UNIVERSO A - FINAL ALTERNATIVO

Cara a cara, con el sudor en la frente, la pareja se encontraba frente a frente; Amara vio en los ojos de su amado ese sentido de protección que había hecho enamorarla perdidamente alguna vez, y comprendió su dolor. Comprendió su vulnerabilidad.

Quitó las manos de su esposo encima de ella, lo sujetó a él y lo estrello a él contra otra columna de madera. Pero Amara no se pudo contener más, y la tensión y la adrenalina se mezclaron, y bajo el calor del momento, lo besó, y este la beso a ella. Este deliraba por hacerlo, pues su amor era leal; solo quería reafirmarlo. Necesitaba hacerlo.

Ante la presencia de la luna Gisma, su amor fue conciliado apasionadamente. Con fervor, sin descanso. Su entrega por su amor siempre había sido real, y apasionante; lo que había sucedido con su familia no los desintegraba, al contrario, los unía aún más y fortalecía el vínculo que existía en la unión de estos dos eres, establecida por Elgoneth mismo, y estipulada en la vida desde el principio de los tiempos de estas generaciones.

La pareja se quedó durmiendo en el establo, en uno de los cuartos de este. Habían quedado enredados entre ellos mismos, y el dulce habitar en el que se encontraban reconfortaban sus espíritus.

La energía que rodeaba la zona tercera del refugio de Aramordt, en uno de los manantiales escondidos, estaba sospechosamente tranquila. La hija mayor del rey, Ceres, se encontraba en este. Pues necesitaba aclarar muchas de sus dudas. Trataba de meditar, cuando de repente, siente una presencia extraña.

Un soplido tenebroso empieza a cubrir el lugar, y el agua del lago empieza a tornarse en materia chiclosa y oscura. Ceres mueve los ojos de un lado a otro, y una voz susurro en sus oídos. Miles de pensamientos comenzaron a correr por su cabeza, y miles de voces gritaban el grito de auxilio y por su nombre, implorando ayuda y piedad.

Vuelva a sí misma. Se levanta del suelo, y observa que el agua del lago estaba clara, cristalina y normal

–Estoy delirando–exclama–. Necesito lavarme la cara.

La hija mayor del rey empezó a lavarse la cara en el agua de los manantiales, y en su tercera vez, el reflejo del agua se empezó a distorsionar. Las pupilas de sus ojos se convertían en negro, y la poca luz que había comenzaba a ser dominada por las tinieblas. Y a través del reflejo sus ojos, se veía la formación delineada de una criatura encapuchada de negro.

Aterrorizada empezó a escuchar unas voces; dirigió su mirada hacia el frente, y en el reflejo solo figuraba el tenebroso el rostro de su hermana menor. Sus ojos se llenaron de espanto.

–Hola hermana–exclama Rita.

–¡¿Qué estás haciendo aquí?!

–Estas herida Ceres–responde la hija menor–, quieres disimularlo pero esto te está matando.

–¡Silencio!

Ceres golpeó el agua, pero el agua le quemo de inmediato su mano derecha; obligándola a retroceder del agua, y de ella, empezó a brotar un líquido ácido, verdoso.

–¡Estoy más fuerte que nunca!¡Y sabes que no soy la única! ¡Amara va a poner fin a tu desgracia y es ese tu dolor!

–¿Porque te regaló una pócima inútil? Que tonta eres –responde Rita.

En un instante, comenzó a ascender una criatura de las aguas siniestras, un dragón de agua y magenta, con un cristal en el medio de su frente. Ceres entendió, que este era uno de los cuatro espejos embrujados de la princesa de las tinieblas.

La noche empezó a oscurecerse aún más; el dragón se le postró como una de las bestias más grandes que jamás había visto. El terror invadió su cuerpo, y aunque las sombras empezaron a adueñarse de los manantiales del lugar el dragón, no parecía atacar. Estaba esperando, y solo desafiaba a la General del Ejercito de Adheon, con sus imponentes rugidos magenta.

La hija mayor del rey, veía el reflejo de Rita en todos lados y su voz habitaba en su mente como una presión punzante, que dañaba el equilibrio energético de su hermana mayor. Una y otra vez, se repetía en el pensamiento de Ceres; no se detenía, y no se detuvo. Y en su consciencia apoderaba una sola frase: El Destino.

De pronto, Rita surge desde las aguas oscuras, y comienza acercarse a su hermana rendida en la orilla. Cruza por debajo de las gigantes zancas del monstruo acuático, dominado y controlado por ella misma.

Flotando sobre las aguas del manantial, llegó finalmente a la orilla.

–No te puedes escapar de mi– exclama Rita–. En mi se encuentra el pasado, el presente y el futuro. Todo empieza y todo termina, conmigo. Y antes de relucir la claridad del alba de mañana, sentenciaré, el destino que tanto esperamos.

–¡Amara! ¡Despierta! ¡Despierta por favor!

–¿Eros? – pregunta Amara–. ¿Qué pasa? Acabo de tener una pes–

–¡Es Eldriner! – responde–. ¡Eleanor está en llamas!

–¡¿Qué?!

–¡Sal y date cuenta tu misma! ¡Mira!

Amara sale del establo, y observa el horizonte. El mal ya había caído, y sobre el último bosque sagrado de Inmaeh se perpetuaba una verdadera tragedia; era demasiado tarde. Y ella, ya lo había visto todo.

La princesa dorada montó su caballo; a toda velocidad, se dirigió hacia el ascenso de Deolom. Cargo los armamentos que pudo, aunque en su mente, ya invadía el miedo, y la duda.

Ceres por su parte, intentó golpear a la bruja y con ello, la presencia proyectada de la bruja fue interrumpida. Rita se desvaneció en su rostro, como cenizas.

–¡¿Qué es esto?!–exclama Ceres.

–No estoy aquí hermana– dice una voz en la mente de Ceres–. Nunca lo estuve.

–¡¿Si no estás aquí donde demonios estás?!

Hacia al frente, el gigante dragón se fue difuminando en cenizas igualmente. Permitiendo a la general, observar con detalle la catástrofe que sucedía en el norte. Y de inmediato, a la princesa se le hizo un nudo asfixiante en la garganta, cuando se volvió testigo del inicio del fin de Eldriner.

Un fuego ardiente cubría la zona. Y un humo negro de desesperanza, de miedo, de terror, se apoderó por completo de las alturas. Ceres agarró un caballo, abandonó su posición y fue a toda velocidad hacia el incendiado reino de los elfos. En su mente habitaba solo una persona: Amara.

Llegó a él, y el reino estaba cubierto en llamas; columnas y moradas caídas, los refugios estaban abiertos, dañados en su totalidad. EL pueblo corría en desesperación, mientras evitaban ser devorados. Descubiertos por los cuatrocientos dragones que rodeaban el lugar. La Legión del Dynamo, había comenzado.

Entre las barracas caídas, encuentra a una Amara desesperada; tratando de zafar a una niña atrapada entre los escombros.

–¡Amara!

–¡Ceres!¡Cuidado!

Un pedazo gigante de madera cayó en medio de ellas dos, pero estas lograron quitar la madera caída, salvar a la niña y hacer un camino entre la destrucción.

–Hermana, vine porque mis instintos así me lo dijeron–exclama Ceres–. Tuve un encuentro con Rita.

El ambiente de pronto se paralizó, Amara se le oscureció la vista, y en la mente de la mujer se le venían escenas de su hijo cayendo de un precipicio; gritando por su madre, indefenso, llorando desconsolado; desprotegido en el vacío de la nada; destinado, hacia el irreverente arrebato de su alma.

–Entonces es cierto– exclama la mujer–. Es inminente.

–¿Qué cosa hermana?

–El fin Ceres– exclama la hija dorada–, mis visiones, mis pesadillas, son acertadas. Son hechos, lo vi todo hermana. Elgoneth me ha permitido ver todo. Estabas en los manantiales con ella.

–¿Que haremos ahora?

–La enfrentaremos juntas–dice Amara–. ¡Eso es lo que haremos!¡Sígueme!

Las hermanas comenzaron a correr entre la multitud, los elfos se defendían como podían ante la oscuridad que se había adueñado del lugar. Ceres y Amara, comenzaron a derribar algunos dragones, tratando de minimizar la legión que poco a poco se integraba en el lugar.

–¡¿Hacia dónde vamos?!– pregunta Ceres.

–¡Hacia la Cámara Sagrada! –responde Amara.

–No veo a Rita, por ninguna parte.

–Aún no está aquí–exclama Amara–. Ha mandado sus primeras líneas. ¡Debemos apresurarnos!

Las hermanas llegaron al templo secreto, y llegaron a la puerta secreta de piedra.

–¿Que estamos haciendo aquí?

–Ya verás– responde Amara–. Debemos prender las cuatro antorchas, solo abrirá con fuego sagrado.

Las hermanas emanaron de sus manos derechas, llamas de fuego que alumbraron las antorchas exteriores que bordeaban la puerta.

–Ahora empezaran abrir, ¡entremos!

Las puertas de piedra se abrieron lentamente; no se veía nada dentro del lugar. Alumbraron el cuarto, y estaba cubierto de oro, plata y joyas. Libros con páginas arrancadas, pócimas caídas, pero en el medio había una cámara de cristal, intacta. Dentro del cristal había una armadura azul. Recubierta de perlas finas, detalles bañados en oro; extraída de una verdadera leyenda.

–Esta es la cámara secreta de Eleanor–dice Amara–. Aquí yace la última armadura divina de él. Según el Toran, esta es aquella que debe ser puesta para enfrentar al Príncipe de las Tinieblas, en los últimos tiempos, pues solo con ella, este mal podrá ser eliminado.

–¿Cómo sabías que estaba aquí? –preguntó Ceres.

–No lo sabía–dice la mujer–. Es primera vez que estoy aquí, igualmente, pero sospechaba que era en este lugar, basándome en la descripción que hay de la cámara en el libro. Es un lugar sagrado, se supone que la puerta de piedra solo debe abrirse por miembros del consejo, pero esto es una urgencia.

La princesa de oro rompió el cristal, y ayudándose con su hermana, se colocó rápidamente la armadura.

–¿Cómo te sientes?

–Más equilibrada– dice–. Creo que este poder puede tr–

De pronto, una energía maligna de color purpura derribó los cimientos de la cámara donde estaban escondiéndose, haciendo temblar el lugar y obligando a las princesas a evacuar de él. Era la presencia de la maligna hechicera.

–Vaya, vaya–dice Rita–. Ustedes de verdad que no se rinden.

–¡Silencio bruja!

Amara y Ceres le lanzaron hechizos en formas de coronas de fuego a su hermana, pero esta todos los desviaba.

–¡Miren a su alrededor!¡El fin ha llegado! – dice Rita–. Las cenizas se apoderarán pronto de este lugar, y más nunca nadie tendrá que cometer el error de pensar en estos desdichados elfos.

El legendario Reino de Eleanor estaba cayendo lentamente en pedazos. Las columnas se desplomaban, y las estructuras estaban cubiertas de un fuego incesante. No parecía haber una salida clara para las hermanas.

Las tres hermanas comenzaron a batallar; por tierra, por los aires, emanando cualquier desorden energético que terminaba perjudicando más a Ceres y Amara; pues estaban en el terreno de Rita, en medio de odio, de furia. Ella sabía manejar estas cargas mejor que ellas dos. Estaban intercambiando fuertes ráfagas de sus manos en medio de la noche catastrófica y tumultuosa. Pero los poderes de La Princesa de las Tinieblas, eran muy superiores.

De pronto, Amara fue lanzada por una luz oscura de la bruja hacia unos escombros rocosos; Rita queda enfrentándose sola contra Ceres, y esta la vence en todos los sentidos; la arroja fuertemente hacia las equinas de una de las pilastras principales del templo. Los fragmentos del templo cayeron sobre ella; atrapándola y dejándola inmóvil. Parecía el fin de la hija mayor del rey.

–¡Ceres!– exclama Amara en voz alta–. ¡Vas a pagar por esto!

–¡Lo que quiero ver es tu furia hermana! –exclama Rita.

Amara se sobrecargo de impotencia, odio, rencor. Su poder se maximizó, y su armadura empezó a tornar un color destino. La energía dentro de la armadura se conectó con el cristal adiamantado en el ante brazo de la hechicera. Esta era ahora, la armadura de La Princesa de Fuego. La furia de la princesa de oro había comenzado.

Empezaron una épica batalla, que en las mentes de los elfos sobrevivientes recordarían para siempre; los poderes renovados de Amara, potenciaron su capacidad, y esta daba una batalla exigente y reñida contra su hermana.

La luz del día empezaba a asomarse, estaba a punto de mostrarse, y el horizonte comenzaba a esclarecerse. La batalla continuó hasta las afueras del reino, donde las hermanas quedaron atrapadas en su agresión, peleando en las proximidades del bosque

incendiado. Y en él, la batalla tomó otro ritmo. Pues se escondían una de la otra.

–¡Vamos hermana! – grita Rita–. Sé que estas en alguna parte.

–¡No soy nada tuyo!

–¿Ni siquiera me vas a escuchar?

–¡No hay nada que hablar aquí!

Amara empezó a lanzar flechas de fuego precioso, apuntadas directamente al corazón de su hermana. Rita continuaba imponiendo su poder magenta; desviando cada uno de ellos los desviaba todos.

–No entendió por qué estás tan enojada conmigo– exclama Rita–. En realidad, te hice un favor con Mihalis.

–¡No que menciones su nombre!

–¡Que no entiendes! –exclama Rita–-. Tu hijo era el mal después de todo; él era el camino de lo incierto. Yo lo atestigüe.

–¡Basta de tus mentiras! ¡Basta de tus engaños!

Las hermanas continuaron peleando, intercambiándose coronas de fuego, una a la otra. Era una verdadera batalla de diosas.

Pero Rita empezó a derribar a su hermana, fácilmente. Adivinando sus movimientos, acertando cada ataque, cada jugada anticipada; se volvía cada vez más agresiva en batalla, y el fin de alguna de las dos se hacía inminente.

–¿No me crees? – exclama Rita–. ¡De donde crees que saque este poder Amara! ¡¿Dime?! ¡Soy la dueña de las tres esencias! ¡Soy la reina de todas las energías!¡Jamás nadie había soportado tanto poder! Y, oh hermana, créeme, ¡lo voy a usar para como a mí me plazca!

Rita empezó atacar a su hermana con todas sus fuerzas. La envió hacia los árboles, y le quebraba la armadura de fuego cada vez más; rompiéndose en sus ojos. En un brusco movimiento, Rita golpeó la cara de su hermana, dejándola aturdida; la acercó hacia ella, la derribó con los pies y estando en el suelo, esta le enterró su espada maligna de las voces; y los cristales purpuras se infectaron en el cuerpo de Amara, provocándole lentamente una infección letal.

Con su otra mano, Rita apretaba el débil pulso de su hermana; tratando de romper su cristal real incrustado. Y lentamente, estando ya en el suelo derrotada, la hija de oro, la princesa de fuego fue derribada.

–Jamás encontrarás la felicidad–dice Amara.

–Eso no es lo que estoy buscando–responde Rita–. Fue un placer haberme criado contigo, eres la única persona que valía la pena en este reino. Pero debes ser eliminada, igualmente, con él.

Rita soltó a su hermana en el árbol donde la tenía enterrada y cuando rompió su cristal, la armadura se rompió completamente en pedazos y la energía de fuego fue absorbida en su totalidad por el cuerpo de la maligna hechicera.

El poder que corría por los ambientes era demasiado para equilibrarlo; de los arboles brotaba una lava entre las raíces. La tierra empezó a abrirse, y un fuerte temblor empezó a suceder en el lugar. La energía de fuego se estaba integrando a la mujer más poderosa de todo el planeta; esta era una un nuevo ser. Una nueva raza. Un ser ilimitado. La Princesa de Fuego y de las Tinieblas.

Desde dentro del destruido imperio, Ceres logra levantarse y observa el notorio poder de Rita desde lo lejos. Entre los escombros, busca su caballo e inicia la retirada; cuando esta se da cuenta que no había nadie de pie, en el desdichado reino. Era la devastación de la región.

Corrió del lugar, y bajado Deolem, se daba cuenta como toda la energía del bosque era convertida en un color de fuego oscuro; repleto de lava por todos los lugares. La tierra se empezó abrir, y ella empezó a bajar la colina.

Llego al refugio y agarró a su sobrina; más adelante encontró a Leyra, y estas aún impactadas, empezaron a moverse hacia el exilio.

–Debemos evacuar a todo–dice Leyra–; debemos movernos.

–¿De qué hablas madre? ¿No vamos a pelear?

–¡A pelear para que Ceres!¡Mira allá arriba! ¡Es el fin! Debemos sobrevivir.

Rita, elevada entre las alturas, se autoproclamó como la dueña de la región, imponiendo el poderío de sus cuatrocientos dragones ahora con el poder ilimitado del fuego de Eleanor, potenciaban su poder magenta de las tinieblas; fusionándolo en un enemigo jamás antes visto; el dominio total de un imperio.

Las personas corrían por todos los túneles, y trataban de escapar por los refugios y senderos subterráneos.

–Los volcanes del Groterom están activándose, uno a uno. Rita se ha convertido en un ser excesivamente poderoso; controla el fuego y la lava del planeta. Esto no tiene medida.

–¿Qué haremos madre? – pregunta Ceres.

–Debemos escapar, y debemos hacerlo rápido– responde Leyra

–¿Dónde está mi mami? – dice la niña.

–Sí, ¿dónde está Amara? – pregunta Leyra.

–Madre…

La hija mayor cayó rendida en los brazos de su madre. No supo cómo decirle lo que estaba pasando.

–Esto es más severo de lo que temía–dice Leyra con llanto–. ¡Pero Arriba! ¡Estamos aquí las tres, y podemos escapar las tres juntas!

–¿Qué pasará con mi padre? ¿Con Eros? ¿El ejército? – pregunta Ceres–. ¿Qué pasará con Aramordt?

–Hija, no tenemos opción –dice–. Somos nosotras las que podemos sobrevivir, y si lo logramos, el reino sobrevivirá con nosotras. Y es así, como debe ser. Esta también es la voluntad de tu padre. Me lo ha estado diciendo acertadamente, desde hace un tiempo.

–Vámonos por estos túneles–indica–. Sigamos estos caminos hacia el exilio. Estas vías nos llevaba al noreste de estas montañas, saldremos de Neftalí y llegaremos a las primeras junglas de la zona de Troneol; está es nuestra única salida.

La familia entonces, inició su camino secreto en los túneles reales que existían debajo del reino. Eran una serie de pasadizos secretos que corrían debajo de la tierra, y exiliaban a la persona hacia el norte; el lado contrario donde Rita dominaba. Debían asegurar la sobrevivencia del reino. Y sin saber si lo lograrían, las tres empezaron a cruzar el desierto. Mientras escuchaban y veían un mundo cubierto en llamas; un amanecer dominado por tinieblas insuperables. Imagen que jamás iba a desaparecer en la heredera del reino, la nieta del rey, Ada, aquella que se armó de valor desde niña, y siguió a su tía y a su abuela, ante el apocalipsis innegable. Se adentraron en los pasadizos, mientras la reina de las tinieblas devoraba con llamas la superficie; y a la distancia le dio una última mirada a su maligna tía, antes de exiliarse para siempre. Prometiéndose derrotarla algún día, cueste lo que le cueste.

A lo lejos, contempló el reino en llamas por última vez; la región de Neftalí cubierta en humo y oscuridad. Ada vio por última vez el horizonte, y hacia adelante, veía un próspero caminar, una prospera esperanza. Vio el reino cubierto en humo, y más nunca olvido la imagen en su mente. Pues sabia en el fondo de su corazón que esto no se iba a quedar así. La venganza, desde ya, había comenzado.