La bendita franela
Llegamos, como lo teníamos planificado, al pueblo más lejano a mí y más cercano a donde mi ex vivía. No recuerdo haber estado allí antes, pero era un lugar que se veía de lo más apacible y, seguramente, de estar ubicado en otro lugar sería uno de esos sitios predilectos al que los cineastas irían filmar cada vez que necesitasen locaciones naturales con una iluminación natural privilegiada y sin los molestos cables de electricidad mal puestos que podrían afear las tomas.
Resultó ser un sitio rodeado de unas colinas relativamente pequeñas si las comparamos con las de otros estados del país, pero que es muy fresco, con un clima mucho más agradable que el lugar de donde vengo; es más, podría jurar que la mayoría de las personas de allá estarían abrigadas todo el tiempo si llegasen a pasar unos días en este pueblo. También podría afirmar que es muy probable que algún nativo de acá venda gorros tejidos con motivos locales para ese tipo de visitantes.
Por lo visto, en el pueblo aún hay calles de piedra y varias casas de bahareque. Como no vinimos a hacer turismo, lamentablemente, nos fuimos directo a la iglesia del centro del pueblo porque generalmente en ellas cualquier persona se puede ubicar o pedir información sin importar que no sea religiosa. Están tan bien ubicadas y siempre hay gente por lo que al menos te dicen dónde se puede encontrar lo que se anda buscando.
Al llegar a la iglesia, nos atendió un hombre bajito y conversador, de esos que, aunque pasen los años, nunca pierden la cara de haber sido seminaristas en su juventud. Su amabilidad era loable y su espíritu conversador era inspirador. A los tres minutos ya me tenía hablando con fluidez acerca de los potenciales turísticos del sector y cómo podría servir de lugar especial para muchos escritores. El señor dijo que lo era y me mencionó un par de nombres importantes que habían escrito obras en ese lugar.
A los 25 minutos, cuando el gringo vio que yo no podía estar más desenfocado del propósito de nuestra visita, asumió las riendas de la conversación y le preguntó al señor por mi ex. El muy listo era más precavido que yo y le dijo al señor que veníamos de la otra iglesia y que queríamos saber cuán avanzada iban las actividades de las Exploradoras de Jesús porque éramos inversionistas del proyecto y nos gustaría que este siguiese en las mejores condiciones posibles. Además, para continuar sorprendiéndome, buscó fotos de ella en las redes sociales para mostrarlas a los informantes y cuando se las enseñó al señor que nos atendió en la iglesia, le dijo que ella era la fundadora y que seguramente había hablado con ella.
De verdad que sentí que el gringo era un genio porque yo no hubiese dicho nada de eso y ya me habrían despachado de vuelta por no saber cómo explicar que un tipo como yo estuviese involucrado con una organización que, a juzgar por el nombre, se notaba claramente que estaba conformada y llevada por mujeres.
«Ay, mi muchachita», exclamó el señor con los ojos cristalizados por unas lágrimas que él no quiso dejar fluir.
Creo que fue mucha suerte que mi ex sí hubiese tenido contacto con la primera iglesia que visitamos y justamente pensaba en ello cuando el gringo consolaba al señor y le decía que no había mejor manera de continuar el legado de esa joven que haciendo lo que estuviese a nuestro alcance para preservar el proyecto de las Exploradoras de Jesús. Aunque el gringo estuviese muy comprometido con nuestra misión de hallar respuestas para mí, sentí que sus palabras venían de un corazón sincero.
El señor vio su reloj y se sorprendió por la hora, así que nos dijo que su hermana tenía un restaurante cerca y que fuésemos con él hasta allá, que mientras comíamos algo, él nos contaría todo. El gringo me miró sin emitir una palabra, pero pondría la mano en fuego al afirmar que con sus ojos muy abiertos me dijo que si se enfermaba yo sería el próximo en salir en las páginas de sucesos.
Llegamos al restaurante y este era un sitio acogedor que ilustraba muy bien el espíritu del pueblo. Su dueña, la hermana del señor que nos había recibido en la iglesia, era una mujer que lucía joven pero su mirada dejaba entrever mucha experiencia por lo que debía ser mayor de lo que aparentaba.
Ella nos saludó y nos preguntó de dónde éramos porque no nos había visto por esos lugares. Cuando el gringo le dijo que era de Texas, la mujer se emocionó y le dijo que pasó un verano como estudiante de intercambio en Houston así que, para recordar los viejos tiempos, ella prepararía un chili que aprendió a hacer allá.
Mientras llegaba el almuerzo, el señor comenzó a contarnos todo lo que sabía de las Exploradoras de Jesús, las obras de caridad planificadas, los proyectos de promoción de la lectura que tenía mi ex y cómo todo se había detenido con la desaparición física de ella.
Como a la hora, llegó la comida y el gringo se veía complacido como si el plato de verdad supiese a lo que comía en su casa, así que me sentí tranquilo. Seguí hablando con el señor y el gringo se fue a intercambiar experiencias con la hermana de este.
Las conversaciones iban de maravilla hasta que me di cuenta de que el señor, en realidad, no conoció mucho a mi ex y no daba información muy relevante de ella sino de los proyectos que se habían planificado con las Exploradoras de Jesús. Específicamente, me di cuenta de ello cuando él me dijo que estuvo de viaje durante el tiempo que ella visitó la iglesia aunque sabía que en el pueblo vecino había una mujer que sabía más al respecto porque se supone que fueron juntas como cofundadoras de la organización y él se enteró de todo posteriormente cuando, al volver de su viaje, le informaron de los proyectos que se tenían, las fotos que se habían tomado y demás. Pero que él supiese, la joven no fue mucho a la iglesia, quizá un par de veces, porque su socia, la mujer del otro pueblo se encargó de casi todos los trámites e intercambios de información y me explicó dónde encontrarla mientras yo hacía una especie de mapa en una servilleta del local en que estábamos.
Le hice señas al gringo de que debíamos irnos y él se acercó a terminar la conversación y despedirse. Le agradecimos mucho a ambos y les dijimos que seguiríamos con nuestro camino. El gringo le dio la tarjeta de negocios al señor y le aseguró que seguirían en contacto.
Al dirigirnos a la parada de buses, puse en tanto al gringo de lo que había descubierto mientras él flirteaba con una mujer mayor. Él me dijo que eso era muy bueno y me sugirió que, por la hora, al llegar al siguiente pueblo buscásemos un hotel para dejar las cosas y asegurar un lugar donde poder pasar la noche.
Como una hora después, llegamos al otro pueblo. A diferencia del anterior, este se veía menos encantador y hacía un calor infernal. Por lo visto, también era un tanto más pequeño que el otro lugar y no parecía haber muchas opciones para nuestra estadía. Entramos a una tienda, la que vimos como más elegante porque vendían trajes para señores y preguntamos por el mejor hotel en el que pudiésemos quedarnos. Un señor de traje y sombrero se rio un poco y nos dijo que eso estaba difícil, que el único hotel que conocía quedaba a como a tres cuadras pero que él no sabía si nos iba a gustar.
Igualmente le pedimos que nos indicase la dirección y llegamos a un lugar que tenía como pintado a mano con pintura en aceite de un color rosado brillante un aviso que decía en letras mayúsculas: MARY / HOTEL-BAR-DISCOTECA-RESTAURANT. Al ver eso, yo no pude sino tratar de controlar mi cara de sorpresa por el diseño del aviso y dirigirme a la recepción para preguntar por las habitaciones.
En la recepción nos atendió una mujer algo robusta como de 40 años con el cabello rizado, una falda de jean como dos tallas más pequeñas que su cuerpo y un top rojo cuyo escote luchaba contra sus enormes senos. Ella tenía un lunar sobre el labio, del lado izquierdo, y olía a cigarros recién fumados y agua de colonia unisex.
La mujer nos dio unos precios que parecían muy elevados por cada habitación así que el gringo y yo decidimos quedarnos en el mismo cuarto siguiendo el principio de no regalar dinero a quienes intentaran aprovecharse de nosotros. Le hicimos saber a la mujer de nuestra decisión y ella, mientras sonreía, solo dijo lo siguiente: «Yo no juzgo a nadie, cada quien tiene sus gustos». Tragué mis palabras, pagué por adelantado y tomé la llave de la habitación número 13 que la mujer nos asignó.
El cuartucho tenía luz tenue, una cama en todo el medio y un gran espejo en el techo justo encima de la cama. Como pudimos, rodamos un poco la cama porque ni el gringo ni yo queríamos saber qué cosas raras había presenciado ese espejo del techo.
Como el calor era tanto que encendimos el aire acondicionado, el gringo dijo que quería tomar una ducha y ponerse otra ropa para no andar sudado por ahí. Yo no le dije nada y cuando él se metió al baño me puse un poco más de desodorante y me cambié la franela por una negra sin dibujos de esas que siempre usaba en casos en los que el clima estuviese odioso como en ese momento. Salí de la habitación, pero antes le grité al gringo que lo esperaba afuera ya que pediría indicaciones acerca de cómo llegar a la dirección de la mujer que me había dado el señor de la iglesia que habíamos visitado hace poco.
Recibí algunas indicaciones que logré comprender y como a los diez minutos salió el gringo con unos jeanes azules y una franela negra, pero no cualquier franela, su franela negra que tenía al frente tenía la cara del Che. Él me enseñó unas llavecitas y me dijo que, para estar más seguros, le había puesto candados a nuestras pertenencias. «Ok, vámonos», le dije mientras me dirigía a la salida.
La dirección de la mujer que buscábamos parecía quedar en un sitio del pueblo que lucía menos seguro que otros y, según lo que me habían dicho, debíamos ir hasta el final del siguiente callejón y doblar a la derecha.
Casi a la mitad del callejón, nos abordó un jovencito como de 14 años que nos preguntó para dónde íbamos y afirmaba que esa era una zona privada. Con algo de miedo, pero sereno, le dije hacia qué casa nos dirigíamos. El jovencito avisó a 3 jóvenes más cuyas edades eran como de 12 a 19 años y el mayor de ellos me vio a la cara y dijo: «Yo a ti como que te conozco, como que no es la primera vez que te veo por acá». Sudé un poco de frío y le dije que quizá sí me había visto por acá. Antes de entrar en más detalles y que nos hiciesen más preguntas, el mismo muchacho se fijó en la franela del gringo y le preguntó que si andaban por ahí promoviendo a los amigos del Movimiento Social 14 de Junio. «Claro, ¿y quién no conmemora ese gran día de 1928?», respondió el gringo y ambos se estrecharon la mano como si fuesen grandes amigos.
«Vayan tranquilos, camaradas», dijo el muchacho y agregó que de necesitar algo, le avisásemos. Yo, consternado, le pregunté al gringo qué había pasado y este me dijo que era el poder de su franela, insistió en el hecho de que seguramente yo ni sabía que la fecha mencionada era el natalicio de Ernesto Guevara.
Él tenía razón, no tenía ni idea.
Llegamos a la dirección que me habían dado y nos atendió una señora, el gringo precavido cambió un poco el discurso y esta vez dijo que nos habíamos enterado del proyecto de las Exploradoras de Jesús y queríamos saber en qué podíamos ayudar. Creo que el gringo no mentía del todo porque también le entregó una tarjeta de negocios a la mujer y, por lo poco que recuerdo, se parecían a las que entregó su papá en la iglesia cuando lo conocí.
La mujer nos invitó a entrar y advirtió que éramos muy osados por llegar a pie y sin avisar a su casa, mucho más a la hora que era y sabiendo que había una banda de 5 niños algo más que traviesos que andaban por ahí.
El gringo le dijo que vimos solo 4 y que fueron muy amables. «¿Cuatro? Interesante», dijo ella y aseguró que seguro fueron así de amables porque su hermano, con quien vivía en esa casa, era activista del Movimiento Social 14 de Junio y siempre procuraba incluir tanto a esos jóvenes como a sus familias en actividades sociales que se organizaban en la comunidad.
El gringo me miró, ladeó levemente su cabeza y sonrió un poco como para recordarme el poder de su franela.
Hice como si no hubiese visto.
La mujer no parecía tener un pelo de tonta y nos dijo que si queríamos invertir o ayudar en las Exploradoras de Jesús que le mandásemos un correo electrónico a su dirección de proyectos y ella podría gestionar todo por esa vía pero que como ella me había visto en una foto que le había mostrado mi ex cuando le comentó que pasaría por mi ciudad a visitarme antes de finiquitar unos proyectos con la iglesia, dijo que si lo que queríamos era información de la muerte de mi ex que hablásemos con los entes de seguridad del estado que estaban llevando el caso, nos recordó que ella no era policía y solo nos podía decir que si queríamos honrar a mi ex según las costumbres del pueblo que fuésemos a la encrucijada ya que allí fue el último lugar donde se supone que ella estuvo con vida.
«Creo que estamos listos», dijo la mujer de forma contundente y agregó que si íbamos a un lugar específico ella nos podía llevar en su carro ya que iba a comprar unas cosas. Asentimos, ella buscó el carro, nos subimos y le pedimos que nos llevase a MARY / HOTEL-BAR-DISCOTECA-RESTAURANT.
En el camino, el gringo le insistió que nuestras intenciones eran reales y ella inmutada solo le repitió que escribiesen a la dirección electrónica que ya había mencionado.
Llegamos al hotel y le agradecimos a la mujer, esta antes de irse y mientras nos bajábamos de su carro nos advirtió que era muy tarde para ir a la encrucijada que no se nos ocurriese ir en ese momento, que nos esperásemos hasta el otro día y que le pagásemos a un señor que llamaban el canoso para que nos llevara, que él era el guía más respetado del pueblo, que esa zona solía estar muy sola y eso no parecía ser algo muy bueno para un par de aparecidos con cara de no saber nada como nosotros.
La mujer no dijo más nada y arrancó a hacer sus compras.
El gringo y yo, aún sorprendidos por la tenacidad y determinación de la mujer, nos miramos con la boca abierta y dijimos casi que a una sola voz: «¡Mañana vamos a la encrucijada!».