¿Te apetece una palabra?

¿Han soñado alguna vez con recuerdos? En serio, no sé si es algo que me sucede solo a mí o todas las personas también, muy raramente, reciben en sus sueños memorias pasadas que vienen a ser revividas mientras duermes.

Cada vez que me sucede amanezco muy bien, como descansado, tranquilo y renovado. No es algo me pase muy a menudo, no exageraría al afirmar que lo he experimentado como tres veces en la vida. O quizá sí han sido más, pero soy de los mayormente olvida todo lo que sueña a los pocos minutos de abrir los ojos.

Esa noche, luego de mi supuesta y muy mal planteada crisis de fe, reviví en mis sueños una experiencia de mi niñez cuya importancia no había comprendido hasta ahora.

Se trató de la vez que conocí a un hermano de mi abuelo paterno. Vale destacar que la palabra abuelo siempre ha sido como un espacio vacío para mí, nunca ha significado mucho, solo saber que mi papá, a su vez, tuvo un progenitor, un señor que abandonó a muy abuela cuando sus 7 hijos aun eran pequeños porque prefirió irse y casarse con una mujer más joven que aún no tenía hijos.

El susodicho se desentendió de su antigua familia, pero mi abuela fue una mujer decente que procuró que sus hijos supiesen que tuvieron un padre, aunque este no les dejase ni el apellido, solo penurias y trabajo duro.

Por cosas de la vida, como a los dos años de estar casado con su nueva mujer, el papá de mi papá falleció. Lo encontraron muerto en la taza del baño de un motelucho que alquilaba para tener encuentros fugaces con mujeres a las que no les importaba irse a la cama con tipos casados. La amante de turno lo dejó allí tirado luego de que un ataque cardíaco fulminante lo atacase en un momento tan inoportuno. No que pienso que él mereciese mejor, pero su muy indigna amante de turno no tuvo ni siquiera la decencia de levantarle los pantalones o darle a la palanca de la poceta.

Nadie supo decir quién fue esa mujer, la recepcionista solo la describió como una señora morena con peluca rubia y lentes oscuros. Mi abuela se enteró porque tal noticia salió en el periódico local y mis tíos mayores afirman que ella al leer lo sucedido soltó una lágrima al enterarse que la nueva esposa de su exmarido había quedado preñada y tuvo que mudarse a la casa de su mamá ya que estaba viviendo en una casa alquilada y como no trabajaba no tenía para pagar el alquiler y el pillo de su esposo era un taxista no registrado no le había pensión de sobreviviente ni ahorros, ni fortuna familiar.

Además de eso, no supe más nada de ese señor, no me interesaba su vida, la cadena de desgracias que dejó con su paso por la tierra y ni siquiera me importaba saber si mi abuela lo había amado o se fue a vivir con él porque era lo que las jovencitas de su pueblo hacían cuando llegaban a cierta edad, o lo que ciertos padres le hacían a sus hijas para tener ‘una boca menos que alimentar’, o porque querían nietos; costumbres retorcidas que no comentaré en esta oportunidad.

A pesar de tener un exmarido desgraciado, mi abuela siguió en contacto esporádico con la familia de él, en especial con su hermano mayor quien siempre le decía que mi abuelo había perdido una oportunidad de oro con ella.

Ese señor se había mudado al campo como a una hora de donde vivía mi abuela y una vez que la fui a visitar por vacaciones, me llevó para allá para que viese de dónde venían los alimentos que solían consumir las personas del pueblo.

Era un hombre mayor; según mi abuela, él tenía cinco años más que ella por lo que debía ser bastante viejo a pesar de verse muy bien conservado. Cuando llegamos allá, era una casa con abundantes naranjales al fondo y un porche que me impresionaba porque tenía un inmenso y reluciente piso de cemento que brillaba como si lo puliesen a diario. En él, varios niños, que asumo que eran sus nietos, usaban medias como patines y se deslizaban sobre el piso limpísimo que les servía como pista de alegrías y espacio de sueños infantiles que se hacían realidad por el rato que duraban los juegos.

El señor nos llevó a mi abuela y a mí al patio y nos hizo sentar bajo un frondoso árbol de tamarindos, luego fue a la cocina a buscar jugo de naranja para brindarnos y apaciguar un poco el calor que llevan consigo los recién llegados a un lugar después de caminar un rato.

Cuando teníamos los vasos con la naranjada dulcita que nos brindaron, mi abuela me dijo que le mirase la cara al señor porque, aunque ya estaba anciano, tenía la misma cara de mi abuelo a quien yo no había visto ni en foto. No puedo negar que era un señor muy amable y bastante moderado que sin conocerme me miró a la cara y me dijo que yo era un muchachito muy inteligente, que le hiciese caso a mi abuela porque era una señora sabia y muy trabajadora, también me dijo que no dejara de estudiar porque, si yo lo quería, llegaría a ser un hombre muy responsable que tendría para dar a mis hijos todo lo que ellos quisiesen. ̶ Bueno, ese día aún no ha llegado. ¿Será que llega? Aunque, nunca he pensado ni por los momentos quiero pensar en hijos.

Cuando se nos acabó el jugo de naranja, mi abuela tomó los vasos y dijo que los iba a lavar, que me quedara un momento con el señor porque ella sabía en dónde quedaba la cocina y que no era la primera vez que fregaba en esa casa.

Mientras mi abuela se dirigía a la cocina, el señor me mostró una sonrisa enorme y me preguntó lo siguiente: «¿Te apetece una palabra?».

Yo no sabía a qué se refería. No conocía el significado de la palabra apetecer. Él gentilmente me dijo que era una palabra elegante que su mamá usaba cuando les ofrecía algo. «Ah, ya», le respondí y le dije que era como cuando me llevaban a la heladería y la vendedora me preguntaba que qué sabor quería.

Él señor sonrió y me dijo que era algo muy similar. Pero yo aún seguía sin entender a qué se refería, que qué era eso de preguntar si me apetecía una palabra.

Su explicación fue el sueño que tuve.

En este sueño, hablaba con el mismo señor de esa visita con la abuela, pero no veía su rostro y en lugar de su cara solo había una luz muy brillante de donde salía su voz. Él posó su mano sobre mi hombro derecho y con mucha ternura me contaba que eso de preguntarle a otro si le apetecía una palabra era una costumbre que aprendió de su madre, una mujer a la cual describió como una señora muy sencilla cuyo valores y cariño la hacían muy especial.

El señor con cara de luz siguió diciendo que cuando él tenía más o menos mi edad, su familia era muy pobre y a veces tenían días muy complicados por la falta de dinero y la ausencia de comodidades. Una noche particularmente difícil, luego de sepultar al menor de la familia quien murió de complicaciones relacionadas con una neumonía, su mamá los reunió a todos en el cuarto donde todos dormían juntos y luego de pedirles que cerraran los ojos, les preguntó si les apetecía una palabra.

Justamente, al igual que yo, él le pidió a su mamá que le explicase aquello y esta sonrió porque la magia que esas palabras traen consigo solo se desata cuando alguien con una intención genuina por saber más pregunta por su significado.

En el sueño que rememoraba la realidad de un evento de mi pasado, el señor con rostro iluminado continuó contándome que su mamá le explicó que cuando tenemos noches difíciles y alguien nos ha hecho la pregunta adecuada, podemos escoger una palabra, la que nos apetezca sin discriminación alguna, y pensar mucho en ella hasta que sintamos que se vuelve en algo material que no podemos ver pero podemos sentir, así que cuando sintamos que la palabra pensada se materializa, debemos abrazarla con fuerza, aferrarnos a ella por un rato y esa palabra definirá su mañana siguiente.

Él confesó que cuando su mamá le preguntó por la palabra que escogería, el solo dijo «naranja» y que cuando le preguntaron por qué, él respondió que la había dicho porque el jugo de esa fruta era de las cosas más ricas que había probado y que nadie se entristecía cuando bebía jugo de naranja.

A la mañana siguiente, continuó contando el señor con cara luminiscente, hacía un sol radiante como de color anaranjado y llegó a su casa un capataz que lo llevó a unos terrenos donde tenía sembrado árboles de naranja y le dijo que algún día serían de él si prometía presentarse todos los días a su casa y aprender las labores del campo. Él así lo hizo y hasta sus últimos días vivió en esas tierras, no le faltó techo, trabajo ni comida y llevó felicidad a otros con el jugo de sus naranjas.

En ese mismo sueño me di cuenta de que yo era el yo del presente, con mis experiencias y años vividos, mas mi cuerpo y voz eran las del niño que fui esa vez que visité el campo con mi abuela. Como recuerdo por el sueño, cuando el señor terminó su historia sonreí con inocencia y le dije que en esos momentos no quería decir ninguna palabra, también le pregunté si la podía guardar para otra oportunidad y él me dijo que sí, que era muy de sabios lo que yo hacía porque generalmente solo tenías una oportunidad para abrazar tu palabra y que lo mejor era utilizarla cuando se estuviese seguro de necesitarla.

Él terminó diciendo que me quedara tranquilo que cuando se diese un momento indicado nos veríamos nuevamente y él me volvería a hacer la pregunta. En ese momento sentí la voz de mi abuela muy risueña diciendo: «¿Y ustedes de qué hablan?».

Mientras la voz de mi abuela se desvanecía comencé a despertar mientras en mi cabeza resonaba sin cesar la misma pregunta que me hizo el anciano con rostro reluciente: «¿Te apetece una palabra?».

Yo todavía seguía entre dormido y despierto, aún así, sentí que era el momento de escoger mi palabra pero me invadía el miedo de no escoger una que fuese adecuada por lo que procuraba no abrir los ojos, hasta que de repente los abrí y dije en voz alta: «resolver», refiriéndome a la muerte de mi ex y los misterios que circundaban su desaparición.

Como aún era de madrugada, crucé mis brazos sobre mí como aferrando la palabra ‘resolver’ contra mi pecho mientras intentaba volver a quedarme dormido y anhelaba una mañana tan dichosa como la de aquel señor que en algún momento llegó a ser cuñado de mi abuela paterna.