Cap. 2 Una charla entretenida

Siento que mis fuerzas vuelven, que mis sentidos se activan, más fuertes, más revitalizados y con ellos el hambre. ¡Mierda!, si hubiera alguna forma de hacer que mi hambre aguantase un poco más; si me pongo en evidencia todo se echaría a perder y nuestro único escondite se arruinaría; no digo este horrible agujero, me refiero al país entero, nadie tiene conciencia de nosotros, ni mucho menos lo que somos, todos se encuentran sumergidos entre sus mundos llenos de frivolidades y pendejadas. Busqué ideas para alimentarme y simplemente me fui por lo más obvio y que me había funcionado hasta ahora, es decir, que mi plan era volver a la autopista o tal vez traer un par de imbéciles hasta aquí para merendar y luego desaparecer, como de costumbre, el tener que buscar delincuentes era mi mejor opción, nadie los extrañaría.

El tintinear de las cadenas llamaron mi atención, obligando a mis sentidos expandirse para ver quien se había atrevido a cometer tal estupidez, espero que la presa valga la pena, porque esta hambre…

Susurros y pasos arrastrados hacían eco entre el silencio y la mugre, provocando que las ratas salieran chillando totalmente espantadas, los corazones impacientes de ser aventureros o impacientes por ser idiotas, les daba el impulso y la valentía de adentrarse a lo desconocido. ¿Pero qué…? estas emociones y la exaltación de sus cuerpos no era debido al miedo, estaban… excitados, ¿acaso son tan… idiotas en pensar que esto es una clase de hotel? Los besos y el frotar de los cuerpos deseosos llegaron a mis oídos y nariz, activando en mí esa sensación de cazar, así que en total silencio me convertí en la oscuridad que los abrigaba; guardando silencio me quedé escuchando para saber por qué estaban tan… emocionados.

─ Tranquila vale… relájate que aquí no hay nadie ─ Coño papi, no sé porque carajo no me llevaste para un hotel para hacerlo bien rico, y yo con unas ganas de tirar que tengo contigo ─ Shhh, nada, mami, con las ganas me conformo, que el lugar es lo de menos. Tú tranquila que yo hago todo y te lo voy hacer bien rico ─ Dale pues, rapidito ─.

Una maldita rata en su huir, tropezó una lata que la hizo rodar, haciendo que mis presas, por lo menos la mujer, se pusiera en alerta. ─ ¿Qué fue eso? ─ preguntó apartándose un poco de su apasionado persistente, pero este parecía no importarle, y desde luego a ella ya no le interesaba en pasarla “rico” porque ahora su latir había cambiado al miedo y la cautela. Ella quiso detenerse y tratar de convencerlo, de buscar un mejor lugar, pero él no quería, por lo tanto, trató de obligarla y eso si no lo podía permitir, y para ello, lo único que se me ocurrió fue gruñir un poco y hacer brillar mis ojos, quiero decir que ellos lo vieran amenazadores y demoníacos. Lo bueno de ser un Errante es que somos buenos ilusionistas. Porque el truco funcionó y ambos salieron totalmente aterrados, ella se enfiló a la carrera y él trató por todos los medios de correr mientras se subía los pantalones.

Ya despejado el camino, me dispuse a sacudirme un poco el polvo de mi trasero y salir de aquel agujero, lo que lamento es no haber asistido a aquel desayuno, porque el padrecito me caía bien, pero… debía encontrar algo de comer primero o esto se saldría de control y no era la idea, no quería que se repitiera lo que sucedió el día en que desperté en el Cementerio general del sur. Saqué mi teléfono y vi la hora, 6:47 PM. Para luego es tarde.

Otra vez a la rutina de ir hasta un lugar apartado, donde huela a peligro y delincuentes, cuando en realidad son muchos lugares, pero ya tenía en visto varios, y uno de ellos era pasar una cuadra antes de la avenida de Bellas Artes, por donde está la principal telefónica nacional, allí es un hervidero de indigentes y posibles ladronzuelos adictos con ganas de jugarse la vida por un poco de dinero para sus vicios, y en efecto, allí habían unos cuantos, pero lo malo es que no podía hacer la gran cosa allí, porque llamaría mucho la atención, a menos…

Decidí esperar un poco, hasta que la oscuridad de la noche reclamara su lugar y que los animales nocturnos salieran a danzar entre la penumbra, vagué un poco hasta que volví a caer en el mismo punto y observé a varios indigentes tratando de hacer la cena en un bidón de aceite de latón vacío, y vaya linda sorpresita, encontré uno orinando en un rincón, bajando unas escaleras, podía observar que estaba armado con un cuchillo; en silencio bajé, sin que los otros se dieran cuenta, me posicioné detrás de él y con total sigilo me acerqué, preparé mis garras y lo tomé totalmente desprevenido usando una de mis uñas como cuchillo en su garganta. ─ ¿No me esperabas? ─ le susurré y el muy pendejo trató de forcejear para liberarse, pero no lo dejé, porque destajé su cuello sin siquiera pensarlo dos veces y para no perder más tiempo, me dispuse a beber de él.

¡Pero que asco!, esta sangre sabe horrible, me producía nauseas, no tuve más remedio que apoyarme de la pared y vomitarla, él muy idiota estaba enfermo, tenía algo en la sangre que lo hacía repugnante. Miré el cuerpo como yacía tendido delante de mí desangrándose mientras boqueaba por una pizca de aire, me acuclillé para estudiarlo más, con dos dedos froté la asquerosa sangre y la olfateé, vi el cuerpo y lo entendí, el muy maricón tenía sida; más ganas de vomitar me dieron y no pude evitarlo, me sentía indignada, estafada, cargaba la arrechera del año. Esta es otra ventaja de ser un Errante, no puedes enfermarte con nada, pero solo con pensar en ello y saber la suerte que tienes de ser uno, me daba por imaginar lo que hubiera pasado si el caso fuera al contrario, como una idiota ya estaría infectada por no haber visto bien a mi presa, (dientes apretados) carajo, parezco novata. Será mejor que busque algo con que lavarme la boca para quitarme este mal sabor y buscar como coño comer bien antes de que el hambre sea incontrolable.

Ojala todo fuera como en algunas películas de vampiros, que se puede entrar en los bancos de sangre y sacar una gran cantidad de bolsas y nadie se da cuenta, porque lo que si es cierto es que ninguno de nosotros posee huellas, esa es la buena noticia, pero… ¿Cómo ocultarnos delante de las cámaras?, ninguno de nosotros posee facultades para volverse neblina y esas tonterías que dicen los libros, porque todo lo que relatan es simbolismo; tal vez algún día haga algo al respecto. Volví a mirar el cuerpo y sentí por un momento el impulso de volver a vomitar, miré a ambas direcciones y como no vi nada que me comprometiera, me fui rápidamente camuflándome con la oscuridad.

Espero que mi guía haya tenido éxito con lo encomendado y por lo que veo si, aún seguía el plan de encontrarnos el fin de semana aquí mismo en la capital. Caminando nuevamente por las intrincadas calles de Caracas, fui a parar a Parque Miranda, eran las 8:00PM cuando llegué, y entre las sombras, pude ver con intriga que cuatro jóvenes trataban de saltar el cercado, miré a ambas direcciones y no divisé cámaras de seguridad por ningún lado, genial, hora de comer.

Entre las sombras, los seguí a un lugar apartado, bajo el abrigo de varios árboles y a pocos metros del observatorio, noté que tenían toda la intención de… ¿fumar?, no creo que se quieran arriesgar tanto solo para ponerse a fumar hierba en un lugar como este, así que agazapada en mi escondite me quedé observando; y en efecto, mis sospechas eran ciertas, ellos esperaban a alguien, porque a los pocos minutos aparecieron otras personas más, y no podía ser mejor, pero cuando los pude ver bien me quedé anonadada, eran los mismos guardias del parque quienes se acercaban y en vez de sacarlos, se quedaron con ellos a fumar y a… ¿comprarles mercancías?, ¿drogas?, mi gruñir fue bajo y amenazador, por suerte no me oyeron, pero en mi bullía la ira y la decepción, ¿Dónde coño tenían el sentido patriótico?, eso era ofender el uniforme y toda esa mierda a los que ellos juran defender, no me hice esperar y salí de mi escondite como si paseara de lo más tranquila como un día normal. Uno de los guardias me prestó atención y… ─ Buenas noches, ciudadana, no puede estar aquí. ¿Cómo entró? ─ le miré y le sonreí. ─ ¿Quién lo dice? ─ pregunté muy curiosamente. ─ No soy de por aquí, y tenía curiosidad. Me dijeron que había un pozo con pirañas ─ agregué con cierta inocencia y todos cruzaron miradas, uno me tomó por el codo y me dijo: ─ Acompáñenos ─ ¿Y ellos? ─ señalé con la barbilla, los cuatro jóvenes se levantaron y pude ver que uno de ellos portaba un arma. ─ Ellos están autorizados ─ aclaró uno. ─ ¿Son guardias al igual que ustedes? ─ pregunté, aún con mi mejor y fingida cara de inocencia mientras que el guardia trataba de jalonearme, pero no podía moverme del sitio. ─ No es problema suyo ─ contestó bruscamente tirando de mi con más fuerza, así que me solté de un tirón, el muy idiota cayó de bruces al suelo y todos se pusieron en alerta sacando sus armas.

─ Esto es lo que pienso ─ dije apoyando mi peso en una pierna. ─ Ustedes son unos payasos con uniformes que compran sus drogas, así que son sus putas y ellos los están comprando para hacer sus negocios sucios aquí ─ uno no aguantó más y quiso golpearme, pero fui más rápida y usando su mano, se la torcí aplicando una llave quedando detrás de él usándolo como un escudo y le susurré al oído: ─ Escúchame, niño, vas a tomar tu arma y les vas a disparar a todos cuando te lo indique y ellos no se moverán. Lo harás porque yo lo digo y punto ─ lo liberé y dije encontrándome con las miradas de todos: ─ Que nadie se mueva ─ y todos con miradas vidriosas se quedaron como estatuas, sonreí mostrando mis colmillo en triunfo y uno de ellos intentó moverse, pude percibir su terror, pero no podía, se lo había ordenado, miré mis guantes y me percaté frunciendo mi ceño en desagrado que mis guantes tenían unos huecos en las puntas de los dedos. ─ Mierda ─ farfullé, acordándome que fue en el momento que degollé al idiota con sida. Hice una mueca de grima ante aquel recuerdo y me enfoqué en mis nuevas víctimas, volví a sonreír. ─ ¿Qué esperas?, mátalos ─ el guardia sacó su arma reglamentaria y les disparó a cada uno de ellos en la cabeza.

El guardia temblaba, su miedo era evidente, eso me hizo sonreír aún más mientras contemplaba mi obra, le di una mirada a mi colaborador con ojos oscurecidos y le dije: ─ Bien hecho ─ ronroneé; comencé a rodearle mientras deslizaba seductoramente un dedo por su cuello y hombros. ─ Muy bien hecho ─ repetí parándome delante de él y cuando nuestras miradas se encontraron… ─ No temas, tu premio será satisfactorio, pero necesito que hagas algo por mi primero ─ hurgué entre los cuerpos y encontré un bolígrafo en uno, del otro cuerpo saqué papel y le insté a escribir su crimen. El soldado obedeció con mano temblorosa. Una vez terminado, le susurré muy cerca del oído: ─ Relájate, esto te encantará, es más, mi mordida te hará viajar a los confines del placer ─ y cuando lo mordí, él muy imbécil se relajó al punto del éxtasis mientras lo drenaba.

Otro punto que aclarar, no somos como aquellos estúpidos que aparecen en los libros, que cuando mordemos, lamemos la herida para que sanen rápido y no dejar huellas o tenemos que beber en pequeñas cantidades para no matar nuestras presas tan rápido y que nuestros estómagos no pueden soportar tanta cantidad, al contrario, una vez mordida la yugular, debemos matarlos completamente, sería un desperdicio dejar perder toda esa sangre, por lo menos yo lo veo así, no me gusta desperdiciar. Y mientras dejaba a mi soldado complacido en mi mordida, yo me iba quitando el mal sabor de boca, debía darme prisa o más guardias vendrían a ver lo que había pasado.

Que bien se siente comer bien, y para ocultar la falta, extendí mi uña y lo degollé, ocultando ambos puntos de mi mordida. Y ya que estoy satisfecha… aprovecharé de ir a la catedral otra vez, o a lo mejor iré a la universidad, quien sabe lo que pueda encontrarme allí.

Lo malo de ser una Errante, es que le estoy haciendo un servicio comunitario a la sociedad y no recibo nada a cambio, podría decir que mis servicios son algo así como… sin fines de lucro. Bueno… pensándolo mejor, si saco algo a cambio, una buena comida, y al recordar todo aquello, no pude evitar repetir el delicioso sabor de la sangre de mis presas en mi boca. Caminando por uno de los bulevares, me detuve un momento, olí la manga de mi chaqueta y volví a estudiar mis guantes, ¡que asco!, creo que será mejor ir a mi apartamento y darme un buen baño y cambiarme de ropa. ─ Apesta ─ pensé mientras le daba otra olfateada a la manga y arrugaba la nariz por el mal olor, si, definitivamente será mejor ir a darme un baño y deshacerme de esto; y si se están preguntando por qué me oculté en un sótano, es muy fácil. Por precaución. Nunca se sabe quien me podría estar siguiendo, y el hecho de estar en un país que nos ignora por completo, no significa que estemos totalmente a salvo. Desde que fui convertida, mi guía me explicó que detrás del mundo hay un mundo donde tenemos enemigos. No son licántropos, no son pendejos con síndrome de Van Hellsing, son Errantes iguales a mi, pero estos son más poderosos, mucho más antiguos, se hacen llamar maestros antiguos, Nafalem y precursores, y quieren conservar el poder a como de lugar, enemigos que son los que de verdad manipulan el mundo desde las sombras, poderosos que se alimentan del más débil, y más los tendré cuando empiece a correr mi plan para encontrar a mi creador, solo espero que el mundo esté preparado para cuando eso ocurra.

Mi lugar sagrado, mi escondite, es una residencia que quedaba en lo más alto de un lugar llamado el Junquito, el nombre del conjunto residencial es Brisas del Ávila, prácticamente la residencia se encontraba en lo alto de una montaña, el frío y la neblina era una imagen espectacular, para llegar a allá se necesita ir en auto, pero eso para mi no era problema, gracias al cielo que los taxis no contaban con taxímetro, o sino me vería en un gran aprieto, pero no crean que me gusta viajar de gratis, aunque con el truquito me vendría bien, pero no soy tan mala, no con alguien que se quiere ganar el pan de cada día.

Una vez llegado al conjunto residencial, subí un par de pisos, y al llegar, dejé que el silencio del lugar me embargara, me encantaba este sitio, el silencio era lo que más apreciaba y si era en la noche, era mejor que mejor. Bien, ya una vez en mi santuario, me dispuse a darme mi buena ducha, y si me preguntan como hice con los vigilantes, ellos no fueron un problema, soy copropietaria de uno de los apartamentos y una de las dueñas del conjunto completo, solo que… debía mantener un perfil bajo y no abrir mucho la boca, con que sepan que soy una simple residente es más que suficiente.

Encendí el enorme televisor pantalla plana a un volumen moderado, para escuchar las noticias mientras buscaba la toalla y algo de ropa después de haber tirado la otra a la basura hecha jirones por mis garras, vi la hora y aún no eran ni las 10:00PM, por lo menos la noche prometía ser larga. Tomé mi ducha, me cambié y llamé un taxi, la cual, no duró no más que veinte minutos en llegar. Abordando el taxi, le indiqué un lugar céntrico. Me mantuve en silencio contemplando el panorama y comparaba el antes con el ahora, era como ver dos imágenes, una al lado de la otra, retándote descaradamente a encontrar las siete diferencias. ─ Ya llegamos, señorita ─ me indicó el taxista, un hombre flaco, moreno ojos negros, de cabello extremadamente rizado, digamos que en términos venezolanos le dicen chicharrones o pelo malo. Le sonreí y le pagué. ─ Conserva el cambio ─ le dije entregándole un billete de cien dólares, el taxista se me quedó mirando totalmente asombrado; como que no se esperaba tanto en una noche, así que cuando me bajé, él mismo no dudó en ofrecerse en ser mi chofer personal. ─ (baja risa) Lo consideraré ─ le contesté y enseguida me dio su número en un trozo de papel, lo tomé y lo leí, tenía por nombre… ¿Pecheche?, ¿Quién coño se hace llamar Pecheche?, en fin, no importa, levanté la mirada y le dije señalándolo con el mismo trozo de papel: ─ Ni una palabra, esto queda entre usted y yo, ¿De acuerdo? ─ el taxista asintió ante la única condición estando totalmente de acuerdo. Una vez ido, respiré profundamente el aire nocturno y me enfilé a mi destino, llevaba un chal negro de satén, pantalones ajustados tipo pescadores, zapatillas y una blusa sin mangas con botones nacarados, todo haciendo juego en color negro. Pude contemplar, mientras caminaba por las avenidas del Capitolio, la gran cantidad de puestos de comida, el olor a perros calientes y a hamburguesas inundaban mis fosas nasales, el aroma prometía ser un buen banquete y ver a estas personas degustarlas me provocaba hacer lo mismo, pero en mi caso… no valía la pena intentarlo.

Caminé y caminé hasta llegar otra vez a la Candelaria, y… (Sonrisa irónica) que interesante. Unos hombres siguiendo a una joven pareja, y por lo que veo, sus intenciones no eran para nada buenas, ¿otro servicio social? Me debatí por un momento si debía intervenir o no. ¿Pero qué coño?, son gente que quiere pasar un momento agradable y esta escoria quiere joderlo todo. Y en efecto, fueron encañonados y llevados a un rincón oscuro, un par de cuadras al norte para despojarlos de sus pertenencias, ella estaba aterrada, el joven quería hacer algo, pero intentarlo le costaría la vida a él o a ella. ─ Buenas noches, caballeros ─ dije acercándome silenciosamente como si los asaltantes no estuvieran armados y solo fuera un encuentro casual, estos se giraron rápidamente y no dudaron en apuntarme, pero ya era tarde para ellos, ya había despachado a dos rompiendo sus cuellos y al tercero lo arrinconé a golpes y cachetadas, cuando lo tenía cara a cara con la nariz partida y sangrante, hice brillar mis ojos, mostré mis colmillos y este se orinó los pantalones. (bufido) Tremendo asaltante, después se andan llenando la boca diciendo a los cuatro vientos, “yo lo que soy es hampa”, y por ello no dudé un instante en partirle el cuello también. Para mi punto de vista, los delincuentes son gente que no merecen vivir si solo existen para hacerles daño a los demás.

La pareja no podía moverse, aún seguían aterrados, aunque aplaudí el intento vano de su valentía, porque seguía escudando a su amada novia. ─ ¿Se encuentran bien? ─ pregunté, él asintió y ella solo podía mirarme tanto asustada como asombrada a partes iguales. ─ Co, co, co, ¿Cómo hizo eso? ─ ¿Hacer qué? ─ pregunté ladeando mi cabeza con cierta curiosidad, pero el joven solo boqueaba como un pez señalando a todos los cuerpos. Supongo que… lo que le asombraba era que cuando todos giraron, ninguno se movió dejando que les partiera el cuello como si nada, sin oponer resistencia o tal vez ellos también se vieron afectados y solo vieron flashes de mi moviéndome a una velocidad sobrenatural, eso era en lo que no me podía decidir. ─ Simple, vi que les querían hacer daño y les ayudé, así que… de nada. Y si me disculpan ─ dije alejándome de ellos agitando mis dedos delicadamente en un gesto de despedida, pero aún seguían viéndome como si no fuera de este mundo.

A decir verdad, ya no soy de este mundo, pero… ¡que descuidada!, me di media vuelta con sonrisa inocente plasmada en mis labios y ellos aún seguían allí… mirándome aterrados. Me acerqué y les dije: ─ No se muevan ─ para luego estudiar los cuerpos tendidos delante de mí, consideré muchas opciones, y opté una por lo más creíble. Tomé las armas de los asaltantes y les disparé, haciendo ver una riña entre cómplices y los coloqué en una posición donde demostraba que en su caer, al recibir el disparo, se partieron sus cuellos, y una vez terminado todo… ─ Olviden mi rostro, nunca me han visto, lo que pasó aquí fue una riña entre delincuentes y ustedes salieron milagrosamente sanos y salvo. Ahora, largo de aquí ─ y no dudaron en salir despavoridos a la carrera.

Suspiré profundamente ante la buena acción del día o de la noche según mi caso; no podía ser mejor, sacié mi hambre, salvé a unos inocentes y limpié el mundo de la basura. Creo que es suficiente por ahora, creo que es hora de irme a casa y creo que me gané el derecho de sentarme un rato a ver la tele o a ver como van las ganancias del día. Saqué de mi bolsillo el número de… “Pecheche”, (risas) no puedo evitarlo, es gracioso, y mientras marcaba su número, caminé por las calles y me encontré en una feria de comida cerca de la Hoyada y que bien encontrarme con gente agradable, era el padrecito de la catedral, parecía estar con niños que podrían ser sus nietos, pero… ¿no es un poco tarde para el ancianito?, no importa, mejor mi noche no podía ser.

─ Hola, padre ─ saludé cálidamente guardando mi celular y el trozo de papel al acercarme, este levantó la mirada un tanto intrigado por quien lo había saludado, cuando me reconoció, amplió su sonrisa y me correspondió el saludo, él se comía una cachapa de hoja bien resuelto y medio litro de jugo, me invitó a sentarme y me presentó a sus nietos, era una noche en familia, eso me sorprendió, y me explicó que antes de ser cura, él se había casado y tenido hijos a muy temprana edad, asentí comprensivamente y continuamos nuestra charla alegremente. ─ Me quedé esperando a que aparecieras para el desayuno ─ Lo siento, padre, se me hizo complicado llegar, usted sabe… el trabajo y esas cosas ─ No importa, otro día será, lo que es importante es saber que estás bien ─ Así es ─ ¿Has arreglado por fin tus problemas familiares? ─ Hm… estoy trabajando en ello ─ Tengo fe en que lograrás llegar a un acuerdo y se llevarán todos bien ─ Así será padre, así será ─ ¿Tienes hambre? ─ ¿Ah? ─ ¿Quieres comer algo? ─ creo que su interrogante era debido a que yo no despegaba ojo del menú y como preparaban las hamburguesas, ¿Qué podía decir?, solo una respuesta se me ocurrió y era lo más viable. ─ No, no, no… no se moleste. No hace mucho que comí y estoy más que satisfecha ─ Es bueno saberlo, pero permíteme, aunque sea, brindarte una bebida ─ Una malta ─ admití y el padre solicitó la bebida, no dudaron en traerla, le di un par de sorbos y continuamos con nuestra agradable conversación. ─ ¿Usas lentes de contacto? ─. Preguntó la nieta, su nombre era Jazmín, piel morena clara, ojos cafés y cabello castaño, no pasaba de los catorce años, así que le sonreí ante su pregunta y le contesté: ─ Si… uso lentes de contacto ─ Pero no son esos de colores ─ No, no me gustan ─ ¿Tienes problemas de la vista? ─ preguntó el más pequeño, su nombre era Jhonder, cabello negro, ojos cafés igual que su hermana y no pasaba de los siete, el padrecito le reprendió con la mirada, pero le resté importancia, amplié mi sonrisa y le contesté: ─ Un poquito, si ─.

Los padres de los pequeños no tardaron mucho en llegar con el resto de sus pedidos y le pidieron al padrecito que me presentara. ─ Me llamo Elisa ─ dije cuando el padrecito me señaló tratando de recordar mi nombre, es gracioso, porque nunca se lo mencioné. ─ ¿Cuándo preparan el próximo desayuno? ─ pregunté, pero la hija del padrecito que, por cierto, se llama Sebastián, desvió la conversación. ─ ¿Eres extranjera? ─ Hm… no. Soy venezolana ─ Pregunto, porque… tienes una forma de hablar que no es de aquí pues… o sea… no hablas como venezolana ─ El asunto es que me crié en el extranjero ─ Se nota, tienes un acento así como de uno de esos países raros ─ comentó el esposo señalándome con una papa frita y ceño fruncido, como tratando de recordar o adivinar el país de procedencia. ─ ¿De qué país? ─ preguntó Jazmín con una combinación de fascinada y curiosa. ─ Hm… estuve y me crié en Alemania… (prácticamente era la verdad), al pasar del tiempo viajé a las cordilleras Holandesas, porque mi trabajo me lo exige (eso también era verdad… de alguna forma) ─ Y ahora estás aquí ─ comentó la madre de los pequeños y asentí. ─ Disculpa… no recuerdo tu nombre ─ Magdalena ─ Magdalena ─ Aja ─ Ya veo por qué no comes bien ─ ¡Papá! ─ comentó el padre y su hija reprendió con una sonrisa indulgente. ─ Discúlpalo a veces es de un indiscreto ─ (sonrisa) No te preocupes, así son todos los abuelos ─ Debe ser súper fino conocer esos lugares ─ opinó Jazmín con aires de sofisticada. ─ Algún día viajarás, lo sé ─ le correspondí con un guiño y una sonrisa. ─ Creo que ya es hora de irme, padre… hem… no me dijo cuando era el desayuno ─ ¡Oh! Pasado mañana ─ Allí estaré. Que pasen buenas noches ─. Le di otro sorbo a la malta y me levanté, el niño me dio un caramelo de fresa y eso me recordó mucho a la sangre de los diabéticos, (ronroneo) mi delirio. Lo admito, lo admito, si fuera humana, fuera una adicta a los dulces, pero ¿Qué puedo hacer?, la sangre de los diabéticos es similar, hm… supongo. No tiene los nutrientes al igual que los dulces, pero como me encantan. Le sonreí con ternura y tomé el caramelo. ─ ¿No te vas a terminar la malta? ─ preguntó Magdalena con mirada expectante, amablemente negué porque se me hacía tarde para un compromiso y debía llegar a casa, esa fue mi excusa, una… verdad a medias, pero dejé parte del dinero para que pagaran la malta, aunque el padre no quería aceptar el dinero, insistí por ello, pero como todo viejito es terco, no seguí insistiendo y me fui.

Bien… el señor “Pecheche”, (risas) me llevó a la residencia, le agradecí y le dije que estuviera al pendiente por si lo volvía a llamar, no dudó en estar de acuerdo, inclusive, me dijo: ─ No importa si llevo gente en el carro, los dejo por allí botaos y ráspalo, enseguida le caigo para ver que se le ofrece ─ (baja risa) No exagere, no es para tanto, pero esté al pendiente por si acaso ─ Claro, claro. Que pase buenas noches ─ Igual para usted ─ el señor Pecheche se fue y yo entré al edificio. Hogar dulce hogar.