CIVILIZADOS
Cuando salgo del baño, encuentro a Fanny acomodando un casual vestido azul sobre la cama; de verdad que estoy empezando a hartarme de vestir siempre esta clase de prendas.
—¿Te gusta? —pregunta mientras trata de elegir la joyería adecuada.
—Es muy bonito. Pero déjalo ya, no me lo pondré ahora.
Mi tono hace que olvide su trabajo para mirarme.
—¿Gian está en su habitación? —digo señalando la puerta que une nuestras habitaciones.
—Si, llegó a dormir hace un par de horas, ¿por qué?
Trago saliva al tiempo que comienzo a atarme el cabello en una coleta alta.
—¿Y vino sólo?
Entrecierra los ojos con desconcierto.
—Si, de hecho, así fue. Toda una sorpresa, ¿no?
—Si, siempre llega con chicas—le doy la espalda fingiendo estar concentrada mirando algo que ella no, entonces tomo aire con fuerza—. Fanny, ya puedes irte, te veré más tarde.
Ella tarda un momento en entender el significado de mis palabras, musita un vago “si” y se apresura a salir. De verdad me planteé dejar plantado a Gian, pero ahora que conozco más o menos sus alcances, prefiero portarme bien a sus ojos que someterme a sus castigos. Con movimientos mecánicos hago lo que me pidió ayer, busco bragas negras de encaje y me aseguro de no traer puesto nada más que esto. Antes de entrar al comedor verifico traer la bata bien anudada, presentarme desnuda con Gian no quiere decir que deba mostrarme así a las sirvientas.
—Alteza.
La chica se dobla por la mitad en señal de venerado respeto. La mesa ya está servida, en ella hay fruta fresca, pan caliente y tostado, jugos de fruta y vegetales, miel, mermelada, mantequilla, leche y una adorable tetera color carmesí, también una botella de vino sin descorchar.
—Puedes retirarte, el Príncipe no necesitará que estés aquí—le digo viendo fijamente las puertas que llevan a las habitaciones de Gian.
La chica toma su bandeja y se va enseguida. En cuanto me quedo sola pierdo mi ensayada postura erguida y me siento en una de las dos sillas con las piernas recogidas bajo la barbilla. De corazón espero que mi marido esté tan cansado que duerma todo el día y que se haya olvidado de mí, así podré cavilar a mi gusto y con toda la dignidad posible, podré esperar la visita de la ginecóloga en mi habitación. Aunque pronto me doy cuenta que eso es pedir demasiado, la puerta de doble hoja se abre y aparece arrastrando los pies un desaliñado Gian. Cómo es su costumbre, sin saludarme bosteza largamente y se deja caer en su silla, extiende las largas piernas bajo la mesa y echa la cabeza atrás.
Ahora que lo pienso, soy la única chica a la que le está permitido ver al Príncipe desarreglado y somnoliento. Lo observo fijamente, preguntándome si Julieta Visconti llegó a verlo así.
—¿Y la reunión, que tal estuvo? —desde que conozco al Príncipe, he tenido la costumbre de hacerle la misma pregunta cada que sale de alguna reunión con su padre. Ver su fastidiada expresión y saber que hay algo que le desagrada en su perfecta vida, me hacen el día y mis ganas de fastidiarlo aumentan.
Abre un ojo enseguida, me mira con una rara mirada, quizá un poco nostálgica.
—Había olvidado lo jodidamente molesta que puedes llegar a ser.
Es bueno regresar a las viejas costumbres.
—Yo no olvido quién eres tú—respondo en voz baja, de repente pensando en la tal Visconti y en mi conversación con Matsson.
—¿A qué te refieres?
—A nada—me apresuro a responder. Gian es demasiado astuto para no descubrir mis secretos si me descuido un poco.
—La reunión, el asunto va bien—sus verdes ojos van de mi cara a mi boca mientras habla—. La boda ayudó mucho, todo mundo está centrado en nosotros. Hemos aprovechado el desvío de atención para reprimir los levantamientos y recuperar parte de Diamante.
No digo nada, pero en mi interior doy saltos de alegría, al menos este matrimonio ha servido para su propósito y eso significa que Emma pronto estará de vuelta. Sus ojos permanecen abiertos un segundo más antes de volver a cerrarse.
—¿Qué hay bajo tu bata? De verdad espero que hayas cumplido mis órdenes.
Instintivamente mis manos se cierran con fuerza en el delicado listón que protege mi cuerpo, al tiempo que mis piernas se juntan en actitud protectora.
—Hice lo que pediste, pero si esperas que me someta a ti, entonces será mejor que esperes sentado, porque no pasará.
—¿Cómo qué no? —su voz no sube de tono ni cambia su relajada postura, ya esperaba resistencia de mi parte.
Y también ya había planeado esta conversación.
—No, Gian, si quieres que suceda algo hoy, tendrás que ofrecerme algo a cambio—es justo, yo le doy mi cuerpo y él lo que más deseo.
—Joder, siempre es así contigo. Bien, dime qué deseas—me sorprende al acceder en seguida.
A los 14 años me mudé a De Silvanus como aspirante a la guardia real, me recibieron muy bien al llegar y eso sólo por quienes habían sido mis padres. Por dos años estudié y me esforcé bastante para enorgullecerme a mí misma y demostrar que no sólo era un nombre. Un día llegaron al palacio Emma y su hermano mayor, nunca los había visto porque ambos habían vivido en el extranjero desde niños por orden de la Reina; pero por fin estaban de nuevo en casa, el Príncipe ya había cumplido los 19 y su hermana acababa de cumplir 15 años. Él de inmediato me pareció un narcisista y ella una presumida, ambos erguidos y mirando a todos desde su impresionante altura social. Ahora me pregunto a dónde fueron los dos después de abandonar el castillo Cianí, volvieron a casa 6 años después, ¿en dónde estuvieron todo ese tiempo? Probablemente en otra gran majestuosa construcción, preparándose para ser dignos, poderosos, líderes.
—Gian, sé que este matrimonio no fue tu idea, por lo tanto, no puedo culparte ni odiarte por esta situación—digo lentamente y agradezco su falta de reacción, de lo contrario me pondría nerviosa o furiosa—. Ambos estamos atrapados en esto, tú por el bien de tu reino—porque es así, aunque Gian no lo diga, yo sé que se preocupa por su gente; sabe que, si la familia real no ofrece paz y seguridad al mundo, entonces podría desencadenarse una guerra, o como mínimo varias rebeliones en los dos continentes, problemas que pondrían en peligro el bienestar de todos.
Ahora que estamos más cerca, viviendo juntos, he visto que su papel como Príncipe y heredero al trono traspasa la línea del simple deber y compromiso. Tal vez muy dentro de mí también me casé con él por el bien de Pangea, porque los dos continentes y Laured buscan a alguien en quien confiar entre los Creel. Sí mi matrimonio inspira algo de confianza y fe, entonces no es del todo malo.
—Y yo estoy aquí por la felicidad de mi familia y el pronto regreso de Emma, por eso estamos casados. Me he casado contigo, llevo a tu lado casi dos meses, sin embargo, sabes que no debió ser así y quizá todo esto es mi culpa…
Abre los ojos tan de repente que me sobresalta.
—¿Tu culpa, por qué crees eso?
Esto es algo que mi mente ha estado pensando a hurtadillas desde que Emma desapareció en Diamante, el atentado contra los hijos de los reyes fue la gota que derramó el vaso. Yo ya sabía el rencor oculto que Diamante tiene a los Creel, una ciudad que varios años atrás fue famosa y la capital del desarrollo en tecnología sustentable, pero esto se vino abajo con el inicio del reinado del rey Zen. Ese progreso se perdió por el mal manejo de recursos por parte del corrupto presidente y por la falta de atención del reino. En consecuencia, Diamante pronto terminó reducida a una ciudad pobre y cada vez más decadente, una nación tercermundista. La familia real se percató tarde de su error y quisieron arreglarlo visitando la ciudad para darle más popularidad, pero ese día nada fue bien y la Princesa desapareció.
—Yo debí viajar con ustedes ese día en la limusina, jamás debí aceptar viajar con el resto de las doncellas, pero ella no quería que tú y yo estuviéramos en el mismo espacio, por mi seguridad—ahora es algo cómico, Emma temía que su hermano tratará de hacerme algo, en cambio ella terminó pasándola mal y poco después, yo acabé casada con Gian—. Quizás si hubiera sido como debía ser y viendo por su seguridad en lugar de la mía, yo podría haber protegido a tu hermana y ponerlos a los dos a salvo, entonces gran parte de este conflicto no habría pasado. Probablemente de haber sido así, ahora yo no estaría en esta habitación contigo, estaría haciendo mi guardia y Emma tocando su arpa como solía hacer todas las mañanas.
Suelto un profundo suspiro con la cabeza hecha un lío, aunque ahora que le he contado a alguien como me siento, el peso de la culpa se ha aligerado un poco. No importa tanto que mi oyente sea Gian.
—Probablemente, pero nada es un hecho—responde después de un breve silencio—. Veena, es muy probable que nada hubiera cambiado, nada en absoluto.
Vuelvo la cabeza con rapidez para mirarlo bien, sigue tranquilo, no se ha movido un milímetro. Durante un segundo sólo nos miramos, él con sus suspicaces ojos escrutadores, y yo con los míos totalmente abiertos. Pero pronto la seriedad de Gian desaparece para ser sustituida por una mirada maliciosa y una arrogante sonrisa torcida.
—Veena, incluso por las mañanas y con esa cara de inseguridad…—menea la cabeza suavemente—, olvídalo. Mi punto es simple: deja de pensar en esa clase de estupideces. Probablemente lo que dices tenga algo de sentido, pero no es una apuesta certera—arrugo la frente al tiempo que las cejas de él se fruncen ligeramente—, muy probablemente tú hubieras muerto en esa limusina y Emma igualmente estaría donde ahora, o peor, estarían muertas las dos. No puedes pensar en lo que sucedió basándote en simples posibilidades, no apuestes por lo que hubiera sido, no ganaras mucho con eso—suelta un bufido lleno de arrogancia antes de continuar—. En fin, Veena, ya sabes lo que yo busco de ti, ahora dime qué quieres tú de mí.
Desde que nos conocemos, rara vez él y yo hemos mantenido una conversación civilizada, ¿por qué está tan accesible hoy? Trago saliva ruidosamente al imaginarme qué clase de cosas piensa hacerme como para comportarse tan amable. Pero ya no hay vuelta atrás.