PLACER SOBRE EMOCIÓN
—Quiero hablar con Emma—le suelto de golpe—, en privado y sin que la Reina se entere.
—¿Silvana?
—Promete que me permitirás hablar con ella y a cambio…
—Harás lo que yo desee.
—Por una hora me tendrás para ti, es todo lo que puedo ofrecerte—es mejor dejar todo en claro o podría pasar lo mismo de antes, que él se haga el desentendido y vuelva a verme la cara de estúpida—. Déjame hablar con ella una hora, sólo eso.
—No—responde.
—¿Qué, por qué no?
Cierra los ojos nuevamente y se desparrama cómodamente en la silla.
—No me parece un buen trato. Dejarte hablar con Emma supone un riesgo para la familia, ni siquiera Silvana habla con ella tanto tiempo. Es peligroso.
¿Qué tan ingenua cree que soy? Puede que sea peligroso, pero conozco a Gian y sus motivos para negarse a mi petición no pueden ser tan desinteresados.
—Entonces será una llamada rápida…
—¿Y sexo rápido? No, me gusta ir con calma.
Parece que tendré que ofrecerle algo más, pero si es por Emma, puedo ceder.
—Gian, me siento culpable y la única manera de sentirme mejor es hablar con ella. Además, desde que soy tu esposa, he estado muy sola, mi única compañía aparte de ti es mi doncella Fanny—yo tenía amigos antes, miembros de la guardia y agentes, también doncellas. Pero todas esas amistades murieron cuando me convertí en Veena Creel, esposa del príncipe Gian Creel. Busco su mirada esperando encontrar compasión, sin embargo, su expresión sigue siendo la misma. Que hombre tan complicado, pienso exhalando profundamente—. Está bien, tú ganas, dime tus condiciones.
Sus ojos se abren despacio, me mira con lujuria y enseguida me arrepiento de haber cedido a la primera.
—Despacio, Veena—se acomoda en su silla y me hace un gesto—. Primero, ven.
Recelosa me levanto y voy con él, Gian hace que me pare entre sus piernas y sus ojos recorren mi cuerpo muy despacio. Reprimo mis ganas de golpearlo cuando deshace el nudo de mi bata, la prenda cae a mis pies y mi piel desnuda queda expuesta. De inmediato sus manos van a mis pechos, los masajea y amasa sin que yo pueda negarme.
—Arrodíllate—me ordena.
Hago lo que pide de mala gana, me dejo caer a sus pies. Ya no me mira desde abajo, ahora soy yo quien tiene que levantar la cabeza para verlo a la cara; él es todo sonrisas, de verdad está disfrutando esto. Libera uno de mis pechos y con esa mano acaricia mi mejilla suavemente, después delinea mis labios con la yema del dedo pulgar y sin previo aviso me toma del cabello para obligarme a besarlo. Un gemido de dolor escapa de mi boca para perderse en la suya, me muerde el labio inferior y yo me aferro a sus rodillas en un intento por calmarme. Aunque no me guste, me estoy acostumbrando al contacto de Gian Creel.
—Esto es lo primero que quiero—murmura terminando nuestro beso.
Mete la mano en su pantalón y libera su duro miembro frente a mi cara. Abro los ojos como platos y me echo para atrás, ¿acaso quiere que yo meta eso en mi boca? Ni de broma.
—No lo haré, no quiero.
Con una mano se toma el erguido miembro por la base y con la otra me sujeta del brazo para impedir que escape.
—Has accedido a mis condiciones y esta es la primera, quiero que me la chupes. Puedes hacerlo de buena gana, o puedes hacerte la difícil, en el último caso tendré que obligarte.
¿Podría obligarme a hacer algo así? No hay duda, claro que puede.
—Jamás he hecho esto…
—Por supuesto que no—me corta bruscamente.
—Entonces, ¿por qué me lo pides a mí? —seguramente cualquier chica noble estaría encantada de complacer a Gian, chicas con más experiencia que yo, mucha más.
Resopla.
—Eres mi mujer, punto. Y no te preocupes—añade sonriendo—, no dejare que me lo cortes de un mordisco.
No suena nada mal…
—Yo te enseñaré a hacerlo bien—acerca su miembro y roza mis labios con el glande—. Tú eres mía, Veena, toda tú me pertenece. Y te haré mía de todas las maneras posibles hasta que te quede claro, a ti y a todo mundo.
Desde que conozco a Gian he sabido perfectamente que soy su obsesión, que su enfermiza fijación por mí viene del hecho de no poder controlarme ni someterme a su voluntad. ¿Con Julieta Visconti fue igual? ¿Gian se obsesionó con ella como ahora está obsesionado conmigo? Me he perdido tanto en mis preguntas que me sobresalto al sentir algo en la cabeza, levanto la vista y veo a Gian sosteniendo una tiara.
—¿Qué es eso? —pregunto tontamente.
—Ayer te dije que tenía un regalo para ti, es esto.
La pieza es muy hermosa y pareciera que es la parte superior de un corazón, está adornada con pequeños diamantes blancos que forman diminutas flores; también hay oro en ella, el cual se entreteje como si fuera pequeñas y delicadas ramitas. Pero nada de esto es lo más impresionante, lo más impresionante es la cantidad de esmeraldas en la joya, unas grandes como flores frescas y otras tan pequeñas como botones.
—Es… hermosa—tartamudeo sin apartar la vista de la tiara. No puedo negar que es una joya única, pero de ahí no viene mi impresión—. Debe ser muy cara.
Gian la acomoda en mi cabeza, encaja perfectamente.
—No hay otra igual.
—Excepto una—me descubro diciendo.
Llevo años viviendo en De Silvanus y sirviendo a los Creel, y he visto un sinfín de coronas y tiaras ser modeladas por los miembros de la familia real. Gian Creel tiene una corona parecida a esta tiara entre su colección, ¿por qué ha mandado a hacer una tiara tan parecida a su corona, y para mí? ¿Será qué…?
—No imagines cosas que no son—me ataja sin rastro de humor—. Es una tradición en la familia que un Príncipe destinado a heredar el trono regale una tiara a su esposa, debe ser una pieza que simbolice la importancia de esa unión, y debe tener las piedras preciosas que representan a cada uno. Es igual que los anillos de matrimonio, tiene el mismo propósito: mostrar la unión entre ambos. Silvana y el Rey comparten un juego de coronas iguales, así que deja de pensar tonterías.
Suspiro, aliviada. De verdad que no me estaba gustando el rumbo de mis pensamientos. La sola idea de que Gian tenga sentimientos románticos por mí es impensable, una cruel fantasía.
—¿Estás lista? —pregunta.
Mis ojos descienden a su miembro rígido y me descubro algo nerviosa, ojalá pudiera mandar a Gian al infierno. Pero no tengo de otra, quiero agradecer a Emma y saber qué tal se encuentra, no me perdonaría si ella está sufriendo mientras yo vivo cómodamente en su casa. Me mentalizo para lo que viene, apoyo las palmas en mis desnudas rodillas y asiento despacio. El príncipe me acaricia la cabeza antes de rozar mi boca con su miembro, inhalo con fuerza y entreabro los labios.
—¿Lista? —no respondo, sólo cierro los ojos—. No te preocupes, Veena, yo te guiaré.
Dicho esto, me toma de la nuca y me inclina hacia delante, su sexo entra en mi boca, él suelta un gemido y yo reprimo una arcada.
—Joder, que bien se siente—dice.
La sensación de su pene dentro de mi boca es extraña, siento el glande y el sabor a líquido preseminal en la lengua. Quiero que se corra lo más rápido posible, entre más rápido termine, más rápido podré irme. Abro los ojos, me saco su sexo de la boca y lo tomo desde la base con una mano, empiezo a subir y bajar. Gian echa la cabeza atrás y con la mano que me sujeta de la nuca, obligándome a mantenerme inclinada.
—Haz un buen trabajo—jadea masajeando uno de mis pechos con la mano libre.
Me llevo su miembro de nuevo a la boca y empiezo a chuparlo al tiempo que trabajo con la mano. Gian levanta las caderas y me mete su sexo hasta la garganta, inevitablemente me retuerzo y tengo que cerrar los ojos para concentrarme en el momento.
—Maldición, Veena…
Baja los ojos y me mira con los verdes ojos brillantes de excitación. Libero su miembro y me paso la lengua por los labios, mi mano sube y baja rápidamente mientras lamo la punta del glande con los ojos fijos los del Príncipe.
—No sabes lo preciosa que te ves—murmura acariciándome la cabeza—. Una diosa como tú, sometida al fin y arrodillada a mis pies. Una Princesa coronada chupándomela es lo más sexi que he visto.
Mi mano rodea su grueso miembro tanto como puede, estoy haciendo mi mejor esfuerzo por satisfacerlo, pero no es una tarea fácil. De nuevo me llevo su enorme sexo a la boca, me lo meto hasta la garganta al tiempo que mis dedos acarician sus testículos. Gian responde soltando un gruñido y levantando las caderas, me toma del pelo con fuerza y comienza a guiarme a su ritmo. Me mete todo su grueso miembro hasta la garganta hasta que interfiere con mi respiración y empiezo a debatirme, entonces me jala del pelo y repite el proceso.
—Joder, no sabes cuánto gusto me das…—dice de vez en cuando.
Poco a poco acelera sus movimientos, arremete con fuerza, entrando y saliendo de mi boca a un ritmo cada vez mayor. Entierro las uñas en las palmas y cierro los ojos, los testículos de Gian me golpean la cara y su pene es más grueso que nunca. Por fin después de varios tormentosos minutos, Gian se corre en mi boca. Su cuerpo se tensa entre gruñidos y maldiciones, entierra su sexo bruscamente hasta el fondo de mi garganta y se corre apretándome el cabello sin consideración.
—Más vale que te lo tragues todo—me advierte con los dientes apretados y la cara contorsionada por el placer. Un ríncipe no debería decir tantas obscenidades, quiero decirle.
El semen de Gian se derrama en mi boca, al principio hago lo posible para retenerlo en la lengua, pero al final termino por tragármelo. Tuerzo el gesto, tiene un sabor salado, no me gusta. Me saco su flácido miembro de mi boca y me paso la lengua por los labios, luego alzo la mirada y descubro a Gian mirándome, su respiración es rápida y en sus ojos todavía brilla el deseo, ¿tiene energías para más? Al ver mi expresión inquieta menea la cabeza con una sonrisa y deja de sujetarme la nuca para tomarme del brazo con delicadeza. Me ayuda a levantarme y hace que me siente en sus piernas, mira mi cara un momento antes de bajar la mirada a mis pechos.
—Cálmate, Veena, por ahora es suficiente—lame uno de mis pezones con la punta de la lengua, naturalmente me estremezco. Mi reacción provoca que Gian sonría y que yo lo mire embelesada, su rostro cambia mucho cuando sonríe. No sé porque, pero me gustaría verlo sonreír más, es literalmente otra persona cuando está contento—. Esta
fue mi primera condición, espera a la noche para escuchar la segunda.
No respondo, miro su rostro entre mis senos, el contacto de su lengua en mis pezones erectos… Parpadeo un par de veces antes de trasladar mis ojos a los suyos; creo que hoy el verde en ellos es más intenso y brillante que nunca.