¿Coma?
—Ulises, ¿qué haces? —Eli rodeó la cintura de su esposo con sus delgados brazos. Él estaba en la cocina preparando un extraño caldo con unas hierbas que recogió del patio.
—La cena, Enana de mi corazón —respondió sonriente.
—¿Esa cosa es la cena? —Eli miró a la olla con repulsión.
—Ya verás, Enana.
Eli se recostó del hombro de Ulises satisfecha y él sonrió con suficiencia.
—¿Cómo estuvo la cena, cariño? —preguntó con malicia. Eli suspiró.
—Debo reconocer que no estuvo mal… —respondió restando importancia, aunque en realidad se la había encontrado deliciosa.
—¿Solo eso? —El rizado enarcó una ceja, mas ella estalló de la risa—. Por lo menos cocino mejor que tú.
—¡Ja! Ni en tus sueños.
—Te toca lavar los platos, querida esposa —Ulises sonrió y Eli bufó. Después de lavar los platos Eli se dirigió al pasillo y miró a su esposo con picardía, quien estaba tirado en el sofá.
—Ahhhh… —Eli bostezó—. Me voy a dormir —anunció. Ulises saltó del mueble y la siguió como perrito que mueve la colita hasta la habitación mientras ella lo ignoraba escondiendo una sonrisita. Una vez allí, la interceptó.
—¡Sírveme en la cama, mujer! —espetó. Eli lo miró mal.
—¿Qué dices tarado? —interpeló molesta.
—¡Quítate la ropa y sírveme!
—¡Aléjate de mí, idiota! —Eli espetó furiosa por lo que Ulises rio a carcajadas.
—No seas mala esposa, debes hacer lo que te diga y darme lo mío.
Eli se acostó sobre la cama con los brazos cruzados y Ulises se tiró a su lado.
—Bien, si no quieres… —Le dio la espalda y se hizo el dormido. Eli lo miró de reojo y frunció el ceño.
—Ulises… —dijo casi en un susurro, pero él la ignoró. Ella lo empujaba con sus pies, sin embargo, él continuaba haciéndose el dormido, entonces ella empezó a patearlo. Ulises se sentó en la cama y la miró divertido.
—¿Qué? Dijiste que te dejara en paz.
—Es que te portaste como un idiota y como siempre arruinaste todo. —Hizo un puchero berrinchudo. Ulises sonrió de la ternura que ella le provocaba.
—Sabes que bromeaba, Enana peleona. Deja de hacerte la difícil y ven con tu marido a disfrutar de nuestro amor. —Extendió sus brazos y Eli se refugió en su firme y cálido torso.
Eli abrió sus ojos y el escozor provocó que los frotara, el olor de su hogar y Ulises dejaron sus sentidos y fueron reemplazados por el insoportable hedor a cloro y medicamentos. Ya habían pasado varios días de que despertara de su supuesto coma y la tenían medicada, puesto que estuvo muy alterada.
—¡Eli! —Ella se volteó al percatarse de la presencia de Leela, quien corrió hacia ella y la envolvió entre sus brazos con fuerza. Ambas lloraron por un largo rato. Leela puso los mechones de su corto cabello detrás de su oreja y la miró con pesar—. Sabía que algo había pasado, no puedo creer que hayas estado en coma por todo un año.
—No estuve en coma Leela, debes creerme. Ulises está vivo y nos casamos. Leela, debo encontrarlo.
—¿Qué dices? Ulises murió hace cuatro años, ¿acaso lo olvidaste?
—¡No está muerto! ¿Por qué nadie me cree? —Eli se alteró por lo que tuvieron que volver a sedarla; por su parte, Leela lloraba desconsolada en los brazos de Jing al verla tan afectada.
***
—¡No tiene sentido, Jing! ¿Cómo pueden tener a una persona en coma por todo un año sin saber siquiera quién es? Lo que más me duele es que me lo hayas ocultado, ¿cómo te atreviste?
—No quería preocuparte. Es por esto que ayudé a los señores Lojan a buscarla en secreto. Semanas atrás recibí información de que la habían trasladado a Zafiro porque el pequeño hospital donde se encontraba, no podía tenerla más allí. Según me dijeron, un doctor de una aldea la llevó un mes atrás al hospital por falta de recursos. Ya he enviado a investigar al dichoso doctor y el consultorio donde retuvo a Eli.
—Debemos hablar con ella para saber qué sucedió, pero no entiendo por qué sus padres la alejaron de todos nosotros, es muy injusto.
—Creen que es lo mejor para ella. Dales tiempo, verás que pronto podrás verla. —Jing la abrazó y besó su cabeza para tranquilizarla.
***
—Los sentimientos apestan. Solo traen problemas. —Un hombre cubierto por una manta gruñía, mientras miraba las grandes montañas por medio de una ventana de madera. Se sirvió té en un jarro de acero y esbozó un suspiro del hastío.
—Por lo visto ya no estaré en paz en este lugar, deberé buscar esa piedra de nuevo y marcharme lejos. Algo me dice que mi tranquilidad va a terminar muy pronto.