CAPÍTULO V: LA HEREDERA DEL TRONO CAÍDO (2)

Vuelve a la realidad, justo cuando se dio cuenta que había llegado al nivel final de la gran torre; pasó las escaleras de caracol, ascendiendo en medio de la dulce incertidumbre. Y antes de que pudiera pensar en ello, estaba de pie frente a la puerta floral de la delicada cúpula; la cámara más alta, perdida entre el frío de las alturas reales. La habitación especial de la bella reina. Se apresuró, al palpitar intenso de su corazón; sólo por la vicisitud de un rostro, por la claridad de sus ojos, por la tranquilidad de los labios. Necesitaba ver la sonrisa de su amada, una vez más.

Argôn entró en la sala real y sintió las alturas de la torre principal; recibido con la templanza del aire que reina en las praderas del desierto; arraigado sobre las columnas de la verdad, al comienzo de un pórtico abierto, suspendido sobre lo divino. Un buen espectáculo para un rey, encontrando la pasión de su espíritu una vez más; como los destellos del mar de su vida, el amor de todos sus años. Aquel que deliraba al filo de la devoción; situado como un pensador maravilloso, entre la tierra seca; sobre los grandes barcos que surcan las aguas desvaídas del destino. Dentro del reino de los hijos pródigos.

La reina sintió la llegada de su propio amado, mientras ella atesoraba el horizonte de la guerra cercana. El rey se acercaba al balcón real. Reflexionando detrás de ella; frotando suavemente los hombros de la reina, y aquella espalda delicada. La batalla incesante y desmedida se libraba en la distancia, como una furia incesable. Una ira incansable, entre las brumas de un inquieto amanecer confuso, pero glorioso.

–La luz está lista para nosotros, al fin–exclama Argôn.

–Entonces, si ella se acerca de nuevo, ¿por qué mi rey duda? –responde Leyra–. ¿Por qué mi rey se siente tan distraído, tan asustado?

–Han sido muchos días de oscuridad– responde Argôn–. No recuerdo lo que se siente levantarse de nuevo.

–Argônaeth, ya no vale la pena ser solo la reina del norte–responde Leyra–, hoy soy tu mejor amiga, hoy soy tu compañía. Hoy, y hasta el último de nuestros días. Conozco al hombre detrás de la capa y la espada. Conozco la mente ineludible detrás de este trono. ¿Que sucede?

–Solo estoy preocupado– responde el rey–, hoy seremos testigos del fin de toda esta era. La guerra está por terminar; nuestro pueblo está abatido, su corazón está exhausto y, sin embargo, aún debemos enfrentar el más grande de los males. Debemos afrontar la carga más pesada, estando ya derrotados en nuestras almas.

–Es difícil luchar con el demonio cuando lo cargas en tu espalda–responde la reina–. Si debemos superar esta dificultad, lo haremos como siempre lo hemos hecho. Juntos.

–Leyra, esta vez es diferente– responde el rey–. Se acerca una batalla final. No puedo decidir qué va a pasar.

–¿Por qué no? – exclama Leyra–. ¿Le tienes miedo a tu hija?¿Le tienes miedo las tinieblas? Argôn, ambos sabíamos que llegaría este día. ¿Qué te pasa, mi rey? ¿No es este el hombre que derrotó al mal en su fase más horrible? ¿No es este el hombre que encauza el miedo a la oscuridad misma? ¿No es este el hombre que derrotó a los gigantes terrenales? ¿No eres tú el hombre que se eleva por encima de las leyes de la magia? ¿Por encima de las reglas del destino? ¿No es este, el padre de todos los dragones divinos? ¿No es este, el Raen para todos ellos? ¿No eres tú, el rey que me salvó la vida, que salvó mi pueblo, que salvó mi familia, que me devolvió la alegría? ¿Quién conquistó a la bruja de toda corrupción? ¿Quién es el rey que evoca de la miseria? ¿Quién es el que contiene la sangre sagrada de los jardines colgantes? ¿No es este el rey de todas las montañas del norte? ¿No es este el rey, del nombre más grande? ¿No es este, el hombre más alto? Si no eres tú, ¿Quién lo será?

–Abhir ha derribado todo esto, mi amor.

–¡No vuelvas a decir eso!– responde Leyra–. ¿Qué no lo ves aún? Argôn, nuestro reino, prevalecerá para siempre. Tu legado, perdurará por todas las generaciones. Tu nombre, será mencionado por todos los tiempos, por todos los templos, por todos los consejos. Mi padre siempre decía que yo era la elegida; que yo levantaría este mundo de la tierra maldita que la vio crecer. Pero Argôn, después de pasar tantos años contigo, yo estoy segura, que tu eres el elegido. Eres el verdadero protector de este planeta, y tu espíritu nunca se desvanecerá. Serás recordado, por todos los reyes futuros, y promulgado como la gloriosa historia del triunfo de la luz, alrededor de todas estas nubes oscuras. Tú eres el mito viviente, tu eres el final de esta historia. Y si esta va a ser nuestra búsqueda final, entonces no puedo estar más orgullosa de luchar junto al héroe de todas estas naciones y todos estos pueblos. Mi mejor amigo. El amor de toda mi vida.

Los reyes presenciaron el calor del amor, como el último cumplimiento de todos sus deseos. Sabían que el final estaba cerca, ya pesar de que todo parecía frío y desolado, seco entre la angustia y el miedo, el sentimiento entre las almas era más apasionado que nunca; entre el destino mencionado y las calumnias del pasado. Y así hicieron su amor, construidos antes de los primeros rayos de la luz de la mañana, repletos de belleza, inmersos en el orgullo.

Pasado el frenético momento de intimidad, el rey se levantó rápidamente del lecho real. Su amada se quedó dormida. Rápidamente, se puso sus botas reales, descendió las espirales del refugio, las escaleras del destino, y salió a las afueras de la cúpula. Siguió pensando en la próxima pelea. Necesitaba definir su estrategia, y para ello decidió ir a la sede principal; esperando encontrar la mirada valiente de su coronel.