CAPÍTULO II: LA HIJA DORADA (2)

Las cortinas de la noche empezaron a cubrir Eldrįner, y con ella, las antorchas mágicas de los pasillos del reino empezaron a cobrar vida. Aunque esta noche, las plazas estaban inusualmente vacías. El ambiente era seco, y muy frío.

Esta era la noche, en la que Amara iba a partir del reino, en camino hacia la zona fría de batalla; hacia la zona gris de la guerra, como era de costumbre hacerlo una vez al año. Nuevamente, llegaría hacia el gélido Desierto de Mögia. Donde se encontraban sus padres, y su pueblo exiliado. Donde se encontraba su familia herida. Llevaba sus bolsas de mora, y una pequeña sorpresa para su hija, quien estaba de cumpleaños número seis.

Desafortunadamente, sus rimeros habían estado repletos de guerra, sacrificio; lejos de su madre. Una infancia que ninguno pretendía ofrecerle. Por lo que la hija dorada, deseaba siempre compensar esto a su hija de alguna manera, y así pretendía hacerlo este día.

Entonces, durante el anochecer de aquel día, llegó al establo principal del Reino de Eleanor, en donde comenzó a alistar su majestuoso caballo blanco; regalado por su madre, la hermosa reina del norte. En su mente solo habitaba el deseo de llegar y abrazarla. Necesitaba ver su rostro de esperanza brillar una vez más.

De pronto, se le acerca un hombre.

–¡Buenas noches señora!

–Buenas noches Reonne– responde Amara–. ¿Qué puedo hacer por ti?

–¡Señora es el viejo Gil! –dice el hombre–. Está muy mal, ¡necesita de su ayuda urgente!

–¿Qué le sucede?

–Señora no tenemos idea– continúa el hombre–, no para de revolcarse, no para de toser. Su nariz no para de sangrar mi señora.

–Estoy a punto de irme–responde la mujer–. ¿Nestorel no está allí?

–Señora él está allí, y no sabe qué hacer–dice el hombre–. Necesitamos de sus dones, de sus bendiciones señora.

–No lo sé Reonne–responde la mujer–. Realmente necesito irme, es el cumpleaños de mi hija. Sabes que solo puedo verla este día.

De repente, un niño entró a la escena, corriendo detrás del suplicante hombre. Era un niño del pueblo.

–¡Señora ayúdenos por favor! ¡Mi padre está muriendo! –dice el niño-. ¡Solo usted lo puede salvar!

Amara observó los ojos cristalinos del niño, y sintió piedad de él. La princesa entonces, se agachó y le dio un abrazo.

–Puede irse mañana temprano, señora– dice Reone–. Yo mismo le tengo el caballo preparado, pero la necesitamos aquí señora. ¿Qué dice?

Su corazón se llenó de empatía, pero cuando la mujer estaba a punto de acceder, su mente fue invadida por imágenes de su hija. Visiones de su esposo, de su madre, de su padre. Extrañaba mucho su familia. Había aceptado este compromiso y este deber de vivir entre los bosques, con el precio de sacrificar lo que ella más amaba en este mundo. Los extrañaba de verdad; extrañaba a Ceres, a su hermano dragón Lucca, el Rey Dorado; líder del Reino de Dragones. Extrañaba su pueblo, extrañaba su gente. Pero más importante, extrañaba a su hija.

–Lo siento, no puedo quedarme– responde Amara.

–¡Pero seño–

–No puedo Reonne– interrumpe Amara–. Esta es mi familia también, y tengo más de quince ciclos que no los veo. Lo siento mucho, no debo quedarme.

–¡Pero señora mi padre! –exclama el niño.

–Lo siento mucho mi niño. Debes ser fuerte, debes ser valiente. Sé que lo puedes ser. Sé que lo harás bien. Eres un campeón.

–Además –continúa la mujer–, estoy segura que Nestoret está realizando un buen trabajo; deben confiar en él.

–Señora no puedo creer que va hacer esto– dice Reonne–. Usted es la líder de este pueblo, el ejemplo a seguir. Siempre nos acompaña, siempre nos ha ayudado. Es el color que necesitamos, sobretodo en estos trágicos momentos. En las malas siempre está aquí, con nosotros. Siempre está allí. ¡Estamos hablando del Viejo Gil! Irse sería un irrespeto, una deshonra, y una ofensa de su parte; un gesto total de indiferencia. ¿Cómo se le ocurre?

El hombre descargaba sus frustraciones sobre la mujer; el niño empezó a llorar desconsolado. Y sensaciones de impotencia e intranquilidad empezaron a invadir a la mujer. Se sentía juzgada, señalada, ofendida. Cuando en realidad, ella había tratado de hacer todo por ellos; de darlo todo para ellos. Por cuatro rimeranos, ella se había esforzado por ayudarlos en todas sus

necesidades. Apoyándoles en todos sus trabajos, en todas sus actividades. ¿Por qué ahora que necesitaba irse del reino, se sentía presa del mismo?

Su mente empezó a bloquearse; sus pensamientos hervían de furia, Amara era una mujer conocida por destacar mucha paciencia; por tener mucha resiliencia, pero su irascibilidad estaba inevitablemente integrada en ella por herencia. Su sangre se calentaba, sus puños lentamente se cerraban. Volteó su mirada hacia el horizonte, y veía la salida a través del túnel. No tenía por qué dar explicaciones. No tenía por qué justificar sus decisiones. Podría simplemente tomar el caballo y retirarse. Estaba frustrada, y muy enojada.