Cap. 1 Remembranzas

En mi tercera noche, después de mi cena por la autopista, vagando por las calles de Caracas, cerca de la catedral de La Candelaria, me encontré con algo interesante que llamó mi atención, llenándome de recuerdos. Ver cuanto había cambiado este lugar desde aquella época… muy poco me había puesto a pensar en ello, todo era un mar de barullos, inclusive, en la noche, las calles rebosaban de vida; me senté en uno de los bancos cerca de la plaza a contemplar como la gente iba de aquí para allá sin percatarse del peligro que yacía cerca de ellos, o sea, yo.

Había quedado en encontrarme con Oliver el fin de semana y aún faltaba para ello. Apenas era martes y… ¿Qué mejor forma de pasar el tiempo que recordando como era la vida de uno antes de morir?, si, la que una vez fue mi casa ya no existe, ahora en su lugar hay una cadena de locales cerca de Catia y desde que mi hogar… creo que debo corregir eso, porque desde que morí, ese lugar dejó de ser mi hogar, pero el sentimiento queda, lo que quería decir es: que desde que mi hogar fue demolido… ya no valía la pena acercarme; mi hogar, al ser reemplazado por locales comerciales, dejó de ser importante para mi, demostrando que el tiempo avanza, inclusive, para los que están muertos. Un indigente se va acercando a mi, obligándome a romper mi meditar; frunciendo mi ceño curiosamente, veo que aún no se había percatado de mi presencia, eso es bueno, y antes de que lo haga, será mejor que me levante y me vaya, aprovecharé que ese cura abrió la puerta de la catedral para sacar la basura y así entrar, tal vez a entretenerme un poco con los adornos.

Resulta extraño que alguien como nosotros pueda pisar una iglesia, pues fíjense que si podemos, entre otras cosas, como… podemos andar en la luz del día, pero el sol nos quema como a los albinos, pero dos veces peor y más rápido, así que… es mejor prevenir que llamar la atención, pero hay veces que tomo la osadía de caminar con sombrilla abierta por las calles, solo para parecer normal, también podemos entrar a lugares santos como iglesias, cementerios y podemos entrar en hogares sin ser invitados, ¿Cómo lo sé?, ya lo he experimentado, vale incluir también, que quien me dio la sangre de mi creador, él me enseñó muchas cosas, por cierto… ¿les mencioné que él era igual que yo?... creo que no, así que… ¿Por qué no empezar mientras estoy aquí sentada viendo una enorme cruz colgando de la pared de un cristo de cerámica bien iluminado?, el lado bueno es que estoy en un punto ciego donde no pegan las cámaras de vigilancia de la catedral.

Y es irónico… ¿saben?, que nuestra especie sea catalogada como lo que es por no saber la realidad que nos distingue del resto, solo por ser… diferentes, ¡ja!, si supieran cuan devotos eran mis padres y mis abuelos a la virgen y al Jesús de Nazareno, ¡caracha negro!, ¡orgullosa de mi familia carajo!, perdón, perdón, es que los extraño mucho; hm… como venía diciendo. Y como estas personas no tienen la más mínima idea de quienes somos, simplemente lo… dejaron a criterio de los libros, dejándonos como productos de fantasía. Créanme, yo me sentí enloquecer cuando me enteré de todo, pero mi agonía no me dejaba expresarlo, y los años siguientes fueron una total locura.

Bien. La cosa es así: Nací un quince de abril de 1895, aún Juan Vicente Gómez no había alcanzado el poder. Era Joaquín Crespo Torres quien era el presidente de aquella época, pero las revueltas en el país aún eran intensas, con conflictos entre Colombia, Venezuela y Gran Bretaña. En fin, nací en Guarico, mi madre, Paula Carvajal, era una mujer fuerte, de temple como mi padre Pascual, mi crianza fue estricta, con mucha humildad y la honestidad por delante, con el típico pensar de… que todo se debe ganar honradamente con el esfuerzo y el sudor de la frente. Siendo la menor de once hermanos, fui la única que estudió y dio la cara por la familia en la universidad de la capital. Si les dijera que tenía fotografías familiares, les estaría mintiendo, pero si llegué a tener un montón de recuerdos y objetos que atesoraba. Desde que me había mudado a la capital a estudiar enfermería, los abusones nunca hicieron falta, siempre a la vuelta de la esquina había un carajo que quería pasarse de la raya, sin embargo, con las cosas que aprendí de mis padres, nunca me dejé intimidar, es decir, les daba sus buenos coñazos para que respetaran no juegue, y siempre podía contar, también, con el apoyo y la protección de buenos amigos, así que se podía decir que nunca estuve sola.

Al cabo de un par de años, comencé a trabajar en un ambulatorio como enfermera, gracias a una compañera de clases, su nombre era… era… Margarita Méndez, éramos buenas amigas, ella sabía que mi mayor sueño era conocer al doctor José Gregorio Hernández, me habían dado buenas referencias de él y ser su ayudante, para mi, hubiera sido un gran honor, pero las cosas no pasaron como se debía. Trabajé mucho tiempo en aquel ambulatorio de por aquí mismo cerca de la Candelaria y ayudaba a algunas personas por Catia cuando me sobraba algo de tiempo, y cuando el director, de aquel entonces, en el hospital Vargas, escuchó de mi, no dudó en hacerme llamar. No quería irme del ambulatorio, tenía muy buenos amigos que, con mucha alegría y tristeza a partes iguales, me hicieron una fiesta de despedida, y a la semana siguiente, me había presentado en la oficina del director del hospital a primera hora. ─ Buenos días ─ Buenos días… ¿En qué le puedo ayudar? ─ Vengo a ver al director… ─ ¿Es usted Elisa Carvajal? ─ He… si… soy yo ─ Él director la está esperando, me dijo que apenas llegue que pasara inmediatamente ─ Muchas gracias ─ le dije un tanto confusa e intrigada, pero no me hice esperar y entré. El director del hospital, un hombre recio de contextura atlética, de cabello negro y mirada profunda, con facciones de aristócrata, de unos cuarenta y tantos, me invitó a tomar asiento explicándome sus políticas y reglas, desde luego fue educado, pero dejaba ver de vez en cuando su actitud de que soy el macho aquí. Recuerden que en aquel entonces, la mujer no tenía mucha voz y voto. Me dejó muy en claro las normas y me recordó de donde había escuchado hablar de mi, desde luego estaba muy nerviosa, pero traté de no demostrarlo y no sabría decir si sentirme halagada o no, porque la forma en que me dejó claro todo, consistía que… mi trabajo era ser enfermera y ya, más de ahí no podía aspirar, que así como fui de esmerada en el ambulatorio, esperaba que fuera igual trabajando con ellos, por lo tanto, me tocó trabajar en los turnos nocturnos por ser nueva, no protesté en lo más mínimo porque me dejaba espacio y tiempo para mis estudios, y lo que me interesaba de este hospital eran sus libros de medicina, y con los que podía encontrar en la universidad, me ayudaron mucho a avanzar en mi carrera. Se podría decir que tenía los conocimientos de un doctor, pero con el título de enfermera a medias. A veces, en algunos recorridos, ayudaba a los doctores disimuladamente, como quien no quiere la cosa, en sus diagnósticos y… ellos, disimuladamente, me agradecían por la ayuda con un buen dulce, me refiero a uno casero, es lo que quiero decir, no hay nada mejor que lo tradicional. Los doctores sabían que me encantaba la jalea de mango o dulce de lechosa. ¡Ay! Mi delirio. Los higos, los besos de coco, ¡ah!, y no pueden faltar las polvorosas y las naiboas.

Algunas veces llegaba a la residencia exhausta, mi cuerpo no daba para más, pero no podía rendirme por más que se me ocurriera tirar la toalla. Allí trabajé mucho tiempo, creo que casi dos años, y con la paga que me daban en aquel hospital, pude reunir y comprar una casita pequeña como regalos para mis padres, (baja risa) convencer a papá en dejar la casa en el campo no fue tarea fácil, como dicen que loro viejo no aprende a hablar y burro amañado no aprende a fuetazos… así que la casita del campo se la dejamos a uno de mis hermanos, permitiendo que se hicieran cargo, a veces en vacaciones nos íbamos todos al campo, (suspiro) cuantos hermosos recuerdos de mi niñez, mis libros, la casita de bajareque, mis muñecas que con tanto amor mamá me las hacía y yo las dejaba bien ordenadas en una repisa rustica que papá había hecho para mi; las idas a la poza a bañarnos, oler el café todas las mañanas cuando apenas se estaba levantando el sol; era mi mamá quien le hacía el café a mi papá antes de ir a cuidar del cultivo y las gallinas. Fui feliz en mi niñez, no lo voy a negar, y en la universidad llegué a tener un novio, (risilla) claro, a espaldas de mis padres, se llamaba Federico, él era periodista y en más de una ocasión se llegó a meter en problemas por estar publicando cosas que no debía, esas eran mis infinitas discusiones con él, hasta que una mañana lo dejé de ver, Gómez ya había optado en el poder cuando pasó, se lo habían llevado a La Rotunda, una prisión para presos políticos.

─ ¿Buenas noches? ─. Alguien había dicho, haciendo eco la pregunta por toda la iglesia, rompiendo mi ensoñación, miré a varias direcciones y pude ver a un sacerdote en franela blanca y pantalones casuales, pensé que todos estaban dormidos, pero veo que no, así que me levanté haciéndome la señal de la cruz y me quedé donde estaba. Entre las sombras. El sacerdote, poco a poco se fue acercando a pasos cautelosos. ─ ¿Qué hace aquí?, ¿Cómo hizo para entrar? ─ preguntó un tanto desconfiado y temeroso, y honestamente yo no tenía excusa valedera, así que levanté mis manos en un gesto de no querer problemas y… ─ Solo quería un lugar donde pasar la noche ─ aclaré, el anciano estrechó su mirada en mi, no sopesando mis palabras, sino como considerando si debía aceptar mi excusa o no y darme cobijo. ─ Lo siento, señorita, pero… no puede quedarse, lo siento de verdad ─ sus palabras me hicieron sonreír internamente, me recordaron esa noche, noche cuando lo conocí, pero no es momento de aclarar esa parte, aún no, así que asentí y pregunté: ─ ¿Dónde está la salida? ─. El anciano sacerdote me escoltó amablemente hasta una salida lateral, excusándose una vez más y pude entenderle perfectamente. ─ Pero si desea puede venir mañana, serviremos desayunos ─ ofreció con una cálida sonrisa, volví asentir correspondiéndole la sonrisa y comentó: ─ Usted no es de por aquí ─ No… bueno sí… solía vivir no muy lejos de aquí y… ─ Me refiero a que no es una persona que vive en la calle ─ aclaró señalando a uno de los indigentes de la plaza, y eso hizo reformularme la pregunta, ¿Cómo haría para explicarle que en cierta forma soy así?, a decir verdad, no tan al extremo, pero no podía ya que mis ropas eran de fina calidad y bien cuidadas, aunque toda de negro, mis botas con hebillas plateadas de talle alto, pantalones ajustados, playera sin estampar y una chaqueta de cuero con capucha mullida, también llevaba guantes y mi cabello negro en suaves rizos enmarcando mi rostro. ─ Y para ser una noche calurosa, vas muy abrigada ─ ¿Qué puedo decir?... soy muy friolenta, y… perdóneme padre, no quería meterle en problemas ─ No te preocupes, hija, pero mantengo mi invitación a que vengas al desayuno el día de mañana, veo que no estas comiendo muy bien, te veo muy pálida ─ Tiene razón, padre, no como muy bien. No desde hace mucho ─ ¿Problemas familiares? ─ (media sonrisa) Uy, padre, uno muy grande ─ Estoy seguro que si hablas con ellos te escucharán. Rezaré para que así sea ─ Eso espero padre… y muchas gracias, que pase buenas noches ─ dije subiéndome la capucha y metía las manos en los bolsillos, perdiéndome en la oscuridad de entre las calles.

Vagué un par de cuadras más hasta llegar al hospital Vargas, tenía un enorme candado en su gran verja impidiendo el paso, pero tenía libre acceso para los casos de emergencia. Cuanto había cambiado. Suspiré el aroma a desinfectante, del antiséptico y entré. Desde luego el olor a sangre inundó mis sentidos hasta hacerme agua la boca, parpadeé un par de veces apartando tal sensación de mi y pude ver en varios lugares y rincones que tenían cámaras de vigilancia, que curioso, la delincuencia es un gran problema hoy en día. Me senté en la sala de espera, tomé una revista y me crucé de piernas, no pude evitar que mi mente viajara una vez más al pasado, ver como todo volvía a la época, donde me encontraba sentada en la recepción, inundada en libros. Una noche que pensé que era como cualquier otra, los grillitos con su cri, cri constante, las otras enfermeras siempre charlando de cualquier cosa, que si el doctor fulano de tal estaba buenísimo, que la hija de no sé quien se enfermó de viruela y a veces me lanzaban críticas ya que siempre estaba leyendo o estudiando, muy poco entablaba conversaciones con mis compañeras, mayormente solo hablaba con una de ellas, se llamaba Marisela, se había vuelto una buena amiga y me había enseñado los trucos para no meterme en problemas, mientras que las otras enfermeras me instaban a cometerlos para ganarme un regaño seguro. En las horas de comida, me mostraba un poco más social con mis compañeras y con los enfermos. Ellos principalmente me daban un poco de tristeza, tenía que siempre sonreírles mientras hacía mi trabajo, darles las esperanzas de que se curarían y volverían con sus familias, pero otros… tenía que obligarme a sonreír, aunque fuera una mentira, el tener que decirles que nunca más volverían a ver a sus familias me daba un inmenso dolor.

Algunos ya sabían la verdad sobre sus condiciones, y eso… me hacia querer… llorar, porque esos pacientes eran mucho más amables y cariñosos y por ese simple hecho te preguntabas: ¿Por qué gente tan buena tenía que morir?, nunca supe la respuesta, porque ninguno de ellos tuvo la suerte que yo tuve.

Esa misma noche, cuando trabajaba en este hospital, mis compañeras tomaban un descanso en el cuarto de los empleados, quedándome sola en la recepción, concentrada en mis deberes de la universidad, pensando en que esa noche sería como cualquier otra, cuidar a los pacientes, estar atenta a sus medicinas, hacer rondas y rellenar expedientes, si, otra noche más, solo el silencio nocturnal y algunas lámparas de aceite me hacían compañía, la noche perfecta para enfrascarme en mis deberes de la universidad, pero esa misma noche, algo… no iba bien, no encajaba, porque ese algo en particular me llamó la atención; una sombra pasó a mi lado a una velocidad increíble, que no pude ver bien lo que había sido, pensé que era el celaje de un murciélago volar, y el pasar de aquella sombra, fue seguido de un ruido, como… si alguien se hubiese tropezado con una camilla al final del pasillo, así que levanté la mirada de lo que estaba haciendo y… ─ ¿Hola? ─ pregunté mientras escaneaba el silencioso corredor que yacía delante de mi y solo el silencio de la noche me contestó, me puse en pie y… fue extraño porque tenía curiosidad de saber que había sido eso, pero mis pies no respondían, algo me decía con ferviente insistencia que debía quedarme allí, que no dejara mi puesto. ─ ¿Aureliano?, ¿Eres tu? ─ nada, más silencio me contestó. ─ ¿Me llamabas? ─. El susto que recibí fue de Dios padre, el gritillo y el respingo que di casi me hicieron volar, así que me abracé a mi misma mientras jugaba con un dije de una virgen que llevaba en mi cuello, tratando de calmar mis nervios y el susto. ─ ¿Ocurre algo? ─ Creí… creí haber visto algo ─ contesté algo inquieta observando en dicha dirección, donde había provenido aquel extraño ruido, tragué con dificultad y Aureliano pudo notar que estaba asustada, así que… no le quedó de otra que ir a revisar, pero le dije que no, que se quedara conmigo; se me quedó mirando un rato, como extrañado y confundido, luego se encogió de hombros y pasamos la noche conversando de cualquier cosa hasta que por fin pude calmarme y sentirme más tranquila, preparé café y allí amanecimos hasta que fue hora de entregar mi turno.

Me moría de sueño cuando llegué a la universidad, me tocaba un examen práctico con referente a los nuevos casos de una extraña gripe que empezó a brotar en otros pueblos, pero por más que quisiese una cama para descansar, no podía, no podía perderme este examen, así que antes de entrar a clases, fui a la cafetería y pedí un buen café cerrero bien cargado, y mientras esperaba, detrás de mi se paró un sacerdote. ─ ¿Desea algo, señor? ─ preguntó la joven que atendía en el comedor, y él pidió un café igual, lo miré de reojo y no pude evitar estudiarlo de arriba abajo, no por menospreciarlo, es que de verdad era un colirio para la vista, hombros anchos, cabello negro liso bien cuidado, mentón firme, nariz perfectamente perfilada, labios rectos, suaves y firmes, ojos negros, tenía el porte de un militar para ser sacerdote, ¡¿Pero en qué estoy pensando?!, si para en ese entonces yo tenía novio y teníamos esperanzas de casarnos, pero él me sonrió y no sé porqué carajo sentí un calor subir hasta mi rostro, pero viendo a este sacerdote sonreírme en la forma en que lo hizo… ¡Santo padre!, agárreme confesada. Mi café fue servido y le correspondí la sonrisa disimuladamente, dándole un sorbo a mi café desvié la mirada, no fuera a pensar que le quisiera coquetear, ¿Qué podía hacer?, yo tenía novio y… eso me puso a pensar. No me dejaban verlo por nada del mundo y cuando preguntaba toda angustiada por él, todos me daban evasivas, tal vez la cosa si era bien seria, después de todo, creo que debí hacerme a la idea de que no lo volvería a ver nunca más, porque en esos días, llegué a oír rumores de que el general Gómez había dado la orden de ejecutar a todo aquel revoltoso que quisiera poner en tela de juicio su forma de llevar las riendas de su gobierno, y por ese pensar, tuve que tragarme mi dolor, mis preocupaciones y hasta mis esperanzas.

Me aferré a mis carpetas, me di media vuelta y… ¡Santo Dios!, que desastre hice, me había tropezado con el sacerdote. ─ Perdone, no lo vi… (risilla apenada) que tonta soy, Dios mío, casi le arruino la ropa ─ decía atropelladamente, excusándome con el sacerdote, en cambio él se disculpó y no sabía porqué si la apendejada fui yo en no fijarme. Todas mis carpetas, libros y cuadernos yacían regados por todo el piso y él se agachó a recogerlos, inclusive, el simple hecho de tomar mis cosas del piso, se veía elegante y… ¿Qué me pasa?, no debería estar pensando en estas cosas cuando debía preocuparme por Federico, así que busqué rápido palabras en mi mente para agradecerle y disculparme una vez más y él… solo asintió con aquella sonrisa y me fui a toda prisa sonrojándome como una niña idiota y enamoradiza.

El vibrar de mi celular me trajo a la realidad, era un mensaje de mi guía avisándome que no tardaría en llegar, que nuestros planes no cambiarían y que todo seguiría igual, eso quería decir que nuestro encuentro para el fin de semana aún seguía en pie y que nuestro punto de encuentro sería en un club nocturno cerca de la plaza Bolívar, suspiré profundamente y guardé mi celular, acomodé mi cabello por detrás de mis oídos y una noticia me llamó la atención, un periódico de hace tres días mostraba una información en uno de sus encabezados. Tomé el diario y me dispuse a leer, era la masacre que había hecho en la autopista, en la cota 905, sonreí para mis adentros cuando vi que dos de las cinco víctimas eran delincuentes solicitados por la justicia, bien, era una pena para los otros tres idiotas el querer jugar a ser chicos malos. Terminé de leer el artículo cuando vi la hora en el reloj de pared, iban a ser las cuatro de la mañana, supongo que ya es hora de buscar un buen refugio y creo saber donde encontrarlo.

Caminé por las calles hasta encontrarme en la plaza Bolívar y eso me trajo un mar de recuerdos, todos mezclados, salidas con mis padres, con mi novio a escondidas de mi padre, disimulando ser solo amigos, (risilla) cuan tonta me sentía y cuan enamorada estaba, no sabía que me gustaba más de Federico, si su intelecto o su pasión por ser reportero de un diario que se llamaba el Heraldo en ese entonces, charlas sinfín con mis compañeras de clases y amistades del hospital, era como ver flashes fantasmas de recuerdos casi olvidados. Di vueltas sobre mis pies contemplando cada uno de ellos hasta quedar delante de la estatua, una estatua hecha de bronce de Simón Bolívar cabalgando en su caballo, si la gente supiera cuan complicado fue traer esa estatua hasta aquí, lo considerarían de otra forma sabiendo su significado y no tenerlo como un simple adorno icónico. El cantar de algunas aves madrugadoras me pusieron en sobre aviso, que el sol ya pronto aparecería y no quería achicharrarme por un extra bronceado, suspiré y me despedí de la estatua enfilándome para mi escondite.

Este lugar si que es un verdadero inframundo y eso que es el tercer sótano de las torres de Parque Central, pero no era el lugar que buscaba, iría más abajo, al cuarto y quinto sótano, allí nadie se atrevía a entrar, no solo era por el calor, este lugar encierra muchas historias oscuras la cual nadie se atrevía a aventurarse para ver si era verdad y ¡Puff! La fetidez como que da la veracidad a esos rumores, apestaba a mil rayos para no decir que olía a culo.

Y allí estaba yo, delante de una gran puerta con un enorme candado que, al parecer, después que se cerró, alguien tiró la llave para nunca más pudiera abrirse, sopesé su resistencia con un par de tirones y… el metal protestó hasta que el candado cedió y abrió; tiré el candado a un lado, pero dejé las cadenas, abrí y me encerré hasta la próxima noche, recorrí con la mirada el oscuro lugar, ni un solo atisbo de luz, pero no era problema para mi, podía ver perfectamente, colchones viejos, ropas olvidadas desde hace muchos, muchos años, posiblemente aquí hay cuerpos también que quisieron que fueran olvidados y… si, me encontré con un fémur o parte de uno. Escaneé el sótano con más detenimiento por si había alguien más, y no, nadie más aquí, solo las ratas, tuberías con filtraciones, el terrible aroma a humedad, a mierda y yo, así que armé unos cartones y allí me tendí, cerré mis ojos y allí me quedé, no soñé, simplemente cerré mis ojos pensando en nada en particular y al cabo de un par de minutos, todo quedó en negro.