Chapter 39.
. Crisis.
Dos meses después.
No puedo decir que pasó rápidamente este tiempo porque estaría mintiendo, fueron las ocho semanas más largas de mi vida entera. Cada día me sentía peor que el anterior y mi calidad de vida disminuyó casi que por completo. No me veía bien, como no me alimentaba como debía o menos lograba dormir, estaba tan delgada que empezaba a verme mal y no podía hacer nada al respecto.
Un día muy malo fue hace unas semanas exactamente el trece de enero, ese era el día en que Roman cumplía dieciocho años. El desde la primera noche en que se fue empezó a escribirme un mensaje cada noche preguntando como estaba, o simplemente diciéndome… que me extrañaba. Yo nunca pude responder ningún mensaje, era doloroso pensar en comunicarse con él de esa manera sabiendo que no volveré a verlo nunca más aunque él diga lo contrario, sé que no sucederá, hablar con él solo haría todo más doloroso y no me ayudaría a olvidarlo, pero esa mañana en que vi la fecha, justo ese día en que cumplía y que tenía tantas cosas planeadas… que ahora no iba a poder cumplir, me puse muy mal y no fue como en estos dos meses en que lloré sin parar o no comí, no. Fue peor, perdí la razón.
Fui a la casa de Julien porque cumplía Justin también, solo accedí porque sabía que no debía estar sola, porque debía intentar distraerme y no pensar. No quería pensar… veía a Mateo bailar alegre con los otros dos hermanos de Julien, Lucila sonreía mientras les tomaba fotos a todos, Julien estaba a mi lado contándome una historia que poco pude escuchar, pero luego se fue porque habían llegado sus padres. Agarré la copa y terminé de beber lo que había en ella, estaba mareada, había bebido sin parar esta noche, no sé hace cuánto no bebía, pero no me importaba. Solo necesitaba esto, no pensar, distraerme, pero luego, cuando vi a uno de los amigos de Julien por detrás, que tenía la misma silueta que Roman, no lo soporté más y perdí el control.
Salí al balcón y cerré la puerta, agarré mi teléfono y marqué el único número que me sabía aparte del mío… contestó casi que al primer intento.
-¿Urania? Princesa… -Lo interrumpí.
-No me digas así, ¡no tienes el derecho de llamarme así!
-¿Qué? ¿qué hice…?
-Eres… eres, un estúpido, un infeliz. Con solo un par de frases que dijeron tus padres saliste corriendo, ni intentaste que cambiaran de opinión, solo huiste sin pelear, dejándome sola, ¡sola maldición! Estoy destrozada, desecha… y todo es tu culpa. No hay un momento en el día en que me sienta bien ni hora, todo es horrible. -Limpié mis lágrimas.
-Urania…
-¿Para qué permitiste que pasara algo entre nosotros si no planeabas luchar por mí? ¿para qué? Maldición, y ahora tú estás allá y estás bien, seguiste con tu vida mientras yo sigo aquí muriéndome.
-No sé cómo puedes decir eso.
-¿Y para qué me escribes? ¿acaso planeas volver?
-Sabes qué ocurriría si vuelvo…
-Ni, aunque te ruegue lo harías, ¿no es así?
-Urania…
-¡Te odio! Desearía no haberte conocido.
Colgué y aventé mi teléfono a la pared, observé como cayó destrozado al piso. De inmediato salí, sentí unas miradas. Sé que no me escucharon por el ruido de la música, pero al ver mis ojos hinchados y mi rostro enrojecido, sé que llamé la atención. Decidí irme por no querer arruinarle la fiesta a Justin, no sería lo justo.
Esa noche perdí todo contacto con Roman y no solo por esos días, fue para siempre. Salió de mi vida.
Es que… no lo entiendo.
Las cosas que dije esa noche ni las había pensado, solo las escupí y ahora que meditaba sobre ellas me daba cuenta de que tenía mucha razón. El pudo intentar hacer algo, dialogar con ellos, no lo sé. Llegar a un acuerdo, pero a la primera vez que le dijeron esas cosas decidió sin pensarlo marcharse y solo día y medio después ya estaba volando a Madrid. Podría haberles explicado como sucedió todo, cómo por cuántos años me quiso y todo lo que tuvo que pasar antes de que pudiésemos tener algo, pudo haberles dicho lo mucho que lo cuidé, todas las cosas que hice por calmarlo, complacerlo, por hacerlo feliz y tal vez así podrían haber entendido al menos un poco o al menos permitir que regresara siquiera en sus vacaciones, porque así al menos viviría con ellos y podría seguirme viendo, pero no intentó nada. Se fue así de fácil, sin luchar por mí, dejándome sola, totalmente sola.
Es la segunda vez en mi vida que quedo totalmente sola, no sé cómo podré soportarlo. No soy tan fuerte, Dios.
Todo el tiempo sentía un enorme nudo que apretaba mi pecho y siquiera pensar en pasar un día sin llorar no pasaba esa posibilidad por mi mente. Sabía que no podía, que era imposible subirme a mi auto y no sentirme miserable porque el no está a mi lado, era imposible conciliar el sueño cuando me embargaba tanto dolor, es que era tanto el dolor que me causó su partida que no había ni un segundo en el día en que no me doliera, en que no sintiera que moría en vida y a medida que transcurrían los meses todo iba a peor.
Me volví muy rígida en la escuela, había perdido incluso el deseo de enseñar, pero lo hacía porque era lo único que lograba hacerme sentir bien, al menos por esas horas, pero cuándo salía, volvía a mi horrible realidad y todo se teñía de negro.
No sé por cuánto tiempo más logre vivir de esta manera, si es que a esto se llama vivir. Simplemente estoy SOBREVIVIENDO, sí, eso es lo que estoy haciendo. Lo que yo tengo ahora no es vida, es una lucha constante por no desfallecer, por buscar razones absurdas para seguir viviendo, cuándo sabía que no había alguna.
No sólo con su partida lo perdí a él, perdí el rumbo y no sabía qué iba a hacer. Todo era tan difícil y menos con estos pensamientos turbios que se cruzan a toda hora por mi mente, los cuales cada noche logro menos alejar.
La primera vez que pensé en intentarlo fue en mayo. Estaba en Medellín por una excursión de la escuela, Lucila esta vez no fue porque tenía licencia de embarazo. Sí, en enero descubrió que tenía tres meses y no lo notó solo por pensar que estaba un poco gorda. Esperan a una niña a la cual llamarán Irene. Entonces fui con Julien esta vez y Gabriela.
Los chicos estaban en el hotel por ser tarde ya, entonces Julien me dijo que nos reuniéramos con unos amigos suyos en la zona rosa, en una discoteca y para ir, había que tomar el metro… nos detuvimos en la estación. Observaba a Julien conversar alegremente con uno de sus amigos cuando observé el tren a lo lejos y pasaron miles de cosas por mi cabeza en esos instantes. He visto videos de la gente cuando salta a los rieles y sé que no hay posibilidades de sobrevivir, la maquina te despedaza y creo que no alcanzas a sentir si no es un solo segundo de dolor, no alcanzas a agonizar. Pensé en las posibilidades, en que esto sería una salida fácil, que con esto podría acabar con esta horrible existencia, pero luego Julien me llamó para presentarme a alguien y pensé: puedo haber perdido la cordura, pero no haré esto delante de él. Sería traumante y egoísta de mi parte, si lo hago, debo hacerlo sola. Aunque no creo que llegue a atreverme nunca, ni eso puedo hacer… o al menos eso pensaba. En ese momento no podría anticipar la locura que ocurriría después.
Por otro lado, exactamente ayer ocurrió algo… que no sé ni cómo describir. Yo sabía que mamá había salido libre bajo fianza y pensé que no vendría nunca a buscarme, ella sabía que yo no quería volver a verla nunca más, si fuese distinto la hubiese ido a visitar al menos una vez a la penitenciaría el buen pastor, pero nunca lo hice.
Era ocho de mayo esa tarde, estaba con Mateo quién había venido a pedirme unos consejos (su bebé nacería dentro de unos días) sobre ropa de maternidad, pero en poco había podido ayudarlo porque conozco poco de eso, nunca he convivido con una mujer en gestación. Lucila llevaba dos días hospitalizada y aún ni siquiera había empezado a dilatarse, así que le faltaba estar ahí mucho tiempo más. Arreglaba mi bolso para ir a la clínica cuando escuché que tocaron al timbre.
Mateo me hizo señas de que abriría.
-¡Mierda! -Exclamó al ver a mi madre y yo al ver su rostro sentí que se me revolvió el estómago.
-¿Será que… puedo pasar? -Preguntó mamá en voz baja. Se veía muy distinta, cambió su antiguo cabello rubio teñido a cobrizo y había aumentado considerablemente de peso, de no ser por su nariz predominante y cejas encontradas no la hubiera reconocido. Estaba muy distinta.
Caminé hacia la puerta.
-No, no puedes.
-Urania, tenemos que hablar, algún día tiene que pasar. -Jalé a Mateo del antebrazo y caminamos hacia su auto, el se veía muy incómodo.
-¿De qué? ¿de cómo acuchillaste a mi padre? ¿o de cómo mentiste a la policía alegando que el nos maltrataba? ¿de eso quieres hablar? -Me subí en el asiento de copiloto, esta vez iríamos en su auto. El se subió también.
-Me siento incómodo dejando a una mujer mayor hablando sola.
-Vámonos.