CAPÍTULO V: LA HEREDERA DEL TRONO CAÍDO (3)

El rey llega a la base principal del refugio; había decenas de hombres tratando de curar sus heridas y articulando los puntos débiles del enemigo. Y entre ellos, a lo lejos, el rey encuentra a su padrino; el coronel parecía abatido, pero cuando volvió a ver el rostro de su rey, se llenó de esperanza. Y un abrazo de entusiasmo vino por el camino, de hombre a hombre, de amigo a amigo.

Hablaban de guerra, pero el rey lo llevó a uno de los rincones del cuartel. Fue el momento cumbre, para que él describiera el miedo que rodeaba el nacimiento de la incertidumbre y el misterio, perteneciente a la mente del hijo pródigo del fuego real.

–Eros, el fin está sobre nosotros– susurra el rey–. No queda mucho que podamos hacer.

–Entiendo muy bien, mi señor– responde Eros–, yo también puedo sentirlo. Aunque, solo desearía poder pasar estos últimos días con la princesa dorada. Ella estuvo aquí ayer. Realmente pensé que esta vez se quedaría, pero se fue una vez más.

–Eso es lo que me dijo Leyra–exclama Argôn–. Logró ver a Ada, ¿verdad?

–Así pudo, mi rey– responde Eros–. Le trajo algunas bayas, y un par de moras. Nunca–nunca había visto a mi hija más feliz.

–Ojalá la hubiera visto también–. responde el rey–. ¿Cómo la viste a ella?

–Asombrosa, mi señor– exclama Eros–. Ella es tan hermosa, que yo–sólo no puedo creer que voy a pelear esta guerra sin ella.

–No tienes que hacerlo–responde el rey.

–¿Perdón, señor?

–Dije que no tienes que hacerlo–repite Argôn–. Ve por mi hija, y lucha a su lado, si esa es tu voluntad. Mucho ha sufrido aquí. Mucho has soportado aquí.

–Pero señor, tuvimos una dura pelea–exclama Eros–. Ella dejó en claro que no me necesita.

–Hijo, cuando la mujer que te ama te empuja, es para ver qué tan fuerte puedes pelear por ella– exclama el rey–. Ahí es cuando más necesita tu apoyo. Ahí es cuando más necesita tu amor. Ahí es donde ella te necesita, y su alma te suplica que la comprendas y luches por ella.

–Estoy preocupado por mi hija– continúa el rey–. Ella no debe enfrentar a esta malicia sola. Ceres me acaba de decir que no pudo convencerla, y después de cuatro años, creo que no seguirá adelante hasta que se enfrente a su propia hermana. Pero me temo, no sé qué va a suceder en una batalla como esa.

–¿Recuerdas lo que te dije cuando me pediste la mano de Amara? – dijo el rey con una alegre sonrisa–. Eras solo un niño, y te la concedí a pesar de todo lo que paso, porque eras un claro reflejo de mí. Te has ganado mi confianza, porque me veo en ti. Me recuerdas a mis mejores días, cuando era joven y entusiasta. Cuando todo era cálido y vívido. Cuando entregué todo por Leyra, y mi propósito a cuidarla y protegerla; incluso cuando creía que no le hacía falta, incluso cuando estaba convencido que no me quería, porque era exactamente en ese momento, cuando más ella me necesitaba.

–Ahora toma tu caballo, y dirígete al bosque del sur– continúa el rey–, encuentra la antigua casa de los elfos, y prepárate detrás y entre los árboles. No le digas nada a ella; déjala luchar contra su demonio primero. Pero si ella está cayendo Eros, prométeme que intervendrás. Prométeme que la sacarás viva de allí. Mi corazón no soportará la muerte de otro de mis hijos.

–Lo haré, mi rey– exclama el coronel–, pero ¿qué pasa con Ada?

–Mi nieta estará protegida en este refugio, y antes que ella caiga caerá este mundo– dijo el rey–. Leyra se encargará de ella, pues la reina ya no está destinada a pelear en esta guerra, aunque quiera. El destino tiene propósitos más grandes para ellas dos. Ada es el único tesoro que nos queda; podemos caer, pero ella debe sobrevivir a toda costa. Esta es la misión de la reina.

De inmediato, el coronel se dirigió al establo más cercano, entre los prados del refugio; en la cercanía de su faro y de su hogar, pues era allí donde disponía de sus mejores armas. Llevaba la espada de oro, perteneciente al hilo de la victoria de los dioses del pasado; de los elfos del futuro, porque éste no era un hombre cualquiera; tanto como le gusta aparecer. Este era el rey escondido entre la piel de los elfos más altos, ni siquiera aceptado por él mismo, pero escrito desde el momento en que nació. Su caballo también estaba listo; estaba a punto de partir hacia los bosques de Eldriner, como había ordenado su rey. Aunque, antes de hacerlo, condujo a su hija hasta la entrada de la cúpula real, cabalgando tan rápido como podía hasta el refugio; donde estaría cobijada, ante la eminencia de un último suspiro de angustia y dolor.

–Ada, vas a quedarte con la señorita Clarice, hasta que llegue tu abuela– exclama Eros–. Te quedarás estos días con ella, así que no le des ningún problema, ¿de acuerdo?"

–¿Ivonne va a reemplazar a mami?–pregunta Ada.

–¡¿Qué?! ¡Nadie va a reemplazar a mami! –responde Eros–. ¡¿Esta loca?! ¡¿Por qué dices eso?!"

–Porque te vi besándote con ella en la cocina.

–Ada, ya te lo dije, solo– solo tuvimos un momento emotivo– exclama Eros–. Necesitábamos apoyo y nada más. Ivonne sabe perfectamente cuánto quiero a tu madre. La extrañaba demasiado. La necesito, como tú; y escúchame, pronto vendrá. Y no quiero oírte decir nunca más que ella no te ama, ¿de acuerdo? Ella dará su vida por ti y por mí. Solo tenemos que esperar un poco más. Papá está aquí contigo. Solo ten fe en mí.

–Sí, papi– responde Ada.

–Ahora, la señorita Clarice te acompañará arriba, hasta la habitación de tu abuela– exclama Eros–. Volveré muy pronto, ¿de acuerdo?

–Quería jugar contigo esta noche– responde Ada, inclinando su cabeza.

–Necesito que seas fuerte mi niña–exclama Eros–. Esto terminará muy pronto, pero hoy es un día difícil, cariño. Papá necesita luchar por ti, y créeme, ganará solo por tu nombre, mi princesa. Comprendes esto más que yo, voy a liberarnos, voy a traer a mami de vuelta, voy a sacarnos de esto, y voy a acabar con esto. Te lo prometo. Estarás bien con tu abuela. Te quiero mi niña.

El hombre le dio un beso en la frente al rostro de tristeza de su hija, mientras ella era sostenida por los brazos de una anciana. El coronel se subió rápidamente a su caballo negro, dio un giro impresionante y se perdió en el largo viaje hacia las afueras del refugio.

La niña, sin embargo, se sintió abatida, pesimista; destruida con un rostro de desesperanza. Su dolor era innegable y la dificultad de estar lejos de sus padres se devoraba los restos de sus pocas alegrías. No entendía lo que estaba pasando, pero sabía que algo no estaba bien, y un mal presagio invadía la paz de su pequeño espíritu.

–Si no hay adonde mirar mi princesa, mira hacia adentro– exclama la señorita Clarice–. Pues si te sientes atrapada, la puerta de salida estará siempre dentro de ti. Eres fuerte y muy valiente, recuerda eso siempre. Ahora, vayamos con tu abuela, ¿te parece? Ella debe tener una historia que ambas podamos leer.