Colegio Saleciano y El Diputado

Capitulo IV: Colegio Salesiano

Mi madre tenía miedo de descuidarnos, porque el trabajo le absorbía mucho tiempo, así que nos cambió de colegio y pidió el pase desde Caleta Olivia para ponernos pupilos en un colegio Saleciano de Puerto Santa Cruz.

Le dieron una lista larga de cosas para que llevemos, cuando llegamos allí nos atendieron bien junto a mi madre, teníamos todo lo que ellos habían pedido para nosotros, ella se fue y nosotros nos fuimos con otros chicos y el cura encargado hacia los dormitorios, que estaban subiendo las escaleras en el primer piso.

En realidad era un solo dormitorio para todos los chicos pupilos, eran filas de camas, separadas por un ropero pequeño, con un baño al fondo.

Yo tenía el número 37 en todos los enseres, en la toalla blanca, tallón blanco, cubrecama, todo era uniforme y cada uno tenía su número bordado en las cosas o pintado, mi hermano el numero 38 así que no se podía perder nada.

El ropero era chico y debíamos tenerlo ordenado, los zapatos lustrados, debajo de la cama no debía haber nada y la cama tendida como quería el Padre, así le decíamos a los curas. Padre y el nombre.-

Había solo dos camas con cortinas como los reyes, una en cada punta de la enorme habitacion, que eran para los curas que estaban de guardia.

Los otros curas con más categoría, dormían en cuartos, pasando una puerta que nosotros no podíamos entrar.

En el primer piso también estaban las aulas, llena de láminas con dibujos de ángeles, leones, santos, cristos y diablos que daban miedo mirarlos. (-¿Quiénes harán esos dibujos tan feos?, pensaba Sergio de vez en cuando).-

Estaba el laborotario y el estudio, en el segundo pasábamos una hora o dos, después de clases, debíamos estar callados la boca, y haciendo nuestra tarea.

Los pupitres eran de madera, con un agujero para la tinta y se levantaba una tapa con bisagra donde guardábamos cosas.

El cura encargados de cuidarnos solo leía libros y de vez en cuando, decía el nombre de nosotros como para que no siguiéramos hablando.

Pero si no hacíamos caso, se levantaban e iban hasta donde el alumno, le tiraban la patilla hasta que se pusiera en punta de pie y entendiera que no debería hacer mas disturbios.

O simplemente iba hasta el lugar y les pegaba un “coscacho”, que era un golpe con el puño cerrado y el dedo mayor sobresaliendo la segunda y tercer falange, o sea que el golpe en la cabeza era con la punta que formaba ese dedo.

En ocasiones les hacia dar vuelta las palmas de las manos, a algunos alumnos a la altura del pecho, como pidiendo algo y les pegaba con una regla, no debían retirar las manos por que sino continuaba la cuenta, lo que hacían la mayoría que les tocaba era cerrar los ojos y esperar el golpe, ninguno quería hacer enojar al cura.

Abajo estaba el comedor, las galerías, otras aulas, la rectoría, el kiosco y una puerta enorme que nunca se abría y daba a la calle, a veces de lejos escuchábamos abrirla y mirábamos los vehículos que pasaban, o un sonido urbano, parecía como si los vehículos existieran nuevamente, los pájaros, la gente, pero enseguida se cerraba.

Había otra galería en el que daba a la iglesia y el campanario.

Afuera del edificio escolar un patio grande con un baño para todos en una esquina, el patio todo cementado, estaba todo cercado con bloques, asi que solo veìamos la punta de los techos a dos aguas de las casas lindantes, algunos canteros con flores en su interior y el mástil de la bandera. Donde los domingos, cuando la mayoría se había ido, nos acostábamos en sus escalones y veíamos pasar las nubes, nos mareábamos por que el asta parecía que se movía, o jugábamos con una lupa, el sol y un papel, a quemar hormigas.

Nuestra madre estaba lejos, así que no podía retirarnos como a los otros alumnos, teníamos un tutor, un matrimonio de una librería, pero ellos solo habían aceptado para hacerle una gauchada a mi madre por que tenían teléfono, y ellos le pasarían nuestra nota mensual, “Suficiente” o “Insuficiente”.-

Había un cura que queríamos mucho porque jugaba al futbol con nosotros en el patio y de vez en cuando guardaba la pelota en su sotana, preguntando en donde estaba, lo que causaba la risa de los mas grandes.

Mis horas, de fin de semana pasaban a veces jugando con mis autos de colección o mirando unas revistas con fotos excelentes llamada “Argentina Austral”.

A veces era divertido, por que ponían los bancos largos del comedor y traían los almohadones de las habitaciones y nos divertíamos derribando compañeros.

Todas las noches, antes de ir a dormir, en la galería del patio interior, debíamos rezar las cuentas del rosario, con ave marías y padres nuestros que no terminaban nunca, el cura sabia cuando solamente balbuceábamos y nos llamaba la atención, las voces del conjunto cuando rezábamos, tenían una reverberación en el patio, que venía de la galería de la iglesia.

Me ponía intranquilo, pensando que de ahí salìan las palabras en latín que el padre decía cuando caminábamos adelante del cortejo fúnebre, vestidos de monaguillo y echando incienso, con gente triste llorando atrás.

Una vez llegó una eminencia al colegio salesiano, en la escala jerárquica, para los padres de la iglesia, que en realidad no puedo distinguir si era un Obispo o algo mas, porque nos fueron preparando los días anteriores para hacer las reverencias correspondientes y que no fallara nada.

Solo recuerdo, que íbamos en fila con el rosario en la mano, bien vestidos, y cuando me tocó pasar a mí, vi un hombre sentado en su sillón imponente, con una alfombra debajo del sillòn, su cara alejada mirándonos con desaire, Su mano estirada se veía inmensa, como inmenso se veía el anillo de oro con una piedra roja ante el cual debíamos inclinarnos con una rodilla en la alfombra como para persignarnos al entrar a la iglesia y besar su anillo.

Todos los sábados o domingos después del almuerzo si no había actividad exterior, proyectaban una película en blanco y negro, a veces de Carlitos Balà, haciendo de Canuto Cañete o de Toscanito, también llegaban otras y cuando había escenas en donde las parejas se besaban, los de los años inferiores debíamos darnos vuelta para no mirar, y mirar la cara de algunos de los padres que estaban sentados, no sé como se darían cuenta cuando uno hacia trampa o se quería quedar mirando un poco más que enseguida venia el regaño

-¡Sergio! ¿Qué hace?

-Nada padre- y mirarle la cara, con el tiempo ya era una rutina adivinar cuando llegaban algunas de esas imágenes para darnos vuelta y buscar el beneplácito del cura.

En ciertas ocasiones salíamos de excursiones, a lugares cercanos la pinguinera donde comimos huevos de pinguinos al sartén hasta cansarnos.

También a un frigorífico, donde decían que ya no trabajaba nadie, porque un hombre había tenido una pelea con el diablo, y efectivamente en una pared había una mancha negra de fuego que nos llenaba de temor, diciéndonos que allí había sido la contienda y la había ganado Lucifer.

En una oportunidad donde se corría una carrera de autos, que pasaría por el pueblo, los curas nos llevaron hacia un galpón rural que estaba en el faldeo de un cerro, de allí se tenía una vista hermosa del camino, toda verde , con algún que otro árbol pero se podía imaginar que apreciaríamos toda la carrera, desde la derecha cuando se divisara la polvareda en el camino, toda su amplitud, velocidad y numeración del automóvil con el incomparable ruido de sus motores al centro y su alejamiento interminable hacia la izquierda.

Todos nosotros esperábamos dos automóviles famosos:

-¿Viene “El trueno naranja”?- preguntaba uno.

-No, sé – decía otro.

- Que “Trueno naranja”, ni “Trueno naranja”, aquí la única que vale es “La liebre”, cabezón “La liebre” es la mejor- decía un tercero, los más grandes eran los que más informados estaban- y si tenes algún problema, lo arrglamos como los machos, lo arreglamos- a veces repetían las palabras como en las películas que nos pasaban en el comedor, y terminaban haciendo amagues, tirando trompadas al aire y relatando peleas de boxeo como en la radio- ¡Gan-cho alllll HI-gado! ¡Gannn-cho aaaala man-Dibula¡, se agacha Pascualito Pérez¡

Ese día tanto esperar el evento, llegó la hora de almorzar y nos dieron arvejas verdes partidas en guiso, debíamos retirar la comida y un vaso de jugo e irnos a sentar al pasto para ver la carrera.

Siete de nosotros, no quisimos comer la ración de guiso por encontrarla fea:

-¿No van a comer?- nos preguntó el cura

-¡No!- dijimos todos.-

-Muy bien, dejen los vasos, los platos y los cubiertos en la mesa- indicándonos la mesa improvisada al aire libre.

Luego que hicimos eso, llamó al otro padre y le dijo.-

-Padre Juan estas ovejas descarriadas, no quieren agradecer la comida que les da el Señor, tampoco verán la carrera de autos, llévelos al Internado por favor, para que mediten.

Estuvimos en penitencia esa tarde, a la noche nos enviaron a dormir sin comer. Al otro día no nos dieron el desayuno como a los demás.

A la hora del almuerzo. Si nos llevaron al comedor, nos dieron el mismo plato de lentejas verdes partidas que no habíamos querido comer el día anterior por que no tenía gusto, pero que delicioso estaba en ese momento, por lo cual nunca más nos quejamos por la comida.

La iglesia era hermosa y la única vez que podíamos ver la gente del pueblo, y las chicas de la escuela de las monjas, que querían ver los de los cursos superiores.

Subíamos al campanario, a tocar de manera las campanas para llamar a misa, hasta una vez que me deje llevar por las ganas de jugar con mi compañero, y lo que tenía que ser un sonido Tannnggg hasta que se perdiera en la espera, y otro Tannnnnggg interminable, para llamar a funeral, se transformó en un tin, tan, ton, tin tan, que originó la corrida de los curas por esas galerías y escaleras del campanario para retirarnos inmediatamente de las sogas de las cuales estábamos colgados, y que nos elevaban el cuerpo con su vaivén por el peso ejercido.

En las vacaciones de invierno nos fuimos a Caleta Olivia, luego de esos días de tranquilidad volvimos con mi madre al internado en el colectivo “Don Otto”, la empresa Becher estaba terminando de asfaltar un tramo de la Ruta 3, pero nosotros solo llegamos hasta Comandante Luis Piedra Buena.

Allí nos tuvimos que quedar una semana más, debido a que el camino se había perdido por la nieve, y no se distinguía la banquina ni los postes de alambres. Lo que para nosotros fue una semana adicional de felicidad, a pesar de saber que mi madre tenía costos adicionales, en alojamiento y comida.

Pero pudimos pasar después de esa semana con ayuda de las maquinas viales, y nuestra madre nos volvió a dejar a pesar de nuestras caras largas.

Ese invierno fue muy duro por el clima, todo se congelaba, para ir al baño exterior habían hecho una especie de camino entre la nieve que a los más chicos nos tapaba.

Y había llegado la primavera, los obreros habían sacado cuatro baldosas en la pared contraria a las aulas de abajo, o sea al lado de los ventanales repartidos que daban iluminación al patio interior y que continuaba en ele hacia la iglesia para poner el gas en todo el colegio.

Cuatro de nosotros nos pusimos a barrer como siempre, las baldosas de la jalaría, dos empezábamos limpiando desde la rectoría pasando por frente las aulas hasta el comedor, y dos venían barriendo, desde la galería que estaba el campanario y la iglesia y nos encontrábamos en el centro de la galería en ele casi siempre.

Con tan mala suerte, que limpiábamos con la cabeza agachada y para nosotros quedaba limpio el lugar donde pasábamos, sin saber que el polvillo del contrapaso donde faltaban las baldosas, se elevaba y mantenía sus partículas en suspensión.

Al salir del rectorado unos de los curas, divisó la nube de polvo a la altura del techo y las claraboyas de los ventanales del patio, mucho más aun con el sol que estaba refulgente por la mañana que crecía.

El cura me vio primero a mí y me llamó con un grito, los otros compañeros dejaron de barrer también..

Me llevó al aula más cercana, se veían los útiles de los chicos que estaban en gimnasia.

-¡Por que no se fijan lo que hacen!- dijo el cura enojado, mientras me agarraba del cuello de la camisa.

-Pero estábamos limpiando el patio Padre- respondí sin entender la hostilidad.

El cura miró el pasillo y al ver que no había nadie. Me pegó una tremenda bofetada diciendo

-A mi no me conteste y vaya a abrir las puertas y ventanas para que se ventile el patio.

Yo había visto, que a un alumno lo habían arrodillado en maíz con los brazos sosteniendo dos velas, pero nunca me había pasado a mí.

Esos dos meses pasaron rápidos y con mi hermano nos encargamos de decirle a nuestra madre que no queríamos estar más pupilos.

-¿Se van a portar bien?- nos preguntó ella.

-Si mamá- respondimos los dos.

-Van a hacer caso y van a ayudar con las cosas de la casa- volvió a preguntar para dejar las reglas claras.

-Si mamá- volvimos a responder.-

-En la primera cagada que me hagan, interno pupilos nuevamente.- dijo sabiendo que tenía el sartén por el mango.

Capítulo V- El Diputado

Mi madre trabajaba en la sucursal local del diario “Crónica”, a mi me daba unos diarios para vender.

Pero yo no era el canillita habitual del pibe que daba lástima, quizás porque no lo necesitaba, o porque me daba lo mismo.

Simplemente era la aventura del niño que vende, pero con mi estilo, mi madre me cargaba por que iba bien peinado con el corte medio americano, bien bañado camisa y corbata.

Tampoco gritaba porque me daba vergüenza andar a los gritos, me acercaba a la gente y le ofrecía, tocándole el brazo.

-Señor, ¿Diario?

-Sssi pibe- decían algunos dubitativamente y me compraban.

Cuando no había nadie en la calle o en la cuadra, me mataba gritando como los demás.

-¡Diaaaa riooooo!, ¡Cròooonica! ¡Pa ta goooo nico! ¡Cooom pre sra.!.

Y tenía mi clientela, que llenaba un frasco de monedas al final del día.

Mi hermano también vendió pero al tercer día no le dieron más diarios por que había matado al General Perón para vender más.

Mi madre hacia más de un año y medio que estaba separada de mi padre y había conocido a un diputado nacional de la provincia de Santa Cruz, por la Unión Cívica Radical, llamado Lisado Oscar Nicolic, nosotros le decíamos Nico como le decía mi madre.

Recuerdo un día que llegó a nuestra casa con unos regalos, un libro de Martín Fierro para mí, una radio en forma de pelota para mi hermano y un mono con piolines para mi hermana.

Después de un rato, le mostró a mi madre, una hermosa caja de madera, con pana roja interior.

-¿y eso?- le preguntó mi madre.-

-Nos dieron en el Congreso de la Nación, viste que se está poniendo dura la mano en Buenos Aires- respondió Nico.

-Si, pero aquí no la quiero- le respondió mi madre.-

-Nooo, aparte no puedo dejarla- mientras empezaba a cerrar la caja, alcancé a ver una pistola brillosa con el escudo nacional argentino en su cacha, un cargador y un limpiador – tenemos un permiso para portar armas y para mostrarle al juez.

-¡Ah! Bueno – respondió mi madre, y haciendo una seña hacia donde estábamos nosotros le dijo – Después charlamos- para cambiar de tema estirò la mano ofreciéndole un mate- ¿Querès un mate?, amargo, para dulce estoy yo.

-¿Ya sabès lo que le pasó a la mujer del viejo Vizcacha?- respondió el tomando aire y refiriéndose al libro Martin Fierro que había traido.

-No, ¿Qué le paso? – preguntò mi madre.-

-“Matò, la mujer de un palo

Por que le dio un mate frio”.. ja ja ja – fue la respuesta de el.

- ¿a si? – respondió mi madre siguiéndole el juego- no vaya a ser que te de los mates con un cucharon para que no me agarres la mano, igual que le hice una vez, a un paisano medio baboso en la estancia- la risa fue de ambos.

-¿Les gustaron los juguetes? – nos preguntó Nico, mirándonos a los tres.

- Siiiiiii- respondimos con mis hermanos a coro.

-A ver ¡salmin!- tráeme tu cuaderno, para ver como andas en el colegio.

Mientras miraba el cuaderno, nos preguntó a los tres.

-¿Les gustaría ir a la estancia mañana?

- Siiiiiiii- volvimos a responder a coro.

-Bueno, si convencen a su madre que está media enojada, vamos- dijo él con voz de contar cuentos.- y aquí tienen plata para que uno vaya hasta la esquina a comprar un helado.

-Dale mami, dale mami, no seas mala- eran los ruegos de nosotros para convencerla.

Ella esbozó una sonrisa y nos dijo sermoneándonos:

-Que fácil que los convencen a ustedes, ¡peronistas!, después cuando sean grandes van a venir con una sidra y un pan dulce para que les den el voto y ustedes se lo van a dar.

- ¡“Que se quiebre, pero que no se doble”! ja ja ja- dijo Nico antes que pudiéramos responder nosotros - Bueno, me tengo que ir al comité a charlar con los muchachos, ¿los paso a buscar mañana?

-Si, si- respondió mi madre- te espero a las nueve y media.