Volviendo a la fe

Estar en la iglesia despertó en mí muchos recuerdos que tenía en cierta forma apagados en mi memoria. Allí por primera vez me partí un diente, eso nunca podré olvidarlo. Fue una mañana que jugábamos fútbol en el patio trasero, yo tenía como unos 11 años y unos relucientes incisivos superiores que me encantaba comparar con dientes de conejos.

Todos corríamos como locos y yo empecé a creer que correr hacia atrás era la nueva sensación. Me encantaba hacerlo y girar la cabeza para ver a mis compañeros mientras aumentaba la velocidad en esa posición que ahora veo tan incómoda. En una de esas corridas en retroceso con la cabeza girada, tropecé con una piedra, giré 180 grados en el aire y cuando toqué el suelo, uno de mis dientes de conejo quedó totalmente partido a la mitad.

No sentí dolor ni nada, pero pasé todo el día pasando la punta de mi lengua por la superficie filosa y la vez rugosa que sentía debajo del diente partido. Así, sin querer, logré que prohibieran correr en reversa y gané una renta de por vida que debo pagar a mi dentista cada vez que muerdo algo muy crujiente o noto que la parte falsa de mi diente comienza a verse de un color distinto al de su intacto y envejecido diente gemelo.

En la iglesia, también, a los 15 años vi por primera vez a alguien de mi edad fumando. Era el hijo de un texano que fue a visitar la ciudad. Ni él ni su padre hablaban bien español por lo que una mañana, mientras nuestros padres estaban en una reunión, me pidió que lo acompañase a la tienda para que lo ayudase a pedir algunas cosas en caso de que no lo entendieran o intentaran cobrarle más de lo que debía pagar.

Yo parecía de 13 años y él lucía como de 21, aunque solo hasta que abría la boca y dejaba en evidencia los rasgos de niñez avanzada que aún se negaban a ceder paso a la adolescencia. Cuando llegamos a la tienda que quedaba en la esquina de la iglesia, él me dijo que pidiese lo que quisiese así que yo salí corriendo hasta los refrigeradores y tomé un juguito de manzana de los que traen una pajilla pegada en el dorso. Yo noté que él tomó una Pepsi, unos caramelos extrafuertes de menta y un panqué de vainilla.

El vendedor metió todo en una bolsa de papel que parecía tener más cosas adentro y nos pidió que, por favor, no consumiésemos lo que habíamos comprado en el local. Yo quería mi juguito de manzana y resolver el crucigrama que quedaba totalmente descubierto cuando arrancabas la pajilla, pero no me costaba mucho volver a la iglesia y hacer mi ritual de tomar jugo y descubrir palabras en un tetrapack que seguramente fue diseñado para niños cuya edad estuviese entre 8 y 11 años.

Nos fuimos hasta la parte más alejada de la iglesia donde no había nadie a la vista, bueno, él guio y yo solo lo seguía, además, asumí que fuimos hasta allá porque en ese lugar había unas cestas para la basura que solíamos usar para hacer lanzamientos como de básquet y darnos puntuaciones locas por velocidad, riesgo, tipo del material de los desechos lanzados y el triple de puntos si lo lanzado golpeaba dramáticamente el borde antes de entrar.

Al llegar allí, él tomó el jugo y me lo dio, clavé la pajilla en el único punto plateado que servía de tapa y comencé a sorber como si muriese de sed. En ese momento, noté que él sacó algo que parecía un paquete de cartas, pero vi que lo abrió y sacó un cigarrillo que encendió con un encendedor de metal que sacó de su bolsillo izquierdo.

Mis ojos se abrieron de forma tal que imagino que así debe lucir Betty Boop cuando está asustada. Le pregunté que por qué fumaba y él de lo más tranquilo me dijo que su papá le enseñó, que en su ciudad natal era lo más normal y que su abuelo le había regalado el encendedor y me mostró cómo en uno de los lados estaban sus iniciales. También me preguntó si quería probar y le dije que no, que me quedaba con mi juguito de manzana. Cuando terminó su cigarro le dije que si quería evitarnos varios problemas, que no siguiese fumando en lugares públicos porque acá eso no era tan bien visto.

Él, de lo más calmado, soltó un «OK», me preguntó por mi bebida y comenzó a tomar la Pepsi mientras me decía que a partir de ahora me llamaría juguito de manzana. Nunca más lo vi fumando. Tampoco es que lo viese por mucho tiempo, su papá solo vino a hacer unas transacciones de negocios y regresaron a Texas como a las dos semanas.

Y, bueno, ya lo saben, en la iglesia también la conocí a ella.

Nunca me he considerado un creyente fiel, generalmente iba a la iglesia cuando mis padres me mandaban, por los eventos deportivos, actividades de jóvenes o cuando había algo particular que llamara mi atención. Por supuesto, desde que la vi allí me pareció linda e interesante y eso me hacía parecer más devoto ya que, con la finalidad de encontrarme con ella, comencé a ir con más frecuencia y hasta llegaba temprano a las actividades, aunque no fuesen de mi interés.

Sin embargo, llegaron los años de universidad, las nuevas aficiones y comenzó mi distanciamiento de ella por lo que comencé a perder interés en la iglesia. Así que, volver a visitarla, a pisarla y entrar en ella, en un intento bastante poético de regresar a mi amada, removió sensaciones en mí que me hicieron pensar en que quizá era hora de abrazar nuevamente la fe.

Hice todas las cosas que tenía planificada para ese día, aunque admito que estuve más distraído de lo normal porque algo me decía que en la fe hallaría respuestas.

Cuando volví al departamento busqué mi vieja Biblia con la intención de verla y asumir que, con tan solo mirarla, llegaría la iluminación divina que estaba esperando. La abrí para buscar un pasaje revelador y encontré una barajita de los ThunderCats que hace años no veía y ni me acordaba que tenía.

En ese momento sí que sentí una señal divina, los fans de los ThunderCats sabrán que Lion-O veía más allá de lo evidente con la ayuda de su Espada del Augurio, y recuerdo que una ancianita de la iglesia solía decir que la Biblia era su espada.

De modo que hice lo que debía hacer, tomé la Biblia de forma vertical y comencé a darme golpecitos en la frente pidiendo revelación divina. Por supuesto que no funcionó, cuando me di como cincuenta embestidas bíblicas en la frente, me dio un dolor de cabeza que supliqué a Dios que me lo quitase porque recordé que no tenía aspirinas ni analgésicos.

Dejé la Biblia a un lado y me fui a bañar para irme a la cama a ver si el dolor de cabeza cesaba. Estando acostado, cerré mis ojos e hice una oración para que Dios me hablase en medio de los sueños porque ya me sentía muy agotado como para ponerme a leer un libro tan extenso que tenía las letras tan pequeñas.

Como no sentía mucha mejora del dolor de cabeza, me levanté a la nevera y tomé una bolsa de maíz para cotufas que tenía en el congelador. Volví a la cama, puse la bolsa en mi frente y comencé a mirar el techo como si de él fuesen a bajar las respuestas que tanto quería recibir. En ese instante, sonreí y me dije que parecía todo un tonto por llegar a pensar que lo mío era una crisis de fe.

Aunque, también hablé hacia el techo como si estuviese clamando al cielo y pedí por ayuda, la sonrisa ya comenzaba a tornarse en molestia y dar paso a la desesperación que te da no obtener las respuestas que deseas.

El dolor de cabeza no paraba y tiré la bolsa de maíz a un lado y exclamé mientras veía hacia arriba: «¡literalmente, una palabra tuya bastará para sanarme!».

Creo que necesitaba gritar porque esa exclamación dio paso a un sueño que empezó a entumecerme y, mientras caía profundamente rendido ante el sueño, vi el blanco rostro de mi ex como si flotara hasta mi cara y sentí que susurró en mi oído la frase: «Tú fuiste, pero no te preocupes».

Si dormir era una religión, yo había vuelto a la fe porque mascullé algo como «¿que yo qué?» y, al ladear la cabeza, me dormí profundamente sin sospechar siquiera lo que descubriría cuando volviese a la iglesia.