Chapter 2: III
Pasaron dos meses.
Adriana no había vuelto a ir al colegio desde aquella última vez en que perdió el control. No había vuelto a ver a sus amigos. No había vuelto a ser ella.
Después del funeral todos pusieron de si para continuar. Su madre sonreía cuando podía sin mucho éxito. Su padre distraía la atención contando historias de su trabajo a la hora de comer. Solo a él le parecían graciosas. La tía Irma venía a menudo. No fue hasta que sus visitas dejaron de ser tan frecuentes, que la casa comenzó a sentirse más tranquila. Adriana trataba de que sus jornadas en el colegio siguieran normales. Eran los demás a su alrededor los que se empeñaban en recordarle lo sucedido. La veían con lastima. Como si fuera un ser enfermo del que hay que compadecerse. Murmuraban cuando pasaba. “Dicen que su hermana se suicidó arrojándose frente a un auto.” “Pobrecita, debe estar sufriendo.” “Deberíamos hacernos sus amigos. Seguro necesita alguien con quien hablar.” Ella odiaba eso más que cualquier otra cosa.
Un maestro, al parecer de algún curso superior y que tal vez conocía a Ana, tuvo la brillante idea de venir a hablar de ella en su aula y frente a todos sus compañeros.
—La institución entera sufrió una gran pérdida esta semana —comenzó a decir el hombre, acomodándose sobre la nariz unos horribles y enormes anteojos. Era un tipo mediano y de corpulencia escasa, su frente amplia estaba coronada por un peinado de medio lado y todo aplanado, dejando en evidencia unas orejas quizás un poco grandes para su rostro —, ustedes quizás no conocían a Ana Siles, la estudiante que lamentablemente falleció de manera trágica.
Adriana sintió el peso de todas las miradas posándose sobre ella cuando el tipo mencionó el nombre de su hermana y después dijo la palabra “trágica”. Quería ponerse de pie y decirle que se calle. Que él no tenía nada que decir sobre Ana. Que nadie tenía nada que decir sobre ella. <
—Esto es algo que podría sucederle a cualquiera de nosotros —continuó el hombre—. Algunos docentes y mi persona creemos que es bueno que les demos consejos de como sobrellevar una perdida. Como dije antes, ninguno está exento de sufrir una tragedia similar.
Adriana comenzó a impacientarse. Se le acaloraron las mejillas y sintió como se le erizaban los cabellos, aunque los traía amarrados con una liga. Apretaba los puños sobre sus muslos y presionaba la mandíbula hasta sentir dolor en los dientes. Menos mal no traía el uniforme, aunque sus uñas ya estaban a punto de traspasar sus jeans. Si era todo lo que el profesor tenía que decir y se iba, no habría ningún problema.
—Aquí con nosotros está —tomó una lista para leer el nombre entrecerrando los ojos— Adriana Siles. Su hermana. Si estas dispuesta, Adriana, quisiera que nos dijeras lo que sientes. Solo si sientes que puedes hacerlo.
Ese fue el punto de quiebre. ¿Por qué se empañaban en seguir con el tema? A nadie tendría por qué importarle lo que ella pensaba. Era su dolor. Era su hermana y de nadie más. Era su perdida. Lo que otros opinen o piensen no cambiaba nada. Pero sí que se sentían grandes creyendo que sus sabias palabras mitigaban en algo el pesar de otros.
Adriana se levantó de su pupitre y se acomodó la ropa solo para hacer tiempo. Caminó lento. Se situó al frente de la clase y clavó su mirada en el profesor. Levantó su mano derecha y le obsequio el dedo medio por extensos segundos mientras sus compañeros aguantaban la sorpresa.
—Vete a la mierda idiota —le dijo y sus compañeros soltaron una risotada ante la expresión incrédula del maestro—. Todos ustedes váyanse a la mierda.
Antes de darse cuenta Adriana estaba fuera del aula. No sabía si había corrido o volado, pero ya estaba recostada en la gradería que rodeaba el campo de atletismo, observando el lento avance de las nubes.
—Bonito día —le saludo una voz conocida.
Adriana se incorporó para ver quién era. Erick tenía la edad de Ana, tan solo unos centímetros más de estatura y el cabello tan rizado que parecía que tuviera brócolis plantados en la cabeza. Ese día vestía una camiseta a rayas que cumplía bien la tarea de esconder su delgadez.
—No fuiste al funeral —espetó ella apenas lo reconoció.
—Si fui —respondió él —pero no me deje ver.
—¿Por qué?
—¿Serviría de algo mi presencia o mis palabras?
Adriana sintió que por fin había encontrado a alguien que la entendía. Con razón Ana estaba enamorada de él. No era muy agraciado, pero era inteligente.
—Ana sabía que la amaba —continuo Erick—. Creo que eso es suficiente.
—Perdona, pero durante estos días escuche la misma basura de tantos tipos que decían amar a mi hermana.
—Tú y ella hablaban mucho ¿cierto? —dijo al tiempo que se sentaba junto a Adriana.
—Éramos más que hermanas.
—Entonces te habló de mí.
—No llegamos a esa parte. Pero sabía quién eras y escuchaba tu voz cuando conversabas con ella por teléfono.
—Espera —Erick se puso rojo— ¿escuchabas todas nuestras conversaciones?
—No todas, por suerte.
Adriana comenzó a reír por primera vez después de varios días.
—Me enteré que mandaste a Rojas a la mierda.
—Así que así se llama el idiota.
—El idiota es psicólogo y cree saber todas las respuestas. Aún recuerdo el circo que armó cuando se enteró que algunos chicos estábamos empezando a masturbarnos —imitó la voz de manera burlona—. Eso es normal muchachos, incluso yo lo hice.
—Qué asco —dijo Adriana sonriendo.
Por un momento las cosas volvieron a ser como antes. Ella estaba allí hablando con un chico de cosas sin mucha importancia. Después de un rato se despediría, se encontraría con Ana en la entrada del colegio irían a casa. Verían el programa de variedades de Rudy Bazán a las cuatro, cenarían con sus padres, o solo con su madre, y el resto de la noche charlarían por teléfono con quien esté disponible. Y las tareas, bueno, solo si se acordaban de hacerlas o si fueran demasiado importantes.
Solo fue por un momento. Un hermoso momento.
Desde ese día, Adriana comenzó a faltar a clases con más frecuencia. Su madre no se lo reprochaba. Antes la pregunta era: ¿Adriana ya estas despierta? Tienes que ir al colegio. Ahora la pregunta era: ¿Hija iras al colegio?
Cuando iba, veía a Erick por casualidad en los pasillos. Se saludaban y hasta ahí llegaba la cosa.
—Escucha —le dijo aquel día en las graderías antes de despedirse—, no habrá jamás nadie que se parezca a Ana. Ahora suena como si fuera lo peor, pero créeme, pasará el tiempo y eso será lo más importante. Así nunca la olvidaremos.
Un beso en la mejilla sirvió de despedida.
Por mandar al maestro Rojas a la mierda recibió una condolencia patética disfrazada de regaño por parte del director del colegio. Su madre, que estaba con ella en la dirección, no pronunció palabra alguna.
De vez en cuando, antes de entrar a su clase, pasaba junto al aula de Ana, bueno, la que fue su aula. Cada vez que necesitaba dinero o simplemente quería molestarla, asomaba su cabeza por la ventanilla de la puerta. Ana siempre estaba ahí, en el primer asiento de la segunda fila. Ahora había una chica de pelo castaño y ojos diminutos, que mordía el borrador de su lápiz fingiendo interés en la clase. <
La escuela era, en resumen, un fastidio que se empeñaba en recordarle que su hermana ya no estaba. Las calificaciones bajaban al igual que las ganas de hablar. Sus amigas la invitaban a salir, sin éxito. Pronto dejaron de intentarlo. <
Armando, quien más o menos cumplía el papel de su mejor amigo, era a quien más la toleraba. Era bajito y de mejillas rellenas, pero había tenido la suerte de esquivar el acné. Él era con quien más hablaba, siempre cuando tuviera ganas de hacerlo. Hasta que al muchacho se le ocurrió declararle su amor. Adriana arrugó la notita con letras enamoradas, que venía junto a un capullo de rosa roja que luego pisoteo.
—Busca a quien más cogerte —le gritó.
De nuevo, su madre y el director tuvieron que verse las caras.
Un día, sin embargo, despertó con ganas de ir a clases. Quería ver a Erick, no solo para saludarlo, sino para olvidar un rato aquel infierno. Se arregló de forma distinta, se dejó el cabello suelto como lo hacía Ana, se puso un suéter que hace mucho le había prestado y que le gustó tanto que no quiso devolvérselo. Y también, como lo hacía antes, entró al cuarto de su hermana y le robó un poco de brillo labial. Vio su perfume, ese de edición limitada en el que se gastó un año de ahorros. No se lo pensó. Incluso quizás se hecho demasiado. Llegó al colegio sonriendo, como lo hacía Ana. Otra vez los ojos sobre ella. Se controló lo mejor que pudo. Erick la vio y ella a él. Se cruzaron en direcciones opuestas como siempre, pero esta vez hubo más que un hola.
—Dicen que eres la nueva pesadilla del director —le comentó él como quien no quiere la cosa.
—¿Siempre haces caso a lo que dicen? —preguntó ella, tratando de arquear una ceja.
—Por supuesto, en especial si me lo dice el mismo director.
Adriana comenzó a reír, como no lo hacía en mucho tiempo. A su alrededor de seguro la miraban y murmuraban. No le importaba.
—Tal vez nos veamos más tarde —le dijo Erick y entró a su aula.
Adriana no se había dado cuenta de que estaban caminando. Se detuvo justo en la puerta, aunque sintió las ganas de entrar con él y seguir charlando. Él se sentaba en el primer asiento de la fila de la izquierda junto a la pared. Ella se sentaría en el lugar de Ana y quedarían lado a lado. Sintió ganas de hacerlo. Pero no lo hizo. Al terminar las clases, en las que había recobrado su silencio y seriedad, fue a la gradería y se sentó esperando que la casualidad este de su parte. No iría a buscarlo ella. Ni de chiste. Había gente observando algo que sucedía en la pista. Parecían carreras de velocidad. Un par de chicas conversaban mostrándose mutuamente las pantallas de sus celulares. De pronto comenzaron a mirarla. Ya la estaban incomodando. <<¿Qué carajos quieren?>> se preguntaba esperando que alguna de las dos tuviera el poder de leer la mente. Una de ellas se le acercó, así como si nada.
—Disculpa ¿eres Adriana Siles? —la chica era famélica y despedía un perfume cítrico que le lastimaba la nariz.
—Si —respondió Adriana abriendo apenas los labios y sin separar los dientes.
—Bueno, estaba navegando por Facebook y… —movía demasiado sus manos al hablar, como si quisiera garabatear sus palabras— bueno, tu hermana está muerta y pues… vi su perfil y talvez sería bueno que lo eliminen, porque… bueno, da un poco de miedo.
Y explotó. Una vez más. Adriana ya no soportaba.
—¿Por qué no vas a que te den por el culo imbécil? —le dijo al tiempo que se ponía de pie.
Bastó solo un empujón, lo suficientemente fuerte, para que el cuerpo de la chica rodara por los escalones de hormigón estrellando su cabeza contra las esquinas dejando un rastro de sangre espesa. La gradería se hizo infinita de repente y el cuerpo comenzó a desmembrarse y expulsar vísceras y sangre a su paso, para cuando llegara al suelo, si es que lo hacía, sería solo un pedazo de carne. Adriana lo disfrutó. Deseaba hacerlo una y otra vez. Pero tuvo que volver a la realidad y aguantar por enésima vez la presencia del director y esta vez también la del estúpido profesor Rojas. Su madre estaba con ella. La familia de la chica de la gradería estaba afuera de la dirección, y la muchacha traía un pequeño rasguño en la frente y un pie lastimado por la caída que sufrió por el empujón de Adriana que la arrojó apenas tres escalones abajo. Esta vez le dieron una suspensión bien suavizada con la frase: “tómate un tiempo”. Menos mal los padres de la chica la ignoraron al salir.
La señora Siles tenía que conducir el auto de su esposo. Por alguna razón a él le había dado por irse en taxi al trabajo. Con mucha dificultad abrió la portezuela. No eran muchas las llaves en el llavero y aun así tuvo que probarlas todas. Ya dentro del auto, le fue tan difícil encontrar el orificio para el encendido que el manojo se le cayó entre los pedales. Adriana solo observaba en silencio. Su madre se agachó para buscar las llaves y cuando las encontró, después de mucho tantear, se incorporó a medias y comenzó a llorar. Primero despacio y en silencio y luego sollozando agitada. Parecía tan frágil, como una torre de naipes a punto de derrumbarse. Sus manos huesudas, su pecho escaso y su cabello reseco la hacían parecer enferma.
Pasaron cerca de diez minutos. Se acomodó en el asiento, se limpió la nariz, se peinó un poco con los dedos, se secó los ojos con el dorso las manos y dio un largo suspiro. Intentó poner la llave en el contacto y se le volvieron a caer.
—Carajo —gritó y golpeó el volante.
No lloró esta vez. Respiró con calma y cerró los ojos. Adriana estaba en tal silencio que parecía que no existía.
—Ana ¿puedes conducir tú? —le pidió su madre—. No me siento bien.