Capítulo 47 (parte 2)
Dos meses después de la boda entre Jing y Leela.
—Ah... —Un gemido salió de la habitación de los príncipes y las sirvientas se reunieron a escuchar el espectáculo. Jing había llevado dos criadas para que le sirvieran a Leela, pero éstas eran jóvenes, curiosas y con las hormonas revueltas. Siempre que el príncipe y Leela se encerraban en su habitación, ellas decidían limpiar el pasillo. Ruidos extraños y expresiones no muy castas sonrojaban a las chicas quienes se comían al príncipe con la mirada y soñaban con ser tan afortunadas como Leela. Claro, era una fantasía juvenil y no pasaba de allí, puesto que ellas apreciaban mucho a su ama, quien las trataba como a amigas.
—Sssshhh... —La castaña de ojos verdes le susurró a la otra—. Nos van a oír.
—¡Cómo me gustaría encontrar a un hombre que me haga decir todas esas cosas que el príncipe provoca que diga Leela! —dijo la morena mordiéndose los labios.
—Me gustaría uno, así como el príncipe —la castaña suspiró—, ese hombre está buenísimo.
— Ay sí... —Ambas suspiraron sonrojadas y se espantaron al escuchar que algo golpeó la puerta. Al parecer lanzaron un objeto dentro de la habitación a propósito. Las chicas salieron corriendo con el corazón en la boca, mientras que Leela y Jing reían a carcajadas del otro lado de la puerta.
—Llévame contigo. —Leela le rogó a Jing enganchándose encima de éste, abrazando la cintura de él con sus piernas.
—No. —Besó sus labios—. No puedes estar ahí. Además, tienes otra misión. ¿Lo olvidas? —Leela hizo un puchero.
—Ya Kara obtuvo el reino del Norte, Jing. No hay nada que podamos hacer.
—Claro que sí —contestó con autosuficiencia—. Y estoy muy cerca de descubrir que se traen Deon y Dimitri. Kara es otro títere de ese desgraciado.
—No me estás dedicando tiempo, Jing —se quejó arrugando el rostro. El la abrazó y la puso sobre la cama.
—No seas así, mi amor. —Acarició su mejilla con ternura—. Te prometo que nos iremos de viaje cuando regrese, solo tú y yo. Sé que te lo debo desde que nos casamos. Además, no debes quejarte —la miró seductor—, vengo a verte cada vez que puedo, es lo que acabo de hacer.
—Yo no me casé para dormir sola, Jing —se cruzó de brazos—. Me encanta que te escapes para venir a verme, pero yo necesito más que sexo. Solo espero que termines pronto esa misión, sino no vas a encontrar esposa aquí cuando regreses —lo amenazó con lágrimas en los ojos.
—Lo siento, mi amor. —Acarició su cabello con ternura y besó su cabeza con mirada triste. Él también la extrañaba mucho y quería terminar con esa investigación rápido—. Ya falta poco. Además, pronto tendremos entrenamiento en las montañas con el maestro Chan. Después de ese entrenamiento te llevaré lejos de aquí y pasaremos mucho tiempo juntos.
Leela suspiró no muy contenta y se volvió a enganchar de él.
—Por lo menos tengo una misión como espía. Ya no soporto tener que ir a ver a tu madre para que me dé clases de etiqueta y protocolo. —Jing rio a carcajadas.
—Eso significa que ya te aceptaron. —Él sonrió y besó sus labios con ternura. Leela se pegó más a él e intensificó su beso.
—Juguemos un poco más... —Ella susurró sobre sus labios.
—Pero acabamos de hacerlo. —Liberó una risita.
—¿Qué? ¿Acaso eso nos ha detenido alguna vez? —Sonrió coqueta y ambos se lanzaron sobre la cama.
***
Dos semanas después, Leela y Jing se fueron de viaje a una cabaña en las lejanías de Luan. Estaban en una hermosa finca rodeados de la naturaleza.
—¡Esta vez te ganaré, Jing! —Leela gritó mientras cabalgaba a toda prisa.
—No tan rápido, tigresa. —Él la alcanzó montando un imponente caballo dorado.
Ambos corrían con gran velocidad. Había una cascada que caía sobre un hermoso rio con colores verde, morado, azul y rosado, gracias a la arena de colores que adornaba el fondo de éste. Jing se le adelantó, pero Leela lo llamó ganando su completa atención; acto seguido, mordió sus labios de forma provocativa y seductora, causando que éste se entretenga y fue así como ella llegó primero al río. Amarró su caballo de pelaje marrón entre risas y gritos de euforia.
—¡Soy la ganadora! —celebraba dando saltos. Jing se acercó mirándola fijamente entrecerrando los ojos.
—¡Eres una tramposa! —reclamó apuntándole con el dedo índice.
—No seas mal perdedor, Jing. —Lo miró tratando de ocultar la risa—. Dame mi recompensa, yo gané.
—Bien, voy a fingir que ganaste. Si eso te hace feliz, sé feliz, preciosa.
—¡Alto ahí, príncipe! Quiero mi recompensa. —Lo frenó con malicia.
—Está bien... ¿Qué quieres? —le dijo con tono seductor.
— Quiero... —Puso su dedo sobre su labio inferior pensativa—. ¡Ya sé! —Empezó a reír como loca.
—¿Por qué tengo un mal presentimiento? —La miró con recelo.
—¡Desvístete! —ordenó con tono juguetón.
—Con mucho gusto —dijo levantando su kimono—. ¡Qué premio tan tonto!
—No, tigre… —Lo frenó con picardía—. Lentamente... y bailando de forma sensual. —El príncipe se puso rojo como un tomate.
—¡No! —expresó avergonzado—. Definitivamente no. Pide otra cosa.
—Es mi premio y yo decido lo que quiero —replicó fulminante—. No seas desabrido, Jing —lo miró con ojos de borrego—, mira que si tu baile me convence... —susurró algo a su oído y él sonrió.
—Está bien, pero no te burles —advirtió.
Jing empezó a subir su kimono con lentitud, moviendo la cintura de forma torpe y con timidez. Ella se tapó la boca para no reírse. Le encantaba verlo tan sonrojado y avergonzado. Se le salieron las babas al ver su perfecto y definido torso al descubierto. Él empezó a deshacerse de su pantalón con picardía y mejoró el baile, mientras la miraba de forma seductora. Al parecer, el príncipe perdió la vergüenza y Leela empezó a calentarse.
—Tu turno, preciosa —demandó con picardía mientras que ella no le quitaba los ojos de encima al cuerpo desnudo de su esposo. Leela empezó a quitarse la ropa con rapidez, pero él negó con su dedo índice—. No, cariño... —la miró seductor—, lentamente...
Leela obedeció con una sonrisita traviesa y hasta exageró su baile, sacando una carcajada de él. Ambos se abrazaron y se lanzaron al río. Entonces se dejaron llevar por el deseo y la pasión.
***
Tres meses después...
—Leela... —Jing le susurró mientras acariciaba su mejilla
—Ummm... —Leela se removió en la cama y le tiró un golpe a Jing, aun durmiendo. Él lo esquivó y empezó a reír divertido.
—Mi amor, levántate. Tenemos que ir a la fuente...
—¡Tengo tanta hambre! —Leela se levantó de un salto interrumpiendo las palabras de su esposo. Él la miró con extrañeza y dejó salir una risita.
—¿En qué momento te desnúdate? —preguntó con una sonrisa sin evitar mirar sus pechos que estaban libres como el viento—. Anoche llevabas la bata puesta.
—Me dio calor y me la quité. ¿Apagaste el enfriador? Está haciendo mucho calor.
—¿Qué dices? La temperatura está fresca y el enfriador está encendido.
—Pues yo siento que me quemo por dentro —contestó parándose de la cama con pereza—. ¡Rayos! —espetó—. Aún tengo sueño.
—¿Qué? —La miró con preocupación mientras admiraba su desnudez. Últimamente, tenía un sonrojo hermoso sobre su piel y había algo en ella que lo atraía más de lo normal—. Dormiste toda la tarde ayer y luego de que te comieras casi toda la provisión del refrigerador, te volviste a dormir hasta ahora. ¿Sabes que ya es tiempo del almuerzo?
—¡¿Qué?! —Leela exclamó sorprendida y empezó a llorar. Jing la miró con asombro y preocupación.
—¿Por qué lloras? —Se acercó observándola como si fuera un bicho raro y secó sus lágrimas con ternura.
—Es que me perdí el desayuno —exclamó con toda normalidad. Jing la miró incrédulo de si escuchó correctamente. Se mordió los labios para no reírse y respiró profundo para poder articular bien las palabras.
—¿Escuché bien? ¿Estás llorando porque te perdiste el desayuno?
—Sí... —Lágrimas emanaron de sus ojos—. ¿No es eso horrible?
—Claro, mi amor —contestó con sarcasmo—. Imagínate tal desgracia.
—¡Jing Patrick Chen! —Lo miró fulminante—. ¿Te estás burlando de mí?
—¿Cómo crees, mi amor? No... —Besó su frente con dulzura—. Pero el almuerzo está servido, comerás de todas formas.
—Sí, pero me perdí el desayuno. Soñé con un pan dulce, chocolate caliente y una ensalada de frutas. Quiero desayuno, Jing.
—Le diré a la cocinera que te lo prepare mientras te bañas. Entonces, le diré que me sirva el almuerzo a mí solo.
—¡Ni se te ocurra, mal esposo! Comeré ambos, tengo mucha hambre.
—¿Ahhhh...? —Jing la miró con los ojos bien abiertos y lleno de sorpresa.
***
Eli fue enviada a una misión en las tierras Jeng, debido a que Jing recibió información de que había espías de Dimitri allí. Después de una lucha difícil, donde el brazo de Eli fue herido, cabalgó hasta un pueblo que había en Ming para buscar un médico. Amarró su caballo y fue a una posada, pero todas estaban llenas. Preguntó por un buen médico y le recomendaron a un doctor naturalista que vivía en las afueras del pueblo. Ella cabalgó hasta allá y llegó a la entrada de un pequeño bosque. Dudó de que estuviera en el lugar correcto por lo que decidió regresar. Iba a montarse al caballo de nuevo cuando escuchó ruidos desde unos arbustos. Sacó su espada y caminó sigilosamente hacia donde escuchó el sonido. De repente, su corazón se exaltó y su respiración se agitó, apretando su pecho.
—¿Eli? —Esa dulce voz que ella tanto extrañaba la sacó de su ensoñación.
—Ulises... —Lo miró con lágrimas en los ojos e incredulidad—. ¿Qué haces en este lugar?
—Vivo cerca de aquí. —Sonrió mirándola con un brillo especial en los ojos—. ¿Tú qué haces aquí? —preguntó sorprendido, pero con felicidad en su mirada.
—Estoy buscando un doctor... creo que su nombre es... —Puso su dedo sobre sus labios tratando de recordar— el doctor...
—Johnson. —Ulises respondió por ella.
—¡Ese mismo! —exclamó emocionada—. ¿Lo conoces? —preguntó esperanzada.
—Sí —sonrió malicioso—. Yo soy el Dr. Johnson.
—¿Qué? ¿Cómo? —inquirió sorprendida y Ulises entornó los ojos.
—Recuerda que mi tío me enseñó todo lo que sabe y que cambié mi nombre al ser desterrado por protección. Yo soy un cabo suelto y la gente de Dimitri puede matarme.
—Cierto... —Bajó el rostro avergonzada.
—¿Por qué buscas a un doctor? —preguntó inspeccionándola con la mirada.
—No es nada grave... —dijo en un susurro y mostró su brazo derecho.
—Vamos, te curaré —invitó tomándola por el brazo izquierdo y se adentraron en el bosque, mientras el caballo los seguía.
Después de caminar unos minutos, llegaron a la entrada de una hermosa casa de madera con un gran patio y un pequeño estanque. La vivienda era espaciosa y muy lujosa.
—Está casa es hermosa, Ulises —alabó con fascinación.
—Gracias. —Sonrió mientras dejaba una canasta de hierbas sobre una mesa. Él la tomó de la mano y la dirigió a un pasillo donde había varias habitaciones, ellos entraron en la que se encontraba al fondo. Eli abrió la boca al ver que aquella habitación era un consultorio. Él la sostuvo de la cintura para poder sentarla en una camilla, quedando sus rostros tan cerca que ambos se pusieron nerviosos. Él tomó sus utensilios médicos y empezó a curar la herida, mientras hacia esto, Ulises la miraba a los ojos cada cierto momento, como si quisiera expresarle algo que no se atrevía.
Después de curarla le ofreció que se hospedara en su casa, dado que era de noche y ella estaba herida. Eli se duchó y Ulises le buscó una bata blanca que tenía en su consultorio, de las que utilizaba cuando recibía pacientes graves. Eli lavó su ropa y la tendió en la habitación que Ulises le preparó frente a la de él.
Ella se dirigió a la cocina y sus fosas nasales se inundaron de la deliciosa aroma. Él sonrió al verla y la invitó a sentarse.
—Déjame ayudarte. —Ella se ofreció, acercándose a él. Ulises la recorrió con la mirada y tragó pesado al ver lo corta y sensual que le quedaba la bata.
—N-no es necesario —tartamudeó—. Ya terminé. Además, eres mi invitada y estás herida. Siéntate mientras te sirvo. —Volvió a sonreír. Eli se quedó embobada mirando esa hermosa y tierna sonrisa. Ulises tenía un encanto especial. Él era una mezcla de sensualidad y ternura. No podía evitar que sus ojos se quedaran fijos en esos labios rojizos que le llamaban tanto la atención. ¡Cómo deseaba besarlos!
Él notó como ella lo estaba mirando y acortó la distancia entre ellos. Tomó su mentón con delicadeza y acercó su rostro con intención de besarla. Ambos saltaron del espanto al escuchar que la puerta se abrió de repente. Una mujer de unos veintiocho, alta y con grandes pechos y caderas, hizo entrada a la casa. Su cabello rubio estaba peinado con una cola larga y sus ojos marrones eran muy bonitos. Llevaba unos pantalones de tela ajustado con una blusa blanca de tiros que resaltaban sus encantos.
—Hola, Jerry. —La rubia saludó a Ulises mientras se sentaba en el pequeño comedor. Notó la presencia de Eli, quien la miraba con sorpresa—. ¡Oh! Tenemos visita. —Sonrió y meneó las manos en forma de saludo—. Hola, niña. Mi nombre es Mary, soy la amante de Jerry —dijo con picardía y Ulises empezó a toser, provocando que su blanca piel se ponga roja.
—No es cierto. —Miró a Eli nervioso—. Deja de bromear así, Mary —reclamó molesto y la mujer empezó a reír.
—Es broma —dijo recuperando la compostura—. Pero yo no tengo ningún problema con eso, cariño. Mi cuerpo está a tu disposición cuando quieras —dijo de forma seductora y maliciosa. Eli apretó los puños mientras la asesinaba con la mirada.
—No le hagas caso —Ulises sugirió tembloroso—, le divierte hacer bromas de mal gusto.
—Me imagino que debe ser una broma —Eli dijo frunciendo el entrecejo—, eres un niño delante de ella —insinuó maliciosa y la mujer la miró mal, puesto que ella sí estaba interesada en Ulises. El rizado y Eli se sentaron en la mesa y los tres empezaron a comer.
—¿Vives aquí? —Eli le preguntó fingiendo una sonrisa.
—No, exactamente —contestó observándola con suspicacia—. Pero tengo una habitación aquí. Trabajo con Jerry tres días a la semana, entonces, duermo en la casa cuando me toca trabajar.
—Oh... —Eli dijo con expresión molesta y miró a Ulises con reclamo. Éste aclaró su garganta y tomó la mano de Eli.
—Mary. —Ganó su atención mostrando una sonrisa y la mujer se la devolvió de forma coqueta—. Eli es mi novia. Ella y yo nos vamos a casar —informó mirando a Eli con cara de enamorado. La sonrisa de Mary se fue difuminando poco a poco, en cambio Eli dejó salir el contenido de su boca y tuvo que beber agua para dejar de toser.
—Lo siento... —La castaña se disculpó con vergüenza y timidez—. Me ahogué. —Ulises limpió los labios de Eli con ternura y lamió el dedo que usó para quitarle los restos de comida. Eli lo miró embobada por aquel sensual y tierno gesto, mientras que Mary observaba a su rival con mirada asesina.
—Felicidades, Jerry. —Mary dijo con hipocresía—. Me dejas sin habla, no sabía que tenías novia.
—Sí. —La miró con tristeza—. Es que me duele pensar en ella. No soporto las ansias de verla. Es por esto que no te había dicho y que me he concentrado mucho en la práctica médica. Cuando alcance una meta que me propuse, buscaré y me casaré con esta belleza. Ella —señaló a Eli— será la madre de mis hijos. —Rodeó los hombros de su novia con su brazo derecho y recostó su cabeza con la de ella.
—Vaya... —dijo con desazón—. Deberías preocuparte por la alimentación de tus hijos si te casas con ella. —Mary contestó mirando hacia los pechos pequeños de Eli, quien abrazó el área por instinto, ocultando su mirada apenada. Ulises miró a Mary con molestia y besó la mejilla de su novia.
—Eso no me preocupa —dijo con una sonrisita—, la leche materna no tiene que ver con el tamaño de las mamas, y si me preguntas a mi como hombre, me encantan sus hermosos y pequeños senos —contestó con picardía.
Eli empezó a respirar con dificultad y su corazón latía como loco. Mary se fue a acostar en silencio y Ulises llevó a la castaña a su dormitorio cargada. La puso sobre la cama con ternura y se dedicó a acariciar su mejilla.
—Fui tan tonto, Enana. —La miraba con lamento y arrepentimiento—. Si tan solo no me hubiera involucrado con Anya y... —Bajó el rostro y sus ojos se aguaron—. Lo siento, Eli. Yo... me porté como un idiota. Ahora estoy pagando con creces mi estupidez. ¡Te extraño tanto! Duele no estar a tu lado, mi amor —dicho esto besó sus labios con ternura. Fue un beso corto y dulce. La miró a los ojos y acarició su cabello.
—Tienes que perdonarte, Ulises. —Eli acarició sus labios con su dedo, él cerró los ojos disfrutando la caricia—. Hasta que no lo hagas estaremos separados. Debes superar lo que pasó y darte una oportunidad. Yo no te juzgo y ya no me importa el pasado. Te amo y quiero un futuro contigo —sonrió sonrojada—. Somos muy jóvenes aún. Vamos a crecer y madurar y vamos a curar nuestras heridas. Tú debes superar el pasado y el error que cometiste, yo debo valorarme y aprender a amarme a mí misma. Tengo metas que lograr, así como tú tienes las tuyas.
—Tienes razón. —Él sonrió—. Me convertiré en el mejor doctor y farmacéutico de Destello y te voy a comprar una casa hermosa, mi amada enana. —La miró con dulzura y tomó su mentón con delicadeza, entonces unió sus labios con anhelo y deseo. Eli empezó a acariciar sus hermosos y rojizos rizos y el beso se intensificó. Ulises se subió encima de ella con cuidado de no lastimar su brazo, mientras que Eli deslizaba los dedos por su ancha espalda acariciando con delicadeza. Escalofríos y temblores recorrieron su cuerpo. Lo deseaba tanto. Pero Ulises se distanció tratando de recuperar la compostura.
—Quiero hacerlo, Ulises —dijo con voz temblorosa.
—No, mi amor. Cuando nos casemos. —Sonrió con dulzura y se acostó a su lado—. Contigo haré las cosas bien. Aún me culpo por todas las ofensas y humillaciones por las que te hice pasar. Esperaré ansioso aquel día que me merezca disfrutar de tus delicias. —Acarició su cuello con su dedo. Eli respiró lentamente y cerró los ojos. Ulises atrapó sus labios otra vez y así se pasaron varias horas, dándose besos y declarando su amor.
***
—Te voy a extrañar mucho, Enana. —Ulises pellizcó su nariz.
—Yo también, bonito.
—Me le das un beso y un abrazo a la loca y salvaje de Leela. —Sonrió con nostalgia—. Dile que no le haga la vida muy difícil al príncipe y que se comporte.
—Sí. —Dejó salir una risita.
—Eli... —Ella se encontró con su mirada verde—. Te amo —dicho esto besó sus labios con fervor y sin importarle que las personas del pueblo los observaban. La besaba con necesidad y miedo, pues por alguna extraña razón, temía que aquella fuera la última vez que degustaba sus labios.