EL DIOS CAÍDO II

Ur no sabía porqué debía introducirse a la enorme montaña voladora de los dioses a que le picotearan todo, pero obedecía las indicaciones del Chamán que había girado órdenes de satisfacer las demandas de las divinidades. Indiferente a estos seres la mayor parte del tiempo, Ur prosiguió con su vida, tuvo muchos hijos con Kima y continuó cazando animales con gran pericia.

—Mi comandante —dijo el visir Nusku al pedante Enlil que yacía aburrido tomando el sol en una silla plástica en el jardín— los trabajadores se niegan a seguir laborando.

—¿¡Que!? —fue la reacción de Enlil incorporándose. Ya estaba de mal humor por encontrarse asignado a esa insípida y aburrida misión cuando debería estar librando batallas en algún rincón de la Galaxia ¡y ahora esto!

—Dicen que el trabajo es demasiado duro.

—¡Claro que es duro! Los robots de trabajo se dañan fácilmente con este clima polvoso y alguien tiene que construir los campamentos si es que queremos colonizar este planeta alguna vez.

—Bueno pues, rehúsan proseguir con sus labores. Lo lamento.

Entonces Enlil se puso pensativo algunos momentos.

—¡Claro! —se dijo— los nativos.

—¿Los primates?

—Sí. Por qué no. Pónganlos a trabajar. Tienen mentes simples y con algunas indicaciones será suficiente para darles órdenes…

—Sí, mi señor…

A los trabajadores, que en su gran mayoría eran militares de bajo rango pues el personal civil era principalmente de científicos, les pareció una idea espléndida y pronto todos los humanos de todas las tribus aledañas fueron obligados a trabajar.

Cavaban pozos, levantaban campamentos, construían acueductos. Naturalmente las labores eran muy elementales y siempre estaban violentamente supervisados por los soldados que, en caso de notar algún ánimo rebelde, los doblegaban con golpes. A los hombres les designaron las labores más pesadas y las mujeres les llevaban agua y comida. Sin embargo, la presencia femenina en el campamento despertó ímpetus más oscuros y pronto los anaki impusieron un nuevo yugo a los humanos.

—¿¡Que está pasando, Enlil!? ¡Exijo una explicación! —fueron las palabras enardecidas de Enki cuando se enteró de lo que sucedía y fue a interpelar a su hermano.

—¿Estás olvidando a quien le estás hablando?

—Dejémonos de fachadas, hermano, ambos sabemos lo que sentimos el uno por el otro y no te temo. No te atreverías a lastimar a un miembro de tu propia familia mientras nuestro padre viva.

—Te arriesgas demasiado, Enki, pues nuestro padre no vivirá por siempre.

—Me preocuparé por eso en su momento. Por lo pronto te recuerdo que esta expedición científica se encuentra bajo mi mando…

—En lo referente a lo administrativo, pues en lo militar yo soy el comandante.

—¿Y desde cuando convertir a estas personas en esclavos es una decisión militar?

—¡No son esclavos!

—No uses eufemismos conmigo, Enlil. ¿Sabes que tus soldados están abusando de las mujeres?

—Me enteré. Me parece repulsivo. Raya en la zoofilia.

—¿No vas a detenerlos?

—Ya giré una orden prohibiéndolo. No puedo imaginar peor blasfemia que una de estas criaturas quedara embarazada de un anaki. Mezclaríamos nuestra sangre con unas alimañas. Para tu tranquilidad y la mía ya ordene que no traigan más mujeres a las áreas de trabajo.

—No es suficiente. Quiero que detengas esta servidumbre.

—Antes abdicaré al trono y me lanzaré al espacio sin traje que seguir una orden tuya… hermano.

—¡Estos seres no pueden ser dioses! —rabiaba Ur a su tribu tremendamente resentido, aprovechando que el Chamán no estaba y todos los demás se reunían dentro de la caverna en la noche a iluminarse con el fuego de una fogata. Él, como los demás hombres, estaba agotado de las extenuantes labores e indignado por el abuso del que Kima, como las demás mujeres jóvenes, había sido objeto.

—¿Cómo sabes que no son dioses? —preguntó la anciana.

—Los espíritus de los que hablaba el Chamán antes eran bondadosos y amables y nos brindaban alimento y lluvia. Estos seres son crueles.

—¿Y quien dice que los dioses no pueden ser crueles? —insistió la anciana.

—Ustedes saben lo que han hecho —recordó Ur y Kima bajó la mirada.

—Es verdad —dijo la voz del Chamán adentrándose sorpresivamente a la caverna— Ur tiene razón. Estos seres no son dioses.

—¿Y que podemos hacer? —preguntó Kima, temerosa.

—Nada. No hay forma de escapar de ellos pues pueden volar a cualquier parte del mundo y no podemos rebelarnos porque su magia es poderosa y todos los hemos visto disparar rayos mortales. Deberemos soportar este yugo, en silencio.

—Debo decirle algo, Dr. Enki —le notificó el visir Nusku adentrándose a sus aposentos.

—Adelante, que sucede.

—Juré no decir nada pero, la infamia de su hermano es ciertamente imperdonable.

—¿Qué sucede? ¡Hable!

—La joven… su amiga…

—¿Sud? —preguntó ya airadamente el científico— ¿Qué pasó? ¿Le ha hecho daño Enlil?

—Eh…

—¡Hable ya!

—El comandante Enlil la observó bañándose desnuda en un río y me ordenó que le llevara un transporte acuático, luego la introdujo al transporte y me ordenó que me fuera…

—¡Maldito seas, Enlil! ¡Maldito seas! ¡Esta vez pagarás por esto!

Enlil estaba acostumbrado a hacer lo que quería y a utilizar la violencia si no lo conseguía por las buenas, y Sud no fue la excepción. Su posición como heredero al trono de la Galaxia lo protegía de sus múltiples excesos pero, todo tiene su límite, y el haber violado a Sud era algo certeramente imperdonable, aún para un príncipe.

Enki comunicó el crimen a sus padres en Nibiru mediante un sistema de comunicación que transmitía los mensajes vía hiperespacio produciendo una agujero de gusano en miniatura. Esto permitía a dos personas en lugares distantes de la Galaxia tener una comunicación fluida pero el proceso consumía demasiada energía y debía usarse sólo en casos de urgencia.

Los padres de Enki le dieron luz verde para manejar el asunto, asumir el control de la misión y sancionar a Enlil de acuerdo a las leyes anaki.

Aunque dudosos al principio, los militares finalmente reconocieron la autoridad que los reyes habían depositado en Enki y arrestaron a Enlil.

La pena debió ser el envío de Enlil a un planeta penal de inmediato pero la agravada, Sud, declinó testificar así que la Corte Marcial —ya que Enlil era militar— decretó una sanción menor y lo condenó a prisión domiciliaria obligándolo a recluirse en una de las bases subterráneas mineras donde conservaría su rango.

Decepcionado, Enki quiso hablar con Sud para entender porqué había tomado esa decisión y para confesarle su amor sin importarle lo sucedido, pero Sud le dijo:

—Creo que no es correcto que nos veamos de nuevo, Dr. Enki.

—¿Por qué me dices Dr. Enki?

—Debo irme, con su permiso… —y comenzó la partida de inmediato, pero Enki intentó detenerla diciéndole:

—¡Sud! ¿A dónde vas? ¡Yo te amo! ¡Sud! ¡SUD!

Los siglos pasaron. El Chamán falleció, Ur falleció, así como lo haría Kima. Sin embargo los hijos de Kima, de Aga y de todas las demás mujeres de la tribu que habían sido víctimas de la lujuria de los dioses, no resultaron ser niños normales. La sangre anaki los hizo mucho más grandes y fuertes y desarrollaron las habilidades intelectuales superiores de sus padres biológicos. Y también los hizo temidos por ser semidioses.

Cualesquiera que fueran las razones que motivaron a Sud (probablemente presiones familiares) esta se casó con Enlil. La afrenta de esta manera quedó “subsanada” y Enlil pudo salir de su exilio en el inframundo. Enki entonces se alejó a una base científica que estaba ubicada en altamar repleto de resentimiento y encono.

Odiaba a Enlil, no sólo por todo el trasfondo de su caótica relación fraternal, no sólo por haber violado a Sud, sino, y principalmente, porque le hizo perder el amor de su vida. La mujer que amaba terminó casada con ese fanfarrón criminal que debía de estarse jactando en estos momentos.

Así, Enki realizó innumerable cantidad de experimentos genéticos en los humanos que recolectaba. Creó muchos clones intentando mejorar a los humanos con una finalidad algo turbia.

Durante muchos siglos su hermano Enlil había estado intentando solapadamente exterminar a la humanidad. Propagó un virus artificial diseñado especialmente para que solo matara humanos, pero el ingenio de Enki le permitió crear un antídoto con el que salvó a las personas. Luego, Enlil utilizó los sistemas de manipulación climática de las naves para evitar precipitaciones y así impedir la lluvia en ciertas áreas para matar a la gente con sequías, pero Enki nuevamente contrarrestó el efecto con su sapiencia meteorológica. Esto hizo que los humanos —cuya civilización había comenzado a evolucionar hasta la construcción de ciudades— sintieran un gran aprecio por Enki que se volvió un dios muy popular, quizás el más querido entre los llamados “Annunaki” (los que bajaron del cielo).

Enlil, enfurecido y humillado por la preferencia que los humanos sentían por su hermano, decide dejar la Tierra.

—¡Empaquen todo! —dijo a Nusku— desarmen las bases y prepárense para la partida. Dejaremos por siempre este salvaje planeta.

—Pero… mi señor… —quiso intervenir Nusku, sin embargo, Enlil prosiguió:

—¡Silencio! No extraeremos nada valioso de esta roca inservible. Nos largamos. Informaré a mi padre que este mundo no tiene nada de valor. No tiene ningún recurso que no podamos conseguir en otros planetas y sus habitantes son poco más que bestias. ¡Estoy harto! Merezco glorias militares y políticas, no estar asignado a un planeta olvidado de la Galaxia.

—Si, señor. ¿Y su hermano, Enki?

—¿Cuál hermano?

En cuestión de semanas los anaki se habían preparado para irse. No quedaba prácticamente nada que evidenciara su presencia salvo el laboratorio de Enki. Enki se enteró de la partida de los suyos pero declinó irse porque sabía que Enlil tramaba algo. Aunque si le dejó un regalo de despedida.

Cuando la nave nodriza se elevó hacia el cielo y dejó la atmósfera terrestre, Enlil ordenó que dispararan torpedos de fotones a los océanos. Nusku sabía que tal acción provocaría maremotos que inundarían los continentes devastando la vida en la Tierra, incluyendo a Enki, pero no tenía más remedio que obedecer.

Mientras, Enlil se introdujo en su lujoso aposento dentro de la nave, el más grande de todos. Allí se encontraba su esposa Sud que había llevado una vida bastante infeliz atada a su temperamental y violento marido.

—¿Qué es esto? —preguntó Enlil observando un óvalo que dejaron sobre la cama.

—Es un regalo que me dio Enki. Se supone que contiene un mensaje.

—¿A sí? Pues dámelo, quiero ver que te dice ese idiota.

—¡No! ¡Es mío! —pero ante las amenazas de golpiza de Enlil, Sud accedió. Enlil tomó el óvalo que parecía una piedra ovoide de color negro y lo apretó con su mano. El aparato debía de producir algún mensaje, generalmente un holograma o una grabación, cuando era oprimido, pero este lo primero que hizo fue inyectarle mediante una aguja hipodérmica un suero en el torrente sanguíneo de Enlil.

—¡Pero que…! —alcanzó a decir y tiró lejos el óvalo que, ahora sí, pronunció su mensaje.

—Sabía que serías tú el primero en activar el óvalo —dijo la voz gravada de Enki— porque te conozco bien. De todas maneras, el líquido que te inyecté está programado para funcionar solo con tu ADN. Bueno, no es sólo un líquido, sino una mezcla del ADN de los nativos y de nanites diminutos, nanorobots que se introducirán a tu organismo y que tienen órdenes de modificar tu código genético. Sí, en pocas horas los nanites alterarán tu ADN hasta volverte como los primates que tanto desprecias. Descuida, que mi intención nunca fue matarte. Eso si, te advierto, los nanites están programados para que cualquier intento por expulsarlos de tu sistema desemboque en causarte la muerte, así que será mejor que aceptes tu nuevo destino. Transformarte en algo que odias es el peor castigo que puedes sufrir.

“Ah, por cierto, sé que planeabas provocar un diluvio, así que tome algunas precauciones resguardando a numerosos ejemplares de la fauna y las personas de este planeta en lugares seguros. Eso sí, te sugiero que ordenes que se detenga el bombardeo porque… quien sabe, talvez este sea el único lugar donde puedas vivir en un futuro (entre los tuyos).

—¡NO! —clamó enfurecido Enlil. La metamorfosis comenzaba a producirse y radicales alteraciones tremendamente dolorosas sucedían en su cuerpo conforme se transmutaba en humano, muy para su desdicha. Antes de perder la conciencia por el dolor, ordenó que cesara el bombardeo.

Después de todo, algunos dioses pueden, a veces, ser muy humanos.