Chapter 38.
Adiós.
Escuché la alarma de Roman sonar muy temprano y se levantó en silencio, no dije nada, no hice nada, sabía por qué había sonado a esa hora, pero no me atreví a decirlo. Sabía lo que ocurriría y pensar en eso… era insoportable, no podía. Dios, ¿cómo voy a aguantarlo? ¿cómo voy a vivir cuándo el se vaya?
Fuimos en mi auto a eso de las siete al aeropuerto internacional Rafael Núñez, me puse una blusa y unos shorts que no combinaban. Roman sabía que nos íbamos a quedar aquí y por eso, trajo ropa para mí y mis cosas de aseo. Con él no solo hizo lo mismo, sino que… trajo toda su ropa, sus dos maletas y no me di cuenta por ir con los ojos vendados… no sé ni qué sentí al ver esas maletas, quise patearlas.
Me sorprendió ver a Lucila y a Mateo en la sala de espera del aeropuerto, ellos me saludaron, pero no como siempre, no se veían alegres y en ese momento lo comprendí. Roman los llamó porque sabía que me iba a quedar sola… porque sabía que necesitaría a alguien después… de que él se vaya.
-¿Cómo estás Urania? ¿qué tal la pasaron anoche? -Preguntó Mateo alegremente.
-Fue genial. -Admití. Roman me abrazó por los hombros, no se veía alegre, se veía muy triste y por eso, desvié la mirada. No soportaba verlo así, era muy doloroso y no ayudaba el hecho de que yo me sintiera peor.
-Se nota, mira la marca degenerada en tu cuello. -Comentó Lucila burlándose de mi cuello. Me miré en un espejo que ella traía en su cartera y reí también, nunca Roman me había dejado marcas antes. Justo lo hace en nuestra última noche…
-Lo siento Urano. -Se disculpó Roman.
-No te preocupes.
Pasaron un par de minutos, acompañamos a Roman hasta dónde los guardias nos dejaron pasar, no podía verlo partir directamente, no nos dejaron pasar más allá de la parte del escáner y justo ahí lo sabía, esto era todo, debía irse. Escondí mis manos en mis shorts para que no notaran lo mucho que temblaba, me costaba incluso respirar.
Mateo lo abrazó primero, pensé que Roman renegaría, pero no dijo nada, tenía la mirada perdida y llevaba minutos sin decir ni una sola palabra.
-Roman amigo. -Lo apretó más fuerte, incluso Roman intentó separarlo un poco, pero lo tenía aprisionado, por lo visto no solo a mí me dolía su partida. -Me caes bien, aunque desprecies mis cohetes y que hayamos perdido por tu culpa en el torneo de halo.
-Se fue la luz en ese momento. -Comentó Roman defendiéndose.
-Eso dices para no admitir la derrota. -Roman no renegó, no tenía caso ponerse a discutir por eso ahora. -Te quiero amigo.
Él solo asintió, sé lo mucho que le costaba hablar. Lucila también lo abrazó, pero Roman a duras penas la tocó, creo que le avergonzaba ya que ella nunca había hecho eso antes, Mateo si muchas veces lo abrazó, cosa que lo hacía enojar en sobremanera.
-Extrañaré que me corrijas y me digas degenerada. -Reímos al escucharla.
-Te llamaba pervertida.
-Incluso ahora me corriges. -Se separó y Roman me miró. Me quedé paralizada en ese momento, sabía que si lo tocaba me iba a desplomar, no sé si lo podía soportar, esto era demasiado.
-No llores. -Inhalé profundamente, pero no pude evitarlo. Rompí en llanto y Roman me abrazó fuertemente.
-No quiero que te vayas. -Lo sujeté más fuerte. -Quédate conmigo, por favor.
-Ojalá pudiera mi Urano. -Limpió mis lágrimas, juntó su frente a la mía. Sus ojos también estaban enrojecidos, esto era insoportable. -Gracias por quererme y por tolerarme, me hiciste feliz como nunca lo había sido.
-No digas esas cosas…
El guardia nos hizo señas de que Roman era el último que faltaba por pasar por el escáner, entonces lo miré a los ojos.
-No me vas a olvidar, ¿verdad? -Pregunté tontamente, me sentía totalmente vulnerable.
-Nunca mi Urano. -Me dio un corto beso, luego otro, luego otro y otro y otro, esto era horrible. Se separó a regañadientes cuando lo volvieron a llamar, agarró el morral que traía, se lo colgó en los hombros.
-Toma. -Me dio una tarjeta azul en mis manos. Era bancaria, lo miré confundida.
-¿Por qué me das esto?
-Ahí está el dinero de lo que gané, quiero que tú lo tengas.
-Roman no. -Intenté regresársela, pero se negó. -Es tuyo, tú lo ganaste.
-Urania, no lo necesito. La clave es tu fecha de nacimiento.
-Roman…
-No me rechaces esto por favor. -No entiendo porqué haces esto. -Te amo, te amo demasiado.
-También te amo Roman… -Lo abracé fuertemente. -Te amo tanto que duele.
-Este no es el fin, ¿sabes? -Asentí, quería creerlo, aunque sabía que era imposible. Me besó una vez más, luego agarró las maletas y lo vi alejarse.
Lucila sujetó mi hombro y tuve que tomar grandes bocanadas de aire, sentí que me ahogaba, que me desvanecía. Ambos me abrazaron y me desplomé a llorar, ya sabía lo que venía, iba a caer en depresión de nuevo, justo como cuando ocurrió lo de papá, pero en esa época fue un poco más fácil, tenía a mi abuela, tenía a los padres de Roman y mis amigos que me apoyaban, pero ahora no tengo ni a mi abuela ni a sus padres, no sabía cómo iba a hacer para soportarlo.
Los primeros días no solo fueron duros, fueron devastadores en todos los sentidos posibles. Estaba tan acostumbrada a dormir en sus brazos o en su pecho, sintiendo su olor y escuchando sus quejas, que ahora de repente estar sola, totalmente sola era casi tan destructor como una enfermedad invasiva, porque no encontraba paz, porque no había un solo minuto en que me sintiera bien y no que mi mundo se me venía encima a todo momento. Odiaba desayunar, ya no estaba quién protestara sobre mi café o porque mezclé un poco sus alimentos, odiaba vestirme porque no había quién luchara por arrebatarme la ropa y que casi siempre lo lograba, odiaba salir a correr porque no estaba la persona que se reía de mí porque corría como si me estuviese cayendo ni el que me apretaba la nariz cuando me equivocaba al hablar. Ahora estaba sola y no había forma posible de poder cambiarlo.
La segunda semana fue peor porque empecé a perder el apetito y dejé de comer casi que por completo, sentía que se me atrancaban los alimentos en mi garganta y sentía arqueadas. Lucila y Mateo se preocuparon cuando les conté esto y por eso, alrededor del doce de diciembre, me sorprendieron una noche en que ambos se aparecieron sonrientes en mi puerta con maletas.
-¡Vacaciones con nuestra mejor amiga! -Sabía que hacían esto por no dejarme sola, lo apreciaba mucho, pero ni su alegre compañía e intentos de alegrarme, lograron reconfortarme un poco, me sentía cada vez peor, era horrible despertar (si es que había logrado dormir un poco), era horrible intentar subirme a mi auto porque no estaba ese copiloto que se quejaba de mis gustos musicales, que odiaba la canción de chiquitete y por eso se la ponía muy seguido, que se quejaba de mi falta de talento al cantar o que me besaba tres veces antes de dejarlo en la escuela, dos cuando le servía la comida u otras tres cuando llegaba de trabajar (siempre me besaba la misma cantidad de veces o le causaba ansiedad) o que besaba mis manos cuando me veía trabajando en la laptop o despeinaba mi cabello si había tomado un poco. Ya ahora ninguna de esas cosas tenía sentido, en realidad todo lo había perdido para mí.
Así una noche, cerca del quince de diciembre, salí huyendo de casa o más bien, de la sobreprotección de mis amigos (quienes no me dejaban sola en ningún momento) y manejé bicicleta hasta la cima de la calle principal de los toboganes. Me senté en la acera e inhalé profundamente. Observé la pantalla de mi teléfono y estuve a punto de perder la batalla y llamarlo, pero habíamos acordado no hacerlo, eso sería más doloroso, lo mejor era intentar seguir cada uno con su vida porque si por algún motivo sus padres que los creía capaces en verdad de revisar su teléfono, se enteraban de que seguíamos en contacto, sé que de igual forma me delatarían en la escuela, me quedaron odiando tanto que hasta me bloquearon en redes sociales, es que no los entiendo, entiendo que piensen mal de mí, pero no hasta esas instancias por dios.
Me quedé sentada un rato ahí pensando e intentando no llorar, cuando vi a un coche detenerse junto a mí. Era una Ford oscura de los noventa. Vi a un par de chicos caminar hacia mí y resoplé, era Nicolás y el otro no sé quién era, pero se parecía a él, aunque era más bajo.
-Vaya, iba a aburrido y recordando que me ignoraste por internet, pero te veo y todo se me pasa. -Comentó sonriente, en verdad no estaba de ánimos para tolerarlo, pero no me sale el responder con carácter, suelo balbucear como lo he hecho con anterioridad. -Él es mi primo Danny.
-Hola. -Me dio la mano, solo por cortesía respondí.
-Recordé que tengo algo que hacer… -Mentí y me puse de pie.
-¿Qué olvidaste? -Preguntó Nicolás, ¿por qué razón no deja de sonreír? Me estaba poniendo muy de malas.
-Cenar. -Fue lo único que se me vino a la mente ya que escuché mi estómago rugir unos minutos atrás.
-Nosotros salimos a buscar un lugar donde comer ahora, ven con nosotros. Será un placer invitarte a cenar.
-No sería apropiado, ¿no crees?
-Nena. -Puso su mano en mi cintura, sentí que estaba a punto de darme una embolia. -Ya no eres mi docente, ahora eres libre de salir conmigo.
-Oye…
-¿Me darías tu número de teléfono?
-Nicolás, no. Lo siento, sé que nada lo impide, pero acabo de salir de una relación y no pienso empezar otra, menos contigo.
-Le acabas de romper el corazón a mi primo. -Comentó Danny sujetando exageradamente a Nicolás, quién había fingido sufrir un infarto.
-Solo una pregunta. -Comentó Nicolás. -Vi al esposo de la profesora Urania entrar a una casa republicana en el prado hace unas horas, ¿ellos viven ahí? Planeo llenarle de huevos la entrada, me hizo sufrir por tres años.
-No, esa es mi casa. Te mueres si le llegas a aventar algo.
-Interesante. -Comentó enarcando una ceja, ambos se miraron sonrientes entre sí. Maldición, debí dejar que aventaran los huevos mejor. -Ya veremos si sales conmigo o no.
-Mira, me encontré una bicicleta. -Comentó su primo agarrando mi bicicleta y la subió rápidamente en el techo de la camioneta.
-Oye, ¿no es un poco infantil hacer eso?
-Déjanos llevarte y te la regresaremos.
No estaba ni de ánimos de discutir y menos con chicos inmaduros como ellos. Al parecer consiguen las cosas que quieren amenazando, ¿les funcionará esa estrategia con las chicas?
Estaba sentada en la mesa de un restaurante árabe, algo costoso mientras los escuchaba hablar de estupideces, aunque no prestaba atención alguna, no me apetecía en verdad. No me sentía bien, quería llorar, no podía concentrarme y a eso de las ocho, justo cuando la mesera trajo los platos de comida, escuché que sonó mi teléfono. Era un mensaje:
-Amiga, ¿no leíste el correo que te dejaron debajo de la puerta hace una semana? Tu mamá saldrá de la cárcel en unas semanas.