Capítulo VIII: Crónica del Exilio (2)
Sobre la preciosidad de su cielo inmaculado, flotaba un orbe misterioso; emergiendo del suelo del bosque reticente. Los guardianes de Adnia fueron los primeros en mirar hacia arriba, en las afueras de sus balcones; presenciando la espantosa circunferencia. Desconcertados, ya que no sabían lo que significaba esta presencia. Sin embargo, la reina del castillo divino solo pudo deducir la presencia maléfica, proveniente de un origen tempestuoso. De una malicia insomne. Del hijo de las tinieblas. De una procedencia que buscaba venganza en la intimidad de su corazón; envenenado de negligencia desde su rechazo. Del elegido, que había declarado la guerra en un instante; el que se postraba arrogante, debajo de los ojos llorosos de la diosa.
Las intenciones maníacas del Dios del Plasma cobraron vida, y la reina supo que esta energía deshonrada no seguía su voluntad a solas con él. El poder venenoso, brotando de la esfera diabólica, guió una ruta; apuntó un objetivo, para las criaturas a las que la mujer más temía. Mostrando la caída, revelando la rebelión; como la mirada temblorosa de la diosa reconoce el andar mortal de las monstruosidades renacidas de Sogni, desde lejos. Desplegando lentamente los límites del feudo. Los reyes gritaron pidiendo defensa; anunció que estaban bajo un fuerte ataque, viniendo de todos lados. Y en la visión de cerca de la reina, fue testigo de la imagen del prólogo al caos.
– ¡¿Qué es lo que has hecho?!
– ¡Son las consecuencias de tus actos, mi diosa! –responde Arac–. ¿O creíste que te escaparías de ellas? ¡Este es mi reino! ¡Este es mi trono! Ahora, ¡es que va a empezar esto!
Amsiret y Marlina saltan de la apertura gigante de la cámara real, resultante del hechizo prodigioso de luz de la diosa; caen al frente de Arac, pero cuando estos iban cayendo, el dios del plasma lanzó una corriente eléctrica de color violeta que generó una ranura en el tejado. Haciendo que el dios de los aires cayera dentro de una de las habitaciones del castillo, al ser este el primero en tocar la resquebrajadura del tejado. Marlina se impulsó entre los aires, y logró caer más adelante, justo al frente del dios maligno.
Rápidos movimientos, e intercambios de luz y energías plasmáticas contra luces de refulgencia, comenzaron a entrelazarse en los confines del desafortunado tejado que ahora se convertía en el campo de batalla gélido de la noche. Estaban en el techo de la biblioteca principal del feudo. La diosa de los relámpagos obligaba a Arac a retroceder, pues sus ataques eran muy veloces y precisos. Este último se defendía como podía, cuando de repente, desde el interior de la ahora destruida biblioteca, surge un poderío de color ámbar proveniente de las manos de Amsiret; tratando de sorprender a su hermano desde abajo.
El luminoso encantamiento golpeó sobre el tejado, donde el dios del plasma estaba colocado. Justo en el borde del techo. Lanzándolo hacia la parcela interna de la fortaleza, cayendo a lado del árbol, en medio de la guerra inminente. Aunque involuntariamente, el hechizo mando a volar igualmente a la diosa de la luz, pues esta se encontraba también en el borde.
Marlina cayó abruptamente en el suelo, y cuando esta comenzó a recuperar conciencia, ya tenía a su rey a lado de ella; tratando de levantarla desde la desesperanza, solo para presenciar vívidamente la tragedia más grande que había visto en su vida
– ¡¿Que has hecho con mi árbol?!–grita Marlina.
– ¡¿Tu árbol?– exclama arac en la corta distancia–. ¡Ese árbol me pertenece a mí! ¡Al igual que todo este imperio manchado! Pero no se preocupen, yo lo derribaré y lo volveré a construir como uno digno y honrado esta vez.
El dios del plasma alzó su báculo violeta, sobre las alturas de la noche fría; un trueno de color púrpura cayó en el báculo y de este, salieron miles de destellos sobre los cielos dando la señal de ataque a las criaturas horripilantes que se encontraban en el bosque aledaño. Los orcos elevados del pantano, quienes estaban a vísperas de esta señal, y las criaturas empezaron a escalar las enormes paredes de bloque de la fortaleza, y aunque los hechiceros protectores de Adnia intentaban lanzarles decenas de flechas, estos eran derribados internamente por el ejército solariano quien ya se había infiltrado completamente; desencadenado el inicio de una conquista despiadada. El plan del dios del plasma, funcionaba a la perfección.
Arac bajó el recargado báculo de fuego purpura, y lanzó un ataque letal a su hermano .Y aunque el dios de los aires generó un escudo potente de energía, el radiante hechizo rompió este escudo, y la luz lo atravesó golpeando el pecho de Amsiret. Este salió volando rápidamente del lugar, perdiéndose entre la oscuridad. El poder del atacante, era inimaginable.
Arac levantó el báculo nuevamente, y volvió a recargar este de su poder violeta. Sus ojos tenebrosos se tornaban a un color magenta oscuro, repleto de dolor y venganza. Dirigió su mirada fría y apática directamente a los ojos de Marlina, y extendió con fuerzas el báculo. Y a través de este, emanó el hechizo más poderoso que jamás había realizado al dios del plasma, en dirección hacia la muerte de la Reina de Adnia. Esta colocó rápidamente su rodilla izquierda en el suelo; se inclinó un poco hacia atrás y cuando vio el rayo portentoso dirigiéndose hacia ella, levantó su mano derecha. Abrió su mano, y el poder indescriptible el atacante colisionó con el espejo Divino de Sattara y este desviaba su poder en forma de destellos hacia todos los lados de la mujer. Y en medio del suelo desastroso, la mujer exclamó
ITHILIĖN SPECULUM
El rayo de luz se reflejó con aun más poderío hacia Arac, devolviendo el hechizo maligno con todas las fuerzas imaginables de esta naturaleza; golpeando directamente el rostro de Arac, lanzándolo agresivamente hacia el tronco del árbol. Enterrándolo en la corteza de este.
Marlina se voltea rápidamente hacia donde se encontraba su rey debilitado, y se dirigió hacia él en medio de la batalla caótica. Parecía ser el fin de este.
–¡¿Amsiret estas bien?! ¡Por favor di algo!–dice la mujer.
–Estoy bien Marlina. Pero no creo que podamos resistir.
–No, no, ¡tenemos que defendernos!–exclama Marlina–. No podemos permitir esto.
–Se acabó Marlina. Mira a tu alrededor, nuestro propio ejército nos ha traicionado; nuestros protectores caen uno a uno. Nuestras columnas se derriban, nuestras paredes están siendo derrocadas, los orcos se están infiltrando en ellas, ¡y nuestra fortaleza esta cayendo en pedazos!
–¡No podemos permitir esto Amsiret! ¡No lo voy a permitir!
–No tenemos otra opción, tenemos que irnos de aquí, antes que sea demasiado tarde- Debemos escoger, el exilio.
–¡No voy a irme de aquí! ¡No hasta que vea a ese desgraciado muerto!
–Tendrás tu venganza, tendremos nuestra venganza. Pero si no nos salvamos y no guiamos a los que han resistido, seremos historia, ¡debemos irnos ya!
Los Reyes de Adnia se dispersaron como pudieron dentro de su fortaleza, ahora cubierta en llamas. Derribaban algunos de los soldados malignos de Aravir, mientras daban la orden del éxodo a los pocos protectores sobrevivientes del castillo. Como pudieron, guiaron la salida del imperio en las proximidades del bosque profundo de Disium, con la esperanza de poder sobrevivir. Sin embargo, los orcos del pantano maligno fueron los primeros en intentar aniquilar a los sobrevivientes del desdichado reino, quienes tenían muy pocas posibilidades de lograr el inevitable exilio.
Pero lo estaban logrando, aunque con el costo de derramar la sangre y el honor de su reino. Solamente treinta guerreros fueron los que pudieron extraviarse con éxito en la frondosidad del bosque extenso, bajo el liderazgo de los reyes, quienes pasaron un agitado recorrido que finalmente los llevó a un conjunto de manglares donde pudieron esconderse y refugiarse con su pueblo herido. La bandera del Castillo de Adnia ardía en llamas desde las alturas, y los reyes tuvieron que somatizar las cargas pesadas que se divulgaban entre ellos. El declive, la caída, el desaliento, la desesperación, la agonía, la impotencia, la angustia corría por los corazones de todos sus valientes sobrevivientes, quienes no tenían idea de que sucedería ahora.
En la cercanía de los manglares, el Rey de Adnia vio como los orcos se desviaban hacia el sur, y estos se perdían de vista finalmente. Encontró un alivio temporal, y se sentó en el suelo húmedo del lugar, derrotado.
De pronto, se le acercó la diosa de la luz, quien a duras penas podía caminar pues sus pasos pesados denotaban el cansancio de su alma.
–Se han ido– exclama Marlina.
–Así parece, siguieron sus pasos hacia los prados del este–responde el rey–- Podemos habitar ahí, y podemos alentar al pueblo a recons–
–¡No hay nada que reconstruir Amsiret! ¡No estás viendo lo que esta pasando! Tu querías esto, ¿ahora qué?
–¡Pues que quieres que te diga! Estoy tratando de resolver esto.
–No hay nada que resolver, se acabó–impone Marlina–. No tenemos provisiones, no tenemos un hogar, no ha pasado ni siquiera un rimeriano, y nuestro reino está en ruinas. ¿Que se supone que haremos ahora?
–Marlina, tienes que calmarte. Me hablas como si yo tuviera la culpa de esto
–¡Pues si la tienes! –responde Marlina, eufórica–. ¡Un rey no huye jamás! ¡Teníamos que batallar! ¡Teníamos que enfrentarlo hasta el final!
–¡¿Para ver a nuestra gente morir?!– pregunta Amsiret–. ¿Para verte a ti morir? ¡Si los reyes caen, en su caída se encontrará el final del reino!
–No lo entiendes Marlina, eso es solo un castillo–prosigue el dios del aire–. Mientras los reyes vivan, el Reino de Adnia seguirá vivo; ya te dije que tendrás tu venganza y nuestro contraataque, empezará desde ahora
–¿Y como pretendes empezar tu maravilloso contrataque? ¿Aquí sentado?
–Voy a hablar con Elgoneth
–¿Que tiene que ver mi hermano en esto? ¿No crees que si el nos hubiese querido ayudar hubiese estado ahí presente?¡Él nos ha abandonado! ¡Estamos solos en esto!
–No sabes lo que dices Marlina. Atiende a tu pueblo, y muéstrales tu mejor cara, pues esta indignación tuya no servirá de mucho para nadie
Amsiret se levantó del suelo. Agarró su espada de bronce, y empezó a caminar hacia las profundidades del interminable bosque a solas.
–¿Hacia dónde vas?–pregunta Marlina.
–Hacia la luz–responde Amsiret–. El arquitecto de la vida me está esperando
El dios del aire cruzó por algunos senderos acuáticos cerca de la zona, pues en su conciencia, el dios supremo le llamaba a gritos, y le guiaba el camino hacia él.
Divago por algunos momentos sobre las frías tierras de la zona, hasta que se encontró con un espectro de luz radiante reposando brazo derecho en el tronco de un árbol seco.
–Amsiret
–Señor, disculpe la demora, mis pensamientos no paraban de enredar el camino. Aun no puedo creer esta tragedia
–Yo tampoco lo puedo creer, pero la creencia no nos sirve de nada ya, voy a ser directo contigo, vas a agarrar a tu pueblo, vas a agarrar a tu reina y vas a explorar por sesenta días hacia la zona más norteña de esta depravada isla, te bendeciré en el camino con frutos y provisiones para que tu pueblo pueda sostenerse estos días de incertidumbre y desesperanza, desviaré el camino de los orcos quienes intentaran perseguirlos hasta encontrarlos, pues es este su deber hasta la muerte, y vas a seguir el trayecto hasta que llegues a las Costas de Sirmallen, en ella encontrarás las ruinas de un reino antiguo y allí refugiaras a tu pueblo.
–¿Un reino antiguo? Creí que éramos el feudo primerizo de esta isla
–Hay cosas que están hechas para no saberlas, Amsiret. Cuando llegues ahí, te explicare, pues esto no tiene relevancia ahora. Lo crucial en este momento es que se desplacen tan pronto puedan. No tenemos tiempo, el Reino de Adnia debe sobrevivir.
–¿Qué pasará con Arac?¿Qué pasará con nuestra fortaleza?
–Cuando llegues a las ruinas y dejes a tu pueblo a salvo en ellas te dirigirás a las montañas y vas a buscarme en la meseta mayor de esta isla.
Allí me encontrarás renovado y encarnado en una bestia, pues los actos subversivos de tu hermano me tienen harto. Esta guerra no la enfrentarás solo, y presenciarás, el poder fidedigno de un Hálaver, sentenciador de la justicia. Devorador de los ríos malignos, aquella criatura legendaria dispersas entre los bosques; escondidas entre las montañas, la primeriza en esta generación, pues mi espíritu se adentrará a ella, ella será mía, y allí tu hermano y todos aquellos que le acompañan conocerán el sufrimiento. Allí será la inmisericordia, allí será el crujir de dientes. Allí engendrará la bestia reservada de Egmeon, y yo la controlaré, para el culminar de esta desgracia, pues tu hermano conocerá finalmente, La Furia de Elgoneth.