mundial.

El nuevo Líder dio su discurso en alemán. Era el hijo de un acaudalado empresario estadounidense llamado Prescot Bush quien gracias a su patrocinio de Hitler durante el período entreguerras pudo emigrar, junto a su familia, a Alemania donde obtuvieron ciudadanía alemana. Su nieto lideró el golpe de estado que derrocó a Waldheim y tomó el poder. En su discurso, traducido al italiano (aunque la mayoría de italianos, como casi todo el mundo, hablaba al menos algo de alemán) mencionaba que la vida de Waldheim y su familia sería respetada por su gran labor como Führer, pero que de ahora en adelante el Tercer Reich y el mundo reiniciarían un nuevo comienzo volviendo a las raíces mismas de la enseñanza ortodoxa nacionalsocialista, y llevando a Alemania y sus aliados a la senda correcta, hacia la Nueva Era Hitleriana, que había sido demarcada décadas ante por Adolf Hitler. Este era el nuevo Führer; Jörg Wilhelm Bush.

El tiempo pasó. Las políticas de Bush al frente del Tercer Reich no produjeron aún ningún cambio importante, si bien en efecto revocó la mayoría de reformas de Waldheim, reestructuró la Gestapo sustituyendo a muchos de los mandos altos y medios por su gente de confianza, depurándola de los seguidores de Waldheim y colocando a sus propios seguidores, recrudeció la persecución contra homosexuales que había sido relajada en la era de Waldheim y las relaciones con Japón se tensaron un poco. Por lo demás el estatus quo no había cambiado demasiado.

Carolina Rivaldi, en cambio, recibió una beca para ir a estudiar a la Universidad de Berlín, una de las más prestigiosas del mundo. Hizo maletas, renunció a su empleo como camarera y se dirigió de inmediato hacia Alemania a estudiar astrofísica.

Alemania, una de las dos superpotencias del planeta, se había convertido en el país más rico y poderoso de la Tierra. Sus ciudadanos gozaban de una muy buena calidad de vida, ya que las políticas comerciales impuestas a otros países habían generado mucha riqueza, además de que la industria alemana prosperaba exportando tecnología e ingeniería avanzada al mundo, a cambio de los productos agrícolas y otros servicios menores. La mayoría de los alemanes no se dedicaban a trabajos no calificados o de baja paga, los cuales recaían principalmente en residentes de países vecinos, de preferencia no arios.

Berlín era la capital de mundo, la ciudad más grande y cosmopolita del globo, sede de las Naciones Unidas y del Tercer Reich Alemán que se extendía por casi toda Europa Oriental y la mayor parte de la antigua Unión Soviética.

Carolina inició sus estudios como otros muchos alumnos que provinieran de países considerados arios. La familia de Carolina Rivaldi era originaria de Argentina pero emigró a Italia después de la Guerra, algo inusual ya que los países del Eje iniciaron un proceso de colonización de otras naciones como una forma de, según decían, extender la sangre europea al mundo. En todo caso, Carolina nació en Italia, si bien había visitado Argentina donde aún tenía mucha familia.

—Bello país es Argentina —le decía su tutor, un viejo académico alemán apellidado Hauser quien tenía como labor asistir a los estudiantes nuevos a orientarse, así como cerciorarse de la afinidad ideológica de los mismos (no fuera que un niponista se colara). —Ha sido gobernado por el peronismo desde la Segunda Guerra Mundial.

—Lo sé —admitió Carolina— mi abuelo era amigo de Perón, crecí viendo una foto que tenía mi abuelo de Perón y Hitler cuando se reunieron en 1948 durante la gira del Führer por América Latina.

—Sí, un gobierno muy pro—alemán. Es por ello que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas son…

—Alemania, Italia, Japón, Croacia y Argentina —terminó de decir Carolina. Todo mundo sabía eso.

—Aquí está su horario de clases, Srta. Rivaldi. Todos los estudiantes deben llevar las materias generales indistintamente de su carrera, que incluyen historia y política.

—Comprendo.

Carolina se despidió del profesor Hauser y se instaló en su habitación. Luego se decidió a dar una vuelta por el campus. En efecto había estudiantes de diferentes países, incluyendo indios e iraníes que eran considerados arios, así como de toda Europa, América Latina y los antiguos Estados Unidos, siempre y cuando fueran blancos. La uniformidad racial saltaba a la vista, por lo que era notorio el criterio de selección de los estudiantes becados.

Claro que la emigración de alemanes, escandinavos y otros europeos a Latinoamérica tras la guerra había cambiado mucho la faz de los latinoamericanos.

Una disputa surgida en el campus alertó a Carolina quien tuvo que correr para no ser golpeada mientras dos bandos se enfrentaban violentamente a las afueras de la biblioteca. Dos grupos aguerridos de estudiantes de más o menos una docena cada uno se enfrentaba mutuamente gritándose improperios en alemán, hasta que la seguridad universitaria llegó a separarlos.

—¡Conflictos religiosos! —adujo un estudiante al lado de Carolina mientras chasqueaba la boca y negaba con la cabeza.

—¿Conflictos religiosos?

—Sí. Cristianos contra hitlerianos. Los hitlerianos consideran a Hitler un dios encarnado, la encarnación de Wotan, Vishnu o el Lucifer Gnóstico y para ellos los cristianos adoran al dios judío, el demonio Demiurgo. En cambio los cristianos, aunque consideran a Hitler un héroe y salvador de la Cristiandad del enemigo bolchevique judío, sienten que el gnosticismo hitleriano es idolatría y herejía.

Carolina era católica y no tenía gran interés en los debates teológicos. Seguía un cristianismo positivo en el que se enseñaba que los judíos habían asesinado a Cristo y que Jesús no era judío racialmente, como lo habían predicado todos los papas después de la guerra incluyendo a Pío XII, su sucesor Alois Hudal (Pío XIII), el sucesor de Hudal, Marcel Lefebvre (Pío XIV) y el actual papa Joseph Ratiznger (Benedicto XVI), todos los cuales habían sido leales al Tercer Reich y amigos cercanos de sus jerarcas.

En el área de influencia del Tercer Reich había cierta tolerancia religiosa, siempre y cuando el cristianismo practicado (fuera protestante, católico y ortodoxo) fuera un “cristianismo positivo” como lo había designado el jerarca nazi Alfred Rosenberg, es decir, un cristianismo expurgado de toda influencia judía. El Islam debía también ser análogo a la ideología nacionalsocialista y muchos de los países aliados del Tercer Reich como Bosnia e Irán eran islámicos.

En Europa y América surgieron diferentes movimientos neopaganos y reconstruccionistas. Islandia, país pacífico y que había sido neutral durante la Segunda Guerra Mundial, pronto se convirtió en una nación mayormente pagana vikinga. David Lane en Estados Unidos creó Kinsland, un reino autónomo pagano en el área montañosa del norte estadounidense. El presidente de Estados Unidos David Duke se opuso en principio pero la presión del Reich a favor de Lane lo hizo ceder al final. En Europa, especialmente en Escandinavia, también se crearon diferentes enclaves paganos en áreas aisladas. En general la diversidad religiosa era estable… hasta ahora…

Dejando de lado el incidente, Carolina inició sus clases estudiando física y otras disciplinas científicas con la esperanza de algún día doctorarse en astrofísica.

Su clase de antropología era dictada por el vibrante profesor Spengler, un catedrático de edad madura y nacionalsocialista ortodoxo. Era médico y había ganado el prestigioso Premio Mengele por logros en el campo de la ciencia que sólo concedía el Tercer Reich a los más importantes científicos.

—El inolvidable Primer Führer mantuvo una postura amistosa con los japoneses, a quienes siempre admiró y agradeció por su empeño durante la Guerra, aún después de iniciada la Guerra Fría. Para Hitler los japoneses fueron siempre amigos. Algunos lo llamaron incauto. Tras la muerte del Primer Führer en 1962 y su reemplazo por Martin Bormann, no sin una fuerte lucha de poder por parte de otros jerarcas como Goebbels y Göring, la Guerra Fría recrudeció. Hoy en día se nos enseña que Hitler no era infalible y que uno de sus errores fue confiar en los japoneses, una raza inferior y tremendamente peligrosa. Algunos los han llegado a llamar “los judíos del Oriente” —la analogía provocó murmullos y aspiraciones de miedo entre los estudiantes— lo cierto es que son ellos la principal amenaza que afronta nuestro maravilloso Reich. Los japoneses son codiciosos, soberbios, lujuriosos, desean conquistar el mundo entero y destruir a la Raza Aria. Si se les da la oportunidad sin duda violarán a nuestras mujeres, esclavizarán a nuestros niños y asesinarán a la mayor parte de hombres arios que les sea posible. No nos engañemos, la derrota del Imperio de Japón es casi tan necesaria como lo fue en su momento la derrota de la Unión Soviética y de la Judería Mundial.

Hubo expresiones de acuerdo entre los estudiantes. Si bien Carolina estaba dudosa, supuso que las universidades en Japón y en los países del lado nipón decían algo similar de los occidentales, aunque no se atrevía a expresarlo.

—Ahora bien —prosiguió Spengler— sabemos que los japoneses son capaces de todo tipo de atrocidades, incluyendo torturas, abusos y canibalismo en casos extremos de furor bélico. A lo largo de la historia Japón ha tenido una postura muy cruel hacia diferentes minorías de su imperio. Australia y Nueva Zelanda, que quedaron de su lado, sufrieron una grave limpieza étnica de la población blanca en los años setenta. Fue tan fuerte que el Tercer Reich tuvo que intervenir, armar a los disidentes blancos australianos y neozelandeses anti—nipones y advertir a Japón que Alemania no toleraría un genocidio contra población blanca. Similarmente los japoneses han tenido que enfrentar las revueltas de grupos independentistas islámicos en Indonesia y Filipinas, donde también han realizado terribles masacres de la población autóctona. En cambio, nosotros, tenemos una excelente relación con el mundo islámico. Los árabes son nuestros más firmes aliados, tenemos buenas relaciones con las repúblicas de Egipto, Siria, Palestina e Irak, así como con los reinos del Golfo Pérsico, en especial Arabia. Hemos apoyado en muchas ocasiones a los rebeldes islámicos en sus luchas por la emancipación nacional del Imperio Japonés.

Un estudiante levantó la mano y Spengler le dio la palabra.

—¿Por qué entonces hay simpatizantes de Japón en Occidente, profesor?

—Bueno, a pesar de la fulminante derrota del capitalismo plutocrático de creación judía en 1945, los japoneses pronto comenzaron a crear una nueva filosofía política alejada cada vez más del fascismo, y que asemejaba al capitalismo. Se le conoce por ellos como corporativismo japonés, aunque el nombre que le designa el Reich es “niponismo” y no deja de ser una forma de pseudocapitalismo. Claro, ellos aseguran que el nacionalsocialismo por sus reivindicaciones sociales es una forma de pseudocomunismo.

Este comentario provocó risas entre los estudiantes.

—En todo caso, ser nacionalsocialista es un crimen duramente perseguido en el área de influencia japonesa. Pero no hablemos más de política, vamos a concentrarnos en el tema de fondo, la antropología. Aquí estudiaremos los textos de los tres grandes pensadores de la antropología racialista; Gobineau, Chamberlain y Rosenberg, los cuales nos enseñan las diferencias muy notorias entre las diferentes razas. Como comparación, claro está, veremos algunas de las teorías pseudocientíficas totalmente obsoletas hoy en día, como la teoría de la evolución de Charles Darwin. Imagínense que Darwin se atrevió a decir que los humanos provenimos de los monos ¡que idea tan ridícula! ¡Blasfema! No solo contradice el origen divino de la humanidad que nos enseñan todas las religiones, sino además rebaja a la Raza Aria y su magnificencia al nivel de simples bestias.

“Claro, Darwin no estaba del todo equivocado, puede que algo confundido, pues hoy sabemos que alguna razas humanas son el resultado de la mezcla de humanos con animales, mayormente simios, de forma similar a como una mula es la mezcla de un caballo y un burro. Estos grupos raciales inferiores no son humanos, son subhumanos…

Nuevamente, Carolina sintió incomodidad sobre estos temas. Nunca había visto a una persona de estas supuestas razas inferiores, y quizás nunca la vería, pero las comparaciones de estos con animales por alguna razón le desagradaban, además le parecía que aquello de la mezcla era contrario al sentido común y a su intuición científica.

La clase continuó sin mayores sobresaltos. Luego vino filosofía donde el profesor Meister, un devoto nietzscheano, les impartía lecciones enfocadas en la filosofía griega clásica (particularmente Platón), los filósofos alemanes como Hegel y Kant, y lo que él llamaba los tres grandes; Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger, los tres filósofos oficiales del Tercer Reich. Todo mundo en el lado alemán de la Guerra Fría estaba familiarizado con su filosofía, mientras que el marxismo y sus derivados estaban estrictamente prohibidos. Se les enseñaba solo por referencias de sus críticos, los textos de Marx, Engels y similares, eran virtualmente imposibles de conseguir, si es que alguien se hubiera atrevido a intentarlo. Freud también estaba prohibido, al igual que el psicoanálisis, aunque la psicología analítica de Jung era la más popular en Europa y la oficial del Tercer Reich, por lo que ciertos textos psicoanalíticos—freudianos revisados extensamente eran permitidos si se usaban como referencia para estudios jungianos. A la psicología jungiana solo el conductismo americano, que se había popularizado mucho entre los alemanes dada su funcionalidad mecánica, le hacía competencia.

El anciano Dr. Josef Rauff era el encargado de impartir introducción a la física. Un octogenario simpático, muy lúcido de mente y con una salud excepcionalmente buena, como solía ser su estado de ánimo. Carolina pronto destacó por su brillante mente y se convirtió en una de las alumnas favoritas de Rauff.

El currículum oficial se enfocaba en las teorías científicas de Hanns Horbiger, y desechaba las teorías de Einstein, Openheimer y Bohr, entre otros, como “pseudociencia judía”. Aún así, Rauff parecía salirse un poco del esquema tradicional y a veces ahondaba peligrosamente en las aguas turbias de la ciencia einsteniana, que era prohibida.

Fuera de clases Carolina era como cualquier joven normal. Salía con sus amigos, si bien no era bien visto (dada la moral conservadora del Reich) que una mujer joven estuviera en bares a muy altas horas de la noche, o que tuviera relaciones fuera del matrimonio. Se mantenía muy recatada en ese aspecto cuidándose de no manchar una reputación que, de ensuciarse, podría costarle caro. La prostitución y el lesbianismo eran ilegales, y si bien Carolina no tenía interés alguno en ser ni prostituta ni lesbiana, tampoco deseaba ser vista ni siquiera como una mujer fácil.

En todo caso sus amigos eran igualmente conservadores, tanto hombres como mujeres. Solían ir al cine a ver las producciones de la Compañía Disney—Riefienstahl, fundada tras la unión de la empresa productora de cine más grande de Europa, los Estudios Riefenstahl creados por la cineasta oficial del Tercer Reich, Leni Riefenstahl, con los Estudios Disney. Las películas de Disney—Riefenstahl solían tocar temáticas similares, si eran históricas los villanos serían rusos, comunistas y judíos. Si eran contemporáneas serían japoneses. James Bond era un leal miembro de la Unión Fascista Británica y fiel aliado de los nazis alemanes, usando su pericia en combatir judíos, mientras que Rambo viajaba al Estado títere de Siam, uno de los leales estados satélites de Japón en Indochina a luchar por la libertad. En síntesis, el cine occidental era pura propaganda.

Su grupo de amigos se dividió cuando una parte de ellos se convirtieron al gnosticismo hitlerista, tras lo cual veían como incompatible el seguir siendo amigos de los cristianos como ella.

—Los conflictos religiosos entre gnósticos hitleristas y cristianos están empeorando, Dr. Rauff —le decía Carolina mientras lo acompañaba a su despacho al término de la clase. El catedrático caminaba lenta y cansadamente. —¿Cree que haya peligro de una guerra civil religiosa?

—Lo dudo, sinceramente —adujo Rauff.

—¿Escucharon las buenas noticias? —interrumpió una emocionada secretaria saliendo de las oficinas administrativas, y tanto Rauff como Carolina negaron con la cabeza. —El Imperio Japonés se disolvió. Hoy el Emperador declaró que liberaría las provincias de Indonesia, Filipinas y Taiwán, conservando solo Hawai y los territorios de la Polinesia. Este año, el 2002, se pone fin a la Guerra Fría.

—Es una buena noticia, en efecto —reconoció Carolina, pero Rauff pareció sentirse mal.

—¡Debe ser la emoción! —dijo la secretaria, pero Carolina Rivaldi era más perspicaz y conocía mejor al profesor. Una vez dentro de su oficina, tras tomar algo de agua y en privado, le pidió que hablara claramente.

—Puede confiar en mí, Dr. Rauff, jamás lo traicionaría. Lo que me diga será absoluto secreto.

—Si me escuchan hablando mal del Führer… pero bueno… soy un hombre viejo y necesito sacar algunas cosas de mi pecho. Ahora sin Japón, Bush no tiene oponente para el poder global.

—¿Y eso es malo?

—Lo es, si mi intuición no me falla. En fin, mi trabajo es la ciencia y no la política, pero hay un experimento que me hubiera gustado realizar pues habría abierto al mundo a una nueva realidad. Pero ya estoy viejo y no puedo realizar el largo trayecto que implicaría recopilar los papeles.

—¿A dónde hay que viajar?

—Primero a Costa Rica, luego a Rusia y… finalmente… a Madagascar.

—¿La tierra de los judíos? —Carolina se cubrió la boca, aterrada.

—Sí… bueno, talvez tú querida tengas el valor y la voluntad que a mí me faltan. Toma mi viejo diario —dijo el anciano sacando de entre la gaveta de su escritorio un libro apergaminado por los años— ahí están las indicaciones de los lugares a visitar para recolectar las piezas del rompecabezas. Poseo una pequeña fortuna y no tengo familia, así que testaré en tu nombre, mi pequeña niña, para que puedas cumplir mi última voluntad y viajar a estos lugares sin problemas.

—¿Por qué yo?

—Eres una muchacha muy inteligente, puede que seas tú quien salve al mundo.

El Dr. Rauff murió tres días después y sus palabras resultaron proféticas. Pocos meses tras la disolución del Imperio Japonés, Jörg W. Bush declaró que su religión era el gnosticismo hitlerista. En principio esto no pareció tener graves repercusiones; el presidente de Francia, Jean Marie LePen y la presidenta del Reino de Italia, Alessandra Mussolinni, no vieron inconveniente en el asunto. David Duke, presidente de Estados Unidos y del Ku Klux Klan hizo algunos comentarios negativos al respecto, pero fue cauto de no enojar al Führer. Mientras, la Santa Sede y Benedicto XVI guardaban cuidadoso silencio.

En India la noticia fue bien recibida. En aquel país la imagen de Hitler era decorada con flores en los templos y vista como un deva, aún cuando India había quedado del lado japonés de la Guerra Fría, especialmente después de la muerte de Shubra Chandra Bose en los años ochenta y la llegada al poder de nacionalistas hindúes que exterminaron a los cristianos y musulmanes del país, con apoyo japonés y contra las presiones de Alemania que era, al menos en aquel momento, cristiana. Hitler siempre fue visto como una figura mesiánica en India y, en general, era admirado hasta por los japoneses a pesar de la Guerra Fría. Los japoneses siempre argumentaron que habían sido sus sucesores los que causaron la brecha política y los que degeneraron la esencia del nacionalsocialismo perdiendo el rumbo.

Hubo cierta paz momentánea entre gnósticos hitlerianos y cristianos del Tercer Reich, pero las tensiones no tardaron en resurgir poco después. Con el enemigo japonés derrotado, Alemania concentró su esfuerzo bélico en reprimir los focos de rebelión árabes. Esto, sumado a la hostilidad que sentían Bush y otros gnósticos hacia cualquier religión abrahámica, incluyendo el Islam, provocó nuevos estallidos violentos y una guerra en el Medio Oriente.

Carolina sabía que era cuestión de tiempo para que se iniciara la persecución de los cristianos, así que comenzó la misión encomendada por Rauff.

Aunque ya lo había leído completo, Carolina releyó el diario del Dr. Rauff.

Era 1945 y la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin. Agentes de la Inteligencia alemana habían matado a Einstein, Openheimer y otros científicos detrás del proyecto Manhattan, tras que la información ultrasecreta del mismo se filtró mediante simpatizantes del fascismo americanos en altos cargos del poder, como el embajador Joseph Kennedy y el senador Joe McCarthy, ambos denotados anticomunistas, por lo que la bomba atómica nunca se logró. Eso sumado al hecho de que las fuerzas italianas fueron purgadas de elementos desleales y Alemania no tuvo que ir en auxilio de Italia, lo que a su vez evitó que se atrasara su ataque a la Unión Soviética evitando el invierno ruso.

Alemania invadió Reino Unido, mientras que Estados Unidos fue invadido por los alemanes e italianos a través del Atlántico y por los japoneses en la costa pacífica. La Unión Soviética se disolvía y caía bajo el control alemán y japonés, aunque algunos reductos rusos se mantuvieron en las áreas árticas más inhóspitas. Así terminaba la Guerra; con una Casa Blanca en llamas por los bombardeos y la bandera nazi ondeando en su techo, al igual que en el edificio del Parlamento británico y en el Kremlin.

Stalin y casi todos los líderes soviéticos perecieron ejecutados tras realizarse juicios sumarios en el llamado Proceso de Leningrado. Se les acusó del genocidio de alemanes, ucranianos y otras minorías étnicas dentro del territorio soviético, del asesinato del Zar de Rusia y su familia, de persecución a disidentes políticos y otros crímenes similares.

Churchill y Truman fueron también condenados, aunque a cadena perpetua, por crímenes de guerra. Truman fue acusado de perpetrar un genocidio contra el pueblo japonés al haber encerrado a miles de japoneses en campos de concentración. Se dijo que allí los japoneses sufrían torturas, violaciones, experimentos científicos, etc. Charles De Gaulle fue ejecutado por traición por el gobierno de Phillip Petain en la Francia de Vichy.

Terminada la Guerra el mundo intenta estabilizarse un poco. Japón anexa a su imperio Indonesia, Filipinas, Taiwán y Hawai y crea estados títeres en Indochina y Manchuria. Coloca en el poder a Chiang Kai—Chek en una China nacionalista, pro—japonesa y mucho más pequeña que antes. Además conforma la Confederación Mongólica también llamada Gran Mongolia que incluye Tíbet, Mongolia Interior, Mongolia Exterior, Siberia, Tuva y las otras ex repúblicas soviéticas de etnia mongol del sur de Rusia. Así, Rusia queda dividida entre Alemania que se adueña del Occidente ruso y Japón que toma el Oriente ruso, Siberia y las Kuriles. Alemania, por su parte, asegura a perpetuidad en el poder a personalidades afines en casi todos los países bajo su influencia; Petain en Francia, Mussolini en Italia, los Ustachi en Croacia, Codrenau en Rumania, Franco en España, Salazar en Portugal, Shubra Chandra Bose en India. Restaura la monarquía zarista en Rusia y en Reino Unido, nombra a Oswald Mosley como Primer Ministro en un gabinete exclusivamente conformado por miembros de la Unión de Fascistas Británicos, y coloca en el trono británico al único miembro profascista de la Familia Real; Eduardo VIII.

En el caso de Estados Unidos, crearon un gobierno de ocupación provisional con Henry Ford como presidente, asesorado por figuras como Walt Disney, Charles Lindbergh y los futuros presidentes Joe Kennedy y Joe McCarthy, así como colocan a miembros de la Legión de Plata (el partido fascista americano), el German—American Bund y el Ku Klux Klan en altos puestos del gobierno, la policía, el ejército y el FBI, lo que prácticamente depura a Estados Unidos de todos los comunistas y otras figuras consideradas como “peligrosas”. Para 1947 se inicia la deportación de todos los judíos del mundo hacia Madagascar. Fue la orden girada directamente por Berlín y que sería respondida de inmediato

En aquella época era yo un muchachillo adolescente que militaba en la Juventud Hitleriana la cual empezaba a implementarse en todo el mundo, como los Boy Scouts del nuevo sistema. Mi padre, en cambio, era un alto dirigente de la poderosa Orden Negra SS, la orden iniciática—militar de élite alemana, y tenía a cargo la deportación de todos los judíos.

En 1952 los negros se rebelaron en Estados Unidos tras el nuevo gobierno del Ku Klux Klan e iniciaron una violenta guerra de guerrillas. Estados Unidos, con apoyo militar de los alemanes, reprimió con violencia la revuelta. Algunos aseguran que fue la excusa perfecta. En cuestión de cuatro años no quedó un solo negro en Estados Unidos. Pero en medio de la guerra murió mi padre, en un atentado terrorista suicida de un negro contra un campamento de la SS.

Ingresé a la SS a los 22 años decidido a seguir el legado de mi padre al que admiraba. Seguí mi lucha por rastrear a todos los judíos y enviarlos a Madagascar, o matarlos si se resistían. Fui metódico e incisivo en esa labor.

Pronto escalé posiciones jerárquicas y me declararon supervisor de la SS para América Latina. Habíamos colocado muchos gobiernos amigos en esa región; Max Effinger era presidente en Costa Rica, Juan Domingo Perón en Argentina, Miguel Serrano en Chile, los Leopardos en Colombia, los Camisas Doradas en México, etc.

En México arrestamos y deportamos a la judía, comunista y bisexual de Frida Kahlo y quemamos todos sus horribles cuadros de arte degenerado, al igual que cubrimos con gruesa pintura los murales del comunista Diego Rivera. Similar proceso de deportación se realizaba en toda América, y fue en Costa Rica donde tuvimos una buena colaboración de las autoridades. El presidente Max Effinger dijo que nos brindaría el apoyo necesario, a su lado estaban los ex presidentes y compañeros de partido León Cortés y Rafael Ángel Calderón. Deportamos a muchos judíos, incluyendo al ex presidente Teodoro Picado que era judío por parte de madre y toda su familia. El científico Clorito Picado Twight, que no tenía relación familiar con Teodoro Picado, y que luego ganaría el Premio Mengele por su trabajo científico en Química, nos pidió que hiciéramos lo mismo con la población africana. Fue un pionero, pues para 1959 Costa Rica había deportado a los negros al África. El resto de América lo haría completamente para 1982, aniquilando al que se resistiera.

La documentación que descubrí en Estados Unidos cuando trabajaba para localizar y deportar judíos… la llevé con gran preocupación a Costa Rica. En la propiedad que compré ahí en el Puerto Limón dejé el legajo. Eran los últimos textos sobrevivientes de algunas teorías que habían sido escritas por pensadores judíos exiliados antes del final de la guerra.