EL DIOS CAIDO I

Nave espacial Nibiru, año 15.000 A.C.

La nave que provenía de la constelación de Orión atravesaba el cosmos mediante el hiperespacio. Era una nave muy bonita y muy grande. Tenía una estructura cristalina plateada hecha con una aleación metálica adamantina, y su forma era piramidal.

El interior de la Nibiru asemejaba notablemente el aspecto diamantino y brilloso del exterior, aunque con una estructura arquitectónica apta para los viajes interestelares a larga distancia. Había puertas de aspecto romboide que se abrían de forma automática desplazándose lateralmente, extensos pasillos, salas comunes, salas de máquinas, unas habitaciones palaciegas para la aristocracia y en el centro un exuberante y bello jardín repleto de exóticas flores y plantas recolectadas de cientos de planetas diferentes. El domo central que le daba el aspecto ovoide a la parte superior de la nave se encontraba precisamente sobre el jardín y un plexiglás transparente como el vidrio pero más resistente que el acero operaba como cielo raso permitiendo ver el espacio exterior que en ese momento era una difusa confusión de luces multicolores similares a una aurora boreal; el hiperespacio.

La civilización que había creado aquella espléndida nave eran los Anaki, una especie antropoide de gran belleza y gallardía, provenientes de la Constelación de Orión. Se caracterizaban por su estatura alta, sus ojos de color amarillo con pupilas alargadas como la de un felino y un poco achinados, y su cabello siempre de colores oscuros.

Enki se encontraba meditando en su camarote privado, en donde también se ubicaba su laboratorio. Era el segundo aposento más grande de toda la nave, seguido sólo por el camarote de su hermano Enlil, el comandante de la misión y príncipe heredero quien casualmente se encontraba pronunciando algún demagógico discurso que era escuchado atentamente por toda la tripulación y el personal civil.

Enki no soportaba las habladurías de su pedante hermano con quien no tenía nada en común. Él era un científico. Se había dedicado toda su vida a cultivar el intelecto y odiaba la violencia. Era bien conocido por su espiritualidad, humildad y generosidad. Su hermano Enlil, al contrario, era un militar por vocación, de limitada inteligencia y habituado a resolver todos sus problemas por medio de la fuerza y obtenerlo todo haciendo uso de la violencia desde que era un niño malcriado. Se jactaba de sus hazañas militares durante varios de los enfrentamientos bélicos del Imperio y por sus inclementes represalias sobre infortunados pueblos sometidos.

Pero, como primogénito, le correspondería heredar el trono una vez que su padre, el Rey Anu, falleciera y cuando eso sucediera, sin duda, el Imperio caería bajo una tiranía militar.

—¡En fin! —suspiró Enki decepcionado y continuó estudiando en su computadora los datos generales que se tenían del planeta al que se dirigían, recopilados por un equipo explorador hacía algunos años.

Tercero en su sistema solar, era un planeta rocoso de tamaño mediano, atmósfera 78% de hidrógeno, 21% oxígeno y 1% argón, con abundante vida vegetal y animal y clima cálido en la mayor parte del globo. La que, al menos aparentemente, pareciera ser la forma de vida más inteligente del planeta es una especie de primates bípedos y lampiños en etapa tremendamente primitiva.

“Primates” pensó Enki “podrían ser genéticamente compatibles con nosotros”.

El tintineo emitido por la computadora le hizo saber que alguien tocaba a su puerta. Enki, molesto por la interrupción, pasó su mano sobre el lector óptico esferoide en su escritorio y esto fue suficiente comando para que la puerta se deslizara hacia la derecha dejando entrar a su odioso hermano Enlil.

—Hermano —dijo Enlil reverenciando fingidamente. Entre mayor fuera el respeto que se debía mostrar al que se saluda más inclinada debía ser la reverencia. Evidentemente, Enlil cumplía hipócritamente con el formalismo sin sentir respeto alguno por su hermano el científico a quien siempre consideró un debilucho y potencial rival. —Espero que los dioses te sean propicios.

—Que así sea contigo también —dijo Enki levantándose de su asiento y devolviendo el saludo lacónicamente.

—No te vi escuchando mi discurso de hoy.

—Espero disculpes mi falta de educación pero me encuentro tremendamente ocupado. Y ciertamente que no necesito escuchar tus monólogos para saber de tus hazañas en batalla.

—En eso tienes razón. Además, la función del discurso era simplemente inspirar a la tripulación ahora que vamos a anexar un nuevo sistema al Imperio.

Enki se encogió de hombros en forma desdeñosa y agregó:

—Si encuentras gloria en conquistar a un montón de cavernícolas primitivos.

—Para alguien que derrotó a los insectoides chax y su ejército de miles de millones de insectos gigantes guerreros y a los monstruosos reptiles shakaren de la Constelación de Draco, sin duda que esclavizar a un puñado de simios mugrosos no es gran logro, pero es la voluntad de nuestro padre y, por tanto, incuestionable.

—Nadie duda de tus ya legendarios éxitos militares, hermano, pero recuerda que esta expedición es científica.

—Esta expedición es lo que yo quiera que sea. El que debería recordar su lugar eres tú. —Enki rechinó los dientes molesto. —Descuida, por hoy he excusado tu ausencia a mi discurso, pero espero no vuelva a suceder. Como comprenderás, es malo para la moral que mi propio hermano no esté presente cuando me dirijo a la tripulación.

Tras esto, Enlil se retiró.

Era una mañana ordinaria en la Tierra. Al menos para Ur.

El cavernario percibió la cálida luz solar entrando por la boca de la cueva y la humedad producida por la evaporación del rocío nocturno en la vegetación. Estiró sus robustos músculos y restregó sus ojos para eliminar de ellos las lagañas. De largos cabellos y barba, ataviado sólo con un escueto taparrabo (no necesitaba más en las cálidas tierras tropicales del Medio Oriente que, en aquella remota época, no era un desierto sino un área selvática) y de piel morena. Miró hacia un lado y observó el hermoso cuerpo de Aga, la joven mujer que había llevado a su cueva la noche anterior como premio a su excelente capacidad de cazador.

Ur se levantó y salió de la caverna. Era un lindo día y disfrutó del aromático exterior. Las mujeres ya habían comenzado a azar la carne de alguna de las presas cazadas el día anterior y Ur se saboreó gustoso.

Se aproximó dispuesto a desayunar y ya iba a arrancarle un pedazo al venado que freían sobre una fogata cuando una de las ancianas que servía de cocinera y que además era una excelente recolectora tras toda una vida de experiencia, le propinó un manotazo en el antebrazo que lo disuadió.

—Esta carne no es para ti —dijo en su muy elemental y monosilábica lengua de la cual sólo podemos hacer una traducción aproximada. —Es para el Chamán. Pasó toda la noche consultando con los espíritus en la montaña y está hambriento.

Ur se encogió de hombros y aceptó la explicación alejándose. Tendría que cocinarse algo él mismo o comer pedazos crudos de la ración —que le correspondió de la cacería— que guardaba en su cueva con la esperanza de intercambiar por favores sexuales o esperarse a que más tarde hicieran una comilona común. El Chamán era el más anciano y sabio de la tribu, quien sabía todo, y no era prudente importunarlo. Nunca cazaba pero sí sabía donde se conseguirían las mejores presas, además era curandero e intercedía con los espíritus para tener buena fortuna, así que de alguna manera se ganaba su buena tajada y nadie nunca se lo cuestionó.

Disconforme con su frustrado intento de desayunar decidió ir a darse un baño en las cristalinas aguas de una laguna cercana.

Ur se estaba remojando bien en las tibias aguas de una laguna aledaña a la ubicación de las cuevas donde residía su tribu. Colocó cautamente su lanza cerca y de manera apacible se recostó en las rocas y se relajó.

La relajación le duraría poco.

Los estentóreos quejidos de una mujer le llamaron la atención y lo despertaron bruscamente. Ur se incorporó de inmediato y salió del agua a toda velocidad, lanza en mano, siguiendo el ruido.

Parapetado tras unas piedras observó como un grupo de tradicionales enemigos de su pueblo, unos seres grotescos de aspecto simiesco, piel oscura, mechones enmarañados rojizos y cuerpo rechoncho que los científicos miles de años después denominarían neandertales, arrastraban a una infortunada muchacha de los pies. Ur quedó sorprendido por la belleza de la joven de cabellos castaños y piel blanca totalmente desnuda y no podía permitir que los detestables neandertales la lastimaran.

Los siguió furtivamente ocultándose en todo momento. Eran seis neandertales que llevaron a la mujer hasta su guarida en una caverna lejana donde diversas osamentas humanas yacían decorando mórbidamente el rededor como evidencia macabra de su dieta antropófaga.

La muchacha sollozó más fuertemente conforme los neandertales la colocaron sobre una lápida manchada de sangre donde solían destazar a las víctimas humanas que devoraban. Uno de ellos preparó una pesada cachiporra mientras los demás —salvo el que la sujetaba fuertemente— tomaron piedras y palos listos para darle una muerte horrenda.

Ur no tenía mucho tiempo, así que se lanzó impulsivamente contra los neandertales e insertó su lanza inmediatamente en el pecho del que se disponía a aplastar a la joven con su cachiporra. Ur sabía que los neandertales eran más fuertes físicamente que los humanos pero que eran más lentos mentalmente así que el factor sorpresa era su única ventaja.

Y en efecto, conforme se desplomó muerto su líder, los demás neandertales sorprendidos no parecieron reaccionar de inmediato, su letargo duró fracciones de segundo, pero cruciales.

Ur entonces golpeó al neandertal hincado que sujetaba a la joven y este la soltó. Tomó a la muchacha de una mano y escapó con ella a toda velocidad perseguidos por sus enemigos. Otra ventaja de Ur y su acompañante era la velocidad pues los achaparrados neandertales eran muy lentos. La pareja humana logró poner suficiente distancia entre ambos y cuando Ur reconoció que estaba cerca de su gente profirió unos alaridos pidiendo auxilio que llamaron la atención de los feroces cazadores quienes tomaron sus lanzas y se dirigieron a brindarle ayuda. Los neandertales al ver esto optaron por desistir y se alejaron no sin que uno más muriera atravesado por una lanza que le tiraron.

La muchacha era de alguna otra tribu diezmada por neandertales y no hablaba la lengua de Ur, sin embargo, era perceptible su agradecimiento mediante el lenguaje corporal.

Por el alboroto, al lugar llegó el anciano Chamán de larga barba blanca y todos acallaron la algarabía por respeto.

—¿Qué sucede? —preguntó el anciano.

—He salvado a esta muchacha de los otros.

El Chamán la inspeccionó de pies a cabeza y le aferró el mentón con la mano derecha contemplándola bien, pero con mirada inquisitiva. Luego declaró:

—Bien hecho, Ur.

—¿Puede quedarse?

—Si así ella lo quiere. Si necesita ser curada dímelo y le daré algunas hierbas.

—Sí, señor, gracias.

A partir de entonces fueron inseparables.

Enki rabiaba de la ira al recordar la forma en que su hermano le habló hacía algunas horas y esto a su vez invocó recónditos resquemores del pasado.

La mente de Enki retrocedió muchos años en el pasado y sus recuerdos viajaron hasta su mundo de origen y capital de un imperio que gobernaba sobre cientos de planetas en toda la Galaxia; el Planeta Nibiru.

El Palacio imperial donde residía el monarca y la Familia Imperial era un complejo de pirámides cercadas por seis enormes atalayas y algunos edificios más pequeños de arquitectura variables como la Guarnición militar y el Puerto Espacial.

—No llores más, mi amor, no llores más —decía la Reina Nammu, madre de Enki, mientras le acariciaba el cabello a Enki cuando era un niño. Ambos se encontraban en los jardines del Palacio en donde abundaban las flores y la vegetación tropical. Enki, un niño tímido y ensimismado, que desde pequeño mostró más interés en el estudio que por las proezas físicas, sin duda había sido lastimado de alguna forma por los frecuentes maltratos físicos y psicológicos del bravucón Enlil. —Ya tranquilo, ponte de pie.

Enki obedeció y levantó la cabeza del regazo de su amorosa madre quien le limpió las lágrimas de las mejillas. Nammu tenía el cabello rubio sedoso y largo que era removido por la brisa.

—¿Por qué tiene que ser tan malo conmigo siempre? —preguntó el infante.

—Quizás siente celos de ti.

—¿Celos? ¡Pero si es el preferido de mi padre!

—Eso no es verdad. Tu padre te ama y también está muy orgulloso de ti.

Enki no podía quejarse demasiado de su padre, pues debía admitir que era un hombre firme pero apacible que siempre reprendió a Enlil cuando consideraba que se extralimitaba en sus accionares bélicos y que también promocionó las ciencias, la filosofía y la espiritualidad. El Rey Anu era, a su manera, un pensador y felicitaba a Enki públicamente por su ingenio científico. Cuando fuera adulto, lo reconocerá poniéndolo a cargo de grandes proyectos de investigación, colocándolo al mando de las universidades y buscando su opinión en temas políticos y administrativos lo que en alguna medida incrementó el odio y el recelo de su hermano Enlil.

—Algún día, hijo mío —profetizó su madre— algún día te darás cuenta de que el Universo tiene destinado algo grande para ti.

Luego de esto su madre lo abrazó tiernamente sin saber que un resentido Enlil los observaba de lejos.

Pero los recuerdos de Enki fueron interrumpidos cuando la computadora central de la nave dio la noticia de que en algunos minutos saldrían del hiperespacio.

Una distorsión en el espacio comenzó a gestarse justo a las afueras del sistema solar, a unos miles de kilómetros del cinturón de Kuiper. Una afluente de gravitones, partículas interdimensionales que producen la gravedad, rasgó el espacio—tiempo generando una especie de umbral cósmico y la desembocadura de un agujero de gusano artificial que asemejaba un aro resplandeciente rompió la negrura del cosmos. De ella emergieron incalculable cantidad de taquiones y además, la nave piramidal de los anaki.

—Cuatro planetas rocosos —enumeró Enki leyendo la información que brindaban los sensores de la nave en las consolas— cuatro gigantes gaseosos y cinco planetas enanos. Interesante.

Tras esto, los anaki impulsaron su nave con los potentes motores gravitónicos hasta llegar finalmente al tercer planeta del sistema solar y aterrizar en su interior.

Los días habían pasado desde que Ur había rescatado a una jovenzuela de las hambrientas intenciones de sus captores y desde entonces se habían convertido en amantes. La joven, cuyo nombre era Kima, aprendió rápidamente el idioma de su nueva tribu y aprendió a volverse útil para su comunidad adoptiva, especializándose en recolectar.

Sin embargo, Ur era muy cotizado y esto despertó celos en algunas mujeres. En cierta ocasión, Kima se encontraba recolectando junto al resto del grupo y, por algún motivo, se separó bastante de las demás. Cuando estaba suficientemente lejos, Aga —la que había dormido con Ur la noche anterior a su llegada— se la abalanzó encima dispuesta a matarla. Ambas mujeres se sumieron en una aguerrida contienda muy violenta girando por el piso, golpeándose, rasguñándose, mordiéndose y jalándose las mechas.

Pero su conflicto interpersonal fue interrumpido súbitamente y por un suceso que cambiaría sus vidas y la vida del planeta entero. Atónitas escucharon un ruido atronador y observaron bajar del cielo una enorme montaña que se abría paso entre las nubes. Aterradas ante la visión que las hizo detenerse y levantarse para mirar el cielo, contemplaron la enorme y gigantesca estructura voladora que bajaba hasta un desolado valle semidesértico haciendo correr a los animales y espantando también a las aves, y a ellas, que inmediatamente partieron rumbo a su tribu a toda prisa.

Cuando llegaron en cuestión de instantes hasta donde los suyos relataron la historia al Chamán, a Ur y al resto. Al principio su narración fue atolondrada e incomprensible, pero cuando estuvieron más ecuánimes explicaron mejor el asunto. El Chamán decidió investigar de inmediato aquel fenómeno increíble y partió junto a Ur y los demás cazadores hacia el lugar del avistamiento.

Cautelosamente se aproximaron hasta las inmediaciones del valle y en efecto pudieron ver que una montaña de aspecto extraño súbitamente apareció de la nada. Más sorprendente aún fue observar como la montaña se abría produciendo una luz cegadora y de ella emergían unos hombres de aspecto increíble.

—¡Los espíritus! —adujo el Chamán con la única explicación que le era plausible, y se postró ante ellos imitado por todos sus fieles hombres.

Desde el primer momento en que Enki conoció a Sud quedó prendado de ella. Claro, la muchacha era muy joven (varios años más joven que él), una adolescente apenas, y por decoro debía esperar. Pero pensaba pedirle la mano formalmente a la familia de la muchacha en cuanto ella tuviera edad suficiente. Sud provenía de un hogar plebeyo y sin ningún vínculo con la nobleza pero no importaba, al fin y al cabo él no era el heredero al trono.

Aunque respetuoso de las normas sociales anaki que le impedían cumplir sus anhelos románticos y tórridos pensamientos, Enki si cultivó una amistad con Sud. La muchacha era muy inteligente y curiosa y le encantaba que Enki le hablara de temas científicos.

—Explíqueme más, Dr. Enki, por favor —le suplicaba dulcemente— ¡Usted sabe mucho!

—Gracias Sud, pero no me digas Dr. Enki, dime Enki a secas.

—Sí, Doc… es decir… si Enki. Cuando sea mayor quiero estudiar biología como usted.

—Excelente, sin duda serás una gran científica.

—¿Qué hace con la sangre de estos salvajes? —preguntó Sud.

—No los llames así —corrigió Enki severa, pero amistosamente— son menos desarrollados que nosotros pero son personas también. Les extraigo sangre para estudiar sus genes. Soy genetista.

—¿Y eso servirá de algo para el Imperio?

—Talvez. Pero en todo caso es importante acumular información para el saber científico porque nunca se sabe cuando se necesitará. Ahora, tengo un regalo para ti… —dijo extrayendo de entre sus bolsillos un objeto que parecía un camafeo emperlado. Se trataba de un óvalo, Sud los conocía bien, eran instrumentos que guardaban en su memoria imágenes de hologramas, grabaciones, música, etc., y generalmente se usaban como regalos para suministrarle a alguien especial algún bonito recuerdo. En cuanto Sud accionó del dispositivo oprimiendo una de las perlas centrales, este dispersó una agradable tonada musical. La conmovida Sud abrazó a Enki.