CHAPTER IV: LUCES Y SOMBRAS (2)

Mientras tanto, en el Refugio de Aramordt, la nieta del legado azul estaba lista para dormir. El adorable heredero real, estaba en manos de una joven, amiga de la familia; una hermosa compañia.

–Señorita Ivonne– exclama Ada–, ¿podrías contarme una historia antes de irme a dormir?

–Sabes que no soy buena con las historias, mi princesa.

–¡Vamos! – dice la niña–. ¡Sé que me puedes contarme una!

–Está bien–responde Ivonne–. Una vez hubo una abeja, tan diminuta, que encontró las patitas de una niña muy intrépida; subió por todo su cuerpecito, hasta que encontró su barriguita, ¡y su ombliguito!

–¡Señorita Ivonne!– dice la niña entre cosquillas–. ¡De esa manera no podré dormir!

–Tienes razón– exclama Ivonne–. Dulces sueños, princesa.

La mujer se levantó y comenzó a caminar lentamente hacia la puerta. Y cuando estaba a punto de cerrarla, la niña volvió a hablarle.

–¿Puedo preguntarte algo?– exclama Ada.

–Lo que sea, mi niña–exclama Ivonne.

–¿Crees que mi mamá no me ama?"

–¡¿Qué?!– responde Ivonne–. ¡Por supuesto que sí! ¿Por qué dices eso?

–Porque ella siempre se va.

La mujer quedó impresionada por tal respuesta, que siguió mientras se quedaba atónita en silencio. Se sienta en la cama y habla con la niña confundida.

–Cariño, como te dije antes, tu madre tiene una misión importante con tu tía– dijo Ivonne–. Está bien, van a resolver esto pronto, y antes de que puedas pensar en ello, ella estará aquí, para siempre.

–¿Lo prometes? – pregunta Ada.

–Te lo prometo, mi niña” responde la joven.

La joven salió de la habitación y se dirigió a la cocina lo más rápido que pudo; allí se encontraba, el dueño del hermoso faro.

–No puede esperar más–exclama Ivonne.

–Yo tampoco– responde Eros.

–¿Qué pasó con ustedes? –exclama Ivonne–. Ayer estabas tan entusiasmados con todo esto, ahora mírense.

–No sé qué está pasando– exclama Eros–. La necesito, aquí.

–¿No le dijiste eso?

–¡Lo hice! – responde Eros–. Me dijo que debemos resolver las cosas por separado; que no podemos estar juntos. ¿Cómo diablos me va a decir eso Ivonne? Me siento tan solo.

Eros comienza a llorar e Ivonne se acerca al hombre. Ella le limpió las lágrimas y le sostuvo la cara con suavidad.

–Estás solo, porque quieres– exclama Ivonne–. Sabes que estoy aquí. Estoy aquí para ambos. Estoy aquí para ti.

Ambos se miraron el uno al otro y, mientras pasaba un instante en la vida, se besaban lentamente. Y en medio de todo eso, el coronel de Aramordt tenía una imagen de Amara en su mente. Detiene el momento.

–Ivonne, no puedo hacer esto– dijo el hombre–. No puedo hacerle esto a Amara. Es molesta como el infierno, pero lo es todo para mí.

–Lo siento, yo tampoco puedo hacer esto– exclamó Ivonne, evasiva. "Necesito–necesito irme".

Entre los manantiales escondidos, una de las lagunas escondidos se encontraba sospechosamen tranquilo. Ceres se encontraba dentro de este. No podía dormir, y era muy tarde entre el nocurno. Necesitaba aclarar su mente. Necesitaba aclarar sus dudas. Trataba de meditar, cuando de repente siente una presencia inusual, extraña.

Un soplido oscuro empieza a cubrir el lugar, y el agua del lago comienza a tornarse en una materia gruesa, y grisácea. Ceres mueve los ojos de un lado a otro, y una voz susurró en sus oídos. Miles de pensamientos comenzaron a recorrer por su mente, y miles de voces bramaban un grito de auxilio; una vociferación por su nombre, implorando ayuda y piedad.

Vuelve a sí misma. Se levanta del suelo, y observa que el agua del lago estaba clara cristalina y normal.

–Estoy delirando–exclama–. Necesito lavarme la cara.

Ceres entonces se lavó el rostro, con el agua de los manantiales, pero el reflejo del agua se empezó a distorsionar. A través del reflejo, sus ojos se convertían en negro, y la luz dejaba de encontrarse. En sus ojos se veía el reflejo de una criatura encapuchada de negro. Un viaje, en medio de la oscuridad.

Aterrorizada empezó a escuchar unas voces, quienes bailaban satíricamente entre los vapores de tinieblas que surgían a su alrededor. Y al frente de ella, en el reflejo, comenzó a materializarse el rostro de su hermana menor. Sus ojos se saturaron de espanto.

–Hola hermanita–exclama Rita, maníaca.

–¡¿Qué estás haciendo aquí?!

–Estas herida Ceres–responde la hechicera maligna–, quieres disimularlo, pero esto te está matando.

–¡Silencio!

Ceres golpeo el agua, pero el agua le quemo de inmediato su brazo, obligándola a retroceder; del agua brotaba un ácido verdoso.

–Las pócimas vegetativas solo se encuentran en Eldrįner–exclama Rita–. Y mi hermana ni siquiera se le pasó por la mente traerte una. Se nota que están unidas.

–¡Reserva tus juegos mentales para ti misma desquiciada! – responde Ceres.

–La única desquiciada aquí, eres tú –responde Rita–. Estas repleta de miedo, de temor; colmada de culpa, y de resentimiento. Pero no te arrepientas hermana, lo que hiciste conmigo fue lo mejor que pudiste haber hecho. ¡Solo mírame! Gracias a ti, ahora soy la dueña de este débil planeta. Bien hecho, Ceres.

–No eres dueña de nada Abhir–responde Ceres–. ¡Sal de mi mente!

De pronto, Ceres tuvo una visión. No sabía si lo que veía lo estaba imaginando, pero en el fondo del tenebroso lago, reconoció uno de los cuatro espejos embrujados de cristales. Los más peligrosos de la nación.

Al mirarlo, se dio cuenta que la energía brotando de él, se integraba rápidamente en las corrientes de agua que corrían inciertamente dentro del ahora sombrío lago. La noche empezó a oscurecerse, cada vez más, y las sombras empezaron a adueñarse del terreno del lugar. Veía el reflejo de Rita en todos lados, y su voz se dispersaba en todos los rincones del pensamiento de Ceres, repitiendo una sola frase: El Destino.

Rita finalmente, se le aparece a Ceres, estaba flotando sobre las aguas del manantial, acercándosele hacia ella. Hasta que llegó a la orilla del lago, donde la hija mayor del rey se tapaba los oídos; ahogada en penuria, arrodillada en la tierra.

–No te puedes escapar de mí– exclama Rita–. ¿Qué no lo ves? En mí se encuentra el pasado, el presente y el futuro. Todo empieza, y todo termina conmigo. Y antes de relucir la claridad del alba del día de mañana, se sentenciará al fin, el destino que tanto esperábamos. Es el fin, de todos los tiempos.