Cap. 50 Muerte nueva, vida nueva

La gran noche llegó y una gran fiesta se armó, todos nos encontrábamos reunidos celebrando… ¿un cumpleaños?, eso era lo que aparentaba, los únicos en comer tortas y beber de sus licores, fueron Wendt, Olga y Ruth, los niños estaban en sus internados y, que por cierto, se me olvidó aclarar que en los días que nos tomamos Wendt y yo, quien se encargó de entrenar a los niños, fueron: Olga y Ruth, bueno, en esa parte no sabría que decir, supongo que los entrenaban bien, ya que no se quejaban y ellos seguían riendo y felices, las custodias y paternidades de Luis y su hermana fueron por fin otorgados a Olga, que pena que lo celebre muriendo, lo bueno es que otorgaba la custodia a si misma en su próxima vida, siendo otra persona, lo mismo Ruth, pero no podíamos decirle nada a los niños. Por ahora.

En fin, la celebración se encontraba por todo lo alto, Becker había anunciado que el auto lo había mejorado y había vuelto a la vida, auto que nunca reclamaron. Cosa curiosa, debe ser que traficaban armas y si decían algo, saldrían perdiendo, pero lo bueno es que brindamos por ello, y noté algo curioso, Steineer y Wendt se encontraban hablando aparte del grupo, esperaba que solo fueran ideas mías, porque ambos se veían absortos en lo que sea que fuera la conversación que tenían, tal vez futuros negocios, pero… el corazón de Wendt latía con fuerza, toda su atención se hallaba volcada en Steineer, lo mismo podría decir de él, así que los dejé tranquilos, mientras que ella se mantenga sonriente, para mi estaba bien, y si reía conmigo a su lado, era mucho mejor que perfecto. ─ Ya es hora, mi Führer ─ anunció Meyer señalando el reloj de péndulo, marcaba las doce en punto de la medianoche, asentí y tintineé mi copa de sangre. Todos guardaron silencio. ─ Gracias a todos por venir ─ comencé con mi discurso, todos asintieron muy serios. ─ De verdad esto es muy importante para mi contar con el apoyo de todos ustedes y más cuando saben que no me lo merezco ─ guardé silencio y suspiré profundamente. ─ Pero ya es hora y… y… perdonen por hacerles pasar por todo esto, me hubiese gustado que las cosas fuesen diferente, que nuestras vidas fuesen diferente, pero aquí estamos, con un mismo fin, un mismo propósito que nos une ─.

Imagínense una noche silenciosa en Prados de Este, el vecindario más popular de Caracas, donde viven los más adinerados. Una noche tranquila, solo los perros ladrando aquí, otro allá, los animalitos nocturnos pululando como siempre, cuando inesperadamente ¡¡BUUUUMMMM!! Todo dejó de ser. La casa había dejado de existir tres horas después de que los muchachos se marcharon en sus autos, quedando solo bajo el fuego cuatro mujeres totalmente calcinadas y una había recibido la detonación directamente porque no había quedado mucho de ella. Ni mucho menos de las otras tres, solo eran esqueletos calcinados en una fiesta que había terminado en una tragedia.

Nuestras muertes habían incendiado las primeras planas en los diarios y en la televisión, nombrando a Wendt, a Ruth y a Olga como las famosas empresarias que habían fallecido en un trágico accidente después de una fiesta. La explosión fue calculada con la ayuda de Becker y Schulz, hubieron daños en los alrededores, pero sin pérdidas que lamentar. Solo las nuestras. A lo mejor eso tomó por sorpresa a los precursores, a lo mejor no, quien sabe, ellos no se atreverán a atacar a los convertidos directamente, no delante de todo el mundo, solo a los humanos, presas fáciles para manipular sus mentes y hasta a veces no era necesario hacerlo, entre los humanos mismos se rajaban el pellejo por sus codicias.

Fue triste ver a los niños en nuestros funerales, lo tuve que presenciar a través de los ojos de Wendt en la distancia, se encontraban en un cementerio privado de Caracas, el abogado se había hecho cargo de todos los preparativos, si, el mismo que nos hizo los testamentos. Antes de hacerlo, les advirtió de ciertas leyes que nos podían perjudicar, sobre todo la de falsas identidades, pero Ruth le explicó que se hallaban bajo asedio por secuestradores y posibles asesinos, así que… estaba bien, como dije antes, no hizo preguntas porque estaban en todo su derecho. Las tres se hallaban en uno de los autos, muy lejos de donde se celebraba nuestros entierros. Ese día, aunque no llovió, el cielo yacía nublado. ─ No hay tiempo que perder ─ advirtió Oliver en el puesto del conductor, Wendt aguardó un par de latidos en silencio para finalmente asentir con una mueca y él puso el auto en marcha.

Tuvimos que salir de Puerto Cabello a escondidas, llevándonos el mismo yate con el que habíamos venido, desde luego lo habíamos mejorado, solo que… no amaneció donde lo teníamos anclado, tampoco nos importó si la guardia costera se daría cuenta de la desaparición, total, era la embarcación donde habían llegado tres mujeres con cuarenta y ocho cadáveres, nadie se quería acercar a ese yate, y que bueno que fue así, era lo mejor, para cuando llegáramos a Venezuela otra vez con nuestras identidades nuevas, sería noticia pasada. Los únicos en irnos a Inglaterra, fuimos: Eloísa, Silvana, Wendt, Olga, Oliver, Ruth y mi persona. Una vez en Orphan, nos separaríamos para dar rienda a la siguiente etapa.

Habíamos dejado a los muchachos en Venezuela cumpliendo con el encargo, un encargo muy, pero muy vital con lo que tenía en mente. Confiaría en ellos, no solo en esta parte del plan, también en el cuidado de los niños, pero sin que ellos lo notasen. Como ilusionista, inserté en las mentes de mis muchachos la imagen del idiota que le jodió la vida a mi vinculada, les indiqué en que estuvieran muy atentos por si lo llegaran a ver, les agregué que no debían matarlo, ese placer lo tendría yo y nadie más.

Tardamos casi dos semanas en llegar hasta Inglaterra. Apenas supimos que estábamos llegando a costas inglesas cuando dejamos el yate anclado en un sitio y nos terminamos de acercar con una lancha inflable. Al llegar a las costas de Orphan, todo se veía muy normal, pero yo sabía que todo el ambiente se encontraba en una gran tensión por los ataques recibidos desde fuera. Di gracias a Dios porque teníamos nuestros medios de sustentarnos de agua y electricidad, por si nos hubieran querido joder por allí también. Tomamos a más de uno por sorpresa, no se esperaban nuestra pronta llegada, y mucho menos en cuestión de menos de dos meses. ─ ¿Dónde está Madeleine? ─ pregunté al apenas colocar el primer pie en tierra, habíamos sido recibidos por unos pescadores que… pensaron que éramos amenazas. Nos habían encañonado con sus armas, pero cuando supieron quien era yo, se podrán imaginar las caras que pusieron al palidecer, eso me dio pie a pensar que las cosas habían empeorado.

Tenía todo un séquito siguiéndome los talones, incluyendo, Bach y Madeleine, ambos me rendían un reporte del como iban las nuevas negociaciones. El reencuentro entre Wendt y Bach fue un poco… seco, Bach se dio cuenta que algo no iba bien, aunque se moría por preguntar, decidió respetarla. ─ Ninguno de los comerciantes quieren arriesgarse ─ comentaba Bach acompasado a mis pasos raudos. ─ ¿Han sido amenazados? ─ pregunté deteniéndome en la base de las escaleras. ─ Es lo más probable ─ contestó, pero… ─ Algo no va bien ─ comentó Eloísa con la mirada perdida, eso hizo que Madeleine se tensara. ─ ¿Qué no va bien? ─ pregunté muy interesada en saber su razón. ─ ¿Solo nuestras mercancías y productos son los únicos afectados? Todas las vías son atacadas ¿Cómo saben identificar nuestros barcos y camiones? ─ ¿Qué insinúas? ─ Alguien posiblemente filtró información ─ la teoría de Eloísa me pareció de lo más descabellada. ─ Eso es ridículo, ¿Cómo puede haber un traidor entre nuestra gente cuando es un pueblo repleto de nuestra especie? ─ No necesariamente ─ contestó Madeleine y eso sí me inquietó. ─ ¿Qué no me están diciendo?, ¿Saben qué? Hablemos mejor en el salón ─ anuncié al borde de la frustración y la arrechera iniciando la marcha, y todos me siguieron.

Llegando a uno de los pisos superiores, me encontré con la sorpresa de que ninguno de los niños había sido regresado a sus hogares, al contrario, ellos se encontraban saliendo de sus habitaciones con sus bandejas de comida vacías hacia la cocina. ─ ¿Alguien me puede explicar esto? ─ señalé totalmente molesta. ─ Si me lo permite, mi Führer… (carraspeo) ellos no quieren irse ─ contestó Madeleine parándose a mi lado, su respuesta casi me había volado la tapa de los sesos, fue como recibir un golpe con un martillo. ─ ¿Qué? Pero… ¿Por qué? ─ Eso y que los caminos están demasiado comprometidos, no queremos arriesgar, ni a los niños, ni a los padres ─ contestó Bach antes de que mis replicas fueran aun mayores. ─ ¿Han llamado a sus padres? ─ No, mi Führer, por el mismo problema que hay en las vías. No quisiéramos arriesgar a lo padres a un posible ataque solo por venir aquí o que ellos tomaran los riesgos por sus propias manos ─ tuve que suspirar profundamente por la nariz tensando cada músculo de mi mentón y haciendo de mis labios un fruncido tenso.

─ Aguarden un momento ─ anuncié antes de acercarme a los niños. ─ Hola, niños ─ saludé y ellos me recibieron… no con esa alegría infantil, tampoco estaban asustados al verme, solo… me recibieron como una visita más, con el debido respeto que me merecía, eso me hizo pensar que vivir en ese infierno los hizo madurar y envejecer prematuramente, perdiendo años valiosos de sus inocentes vidas. ─ Me dijeron que no querían irse a sus hogares, ¿Es cierto eso? ─ ellos cruzaron miradas en una conversación silenciosa y una mano tomó la mía. Olvidándose de sus bandejas, me llevaron a sus habitaciones. Me llevé la sorpresa que todos se encontraban reunidos en el mismo cuarto, ¿Comían todos juntos? ─ Señorita Elisa ─ saludó una muchacha, se veía diferente, tenía más… cuerpo, parecía toda una mujer. No… no puede ser… ¿Jessie?, su esencia y su aroma la habían delatado, pero aun mis ojos no daban crédito a lo que veía; no me quedó más remedio que preguntar. ─ ¿Jessie?, ¿Eres tú? ─ ella asintió con una amena sonrisa, estudié cada rostro de cada jovencito en la habitación, busqué en mi mente todo lo que tenía que decirles y que preguntarles. Por tal cambio en esa jovencita y en todos ellos… todo se me había ido de la cabeza, así que opté por lo más obvio. ─ ¿Por qué no quieren irse? ─ ella me invitó a tomar asiento en una de sus camas, tomó una silla de la peinadora y se preparó para… sea lo que sea que tuviera que decirme. ─ Señorita Elisa, todos los que estamos aquí… le agradecemos fervientemente el habernos rescatado. ─ ¿Y esa forma de hablar tan elocuente? ─ me pregunté, definitivamente estos niños… ─ Pero lo hemos discutido y… aunque queramos volver… llegamos a la conclusión de… que no es seguro para ninguno de nosotros ─ frunciendo mi ceño ligeramente guardé silencio, esto para mí era un shock rotundo, ¿Cómo que no se sentían seguros? Estando conmigo, con mi gente, es una sentencia de muerte segura, tengo a Wendt como prueba. ─ Pero… pero, pero son sus padres, ellos… ellos necesitan de ustedes, ustedes están vivos. Niña, oye niña ─ llamé a la más pequeña y ella se acercó a pasos cortos y nerviosos aferrándose a un peluche, la rodeé con ternura por sus hombros y le pregunté: ─ ¿Quieres volver a tu casa?, ¿Ver a tus papás? ─ ella dudó y asintió, levanté la mirada para encontrarme con la de todos. Volví a preguntar enfocándome en la niña otra vez: ─ ¿Y por qué no vuelves con ellos?, ustedes son libres de hacerlo ─ ella volvió a dudar y contestó aferrándose aún más a su peluche: ─ Tengo miedo ─ Señorita Elisa… ─ No, Jessie, ustedes son niños, y yo quiero que ustedes tengan una vida, que vivan su infancia, ¡Por Dios, mírense!, no quiero quitarles eso, no me obliguen a, a, a quitarles algo que es… casi sagrado. Así que mi respuesta es no. Quiero y deseo que ustedes tengan una vida normal con sus padres… ─ ¿Cómo podemos tener una vida normal, señorita Elisa? ─ preguntó uno de los chicos interrumpiendo mi diatriba, era como ver a Bauer, pero versión adolescente y con ojos verdes atigrados. ─ Después de todo lo que hemos visto y vivido, aunque queramos volver con nuestros padres, ¿Cómo podemos tener una vida normal?, ¿Cómo podemos estar seguros con nuestros padres? Porque… si nos arrebataron de ellos una vez, ¿Qué les cuesta volverlo hacer? Y si tienen los recursos y los medios, veo que no hay nada que se los impida, y si le soy honesto, señorita, muchos de nosotros fueron vendidos por sus propios padres para tener algo con que comer o por simple avaricia. Muchos de nosotros aun tienen pesadillas por las noches y tenemos miedo de un día despertar que esta seguridad que tenemos aquí sea solo una ilusión ─ sus palabras me dejaron sin habla, todas aquellas palabras, casi las mismas palabras dichas en el diario del padre Mitchell me golpearon, y estos niños… ¡Dios mío! ¡¿Qué les hicieron?! ─ ¿Quién… está… al cuidado de ustedes? ─ La señorita Molly ─ contestó Jessie como toda una señorita, sentada con sus manos sobre su regazo con mucho recato, allí supe que algunos de ellos eran de familias acaudaladas. ─ ¿Cómo te llamas niño? ─ Jonathan, Jonathan Summers ─ Muy bien, Jonathan ─ guardé silencio en busca de alguna solución o posibles ideas en mi mente, pero con todo lo que me habían dicho… ─ Necesito que vayas a buscar a la señorita Molly ─ ¿Quién me nombró? ¡Ay Dios mío!, no puede ser ─ exclamó Molly tapando su boca con ambas manos, también ella se veía con mejor semblante. ─ Hola, Molly ─ saludé poniéndome en pie. ─ Veo que has cuidado… ─ Disculpe que la reciba con estas fachas, ay no, no, no ─ mi respuesta por ello fue sonreír. ─ Descuida, lo importante… ─ ¿Cuándo llegó? ─ Molly ─ reprendí con mirada plana y ella cerró la boca con carita de perrito regañado. ─ Me alegra que hayas cuidado bien de estos niños ─ mis palabras iluminaron su rostro. ─ Hago lo mejor que puedo ─ Pero me temo que debo encargarte una tarea muy importante y espero que estés a la altura ─ su corazón se disparó por los nervios. ─ Ustedes también niños ─ señalé y ellos también se pusieron nerviosos. De verdad no quería hacerles eso, no quería. Tuve que hacer de mis manos puños para darme valor, porque verles a las caras… era ver a mi hermana, ver todas esas pesadillas que pudieron sucederle, las que le sucedieron, también era ver a todos esos niños desaparecidos que no pudieron ser rescatados a tiempo, muriendo en manos de las escorias de los precursores y sus seguidores.

Levanté la cara para encontrarme con la mirada evaluativa de Eloísa y la insondable de Oliver. ─ Molly. Niños, necesito que si quieren hacer una diferencia conmigo en este mundo, necesito que estudien y se preparen lo mejor que puedan, necesito que sean los mejores, necesito que dirijan, necesito que sea mis generales para lo que tengo en mente, quiero que formen parte de ello ─ ordené con la mirada puesta en el suelo. No escuché afirmaciones de nada, ni palabras de nada, pero un aroma y una esencia en particular me llamó la atención, cuando levanté la mirada, solo pude encontrar determinación en ellos, eso me golpeó que casi me hizo tambalear y me dio más valor para agregar. ─ El conocimiento es bien recibido y recompensado ─ le di otra mirada a Oliver y me volví a concentrar en los niños. ─ Espero que estén a la altura ─ algunos asintieron con aquella determinación, otros… simplemente alzaron sus barbillas en un gesto solemne de aceptar tal responsabilidad. ─ Lo que ustedes decidan que hacer, será bien recibido, siempre y cuando sea para el bien de los necesitados, el humilde y el honesto. Quiero que sean los mejores ─ repetí, acto seguido me enfoqué en Molly, ─ A ti te exigiré más. Tú estarás a cargo del cuidado de estos niños ─ lástima que no estaba de muy buen humor que se diga, porque cacareó por los nervios antes de decir. ─ Claro, por supuesto ─ eso me hubiese hecho sonreír.

Sin más que decir, salí de la habitación con el corazón estrujado y el pecho ardiendo por la monstruosidad que acababa de hacer, pero estos niños… Dios santísimo, estos niños… ya nunca serían los mismos. ─ No tenías alternativa ─ comentó Oliver. ¡Dios!, odiaba que me conociera tan bien, solo le di una mirada impasible, o esperé que lo fuera y seguimos nuestro camino hacia el salón. Una vez allí, todos tomamos nuestros puestos. Silvana y Eloísa a mi izquierda, Oliver a mi derecha, dejamos el puesto de Wendt vacío por algo que debía anunciar primero, así que las tres quedaron delante de la mesa junto con Bach, Zimmerman y Madeleine. ─ Es una pena que no tengamos tiempo para reuniones gratas y buenas charlas ─ inicié al notar las miradas que se lanzaban entre todos ellos, guardé silencio un segundo para estudiar cada rostro, luego agregué tomando el abrecartas en mi mano. ─ Antes de entrar en materia, necesito hacer algo primero, el tiempo no nos está favoreciendo en este momento. Zimmerman, necesito identidades nuevas, nuevas documentaciones para ellas, ¿Puedes con el encargo? ─ Si, mi Führer, tengo a la persona indicada para tal encargo ─ Que así sea ─ señalé a las muchachas en un gesto de seguir a Zimmerman, él hizo igual un gesto de invitación y los cuatro salieron del salón de reuniones. El lugar guardó otro silencio nuevamente, coloqué el abrecartas en su lugar y entrelacé mis dedos sobre la mesa. ─ Muy bien. Ya que estamos solos, preguntaré: ¿Qué no me están diciendo, Madeleine? ¿Por qué piensas que alguien filtró información? ─ ella se tensó y comenzó a temblar, su terror era evidente. ─ Madeleine, estoy esperando ─ Mi Führer, yo… yo… verá… yo… ─ Tu ¿Qué?, Madeleine ─ Fui yo quien dio toda la información ─ guardé silencio y la habitación se tornó fría, literalmente. Por las caras de los presentes, no se esperaban que yo tuviera semejante… poder para sumergir el salón a un frío casi invernal, tal vez era algo insignificante para Silvana, Oliver y Eloísa, pero muy significativo para alguien de mi nivel, una Nafalem joven, pero Oliver no se veía para nada impresionado, ¿será que se lo esperaba?

─ Antes de que… ─ intervino Bach, pero levanté la mano para que guardara silencio. ─ Que sea Madeleine quien se explique ─ ordené y ella titubeó antes de proseguir. ─ Ellos… ellos, me torturaron, pero… yo… él… alguien más vino a mi y me… y me… indujo, controló mi mente para que hablara. Me… me… obligó a beber de su sangre, supongo que me quería volver una sirviente, pero no funcionó, no se esperaba que estuviese vinculada con… con Bach. No se… ─ Eloísa ─ nombré y fue suficiente para que ella se pusiera en pie y Madeleine cayera de rodillas implorando misericordia.

La esencia de Eloísa se esparció por el salón como un espectro mortal, hasta podría jurar que su sombra creció debido a ello. Rodeó la mesa y se acuclilló hasta estar cara a cara con Madeleine, la sujetó por la barbilla y… ─ Solo hay una forma de saberlo ─ ¿Cuál? ─ pregunté interesada en su posible solución. ─ Que beba de tu sangre o la de Bach y jure lealtad de sangre ─ propuso Oliver y Eloísa asintió en acuerdo. ─ Así sabremos si es sirviente o no. Los sirvientes pueden ser programados para dar posibles respuestas, incluyendo emocionales ─ finalizó Eloísa levantándose nuevamente, regresó a su lugar y esperó en silencio por mi sentencia. ─ Que así sea ─ anuncié y Madeleine gritó un “no” desgarrador. ─ Que sea la sangre de Bach, ya que ambos eran vinculados, y si algo ocurre, será bajo la responsabilidad de Bach ─ aunque el muchacho se tensó por mi sentencia, tragó con dificultad aceptando tal responsabilidad con su barbilla en alto, supongo que se sintió aliviada por una parte, solo ella quería rendirle lealtad a Bach, a nadie más.

─ ¿Qué hubiera pasado si te hubiese hecho jurar lealtad a… cualquiera de nosotros? ─ pregunté después que todo se había concretado y las palabras de juramento dichas, ella temblaba en los brazos de Bach, parecía un pajarito herido, tal vez los sollozos que aguantaba eran de alivio o miedo. ─ ¿Te hubieras resistido? ─ Si, mi Führer ─ ¿Por qué? ¿Eso no te haría más sospechosa? ─ No sé si es por mi condición de Errante o porque Bach sea mi creador, pero me siento en deuda eterna con él por haberme dado de su sangre ─ asentí ante sus palabras, pero me levanté, rodeé la mesa y… Bach miró mi brazo con horror cuando me paré delante de él y se la ofrecía. ─ Ambos beberán de mi y me harán el juramento, pueda ser que a Madeleine la programaran para que te eligiera y aun así seguir ordenes de terceros ─ Eso es ridículo ─ protestó Silvana quedamente. ─ Prefiero estar prevenida, Silvana ─ Te estás comportando como ellos ─ miré sobre mi hombro con mis ojos amarillos. ─ Me lo dice alguien que considera a mi familia como una herramienta. ¿No es eso algo hipócrita de tu parte? ─ No te permitiré que me vuelvas… ─ me di la vuelta y la confronté. ─ ¿Por qué no quieres que me juren lealtad? ─ ¿No es suficiente prueba? Bach te es fiel, ya que puso Su vida en tus manos para ser convertido, el que Madeleine le rinda lealtad a Bach sería como rendirle lealtad a ti, si ella fuese una sirviente, no solo hubiera resistido, hubiera entablado combate o escapado al verse comprometida. Sin contar que tengo entendido que fue la misma Eloísa quien lo envió ─ Madeleine, ¿Qué habilidad posees? ─ ¿Mi Führer? ─ ¿Qué habilidad posees? ─ Soy… soy controladora ─ ¿Y tu Bach? ─ Susurrador, mi Führer ─ ¿Puedes traer a la mente la imagen de quien te obligó, Madeleine? ─ S… si, mi Führer, si es su deseo ─ Lo es. Yo hago el resto ─ y así se hizo.