Cap. 48 Asuntos y responsabilidades
Fuimos remolcados hasta la casa, los muchachos se encargaron de cubrir el auto con lona dentro del garaje para ocultar lo que habíamos hecho, luego resolveríamos como carajo devolverlo. No se imaginan que apenas pisando la casa. Tal y como había dicho Olga, todos se encontraban reunidos en el recibidor, mis muchachos se saludaron por reencontrarse nuevamente después de haberme recibido como su líder, Oliver se sentó cerca del mini bar, pero eso no me importó, en cambio, busqué desesperadamente a Wendt con la mirada, y al divisarla toda golpeada, corrí hasta ella abrazándola con fuerza, necesitaba sentirla, que era ella, saber que estaba viva y a mi lado nuevamente, ambas casi sollozamos de alivio, pero… ─ ¿Por qué no sentí el golpe en la cabeza cuando fue secuestrada? ─ me pregunté estudiando el rostro de mi hermana que me sonreía con somnolencia y alivio a partes iguales. ─ Al fin llegas ─ el seco comentario cortó el momento del reencuentro tomándome por sorpresa. Era Eloísa y a su lado se encontraba Silvana, ambas sentadas en el sofá a mis espaldas. ─ ¿Eloísa? ─ pregunté al no creérmelo todavía. ─ Tenemos que hablar ─ comentó Silvana y su cara no prometía un buen augurio, porque no tenía la cara o la sonrisa de niña idiota que siempre cargaba. ─ ¿Es que acaso esta mierda nunca para? ─ me pregunté preparándome para lo que fuera que me quisieran hablar.
─ ¿Dónde coño estabas metida? ─ le exigí a Silvana tomando asiento al lado de Oliver. ─ ¿Por qué tardaron en rescatar a Wendt? ─ Sabes que el rescate de tu vinculada no es mi responsabilidad, Elisa ─ replicó Silvana con frialdad, para luego agregar arrellanándose en su puesto. ─ Sin embargo, eres mi aliada y ella estaba en representación tuya, por lo tanto, debía colaborar para que nuestra alianza no se vea perturbada ─ ¿Colaborar con qué? ─ En ayudarme ─ agregó Eloísa. La cara de ambas era una máscara que no me gustaba, ¿acusatoria?, ¿molesta tal vez? ─ ¿Dónde estabas, Elisa? ─ Exigió Eloísa, su tono de voz no me agradaba, era como querer intentar de socavar mi autoridad, de… pedirme cuentas cuando la Nafalem era yo. ─ ¿Yo?, en Londres ─ ¿Haciendo qué? ─ No tengo que darte explicaciones de lo que hago, Eloísa ─ Claro que si. Recuerda que tenemos acuerdos comerciales y diplomáticos entre El Viñedo, Orphan y Venezuela, ¿Se te olvida? ─ No ─ Si descuidas un punto, el resto se viene a pique ─ Tuve que ir, porque asuntos importantes me obligaban a viajar ─ ¿Qué asuntos? ─ ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? ¿Me están juzgando? ─ Necesitamos tener todo claro para saber que es lo que está pasando ─ ¿Qué es lo que necesitas saber? ─ Saber por qué coño descuidaste a tu vinculada ─ Ya te lo dije, tenía que ir a Londres ─ Has sido muy descuidada, Elisa ─ agregó Silvana cruzándose de piernas como toda una alta dama de la sociedad. ─ ¿Descuidada?, ¿Con qué? ─ Con todo ─ replicó otra vez para luego agregar: ─ Como Nafalem, tu tarea es dirigir, coordinar, dar órdenes ─ ¿Donde están los niños? ─ Los niños no tienen nada que ver… ─ Si lo tienen, Eloísa, porque no quiero que presencien esta conversación ─ Están en los internados ─ contestó Ruth tomando un sorbo de su vaso de Whisky. Escudriñé cada rostro. Nadie se atrevía a decir una palabra, ni siquiera Oliver, ¿Acaso son capaces…?
A Wendt no le permitían moverse de donde estaba, ¿Por qué? ─ Oliver, tú eres su guía, ¿Por qué no haces nada? ─ reprendía Silvana, pero Oliver mantenía su expresión ilegible. ─ No metas a Oliver en esto ─ Si lo hago, él es tu guía, su trabajo es orientarte, que es lo que debes hacer como Nafalem y que no ─ Y lo está haciendo, y te refresco la memoria: él no solo es mi guía con eso, él me está ayudando a encontrar a mi creador, tengo que cumplir ciertas condiciones… ─ Hay formas sin tener que intervenir, y Oliver lo sabe ─ No metas. A Oliver. En esto ─ advertí con dientes apretados, ya la cosa pintaba mal y Silvana se veía altamente determinada en no ceder. ─ Si. Lo hago ─ Si quieren matarse, está bien, háganlo, pero después de aclarar todo este asunto ─ intervino Eloísa parándose entre ambas, que no dejábamos de lanzarnos dagas con la mirada, y no como una pelea o rabietas entre chicas comunes por un trozo de torta o quien se tomó la leche, no. Teníamos todas las intenciones de querer matarnos. Silvana y yo nos relajamos para centrar en el tema que quería exponer Eloísa, ahora… ¿Qué tema? ─ ¿A qué viniste Eloísa? ─ Silvana tiene razón. Has sido muy descuidada, te has puesto en evidencia, y al hacerlo, pusiste en evidencia a tu vinculada ─ ¿A mi? ─ ni siquiera Eloísa tuvo el menor atisbo de mirarla, siempre haciendo contacto visual conmigo, pero Wendt, al hacer aquella pregunta, cayó dormida al instante, había sido Eloísa y no dudé en perder el control y atacarla, ella, también, correspondió; y adivinen que, Oliver intervino separándonos haciendo explotar todo su poder oscuro en medio de nosotras, nadie decía nada, ni Steineer, ni Becker, mucho menos Meyer, ¿Olga y Ruth…? ni hablar. Tener a Oliver en medio, era como tener una pared delante de mi, Eloísa tampoco podía moverse, algo nos detenía y el causante era Oliver. Ambas nos mostrábamos los colmillos y las garras, gruñíamos. ─ ¡Te lo dije una vez! ¡En Ámsterdam! ¡La guerra que quieres emprender, no es la misma que conoces! ¡Te lo estoy recordando, idiota! ─ ¡Puedes recordármelo sin tener que tocar a mi vinculada! (rugido) ─ ¡Elisa! ─ la palabra severa de Oliver y la mirada que me dio, era puro hielo y oscuridad, era una reprimenda que me obligaba a calmarme, pero… ¿Cómo hacerlo cuando era mi vinculada la que estaba de por medio?, ¿Quién es Oliver?, ¿Qué es Oliver? ─ Atrás, Eloísa ─ advirtió con un tono filoso y fue suficiente para que ella cediera un poco volviendo a su lugar.
Oliver me guio gentilmente a mi puesto, volvió a tomar el suyo diciendo: ─ Eloísa, busca un modo mejor de exponer tus puntos ─ y de allí, no dijo más. ─ El hecho de que hayas viajado a Londres me tiene sin cuidado, el problema es el motivo ─ totalmente molesta me volví a parar de mi asiento, saqué el diario del padre Mitchell y lo puse de mala gana en la mesa. ─ ¿Qué es? ─ preguntó Silvana escrutando el diario sin moverse de su sitio. ─ Es un diario. Es el diario del padre Mitchell. Fue asesinado por lo que descubrió, y lo que descubrió lo plasmó en este libro. Tuvimos suerte de que lo hayamos encontrado antes. Y ya que lo recuerdo, mi vinculada te habló algo al respecto ¿No? ─ Si, ella me comentó sobre el motivo de tu viaje, pero no exactamente me dijo que trataba sobre un diario ─ ¿Para que viajar a buscar un puto diario? ─ escupió Eloísa frustrada e intrigada a partes iguales. ─ Ya lo dije. Al padre Mitchell lo asesinaron por Este diario ─ Explícate, por favor ─ exigió Silvana con aquella autoridad de Nafalem. ─ Le hicieron creer que tenía problemas pulmonares, creo que era pulmonía o era… tuberculosis, no lo recuerdo con exactitud ─ Esos detalles, Elisa, son los que debes recordar ─ reprendió Eloísa. ─ Pero… ¿Qué tienen que ver con mi vinculada? ─ Antes de responderte esa pregunta… quiero que me contestes algo ─ ¿Qué? ─ ¿Qué viste? ─ ¿Qué vi de qué? ─ Supongo que has estado dentro de tu vinculada, quiero saber que viste y que sentiste ─ se lo tuve que contar, lo que ella recordaba y la forma en que había sido secuestrada, el momento en que había recobrado la conciencia, todo.
Eloísa se levantó e intentó acercarse a Wendt, pero mi gruñir fue una advertencia. ─ Solo te mostraré una cosa, pero antes… ¿Estás segura de lo que viste y sentiste? ─ ¿Adonde quieres llegar? ─ pregunté con cautela entornando la mirada sobre Eloísa, y ella, con mucho cuidado, movió la cabeza a un lado y me mostró la parte de atrás de su cabeza. ─ Nunca la golpearon, nunca le agredieron y si miras el brazo, nunca le inyectaron nada ─ ¿Qué? ─ Quien le haya hecho eso, quien la… haya secuestrado, había un ilusionista entre ellos ─ ¿En plena luz del día? ─ ¿Te sorprende cuando sabes que hay Errantes que pueden soportar no caer en letargo? Oliver, Silvana y mi persona somos prueba de ello ─ no me había dado cuenta que tenía mis garras extendidas y había troceado el brazo del mueble, no podía ni siquiera pensar, solo una ira incontenible bullía en mi. ─ El rescate de tu vinculada no fue nada fácil ─ intervino Silvana trayéndome a la realidad. ─ ¿Qué pasó con el ilusionista? ─ Escapó ─ ¡¿Qué?! ─ me levanté horrorizada, con mi rostro contorsionado y varios objetos de cristal en la casa estallaron, Olga y Ruth dieron un gritillo respingando por la impresión y el susto, pero no se atrevieron a moverse mucho. Mi arrechera era una bomba de tiempo, y por lo que venía a continuación… ─ No sabemos que otras cosas le hicieron, Elisa, porque si le indujeron esos falsos recuerdos… no sabemos que tipo de información les dio tu vinculada. Tampoco sabemos si en realidad fue secuestrada en plena luz del día, pudo haber sido en plena noche antes de dormir, obligándola a vestirse y salir nuevamente ─ explicaba Silvana seriamente, y todo por mi descuido. Medité la explicación de Silvana y… en parte eso era imposible, Wendt vivía en una casa muy bien custodiada, si fue en la noche, debió haber sido justamente después de salir de su oficina. No se imaginan la calma que ahora me invadía, no podía discernir si era… tranquilidad o que todo el odio concentrado en mi llegó a un punto gélido. Mis garras volvieron a su lugar, mi rostro volvió a la normalidad, pero yo no.
─ Elisa. Elisa ─ alguien me llamaba, ¿Quién era? ─ Elisa, ¿Estás bien?... Elisa responde ─ alguien yacía delante de mi, pero no podía… mi mente no podía organizarse, no… podía. Aunque me mantenía consciente… no discernía nada porque lo único en mi mente era Wendt, y todas las posibles cosas que pudieron hacerle. ─ ¡Todo el mundo fuera! ─ alguien gritó, ¿Quién fue? Pasos en tropel salieron despavoridos de la casa, solo tres presencias se quedaron. ─ No se acerquen ─ alguien advirtió, ni siquiera podía asociar ni las voces. ─ Elisa ─ ¿Quién es Elisa? ¿Acaso seré… yo? ─ ¿Elisa? ─ un hermoso rostro de un hombre de ojos negros vestido de sacerdote se posó delante de mi. ─ Llévenme por donde se fue ─ Elisa… ya falta poco para el… ─ y no terminó sea lo que fuere a decir aquella niña pelirroja insolente, ya tenía su estómago perforado por una garra y mi mano le sujetaba la columna vertebral. ─ He dicho: Llévame. No te estoy pidiendo permiso ─ le susurré al oído, y con un fuerte empujó de mi otra mano, saqué mi garra de ella. No sabía quien era, y no me importaba, solo quería la cabeza de aquel ilusionista. ─ Elisa ─ fue el turno de la rubia y una uña de mi garra rebano su cuello, ni ella misma lo vio venir, pude haber arrancado su cabeza y no darse cuenta. ─ Tu ─ señalé a un hombre alto y fornido, su cabello negro bien peinado vestido de soldado. ─ Llévame donde la encontraron ─ él asintió y el otro hombre de sacerdote me siguió.
Solo fue cuestión de una hora que llegamos a un rancho abandonado más allá de un sector llamado los Ocumitos, por la autopista vía Valencia. Los dos hombres se quedaron en la entrada mientras yo estudiaba todo, donde había golpeado cada bala, los cuerpos aun sin encontrar, totalmente masacrados, y una esencia en particular me llamó la atención. Ese aroma cuando la abracé, aunque ya casi se había disuelto en el aire, aun podía percibirse. Seguí aquel rastro poco a poco hasta la parte de atrás de la casa, había un camino de tierra más allá y cuando percibí su aroma y su esencia con más fuerza, no dudé en salir disparada en su persecución, tal vez fue una locura, tal vez no, pero lo que si era seguro, es que no estaba lejos, posiblemente no era muy antiguo, o por lo menos eso creí, porque si lo fuera, me hubiera plantado cara al saber quien era yo. Al llegar en el sitio donde su aroma desapareció, encontré huellas de auto, se había escapado. Era de suponer, pero no se me quitaba con intentarlo, las huellas eran recientes y se dirigían a la autopista nuevamente a través del camino de tierra.
De vuelta a la casa, me encontré con las dos mismas personas, la rubia limpiándose la sangre seca de su cuello y ropa y la otra tratando de tomar un segundo de aliento. ─ Sabes que esto traerá repercusiones ─ reclamaba la rubia señalándome de forma acusatoria, y a su vez, se señalaba donde había sido degollada. ─ Tus palabras te las puedes meter por el… ─ Elisa ─ llamó el sacerdote para señalarme la habitación donde descansaba Wendt. Me acerqué después de haber recogido el diario de la mesita de centro y algo de mi cordura volvió a mí, Dios mío… ¿De verdad degollé a Silvana?, ¿Perforé el estómago de Eloísa? Observando a mi hermana dormir, un vacío golpeó mi pecho, reconocí que ella era mi única familia, la que me quedaba, porque no sabía si aun, algún familiar cercano se encontraba con vida. Vi la hora del reloj de la mesita de noche, marcaba las cinco con cuarenta y dos ─ Oliver ─ llamé y todo un dolor explotó dentro de mi acompañado con mi letargo. ─ Que nadie se vaya ─ ordené perdiendo poco a poco mis fuerzas, Oliver me sostuvo para no caerme llevándome a mi habitación, ─ Que nadie se vaya todavía ─ repetí y él asintió.
Acostándome en la cama, me prendí de él, no quería que se fuera, en cambio él… me sostuvo las manos y besó cada nudillo. ─ Estaré cerca ─ No quiero caer en letargo. Mi hermana… ─ y él me calló colocándome un dedo en mis labios. ─ Si no quieres, está bien, si sientes que puedes soportar… ─ Cuida de Wendt ─ Oliver asintió besando mi frente, se levantó y salió de la habitación cerrando la puerta con un ligero clic. Ese fue mi primer día que soporté no caer en letargo, pero fue una total incomodidad estar tumbada en la cama, luchando para no cerrar los ojos y la debilidad de un convaleciente, eso me recordó mis últimas noches en el hospital Vargas, no obstante, escuché toda la discusión que se desarrollaba en el recibidor, recalcaban cuan imprudente era mi temperamento, y era cierto, podía ser muy impulsiva, pero con tal de cuidar a mi hermana yo era capaz de eso y mucho más, sin embargo… si quería cuidarla y ejecutar bien las cosas… debía pensar diferente. Ninguna de las muchachas se atrevió a entrar, era de esperarse, temían por sus vidas.
Con mucho cuidado y esfuerzo, saqué el diario del bolsillo. ─ Mierda ─ mascullé al ver las puntas de los dedos de los guantes destrozados. Con un suspiro amargo lleno de resignación, me los quité y me dispuse a leer el diario. ¿Pueden creer que cada página que avanzaba era cada vez más horrenda que la anterior?, las cosas que describía… los… lugares, quienes… estaban inmiscuidos; ¡Dios santo!, esta gente está enferma, ¿Cómo pueden degradar la vida de un ser humano de esa manera, las peores bestias, las más depravadas y espantosas eran de la alta sociedad, y para completar, todas eran humanas, todas provenientes de familias de altas cunas, siempre manteniendo un linaje, y… y… ¿Todo por obtener el maldito suero del A.D.C.M? y no solo eso, lo celebraban como un ritual, empresas bien organizadas para segundos fines, planes llamados los cuatro jinetes, información obtenida del Vaticano, una agenda creada quinientos años después de cristo, estos precursores con sus Nafalem lo tenían todo bien cubierto, desde medicina, comercio, religiones, políticas y paren de contar. No quisiera darle largas al tema, pero es que… no hay palabras para definir todas estas atrocidades y planes tan macabros y retorcidos que solo los precursores pueden tejer, ¿Y a esto tengo que enfrentarme? ¿A esto se enfrentaba mi creador? Tal vez más adelante les cuente o les describa algunas páginas, aunque no quisiera… asustarlos con tan inquietante revelación, pero tener que descubrir que hasta los mismos políticos y… banqueros, organizaciones benéficas, todas ellas bajo un mismo fin, encontrar niños, venderlos como objetos para torturarlos, prostituirlos, para al final… matarlos; las mujeres y algunos hombres no escapaban de ello, actores, cantantes, celebridades de toda clase, aquellas personas que tanto admiran los humanos comunes. Esas celebridades estaban metidas hasta el cuello, muy pocas se metían en ello y cuando se veían expuestos o exponiendo los planes de los precursores… eran asesinados sin compasión, fingiendo accidentes, atentados, información que ponga en riesgo la reputación de alguien, para al final volverlos adictos y asesinarlos por sobredosis de drogas.
Apenas habían pasado tres horas y ya me encontraba al borde de la frustración, quería levantarme y ver a mi hermana, no podía quedarme con esta, necesitaba verla. Solo pude leer la mitad del diario, no me atrevía a seguir leyendo, su contenido perturbador me lo impedía. Tok, Tok, Tok, llamaron a la puerta. ─ Esta esencia oscura es imperdible, pero este perfume a mentas lo es más ─ pensé. ─ Pasa Eloísa ─ invité haciendo a un lado el diario. Al entrar, le di una mirada impasible, su cara se podía definir como la muerte, me escrutaba. Cerrando la puerta buscó una silla. La de mi peinadora para ser más exacto, y aun así, no decía nada. Tomó asiento y guardó silencio, estudiándome con la media luz que nos iluminaba, las pesadas cortinas, no dejaban pasar mucha o mejor dicho, casi nada, solo la necesaria. ─ ¿Desde hace cuanto no caes en letargo? ─ preguntó después de un par de buenos minutos en silencio, sopesando como entrar en conversación. ─ Es mi primer día ─ Sabes que lo que me hiciste no se olvidará así de fácil ─ ¿Quieres cobrártela?, porque esta es una buena oportunidad que no se puede dejar pasar. Pero te cuento que si me matas… la diversión se termina ─ eso capturó su atención ladeando la cabeza. ─ ¿Diversión? ─ Antes que nada, Eloísa, debo admitir que ustedes tienen razón. Mis estúpidos arranques acarrearon todo este mar de conflictos ─ acepté tirándole el diario con la poca fuerza que me quedaba, (bufido), mi intención era tirarla a sus manos, pero fue tan lastimero el intento, que solo pude llegar hasta la orilla de la cama. Eloísa estudió la cubierta sin siquiera tocarlo, me dio una mirada y… ─ Que bueno que lo reconoces, pero… ¿No es un poco tarde para admitirlo? ─ Tal vez, pero nunca es tarde para corregirme ─ ella guardó silencio y volvió su atención al libro. ─ ¿Lo leíste? ─ Si. Solo la mitad ─ ¿Qué tal? ─ Júzgalo tu ─ ella tomó el diario y abrió una página al azar. Si le impresionó el contenido, no lo demostró, simplemente pasaba una página y otra, y otra.
Silvana fue la siguiente en entrar sin siquiera pedir permiso, seguida de Oliver. Tenía todas las intenciones de formar un gran reclamo. ─ Antes de que abras la boca, tienes que leer esto ─ anunció Eloísa haciendo entrega del diario, Silvana guardó silencio lanzando miradas furiosas tanto a mi como al diario. Sin tener más opción, le arrebató el diario a Eloísa y leyó páginas al azar ─ Lo que descubrió tu padrecito, no es nada nuevo ─ ¿Eres consciente de que todo eso es…? ─ pregunté horrorizada, pero mi voz y mis fuerzas no me permitían demostrarlo, de verdad daba pena, parecía la propia moribunda. ─ Si. Lo estoy ─ admitió haciendo entrega del libro nuevamente a Eloísa. ─ ¿Aun así te puedes quedar de brazos cruzados? ─ No está en mí en tomar esas decisiones, pero debo reconocer que muchos métodos… han cambiado ─ aparté la mirada, totalmente decepcionada de Silvana, no creí que ella fuera tan… cobarde ─ Tenemos que hablar ─ ¿Cómo se le ocurre venir con aquella desfachatez? ─ pensé totalmente molesta, pero dije todo menos eso. ─ Cobarde de mierda ─ ¿Perdón? ─ Que eres una cobarde de mierda. Por lo menos mi vinculada tiene más ovarios que tu, hasta los niños tienen más bolas y ovarios que tu ─ Mira, no te permito… ─ Si me quieres matar, esta es tu oportunidad, porque no me retracto de mis palabras ─ de verdad estaba arrecha, y di gracias a ello, porque no me permitió caer en letargo. ─ ¿Cómo puedes quedarte sin hacer nada cuando vidas de millones de inocentes penden de una balanza?, un simple gesto de un precursor y todo el destino del mundo tiembla ─ (dientes apretados) No es fácil enfrentarse a un precursor. Y sabes perfectamente que para matar a uno tiene que ser por otro precursor y nadie se atreverá a dar… ─ Porque son unos cobardes de mierda. Todos ellos. Solo los cobardes hacen eso. No tienen las bolas para confrontarse. Son unos malditos mentes de pollos que se creen los dueños del mundo y de lo que hay en él ─ no podía negarlo, en verdad como que era una ley, que los Nafalem estén destinados a querer matarse por sus diferencias, porque Silvana solo podía lanzarme dagas con la mirada igual que yo a ella, sin embargo, no podía quedarme callada, no podía.
Tenía que sacarme todo esto lo que tenía en mi pecho ardiendo. ─ Y si tanto te llenas la jeta en decir que eres mi amiga, déjame decirte que no estoy para nada impresionada, me decepcionas ¿Sabes? Porque recuerdo la noche en que conociste a mi vinculada y le dijiste que tenías esperanzas de ser buenas amigas, si de verdad dijiste eso por decirlo, déjame decirte que eres una grandísima hipócrita ─ ¿Qué? ─ Eres una hipócrita, chica, y te lo digo en tu cara. Porque dices que eres mi amiga y mi aliada, pero no valoras a mi vinculada por quien es, sino por lo que es. Una simple vinculada, una herramienta que se puede reemplazar, y te lo digo de una. Te prefiero como aliada, porque como amiga te vas a morir de mengua de mi parte ─ Silvana se había quedado sin palabras, aun tenía sangre seca en su ropa, pero aun así no paraba de tensar cada músculo de su mentón y darme esa mirada afilada. ─ Te lo dije una vez. No como cara de cañón, así que tu cara te la puedes meter por el culo ─ no sabría decir si se sentía ofendida, porque no hacía nada, solo podía quedarse quieta, observándome, con sus brazos cruzados. ─ Si quieres ser mi amiga, ya sabes lo que tienes que hacer. Aceptar a mí vinculada, no como mi herramienta, ella es más que eso, es mi hermana, mi Única familia. No sé si tu creador te habrá enseñado algo al respecto, pero lo que es el valor de una familia… no lo creo, o ya olvidaste eso cuando saliste detrás de él como su perrita faldera ─ ella quiso dar un paso al frente, pero Oliver se interpuso. ─ Podré estar en su casa, pero me está faltando los respetos ─ acusaba totalmente indignada. ─ ¿Te duele que te digan la verdad? Si ese es el modo de querer alcanzar lo que ustedes llaman la Golconda… vaya método de mierda ─ Ayudé a rescatar a tu vinculada ─ Porque la viste como un recurso, no como mi hermana o una amiga. Entiéndelo ─ otro silencio se cruzó entre nosotras, aunque no sabría decir si aun existía esa tensión de querer matarnos, porque ella tenía la ventaja. Bueno, ni tanto, así Oliver perdiera delante de ella, no se la pondría fácil. ─ Solo una cosa te tengo que dar crédito y te lo tengo que reconocer. Y en tu cara, para que lo sepas ─ ella guardó silencio, tal vez esperando más ofensas de mi parte. ─ Tienes razón en decir que soy muy impulsiva, que debo pensar mejor las cosas. Que he puesto en peligro a una persona altamente valiosa para mi, y he sido muy irresponsable con mis actos ─ esa no la vio venir, porque su respuesta fue un parpadeo y nada más. ─ Y aunque no pueda remediar un pasado, tengo la solución de un futuro, pero necesito que todos estén presentes ─.
Todos guardaron silencio, ninguno se atrevió a formular pregunta alguna, sabían de antemano que no diría nada hasta que todos estuvieran presentes y como Nafalem, me lo respetaron. ─ Eloísa. Necesito saber quien fue el ilusionista que entró en la mente de mi hermana, ¿Cómo hago…? ─ Aún eres nueva, déjame hacerlo. Deshacerse de los recuerdos implantados y recuperar los recuerdos originales es como quitar un papel tapiz, algo mal hecho y destrozarás la mente de la persona. Mi sugerencia es… que si quieres algún día hacer tal cosa… es necesario que practiques con tus propios sujetos de prueba ─ eso me robó un intento fallido de sonrisa. ─ Gracias ─ No me lo agradezcas. Lo hago por Wendt. No por ti ─ con esas palabras se levantó y… ─ ¿Recuerdas los sujetos que te prometí? ─ me dio una mirada insondable sobre su hombro guardando silencio un par de latidos. ─ Luego hablamos sobre eso ─ comentó y se fue. Suspirando de alivio me acomodé en la cama, solo me quedaba un tema por concretar. ─ Silvana… tengo entendido que tu creador quiere hacerme una oferta de ochocientas piezas de oro por mil vidas ─ Después de todo lo que me has hecho y dicho… lo estoy, seriamente, considerando. No sé si deba mantener tal oferta en pie ─ Puedes quitarla desde ya, porque no voy a aceptarla ─ ¿Qué? ─ A parte de hipócrita, es sorda ─ pensé con total irritación. ─ Lo que oíste. No voy a aceptarla ─ ¿Por qué?, sabes que oportunidades como estas no se presentan por nada ─ Por eso la estoy rechazando ─. Como que la noticia no le cayó en gracia, y si tuviera las fuerzas necesarias, en ese preciso momento ya la estuviera echando a patadas de mi casa explicándole las razones por cada patada dada. Pero no. Solo podíamos vernos la una a la otra en total silencio, sopesando una réplica o un argumento o… tal vez esperaba por las razones de mi negativa. Y si no fuera por ese diario… no hubiera abierto los ojos.