Alguien toca la puerta
Abrí los ojos y estaba acostado boca abajo en mi cama, tenía la cabeza de lado y había saliva por toda mi cara. No recuerdo cómo llegué de vuelta al apartamento, ni cuándo me quedé dormido ni cuánto tiempo dormí. El cuerpo me dolía de estar tanto tiempo acostado y sentía un leve tirón en el cuello.
Por la luz natural que lograba ver, parecía ser un poco más de mediodía. Llegué hasta la cocina y vi al gringo hablando con alguien por teléfono, parecía ser su mamá por el tipo de cosas que respondía. Cuando este me vio, junto sus manos como en señal de rezo y las agitaba hacia adelante y hacia atrás mientras exageradamente y sin emitir sonido movía su boca diciendo «a-le-lu-ya».
Me devolví al cuarto arrastrando mis pies y me metí a la ducha, lavé mi cuerpo como quien quiere lavar su alma y me cepillé los dientes como quien ha dicho muchas obscenidades y le mandan a lavar la boca con lejía.
Cuando volví a salir del cuarto, el gringo dijo: «Al fin resucitas, bello durmiente». No le contesté nada porque aún todo me resultaba extraño, no sentía mi cuerpo, veía todo sin sentir afección alguna y me sentía vacío, como imposibilitado de sentir emociones.
El gringo me contó cómo se las ingenió para traerme a casa mientras parecía un muerto que caminaba y que prefirió seguirle la corriente a unos vecinos que pensaron que yo venía totalmente borracho para no tener que explicar que simplemente yo dejé de funcionar en plena visita a la encrucijada donde habíamos visto y escuchado cosas que no estamos seguros de que queríamos haber conocido.
«¿Y es que ahora no hablas?», me dijo el gringo al ver que no respondía y yo, como nueve segundos después, le dije que ni sabía qué había pasado, que lo último que recordaba era su cara chorreando sudor y al señor sin dientes apuntado el suelo y después a mí.
Al escucharme decir eso, el gringo se levantó y me dio abrazo mientras me decía muy compungido: «Tranquilo, Juguito de manzana, que todo se va a aclarar y estarás bien». Yo resoplé por la nariz casi en un gesto de incredulidad y me quedé callado.
Al poco rato, el gringo se sentó y me dijo que viésemos algo en la TV. Puso HBO y estaban pasando un maratón de Juego de Tronos; yo nunca había visto esa serie y tampoco conocía los libros por lo que me pareció que había estado por un par de horas presenciando violencia extrema y escenas sexuales al azar. Eso sí, cuando una mujer con el pelo platinado dijo la palabra ‘dracarys’ y un dragón empezó a consumir todo lo que se le atravesaba, no voy a negar que me emocioné, además, tampoco miento al decir que el gringo saltó en su asiento cuando escuchó a la mujer sentenciar con fuego a sus oponentes.
Creo que la fórmula de entretenimiento que representaba Juego de Tronos fue algo terapéutica en mí porque comencé a espabilarme. Así, de repente, comencé a sentir hambre como si no hubiese comido en días y, para mi alivio, en la cocina había como un kilo de pasta con salsa roja que devoré como los pillos de mi colegio lo hicieron con el almuerzo de mi amigo en el viaje que me hizo ser destacado por un par de semanas entre mis compañeros.
También fui a la nevera y tomé una garrafa de naranjada que estaba recién abierta y tomé directamente de ella muy decidido a no dejar ni una gota para después. Llevé la garrafa conmigo hasta el televisor y el gringo, aunque seguía pegado a Juego de Tronos, me preguntó si quería conversar. Le dije que me hablara solo después de que acabara mi jugo.
Justo cuando me iba a sentar a acabar la naranjada, escuché unos golpes leves. «Alguien toca la puerta», me dijo el gringo. Me fui a ver quién podría ser.
Abrí la puerta y vi al niño chantajista con unas cartulinas y materiales escolares. «Esto es para mañana así que es ahora o ahora», dijo el muchachito como si estuviese poseído por el espíritu asertivo y directo de Clint Eastwood.
Sin siquiera saber si el gringo era bueno para hacer carteles, le dije que como él era un experto en esas cosas debía ayudar a ese inocente niño; también le aclaré que ayudar era hacerlo por completo mientras la versión diminuta de Harry el sucio y yo hablásemos de cualquier cosa.
Para mi sorpresa, el gringo se emocionó con el cartel y comenzó a trabajar en él como si viviese de ello. Mientras mi amigo se lucía cual Banksy haciendo grafitis con la tarea del niño, yo le pregunté a este que dónde estaba su familia y cómo es eso que lo dejaron subir solo hasta mi apartamento.
El niño me dijo que su mamá estaba trabajando y su abuela tenía de visita a una tía de él con la que no solía compartir mucho, a esto agregó que no mentía porque venía a hacer su tarea conmigo y que su abuela pensaba que yo era casi que un beato.
Volteé a ver al gringo y él estaba siguiendo perfectamente todas las indicaciones que le habíamos dado, quizá había estudiado diseño o algo similar, aunque nunca me interesé por preguntarle al respecto. Cuando volví la cara nuevamente hacia el niño, este me dijo que me limpiara la boca, que había intentado ignorarlo por un rato pero que ya no soportaba verme los labios chorreados de salsa roja.
Reí un poco y le dije que no fuese tan serio que no estábamos ante un juzgado. «Hablando de juzgados, ¿sabes que fue lo que pasó con la muchacha que se murió? Porque yo sí.», soltó como si nada el pequeño bribón. Conociendo, y habiendo sido testigo de las cosas que era capaz de decir este chico, le pregunté cómo sabía lo que estaba afirmando.
El niño, de lo más relajado, me respondió lo siguiente:
«Tú sabes que mi abuela lo sabe todo, y lo que no sabe, lo averigua. Ella, a veces, habla tan duro que no me queda otra que escuchar lo que dice porque no tengo audífonos para ponerme a escuchar otra cosa. Entonces, mientras recogía las cosas para venir hasta acá, ella le preguntó a mi tía por su trabajo y esta comenzó a decir que como trabaja en un juzgado o algo así, una inspectora tetona esta mañana había llevado el caso de la muchacha que quería ser misionera y la mataron, por el cual mi abuela le había preguntado en otras ocasiones, y mi tía dijo que no sabía nada. Obvio que no hay muchos casos así por lo que me quedé un rato para escuchar mejor la historia».
Con los ojos a punto de salir de sus cuencas, le pregunté al niño que qué más había dicho su tía. Él dijo que se aburrió un poco de la conversación de su abuela con su tía porque comenzaron a hablar de las tetas de la inspectora y del tipo de ropa que se ponía para ir a trabajar. Al escuchar eso, lo detuve porque él me había dicho que sabía lo que había pasado y se lo recordé.
«Bueno, que el caso se resolvió» fueron sus palabras. Me dieron ganas de gruñir como un perro chihuahua cuando se acercan a sus amos por la impotencia que me causaba ver que el niño no me daba detalles más específicos, pero este me dijo que me quedara tranquilo porque sí logró escuchar decir a su tía que en el periódico de mañana saldría todo.
Sonreí falsamente y me puse a ayudar al gringo, faltaba poco y como a los quince minutos le entregamos el cartel al niño. Cuando lo llevé a la puerta los despedí con un «que te vaya bien y muchas gracias por las informaciones a medias que no servían para nada». Él siguió caminando y sin voltear a verme dijo que había sido un placer hacer tratos conmigo.
Cerré la puerta, le agradecí al gringo y mordí mi puño mientras comencé a gruñir salvajemente al ser poseído por una ira que era azuzada por la mucha impotencia que había reprimido durante todo este tiempo.