Capítulo 25
El palacio de la belleza eterna se encontraba totalmente silencioso cuando Abban entró con pasos calmados. La doncella personal de la reina llamó la atención de los criados del palacio e hizo que estos avisaran a la Concubina imperial de su llegada.
—Mi señora, la señorita Abban está esperando en la cámara principal —Didi fue quien avisó a Azzar
Ezra rodó los ojos con fastidio y caminó rápidamente hasta la cámara.
—¿Qué te trae aquí, Abban?
—Su majestad, la reina, solicita su presencia en el palacio de la eterna luz.
—Está bien, ve saliendo, ya te sigo—señaló la salida de la cámara—¿Quieres que vea a la reina con ropas poco aptas? —interrogó al ver que la doncella no se movía de su lugar. Finalmente, sin otra alternativa, Abban salió de la cámara.
Ezra aprovechó y salió también con pasos rápidos del lugar hasta llegar a Didi.
—Debes salir del palacio, ahora —demandó
—¿Por qué, mi señora? —su expresión preocupada marcó su rostro.
—Vamos, Didi. Sabes cómo salir del palacio, ve y busca a la viuda del secretario del primer ministro.
—¿Qué? ¿Por qué hará eso?
—He ideado un plan, ¡Vamos, Didi! No tengo todo el día —perdió la paciencia—. Luego te explicaré, si eso es lo que te preocupa.
—Está bien, concubina Azzar —accedió finalmente.
Ezra vio salir al eunuco jefe de su palacio con pasos acelerados. Su propio corazón también latía acelerado.
—¡Vamos, Didi! —animó en un susurro al eunuco.
Cuando el muchacho salió del palacio, tanto Ezra como la doncella de la reina, Abban, salieron también con destino al palacio principal de todo el harén, el de la emperatriz. En poco tiempo, Ezra ya estaba dentro de la cámara principal del palacio real y saludó a la reina, quien estaba sentada en el trono ubicado al final del corredor. Aquella sala no se comparaba en absoluto con la de otros palacios, simplemente era magnífica e imponente, adornada con oro y plata. Los arabescos predominaban en todo el lugar dándole un aire acogedor y propio de la cultura.
—Saludos, majestad —inició Ezra.
—Bien, concubina imperial Azzar. ¿Cómo has estado?
—Muy bien, majestad. Gracias por preguntar.
La reina asintió sin interés en su respuesta.
—Te he convocado para hacerte una oferta.
Ezra entrecerró sus ojos con incredulidad.
—¿Oferta?
—Sí, una oferta —indicó—. No suelo hacer esta oferta a muchas esposas, así que considérate afortunada.
—¿Cuál es su propuesta?
La reina titubeó por unos momentos.
—Entrégame a tú hija, la princesa Banuqa. A cambio, tendrás el título de esposa. Estarás por encima de muchas bellezas, todos bajarán su cabeza ante ti. ¿Qué opinas? Te daré aquello que deseas en poco tiempo, no tendrás que esperar años para una promoción en tu rango —finalizó
Ezra no podía dar crédito a las palabras de la reina, sus ojos quedaron fijos sobre la mujer, y en su mente aún procesaba toda esa información.
—No haré eso —escupió con desprecio—. No venderé a mi hija por un título o un ascenso, no caeré tan bajo, no venderé mi alma a usted—sonrió forzada—, podrá haber convencido a alguna otra concubina de hacer eso, pero yo no lo haré, ¿me está haciendo una oferta? ¡Es mentira! —gritó. Su voz hizo eco en el lugar—, pues la única que se beneficia es usted.
—¡Irrespetuosa! ¿Cómo te atreves a hablar así? ¿No sabes que tu posición no vale nada ante mí? —Raita ya estaba frente a Ezra.
—Podría no valer nada, al menos por ahora. Pero, sé que valgo más que su palabrería mentirosa —pronunció imperiosa
La reina no pudo soportar las palabras de Ezra y enojada la abofeteó. Ezra cayó al suelo debido al golpe, agarró su mejilla adolorida con una de sus manos y regresó una mirada retadora a la reina. Apretó los dientes con fuerza y sus manos en forma de puño escondió tras las faldas de su túnica.
—La concubina imperial Azzar ha ofendido a la reina, ha hablado con falta de respeto y por eso quedará recluida en su palacio por un mes —decretó la reina—. ¡Sáquenla de aquí!
Los eunucos del palacio de la reina arrastraron a Ezra hasta el exterior del mismo. Tras la caravana de eunucos que la arrastraban iba la reina. Finalmente, cuando cruzaron el umbral de las puertas la tiraron con fuerza.
Ezra trató de levantarse del suelo. Sin embargo, dos eunucos pertenecientes a Raita la presionaron contra el duro suelo de piedra, haciendo imposible que se pusiera de pie.
—Espero que esto te quede claro—habló Abban a Azzar—, Y a todas ustedes —señaló al resto de concubinas que paseaban por allí—. Nadie debe irrespetar a la reina como esta mujer lo ha hecho.
La Concubina imperial Azzar trató de soltarse del agarre de los eunucos y de la humillación a la que estaba siendo sometida. En ese momento, se implantó en su corazón un sentimiento venenoso y cruel; la venganza. Ella estaba deseando en su corazón y mente, la caída de todas las esposas y concubinas que la habían despreciado. Cuando reina entró a su palacio, Ezra se levantó del suelo y caminó por el pasillo de regreso a su palacio con su cabeza alzada, no prestó atención a las murmuraciones que se levantaban a sus espaldas, y mucho menos a las miradas burlonas que recibió.
…
Ezra ingresó a su palacio. Didi le esperaba ansioso en el recibidor y en cuanto la vio fijó su mirada sobre su mejilla roja e hinchada.
—Mi señora, ¿qué le paso? —preguntó sorprendido
—No me pasó nada, solo tuve un inconveniente con la reina —dijo con la mirada perdida— ¿Has traído a la mujer?
—Si, ella está en la cámara principal, la está esperando.
—Bien
Ezra llegó con rapidez al salón y saludó con brevedad a la mujer.
—Mi señora —la mujer le hizo una reverencia.
—De pie —ordenó.
—Gracias, concubina imperial.
—Te llamé aquí para darte una información muy importante, podrá resolver el caso de tu difunto esposo.
La mujer abrió los ojos a la expectativa.
—Tengo al asesino, es una de mis doncellas. Sin embargo, también tengo su versión de los hechos, y confío completamente en ella.
—¿Qué le ha dicho? ¿Ha creído sus palabras?
—Sahabat es solo una niña, ¿por qué mentiría respecto a ello?
La mujer no dijo nada
—Ella me dijo que su esposo trató de propasarse con ella. Y en defensa propia y sin intención de matarlo lo golpeó con un jarrón. ¿Sabe usted algo que yo no sé? ¿Acaso usted sabe que su esposo no fue lo que todos creen?
—Por favor, no me pregunte eso —evitó la mirada de la concubina
—¿Quiere que todo el mundo piense que el secretario fue un buen esposo, cuando usted misma sabe que no fue así? ¿Qué cree que pasará cuando lo que diga Sahabat se riegue por todo el país… solo imagínelo, la esposa del secretario del primer ministro en boca de todos, la discriminarán, porque a pesar de todo, no será a él a quien culpen, sino a usted… es una pena que el mundo funcione al revés.
—No haré aquello que dice, no es verdad. El fue un buen esposo.
—No seguiré perdiendo mi tiempo con usted. Puede hacer lo que quiera —se liberó de la mujer —se levantó del sillón y salió de la cámara sin prestar atención a la mujer
Al salir de la cámara principal, su eunuco Didi la esperaba ansioso.
—¿Qué pasó, concubina imperial?
—Ella se negó a ayudarme—. Estoy segura que irá con la emperatriz.
—¡Su plan ha salido perfecto!
Ezra sonrío victoriosa y golpeó de manera juguetona el hombro del muchacho.
—La reina pensará que ya ha encontrado mi fin. Pero en realidad, buscará el suyo.
[...]
Las cortinas del palacio se cerraron impidiendo la entrada del sol a la habitación. La mujer que estaba acostada en el lecho se fundía cada vez más en su enfermedad, una muy extraña y repentina. El cuerpo de esa mujer estaba empapado completamente en sudor, tenía su lengua entumecida y su visión un poco borrosa.
Su atención se centró en la mujer que ingresaba a su habitación con un tazón de su menjurje matinal.
—Mi señora, ¿Cómo se siente?
La mujer soltó un suspiro cansino.
—Estoy empeorando —respondió en un susurro.
—Mi señora, ¿Y si la señora Shakti le ha dicho mentiras? No tome más esto. Mire que tras la receta de la rajput usted ha caído enferma
Badar apretó los dientes con furia y volcó el contenido del tazón sobre el suelo. El resonar del recipiente de cobre retumbó en toda la habitación a la par del grito desgarrador de Badar, aquel sonido salió de su garganta con ira y frustración. Trató de sentarse sobre el lecho, pero le fue imposible. Pues, sus brazos y piernas parecían no recibir órdenes. Por el contrario, parecían gelatinas.
—Esa mujer me engañó —susurró a duras penas—. Me está matando poco a poco —lloró con rabia.
—Debemos avisarle a la concubina imperial Azzar —imploró la doncella.
—No, ella no debe enterarse. Debe estár muy ocupada, además que no quiero preocuparla
—Pero. . .
Badar detuvo a la doncella con una seña y negó con su cabeza cuando la muchacha la miró a los ojos.
—Es una orden —demandó
La doncella no tuvo otra alternativa que aceptar sin muchas ganas la orden de su ama.
Badar volvió a acostarse sobre el lecho. Su cabello color castaño y hecho una maraña rodó hasta amontonarse sobre su rostro. Su cuerpo empezó a temblar, pero cuando por fin lo apoyó en el lecho enseguida el temblor paró.
La concubina imperial Alid soltó un suspiro cansino y tapó sus ojos con uno de sus brazos. El grito lleno de dolor y frustración resonó en todo el palacio, aquel grito significaba su hastío con su miserable vida, y la desesperación por acabar con su sufrimiento.
—¡Vete! —exigió a la doncella mientras lloraba.
[…]
… —Mi señora, la esposa del secretario ha entrado al palacio de la emperatriz
—Después de dos días se ha decidido… lo pensó demasiado —expresó con burla.
La charla de ellos se interrumpió de manera abrupta, pues la doncella personal de la concubina imperial irrumpió en el palacio con gran alboroto.
—Mi señora, la concubina imperial Alid está gravemente enferma —avisó tan pronto como ingresó a la sala principal.
Ezra se levantó como un resorte del sillón y corrió hasta la mujer.
—¿Qué tiene?
—Mi señora, por favor, vaya a verla —rogó mientras golpeaba su rostro varias veces con el suelo.
—Mi señora, sabe que no puede salir —Didi trató de negarse a ayudar.
—No puedo sentarme aquí sin hacer nada mientras Badar está enferma. Simplemente no puedo. Ella es mi hermana, iré con ella.
Ezra salió con prisa de su palacio y caminó hasta llegar a la residencia de Alid. En cuanto cruzó el umbral del palacio, la oscuridad la acobijó. Y tras algunos tropezones llegó hasta la habitación principal del palacete; Badar sonrió con tristeza a Ezra.
—¿Qué tienes? —interrogó Ezra
Badar suspiró profundamente y evitó mirar a Azzar.
—Solo estoy enferma, no es nada grave
—Entonces, ¿cómo es que tú doncella ha ido a mi palacio para avisar que estás enferma de gravedad?
—Esa desobediente, le dije que no quería preocuparte —miró enfurecida a la criada.
Ezra suavizó la expresión de su rostro, se acercó a Badar y peinó sus cabellos castaños.
—Dime, ¿ Qué tienes?
—No lo sé. He enfermado repentinamente.
La doncella encargada de Badar no pretendía quedarse callada y con valor habló:
—Concubina imperial Azzar, mi señora ha estado consumiendo un menjurje anticonceptivo recetado por la princesa rajput —confesó
—¿Qué has hecho, Badar? Sabes que no puedes confiar en nadie aquí.
—Lo sé… y me merezco esto por ser tan estúpida. Pero pensé que ella era de confianza al haberte ayudado a descifrar la receta del anillo… ¡Soy una estúpida!—dijo exaltada
—No debes decir eso… Buscaré una forma de ayudarte, encontraré al mejor médico para ti.
—No creo que eso sirva, Ezra. He empeorado mucho en tan poco tiempo, creo que me queda poco tiempo.
—¿Por cuánto tiempo has consumido esa receta?
—Cerca de una semana —respondió la doncella.
—Debe haber una forma, Badar —susurró para sí misma—. Consigue un médico ahora —ordenó
—Sí, concubina.
En poco tiempo, un médico entró al palacio y revisó a la concubina que yacía en el inmenso lecho color beige.
—La concubina imperial Alid sufre un cuadro de intoxicación —informó—. ¿Qué ha comido la concubina?
Ezra pensó varias veces lo que diría al médico, pues no podía decir que había ingerido medicina abortiva. Por dicha razón, evitó mencionarla. Sin embargo, si el médico no sabía que había consumido, tampoco llegaría a un diagnóstico acertado.
—No sé qué pudo haberme afectado —Badar se apresuró a decir
—Concubina imperial… no sabré como tratarla sino me dice que comió o bebió.
—Medico imperial, hablaré personalmente con la concubina imperial Alid. Puede esperar en el recibidor, por favor.
El hombre asintió y salió de la habitación.
—Ezra, acércate, por favor —solicitó Badar. Ezra con pasos rápidos llegó hasta el lecho—. Dime, ¿Cómo puedo ayudarte? Sé que moriré, esa mujer rajput me ha envenenado. Quiero que mi muerte no sea en vano.
—Yo estuve pensando mucho en ello, y he encontrado la forma de desgraciar a la reina. Pero no a la señora Shakti.
—Solo quiero ayudarte. Sea cual sea la que caiga no importará, pues ambas me han hecho daño.
Ezra trató de sonreír y animar a la mujer. Pero lo único que consiguió fue esbozar una sonrisa descompuesta. Sus ojos se humedecieron con gruesas lágrimas ante las palabras de Badar. Ezra finalmente apoyó su cabeza sobre el lecho y lloró con tristeza.
Las vidas de ambas habían cambiado en su totalidad. Ahora, vivían una realidad que querían evitar. Al final, las circunstancias las obligaron a enfrentarlo.
—Si mueres te prometo que haré pagar a esa sucia mujer rajput —susurró con voz rasposa y desgarrada.
Badar giró su cuerpo débil hacía Ezra y sonrió levemente.
—He estado agradecida por tener una amiga que es más que una hermana. Espero que puedas hacer lo que dices. Ahora, regresa a tu palacio antes de que la reina o alguno de sus sirvientes se den cuenta que incumpliste su orden.
Ezra aceptó las palabras de Badar y salió de ese palacio junto con Didi. Caminó lentamente mientras el eunuco trataba de apurarla, el muchacho tenía miedo de ser descubiertos y por eso miraba a cada lado con nerviosismo. Sin embargo, a Ezra eso no le importaba. Su mente había quedado en ese palacio junto con Badar.
—¿Acaso la concubina imperial Azzar se atrevió a desobedecer el edicto de la reina?
Ezra cerró los ojos con frustración e ira. Aquella voz era la que menos quería escuchar en ese momento.