CAPÍTULO III: UNA GUERRA INTERMINABLE (3)

Las mujeres saltaron de forma impresionante desde el balcón; una detrás de la otra. Rita llegó a un montículo cercano, donde se encontraban pequeñas corrientes de agua de colores oscuros y opacos. La reina sutilmente se postro aun lado de ella, y entre la fría y explosiva noche, ambas veían a la distancia, el campo exhaustivo de batalla entre luces, energías, y dimensiones inexplicables para la vista.

–Esto es interminable, ¿cierto? –pregunta Rita.

–Estoy cansada, hemos dado todo lo que hemos podido– responde Leyra–. Argon y yo, juntos, simplemente no podemos ir más lejos. Simplemente no podemos entregar más. Nunca esperábamos esto. No en esta magnitud. Es extraño entender, que esto es para lo que Elgoneth nos estaba preparando, después de todos estos años.

–Por cierto ¿dónde está él ahora? –pregunta Rita, sarcástica–. Ahora que, sabes, lo necesitas. ¿Está muy ocupado con sus aves absurdas? ¿Está muy ocupado en su montaña endeble?

–Ya sabes la respuesta a esa pregunta– responde Leyra.

Entonces, la reina dejó de hablar con suavidad. Observó a Rita a los ojos, y regresó su mirada al amplio desfile de lo nocturno, hacia el caos del horizonte.

–Eres una bruja ahora, ¿no? – pregunta Leyra, retóricamente–. Conoces más el curso y las intenciones de las sombras, que yo.

La princesa de las tinieblas no dijo una palabra. Sonrió, y se quedó en silencio. Contemplada en la preciosidad de la reina, hasta que dejó de mirarla, y se unió a ella en la reflexión de la noche.

–¿Qué planeas hacer, Rita?– pregunta Leyra–. ¿Qué vas a hacer con ellas?

Rita mira detrás de ella, pues previó una energía que las miraba. A lo lejos, escondida en las sombras del balcón, se encontraba la niña. Tranquila, pero atenta. La curiosidad invadió a Ada, pero cuando Rita encuentra sus relucientes ojos azules a la distancia, la niña vuelve al misterio de la oscuridad; asustada, e inalcanzable.

–Ella debe sobrevivir, –responde Rita–. No puedo garantizar eso, sin embargo.

–Lo sé–responde la reina.

–¿Podrías hacer eso por mi?– pregunta Rita.

–Haré lo mejor que pueda– responde Leyra.

–Quiero preguntarte algo– continúa Rita–. Todo este tiempo, sabías sobre Mihalis, ¿no es así?

La reina no respondió.

–Eras la única que podía saber– continúa Rita–. Miraste a través de su corazón y, sin embargo, no le dijiste a nadie. ¿Por qué?

Pero la reina simplemente cerró los ojos, inclinó la cabeza, y miró fijamente la nada oscura invadiendo su mente.

–Querías que me venciera, ¿cierto? –pregunta Rita–. Querías que yo perdiera.

–He aprendido a través de los años, que algunas cosas están mejor fuera de la mesa– exclama Leyra–. Intocables, inmarcesibles. A veces podemos influir y crear nuestra realidad, pero a veces, no tenemos ningún control sobre esta complejidad. No sabía lo que iba a pasar. Primero fuiste tú, luego Mihalis. Argon los amaba tanto a los dos, estaba tan feliz con lo que teníamos. Nunca lo había visto más feliz. Amaba a su familia y amaba tanto lo que teníamos. No quería decirle nada, porque no sabía qué iba a decirle exactamente. No tenía idea de lo que iba a pasar. Todo era confuso, todo era contradictorio. Cuando presioné, parecía que estaba equivocada. Pero cuando dejé pasar estas cosas, el viento intentó susurrarme, que tenía razón. Solo quería que sucedieran las cosas, de la forma en que se suponía, y apoyar a Argon tanto como pudiera. Estaba devastada, siempre he sentido las cosas antes que él; antes que sus sentimientos, antes que su visión. Entonces, ya sabes, el caos simplemente sucedió, y realmente nosotros dos no lo presenciamos. Regresamos, luego la guerra comenzó. Seguimos adelante y tratamos de luchar por nuestra gente, por nuestra familia, por nuestras vidas. Elgoneth nos mantiene bendecidos, así que seguimos adelante.

–¿Cómo puedes ser tan sumisa? – pregunta Rita. –¡¿Cómo puedes mantener la esperanza?! ¡Eliminé a miles de tu pueblo! ¡Destruí tu molesto imperio! ¡Derroqué a Aramordt y la Gran Alianza! ¡Acabé con todo lo que ambos construyeron durante todas estas décadas! Asesiné todo tu orgullo, tu hogar, tu único nieto, tu fe, tu gloria, todos tus sueños, ¡¿y todavía te comportas así?!

–No. ¿Tú sabes lo que asesinaste? –pregunta Leyra–. Asesinaste a mi hija menor.

La princesa de las cenizas sonríe, y luego de unos momentos de silencio, se da la vuelta y comienza a retirarse.

–Voy a venir a la guerra muy pronto–exclama Rita–, ¿sabes lo que eso significa?

–¿Qué significa para ti? – pregunta la reina.

–El fin– responde Rita. –Entrégale este mensaje a mi padre. No quiero que me obligue a lastimarlo.

La capucha negra sobrevolaba por los vientos gélidos de la noche. Por sobre la vista de la reina, quien asimilaba los mensajes entre las líneas delgadas que salían del misterio de la voz de la princesa de la oscuridad, unas nubes oscuras comenzaron a cubrir a la distancia del firmamento, cuando de pronto, la reina de la oscuridad detiene su caminar, y se voltea una última vez, antes de adentrarse a la laguna oscura.

–Sigues siendo mi mami, – exclama la bruja del norte. –Lo sabes, ¿cierto?

–No sé quién eres, Rita.