Capítulo 24

La emperatriz Khatri hacía una audiencia aquel día, se trataba del grupo de detectives que el rey había permitido entrar para la investigación de la muerte del secretario del primer ministro. Con unas pocas palabras, Khatri les había dado su consentimiento para investigar tanto como quisieran.

Sin embargo, algo en sus palabras llamó la atención de la reina. Y supo que eso lo podía utilizar a su favor.

—Su majestad, la investigación la está llevando a cabo la esposa del secretario. Hemos encontrado una pista que nos puede llevar al escondite del asesino —dijo el detective privado.

—Sigue, te escucharé.

—Majestad, encontramos que el asesino es una mujer. Esta ingresó al palacio para evadir la responsabilidad.

—¿El asesino es una doncella?

—Esa es nuestra teoría. También, queremos tener el testimonio de las dueñas de algunos palacios con servidumbre nueva.

—¿Cuáles son esos palacios?

—Los palacios de la concubina imperial Azzar, Farah y la esposa de origen rajput.

—Está bien, les doy mi permiso. manténgame informada con todo.

—Gracias, majestad.

El personal salió de la cámara principal de la reina destino a los palacios antes mencionados.

La Concubina imperial Azzar estaba descansando de una larga jornada cuidando a la princesa, en ese momento, se encontraba sentada frente al jardín del palacio admirando su plantación de rosas rojas.

—Mi señora, unos hombres la están buscando para hacerle unas preguntas. Son los investigadores de la muerte del secretario del primer ministro —indicó Yasmina

—Está bien, hazlos pasar a la cámara principal.

—Sí

La señorita Yasmina siguió la orden de Azzar e hizo entrar a la cámara a los detectives, tiempo después entró ella también.

—Saludos, concubina imperial —saludaron con una sola voz.

—Díganme, ¿Cómo les puedo ayudar?

—Concubina imperial, necesitamos hacerle unas preguntas, son para descubrir al asesino del secretario.

—Adelante.

Los detectives hicieron tantas preguntas como quisieron a la concubina Azzar y tan pronto como terminaron, salieron del palacio. La sala quedó en silencio al haberse quedado casi vacía. El personal del palacio regresó a la sala principal, estaba Didi, Yasmina y Sahabat.

—Mi señora, ¿le han dicho algo? —interrogó Sahabat tan pronto como estuvo frente a ella.

—¿Porqué tanto interés, Sahabat? —reprochó malhumorada.

La atención recayó sobre la pequeña doncella haciéndola temblar con miedo. Finalmente, no pudo seguir escondiendo aquello que la perseguía y condenaba. Su máscara dolorosa cayó dejando un rastro de sangre y sufrimiento.

—¡Mi señora, por favor perdóneme! —exclamó mientras lloraba.

—¿Qué has hecho? —interrogó Ezra pensando que ella la había traicionado al igual que Tafur.

—Su esclava no merece el perdón, pero por favor, hágalo —lloró

—¡Dime qué has hecho! —sus ojos se clavaron sobre la doncella demostrado irá.

—He matado a una persona —al ver las caras de incertidumbre y miedo, trató de defenderse—, no fue mi intención, no fue intencional.

—Mi señora, esto no me está gustando —comentó Yasmina asustada.

—Calma, deja que siga hablando.

Sahabat estaba arrodillada frente a Azzar, sus ojos brillaron con esperanza cuando Ezra la dejó explicar su situación.

—Mi señora, todo ocurrió hace aproximadamente seis meses. Salí de casa de mi padre, pues él se había negado a comprometerme con el hijo del comerciante de alfombras… Yo estaba muy enamorada, en verdad lo quería, y pensé que mi padre dejaría casarnos, pero no ocurrió. Así que ese día escapé de casa y llegué a la residencia del padre de él. Sin embargo, me di cuenta que se estaba comprometiendo con otra mujer. —sus lágrimas salían sin parar y su voz se quebraba mientras hablaba— ¿Qué sería de mí? Había abandonado mi casa, no podía regresar. Así que fui hasta la mansión de uno de los amigos de mi padre; era el secretario del primer ministro. Yo lo hacía tan recto y correcto que pensé que ese sería el lugar para quedarme solo unos días. Su esposa me trató muy bien, como a su propia hija. Pero no pude decir lo mismo del hombre. Durante la última noche que pasé allí ese cerdo despreciable entró a la habitación donde dormía. Trató de… —Sahabat cerró los ojos con fuerza ante el horrible recuerdo —. Sentí su aliento a alcohol mezclado con su asqueroso olor corporal. Sentí desfallecer, sin embargo, tomé fuerzas y patalee todo lo que pude hasta tocar con mis manos un jarrón. Con todas mis fuerzas lo choqué contra su cabeza, pero no medí mi fuerza cuando lo empujé de encima mío… Chocó contra el muro… murió de inmediato —terminó el doloroso relato

—¿Cómo entraste al palacio? —interrogó Ezra.

—Hice filas para entrar como servicio del palacio. Nadie notó que no pertenecía aquí.

—Mi señora, es peligroso tenerla aquí —intervino Yasmina.

Ezra ignoró las palabras de la doncella personal.

—Mi señora, por favor, ayúdeme —suplicó Sahabat con voz rota.

Ezra se levantó del sillón y llegó hasta la doncella. Extendió sus brazos a ella ayudándola a levantarse.

—Te ayudaré —prometió

Sahabat suspiró aliviada, pero al mismo tiempo se echó a llorar en brazos de su ama.

—¡Gracias, mi señora!

[...]

El rey Mahdi visitó repetidas veces el palacio de Ezra durante aquella semana. Ese día, el hombre se encontraba sentado frente al jardín del palacio y a su lado Ezra también estaba. Ambos miraron las flores allí plantadas; rosas, orquídeas y azahar.

—Veo que te gustan las rosas —indicó Mahdi mientras señalaba dichas rosas.

Ezra sonrió con coquetería a la vez que asentía con la cabeza.

—Sí, me gustan.

—Mandaré que te traigan muchas rosas al palacio, ¿qué te parece?

—Me parece bien —aceptó.

Ezra dejó que el silencio se apoderara del momento. Sin embargo, aquello no resultó incómodo. Luego, con tacto entró en un terreno pantanoso.

—Majestad, no ha preguntado por Aisha —el rey no dijo nada, su mirada quedó clavada en el jardín—, siempre que ha venido al palacio es para verme a mí, pero nunca habla de Aisha, ¿No le gustó que haya sido una niña? —soltó

Mahdi tensó su cuerpo al escuchar las palabras de Ezra.

—No es eso —evadió—. Solo que fue decepcionante no tener otro varón

—Entonces no llené sus expectativas —zanjó

—¿Cómo está la princesa Banuqa?

—Su majestad puede verla —sugirió

El rey asintió con la cabeza. Ambos se levantaron de las bancas frente al jardín y caminaron en dirección a la habitación de Banuqa. Al lugar entraba la luz por los grandes ventanales, la brisa también se auto invitaba para entrar a la recámara haciendo mover de un lado a otro los juguetes y colgantes de madera que adornaban la habitación. Mahdi avanzó con lentitud y duda a través del pasillo que conectaba las habitaciones de la princesa con la de su concubina. Vio a Ezra tomar y mecer a la niña en sus brazos, inseguro extendió los brazos y recibió a Banuqa con firmeza.

—Él es tú padre, Aisha —habló con ternura y señaló a Mahdi. Tras él, Ezra hizo pucheros a su hija en un intento de distracción. —Majestad, sería bueno que establezca un vínculo con la niña. Después no se queje si crece con rencor hacia usted o poco apego.

—Pero, tú eres su madre. Tú estás más tiempo con ella. Yo soy el rey, soy una persona ocupada, ella debe entenderlo.

Ezra negó y sonrió levemente

—Usted es su padre… yo no la hice sola. Además, ella tan solo es una niña, nunca entenderá por qué su padre no fue cariñoso y cercano con ella —restregó sus manos con nerviosismo ante el silencio y la expresión confundida del rey prosiguió hablando—. Eso no lo hará débil, por el contrario.

El rey solo asintió, no dijo ni una palabra respecto a eso.

—Pensaré en ello —aclaró antes de devolver a la niña y salir del palacio.

Tras la salida del rey, Didi entró a la habitación con acelere.

—Mi señora, ¿Qué le dijo al rey? ¿Le ha dicho algo de Sahabat?

—No—respondió mientras mecía a la bebé en la cuna.

—¿Qué piensa hacer para ayudarla? No puede arriesgarse a usted misma… piénselo, por favor.

—Didi, ¿No harías tú lo mismo por alguien que lo necesite?

El eunuco no dijo nada, dejó de reprochar y retrocedió unos cuantos pasos.

—¿Lo ves? Yo también la ayudaría —se defendió.

[…]

La concubina imperial Alid ingresó junto con su doncella al palacio de la señora Shakti. Cruzó el umbral con rapidez llegando hasta el recibidor del palacete. Allí esperó durante unos minutos hasta que la princesa la dejó pasar.

—Saludos, concubina imperial Alid —saludó con desinterés Shakti.

Badar no prestó atención a las palabras de la mujer y se dedicó a ver de reojo aquel palacio. Ese lugar lucía poco ordenado, las linternas encendidas eran pocas, lo que hacía ver el lugar oscuro y con una vibra nostálgica. La asignación mensual de ese palacio había bajado tanto que ni lámparas se encendían en la fachada, todo por la descortesía de la princesa rajput hacía el califa Abasí. Una concubina era nada sin la protección del rey… Pues, las demás bellezas seguían una regla: al caído caerle.

—¿Está viendo mi desdicha? Dígame, ¿se reirá de mí?

—No—soltó y caminó alrededor de la habitación—, no me atrevería a hacerlo… no cuando yo también padecí o mejor dicho… sigo padeciendo.

—Al parecer he encontrado a alguien igual a mí —dijo con sarcasmo.

—Así es. Pero ahora, no he venido a compartir mi mala suerte con usted.

—¿A qué ha venido? —Shakti merodeó alrededor de Badar como cuando una serpiente gigante rodea a su presa hasta conseguir asfixiarla—. Debo reconocer que me siento muy intrigada

Badar sonrió forzada y se sentó en uno de los sillones.

—Quiero saber qué es lo más potente para evitar un embarazo.

Shakti detuvo su andar circundante y se ubicó frente a Badar. Una sonrisa maliciosa salió de sus labios, su mirada fue vacía, extraña y perdida. Cómo si sus pensamientos estuvieran extraviados en los interminables recovecos de su retorcida mente.

—¿No le preocupa que divulgue esto? —interrogó

—No, porque nadie te creería.

—¿Como está tan segura? —preguntó molesta.

—No te arriesgues cuando no conoces a una persona, mucho menos su pasado

Shakti fingió haber entendido sus palabras, pero por más que su astucia fuese su mayor fuerte, su corazón era el más duro. Ella jamás entendería aquello.

—Digame, ¿cómo le puedo ayudar?

—Ya sabes los que necesito

—Bien, creo tener lo que necesitas —rebuscó en su vitrina llena de hierbas, polvos y líquidos extraños. —Lo tengo—alzó un pequeño frasco lleno con un líquido de color plateado.

—¿Qué es?

—Los griegos lo llamaban hydrargyros. Es decir, “agua de plata” fue usado en muchas civilizaciones, la egipcia, los griegos y romanos.

—¿Funciona?

—Te garantizo que funcionará —aseguró mientras sonreía con malicia— Debes seguir al pie de la letra mis indicaciones. Debes tomar un menjurje a base de esto, todas la mañanas.

Badar tomó el frasquito en sus manos y lo guardó entre las ropas.

—Me retiro —avisó

Shakti la despidió con fingida cortesía, y cuando quedó sola nuevamente se echó a reír tan alegre, tan malévola. Ahora, ella quería saber hasta dónde llegaría la concubina imperial Alid.