Necesito respuestas
Los días pasaban sin que ella se percatara. ¿Era de día? ¿De tarde? O… ¿De noche? ¿Día laboral o día de descanso? La comida no tenía sabor y su cuerpo siempre estaba cansado y sin energía. Por más que analizaba el asunto, no le encontraba la lógica o la solución. Si su vivencia con Ulises fue parte de un coma, pues prefería volver a caer en él.
—Ulises... te extraño tanto. —Las lágrimas salían como torrentes. No entendía cómo podía llorar tanto. Debía estar hecha un desastre, pero eso era lo menos importante en ese momento. Solo quería verlo una vez más. Ni siquiera tuvo chance de despedirse, al igual que cuando murió cuatro años atrás o cuando su tío se lo llevó de la ciudad. Siempre se le era arrebatado. No era justo que no pudieran disfrutar de su amor.
Su madre entró con la comida y la miró con rostro triste, haciendo esfuerzos de sonreír, aunque no le salía muy bien.
—No tengo hambre —dijo tajante.
—Debes comer. Cariño, no puedes continuar así, deja de hacerte daño, mi niña. —No pudo evitar las lágrimas.
—¿Es posible causarme más daño? —Eli expresó con melancolía.
—Eli, esto es demasiado. Ese chico murió cuatro años atrás. ¡Cuatro años!
—¡¡Déjame sola!! —gritó histérica—. ¡Quiero estar sola! —Eli la empujó hasta que la vio fuera de la habitación. Estrelló la puerta tras ella y su madre empezó a llorar desconsolada.
—¡Mi hija! Mi hija está loca... —susurró la última frase mientras se deslizaba por la pared, quedando sentada sobre el piso.
Sobre un árbol de la casa, un espía observaba la ventana de la habitación donde Eli se encontraba.
***
—Tigresa, ¿de dónde vienes? —Jing la interceptó mientras ella entraba a la casa.
—Estaba comprando algunas cosas. —Le enseñó una bolsa de papel.
—¿Tú, comprando? —La miró con escepticismo—. Esposa mía, me haré el idiota en todo esto, pero solo te pido que no cometas ninguna imprudencia. Eres madre, debes ponerte en su lugar y actuar con empatía —advirtió.
—No sé de qué hablas, pero tendré en cuenta tu consejo, cariño —contestó con una sonrisita. Jing negó divertido.
***
—Debo salir de este lugar. No puedo quedarme aquí sin investigar sobre mi supuesto coma. —Eli dijo para sí. Estaba decidida, necesitaba buscar respuestas.
Se dio un largo baño donde sus lágrimas hacían presencia otra vez. Recordó la primera vez que se bañaron juntos después de que se casaron y lo divertido que fue. Todo con él era así, fuera de lo regular y con tanta diversión. Solía reír mucho a su lado y sus lágrimas eran de felicidad. En realidad, nunca había sido tan feliz ni se había sentido tan segura, con él siempre se sintió en casa.
—Ulises, lo que vivimos fue real. No puedo dejarme engañar por las circunstancias. Yo te sentí y todavía te siento impregnado en mi piel. No nos van a separar por mucho tiempo, buscaré la forma de llegar a ti, mi amor. Te extraño, imbécil e infantil. —Sonrió al recordar sus tontos juegos y bromas—. Extraño todo de ti, mi esposo amado.
Eli se puso su acostumbrado pantalón negro engomado y una blusa larga y desahogada con mangas cortas que cubrió con una chaqueta color crema. Entró sus pies en sus botines del mismo color que la chaqueta y tomó una mochila. Abrió la ventana y escapó.
—Lo siento, mami y papi; pero ya soy una mujer adulta y necesito luchar por lo que sé que he vivido —dijo con un poco de culpabilidad, sabía que les haría daño, pero no podía quedarse de brazos cruzados y aceptar lo que sus enemigos le hicieron. Decidió dejar sus palabras por escrito, por lo menos les debía eso. Después de escribir la nota, se lanzó por la ventana y corrió fuera de la casa.
La ciudad Met siempre fue muy hermosa y colorida. Las personas allí vivían felices y en paz. Tan diferente a Lucero Verde que vivían en constante guerra y temor. Claro, Destello tuvo un tiempo parecido; sin embargo, como guardianes, Jing y Leela supieron manejar el asunto y la paz se sentía en cada rincón de su mundo. No es que no tuvieran sus batallas con los rebeldes que quedaban y los criminales, pero por lo menos no tenían guerras y sus habitantes vivían seguros.
Caminó sin rumbo por horas. Estaba cansada y un poco mareada, gracias a que no había comido como debiera en esos días. Se sentó sobre una banca de un parque para recuperar sus fuerzas.
—Creo que debes comer. —Una persona se sentó a su lado y le extendió un envase plástico con frutas picadas. Eli se espantó al reconocer esa voz y dos lágrimas rodaron por sus mejillas al confirmar que era su amiga.
—Leela... —Se tiró sobre ella y no pudo evitar llorar sobre su hombro. Leela la rodeó con sus brazos y acarició su cabello con ternura. Dejó que llorara por un largo rato. Por alguna razón, entendía por lo que estaba pasando y sabía lo difícil que era estar en una situación donde nadie te cree y esperan a que actúes como ellos quieren sin dejarte por lo menos, encontrar esas respuestas que tanto requieres.
—Todo va a estar bien, Eli. No sé qué sucedió, pero buscaremos esas respuestas que tanto necesitas.
Eli asintió con una sonrisa y limpió las lágrimas de su rostro. Extrañaba a su amiga, sus padres no la dejaban que la visitaran porque según ellos, ella necesitaba recuperarse primero. Así que no la había visto en semanas. Después de comerse todo el contenido del envase, se fue con Leela a Zafiro.
—¡Pequeña! —Nico y Esteban la recibieron con un caluroso abrazo. Luego Bruno la cargó y le dio varias vueltas hasta que la mirada asesina de Ileana se posó sobre él. Ileana fue la siguiente en abrazarla y luego Jing. Este último miró a su mujer entretenido, sabía que no se quedaría quieta, pero robarse a Eli era demasiado.
—Díganme que los señores Lojan saben que estás aquí, por lo menos. —Jing las cuestionó demandante. Eli y Leela cruzaron miradas y sonrieron traviesas.
—Me escapé. —Eli respondió con timidez por lo que Jing frunció el cejo.
—Yo la encontré y la traje. Estará mejor aquí. —Leela intervino.
—¿La encontraste? —Jing entrecerró los ojos—. ¿En Zafiro o en Met? Porque vinieron en una nave y saliste esta madrugada, como has estado haciendo casi todos los días.
—Tú sabes que la he estado espiando, dijiste que te harías el idiota. No entiendo el porqué de tu reclamo.
—Porque eres muy obvia, debes ser más discreta y profesional. Ni siquiera sabías que yo te vigilaba a ti. —Sonrió airoso, mas Leela entornó los ojos.
—Esto no es un juego, Jing. Eres tan infantil a veces. No te preocupes, tú serás el encargado de enfrentar a sus padres. —Leela sonrió maliciosa.
—¿Y por qué yo?
—¿De verdad quieres que lo haga yo? —preguntó con mirada traviesa. Jing suspiró rendido.
—Está bien, yo hablo con ellos. Es justo que sepan que Eli está con nosotros —respondió con resignación.
—Preciosa, si quieres podemos salir un día de estos y así te distraes un poco. —Esteban abordó a Eli con coquetería; no obstante, ella lo miró mal y tomó distancia.
—Soy una mujer casada, respétame.
—¿Casada? —Esteban preguntó sorprendido mientras que los demás la miraron con desconcierto.
—Fui transportada a otro mundo un año atrás y encontré a Ulises. Después de muchos inconvenientes, nos reencontramos y nos casamos. Teníamos casi cuatro meses de matrimonio la última vez que lo vi. Fue en su cumpleaños. —Dos lágrimas salieron de sus ojos—. Ese es el último recuerdo que tengo de él. Nos dormimos esa noche y después desperté aquí. No sé cuánto tiempo haya pasado desde aquel día, todo es muy confuso... Ni siquiera puedo dormir en las noches, me acostumbré tanto a su dulce voz que conciliar el sueño es una tortura. Solo puedo dormir bien de día, en realidad, es lo único que he hecho en estas últimas semanas.
Todos la miraron con pesar y temían decir algo que la hiciera sentir peor. Fue Ileana la más osada.
—Eli. —La rubia la abordó demandante—. Es hora de que superes su muerte. No es normal que después de cuatro años sigas sufriendo por un muerto. Estuviste en coma, es posible que hayas soñado todo eso. La mente nos hace malas jugadas. Eli; eres joven, hermosa y muy fuerte. Yo siendo tú, le aceptaría la invitación a Esteban y la pasaría rico. Ya sabes... —Sonrió con picardía—. Todos sabemos que todavía no has probado y ya es hora de que lo hagas. Tal vez es eso lo que necesitas, un buen sexo que te haga olvidar todos esos disparates que tienes en tu cabecita virgen. Esteban debe ser un experto, estoy segura que él encantado te hace el favor.
A Esteban le dio un ataque repentino de tos, mientras que los demás la miraron estupefactos. Ileana podría ser desconcertante y muy imprudente cuando se lo proponía. Eli empezó a llorar de la rabia e impotencia. Apretó sus puños y su mandíbula, mas las palabras no le salieron. Sentía que se ahogaba y la ropa le sofocaba. Salió corriendo de allí y se detuvo frente al estanque del patio. Sin pensarlo dos veces, se tiró y se dejó sumergir por las deliciosas aguas. Todos salieron tras ella llenos de preocupación, pero Leela se detuvo frente a ellos y les hizo señas para que la dejaran solas. Todos entraron a la casa y Leela se quedó observando a Eli, quien dejaba salir el llanto que se mezclaba con el líquido cristalino donde ella estaba sumergida.