II

Había muchas personas. Demasiadas. La casa no era tan grande, un diseño sencillo de dos plantas con tres habitaciones. Lo que más quería Adriana era echar a todas esas personas de su hogar. Que se vayan. Que no molesten. La mayoría ni conocían a Ana. Es más, esos rostros eran por completo desconocidos. Amigos de sus padres quizás o de sus tíos. Amigos de los amigos. Vecinos que nunca antes los habían saludado. Totales extraños para ella. Todos ataviados con trajes negros y vestidos sobrios, fingiendo su mejor expresión de tristeza. Bien sabían que pronto usarían esas mismas prendas para alguna fiesta. Y talvez también la misma cara.

Adriana tenía a sus amigos. Tenía su mundo. Todos ya se habían ido. La noche había avanzado bastante. Y tenía a su hermana. Su mejor amiga. No, ya no la tenía. Ella también se había ido.

Las cosas salían bien el lunes en la mañana. Había hecho buen tiempo hasta su casa. Las ampollas, que de seguro se haría en los pies por correr con zapatos escolares, eran preferibles a tener otra mala nota en literatura. Si mantenía la misma velocidad al regresar, Ana y ella llegarían al colegio antes de la campana para los retrasados. Llamó a su mamá por el celular. No contestó. Ni siquiera estaba en la casa. Gastó valiosos segundos buscando su llave y abriendo la puerta. Las escaleras hasta su cuarto se le hicieron interminables y dolorosas. Por reglamento de la casa no podían echar llave a sus habitaciones ni en su ausencia. Entró fácilmente a su cuarto y encontró sobre su escritorio, tal como lo había dejado, el ensayo sobre la “Literatura durante la Época Colonial”.

—No dejas de causarme problemas —le gritó a su tarea y se la guardó en la mochila mientras bajaba los escalones de tres en tres.

No aseguró la puerta al salir, de seguro su madre solo había salido por un momento, y si hacían preguntas por la noche no sería difícil de explicar.

Corrió lo más rápido que pudo cuidando no tropezar. Tenía las rodillas llenas de cicatrices de raspones sufridos por su torpeza. Cuanto envidiaba a Ana, cuyas piernas largas parecían estar controladas por un ordenador de agencia espacial. Nunca le fallaban.

Ya faltaba poco. Quiso ver la hora en su teléfono, y al sacarlo de su bolsillo se le calló de las manos, desarmándose con el impacto y esparciéndose en la acera. Menos mal no fue el de Ana.

—Maldita sea —gritó y le lanzó una mirada asesina a un tipejo que se le reía al pasar.

Recogió las piezas lo más deprisa que se permitieron sus manos nerviosas. No encontró la batería. <> Pensó y comenzó a correr de nuevo. La calificación valía más que una simple batería. Aunque tuvo que pensárselo un par de veces más, y de hecho estuvo a punto de volver para buscarla.

¿Cómo había podido olvidar ese maldito ensayo? Si había trabajado en el la mayor parte del fin de semana. Mucho del texto era de autoría de Ana, pero ella también colaboró. ¿Qué sería de ella sin su hermana? Tratándose de labores del colegio claro está. Había otros asuntos que, últimamente, Ana prefería tratar sola. Aunque se moría por contarle los últimos acontecimientos en el plano sentimental, como siempre lo había hecho, tal vez su hermana no le correspondería con la misma confianza. <<¿Qué puede ser tan malo que no quieres contármelo?>> Se preguntó mientras apretaba el paso cuidando que ninguna piedrita en el camino le jugara una mala pasada.

Ya casi llegaba hasta el lugar donde Ana la esperaba. Había mucha gente en la esquina. Observando quien sabe qué. Estaban sobre la acera y en plena calle obstruyendo el tráfico. Dejó de correr para no tropezar con nadie. Buscó a su hermana con la vista esperando que estuviera entre los curiosos. No la encontró. Los automóviles se habían detenido y algunos buscaban rutas alternas.

—Traidora —susurró—, me dejaste.

Siguió caminando sin prestar atención a lo que estuviera sucediendo. Parecía algún tipo de accidente automovilístico, pero no tenía tiempo para ese tipo de asuntos. Se abrió paso entre las personas a empujones hasta llegar a la otra acera, y cuando estuvo a punto de reiniciar la carrera escuchó, sin querer, entre las voces de la muchedumbre, algo que le llamó la atención e hizo que se detenga: “Trae el mismo uniforme tal vez la conoce…” después escuchó algo que la dejo fría: “Se parece a ella…” No se fijó en quien lo dijo. No le importaba. La idea le paso por la cabeza casi por casualidad, pero no podía desecharla por más que quería. Era una idea ridícula. Casi imposible. O talvez no. Un miedo extraño y profundo crecía en su interior. Dio media vuelta y camino lento. Ya no era necesario empujar a nadie. Era como si el mar de personas se abriera para que ella pase.

No fue necesario ver el rostro de aquel cuerpo que estaba tendido boca abajo en medio de la calle. Era ella. Adriana se derrumbó. Sus torpes rodillas se desvanecieron y el mundo se quedó en silencio, roto solo por unas sirenas que sonaban a los lejos.

La noche llegó casi de inmediato, y el día siguiente llegó sin avisar. Adriana estaba en su habitación. Se puso ropa negra. La que encontró a mano, sin importarle si combinaba o no, o era la adecuada para el tiempo que hacía. Bajó lento por las escaleras. Aun no confiaba en sus pies. Se sentó en su sofá. En un lugar que amablemente le cedió una señora de cabello encanecido que no había visto en su vida, pero que al parecer la conocía a ella desde que era un bebe. Sus amigos le hablaban, no estaba segura de que le decían y menos de lo que ella misma respondía. Sus padres estaban en el comedor. Su madre aun lloraba sentada en una silla alejada de la mesa y rodeada de extraños, excepto por una mujer que a veces la visitaba, no recordaba su nombre. Había uno que otro vecino por ahí, quizás algún tío que no vio desde que era niña. Si, ahí estaba Miguel, hermano mayor de su madre, comiéndose todo aquello que encontraba en la mesa. De seguro volvería a Argentina esa misma noche, por el bien de la despensa familiar. Y, por supuesto, la tía Irma. Pegada al costado de su madre. Nada más. Su padre, al otro extremo cerca de la cocina, no dejaba de acariciarse la cabeza y masajearse el cuello. Había unos hombres a su alrededor. Parecían buitres, altos y delgados, con narices afiladas y con sus chamarras de cuero negro con cuello frisado, y cada vez que le hablaban era como si le arrancaran un pedazo de carne. No vestían luto. Eran policías, o eso creyó Adriana a primera vista.

De pronto, vio que alguien tomaba una fotografía enmarcada de la repisa junto a la vitrina. Era una fotografía de Ana, tomada hace no más de un año. En ella, Ana estaba seria. No tenía la infaltable sonrisa que solía compartir con el mundo. Su cabello estaba liso y bien peinado. No alborotado como lo traía siempre ya que detestaba amarrarlo.

—Parece una foto que te tomarías para tu licencia de conducir —se había burlado Adriana el día que le encontraron lugar al retrato.

—Aun puedo cambiarla —dijo Ana sacando la licencia de su cartera y mostrando una foto donde casi parecía que se estuviera riendo.

Aquella tarde se divirtieron como dos niñas. Aun lo eran. Eso ya no sería más. Se levantó y fue hasta la repisa. Le quitó la foto a quien sea que la estuviera agarrando. No dijo ni una palabra y se fue a su cuarto.

Pasaron las horas. Abajo seguía habiendo gente. Podía escucharlas hablar. Podía escucharlas reír. Podía escucharlas beber, fumar, masticar, tragar, respirar… quería que se fueran. Que la dejen en silencio. Solo eran un montón de imbéciles que jamás entenderían el dolor que estaba sintiendo, por más que cuenten innumerables historias acerca de sus propios funerales y de cómo habían superado la ausencia de sus muertos. Quería que se fueran incluso sus padres. Su madre hizo un escándalo en el entierro. Gritó y gimió entre sollozos aferrándose al ataúd. Incluso a Adriana le pareció demasiado. Comprendió que en esos momentos donde todo el mundo cree que se debe decir algo, es mejor quedarse callado. Se esforzó por entenderla. Ella había perdido a su hermana, pero su madre había perdido a su hija. Su padre, en cambio, se quedó a prudente distancia. Era como si pretendiera no estar allí. Adriana nunca lo vio llorar en su vida y esa no sería la excepción. Ella se acercó a su hermana poco antes de que todo acabara. No había manera de verla. El ataúd ya estaba sellado. Se agachó cerca de donde estaría el rostro de Ana y le dijo lo último que le había dicho sin decírselo en realidad.

Y en la oscuridad de su cuarto, al tiempo que trataba de ignorar el ruido agobiante de la planta baja, le volvió a decir a su hermana sus últimas palabras.

—Traidora. Me dejaste.