Capítulo 20
El aliento del dragón nos da la bienvenida. Después de cruzar el espejo, dejamos a Syl en él antes de que se destruyera, que el agua que hacía de reflejo se desbordará y destruyera ese portal, dando paso a otra parte de la colina e incluso engullo el sarcófago, dejando a su paso una masa de tierra y nada más. El chico mantiene detrás de mí, salimos y el bicho este ya está atacando, padre al verme se distrajo, ganando así un empujón brusco, al comprenderme más, se dio cuenta que no era su mujer, que simplemente era su hija que ya estaba libre de ataduras, que podría utilizar el poder de la naturaleza a su favor. Con un gesto de la mano y una orden silenciosa, las raíces del árbol al lado del expulsa fuego se enredan en sus patas, en un segundo se pone a mordisquear el aire para poder ser libre de nuevo.
El aspecto del dragón es hermoso, jamás había visto uno tan colosal como este. Las escamas protegen el cuerpo grácil, parecido al de una serpiente por su largura, al caminar simula a un gusano, ese movimiento ondulatorio. El color que posee lo ayuda a camuflarse con el cielo, tan gris como las nubes; las alas me recuerdan a las de un murciélago gigante, que se inclinan a ser débiles, más no es así. La cabeza se remueve, nos muestra los titánicos dientes en una mueca iracunda, dejando ver que no le ha gustado lo que hice. Subo la mano hasta el cielo, como pidiendo clemencia a este, las ramas me imitan y se clavan en sus costillas, jadea, gruñe e incluso parece exclamar una palabra de dolor. Siento que esta fuerza la conozco desde siempre, porque sé cómo manejarla: menear mis miembros superiores y la mente en imperturbables pensamientos. En cierta manera, no me reconozco, es decir, no me siento bien con tanto poder a mi favor y parte de mí grita volver a ser la de antes, con la parte de mí que tenía confianza: la mortal. El amarillento ojo con la pupila empequeñecida cae justo frente de mío, las raíces se han apoderado de su pescuezo. Parpadeo, sin dejar bajar las cejas, pues me sorprendo mucho de esta habilidad que, por cierto, Freyr también tiene. Es hereditario.
—¡Chico!
El castaño se abalanza al hocico del furioso dragón, clavándole así la espada cerca de la nariz, la negra sangre emana contenta de conocer el mundo fuera de la piel. Las ataduras que le impuse se quiebran gracias a que un desconocido acaba de derribarme con un buen empujón, el hombre se estabiliza en el mismo tiempo que yo. Óláfr pelea con las zarpas y el fuego eléctrico del reptil. Me tiemblan las rodillas al verle el rostro a mi nuevo oponente, la piel que cubría parte de su cuerpo se cayó y la Mjolnir no tardó en expulsar chispas.
—En tu mirada atisbo el reconocimiento.
—No creí que un dios jugara tan sucio y se aprovechara de una niña —digo de vuelta, mordaz.
Ambos caminamos en círculos, rodeándonos el uno al otro.
—Por fin eres lo que el oráculo le aseguro a mi padre —exclama, sonriente. Cuánto me gustaría quitarle esa sonrisa.
Lo miro de soslayo, asqueada.
—Ahora ya tienes el oponente que tanto pedías, ¿verdad?
—Por supuesto.
—Ah, ¡entonces comete esto!
Hago un circulo sobre mi cabeza, llamando las ramas de mi alrededor, las raíces y los troncos que se apilan tras su espalda, aquel movimiento no es suficiente como para alertarlo, ya lo tengo aprisionado, rodeado de la pequeña parte que la naturaleza me brinda. Me acerco, sonriendo tan grande como él lo hizo hace unos minutos. Levanto su barbilla con los dedos, sé que no podrá utilizar el martillo por la inmovilización, pero, que en cualquier momento puede atraer un rayo furioso. Se revuelve, más mi toque no lo deshace. Por el rabillo del ojo veo a Vidar mirándonos antes de recibir el impacto del hacha de Einar. Batallas cercanas, pero no combinadas. El rugido del dragón pone mis vellos de punta. Sin embargo, el alivio me recorre al percatarme que esa vociferación fue gracias a los cortes que le da el chico, sin darse cuenta, ya está muy preparado para enfrentarse con seres de esa magnitud.
—Sé que puedes golpearme con el martillo con la fuerza que desees, que puedes despedazarme por los truenos, que con un terrible golpe puedes destruir la montaña conmigo en ella… no lo haces, ¿por temor? —Me alejo—. ¿Por qué será?
Su disgusto alimenta mi discurso.
—Ah, sí. —Golpeo mi pómulo con el dedo índice—. Porque tengo la naturaleza a mi favor, algo mucho mejor que tu insignificante arma, además, temes matarme porque anhelas tenerme como tu esposa. No solo por eso tampoco, por el hecho de que yo manejo el Seidr mejor que los iguales a mi madre, ¿uhm?
—Petulante —gruñe, removiéndose, fiero—, ese tipo de brujería debe de estar de nuestro lado.
La mueca que le doy a cambio hace que cierre el pico.
—No seré como mi madre, no la compartiré con vosotros.
Se ríe, eso me iracunda más. Hago que las ramas tengan espinas, estas hieren su firme carne, no obstante, sigue carcajeándose.
—Ingenua. —Sus orbes se oscurecen, por acto reflejo retrocedo—. Odín ya sabía que esto sucedería, ya me lo había advertido antes de venir.
Se deshace del encantamiento. Tenso la mordida al igual que los puños, son buenos jugando sucios. La sed de venganza clama que haga algo, que actúe para lastimarle muchísimo, que pague por lo que hizo.
—Mataste a mi madre porque vuestro padre lo pidió —aseguro, colérica.
—Sí. Sin embargo, en el repertorio no estabas incluida. De hecho, no me siento mal por lo que hice, pues, te marqué ante los demás dioses como un objeto, como mía.
—Pero, no sabes lo que efectuaste, eso es sinónimo de vergüenza, furia contenida, tengo muchos puntos a favor, Thor.
Ese fue un incentivo para que la ira se acrecentara. Arremete contra mí con el Mjolnir en alto, por poco soy golpeada por el terrorífico metal. Lo esquivo lo más rápido que puedo, el hecho de que se mueva a tanta velocidad me sorprende, puesto que su complexión muscular detonaba ser lento. Sin darme cuenta, me coge del pescuezo y acerca mi rostro al suyo, golpea mi costado con su arma, grito, el dolor es tanto, que no puedo describirlo.
Clavo las uñas en el hueso de sus muñecas, se resiste y sigue cargando briosos golpes. Me desmayaré en cualquier momento, lo percibo.
—No estás a mi altura —gorjea.
Me lleva hasta el abismo, mis pies se tensan al no sentir nada bajo ellos. Trago o hago algo similar a esa acción. Peleo, más no sirve de nada, es sus orbes veo el triunfo. Jadeo, la espada atraviesa su abdomen, por la sorpresa me suelta, pero alcanzo a enterrar los dedos en la tierra para no seguir abajo.
Óláfr es inteligente, patea el martillo que cae a mi lado. Desde aquí veo el chapoteo de este en la laguna. Con esfuerzo vuelvo a la tierra gimiendo por el terror producido, el vértigo se deshace de mi organismo con suma lentitud. Retuerce la hoja en el abdomen de la deidad caída, gritándole maldiciones que me sorprenden mucho.
—¡Mal nacido! No mereces estar vivo.
—Chico —regaño—, ya déjalo, es suficiente.
Le arrebato el arma. Lo atraigo hacia mí, envolviéndolo entre mis brazos mientras lo alejo. Las pupilas de Thor vencido me hacen demasiadas promesas antes de que un rayo se lo lleve de vuelta a su hogar, Asgard. Levanto su cabeza, deja de enrojecerse, me observa, tímido.
—Entiendo tu comportamiento, no diré nada al respecto.
Asiente, avergonzado.
—No entiendo por qué me puse así.
—Es tanta la rabia que a veces nos dejamos llevar por ella —contesto. Guardo la espada en su funda, evoca una mueca, quería seguir con ella.
—Ariana, tu padre —exhala.
Dirijo la atención a su contienda, lo han dominado. No lo permitiré, las ramas envuelven los puños de Vidar manchados por la sangre de Einar, mi preocupación es tanta, que mis piernas se mueven por si solas hasta su posición. Lo quito de encima de mi progenitor que respira tranquilo al hacerlo y con una señal de mi mano, hago que las raíces lo conduzcan hasta el filo de la desdeñosa caída. Pronuncia algo, ese algo me sorprende cuando le veo convulsionar gracias a que su prisión de plantas lo electrocuta. Mis manos tiemblan al verle caer, no me he medido, hice eso sin tener la mayor idea.
—Muchacha —jadea. Caigo de rodillas a su lado—. Volverán. Debéis iros.
—Ni lo pienses —regaño. Lo levanto con esfuerzo, el chico al verme, también lo ayudo. Le agradezco con los ojos.
—Freya —riñe, dolorido. Nos aparta de un manotazo—, váyanse. —Dirige la mirada al chico—. Bien hecho, derrotaste un dragón.
Caigo en cuenta cuando lo nombra. Me giro, analizo al reptil acostado sobre su panza con los ojos cerrados, le desgarró el pecho de una profunda cortada, se escabulló bajo él mientras estaba indefenso. Buena táctica.
—Hija.
Poso los ojos en su rostro de nuevo. Niego con la cabeza, ni muerta lo dejaré de nuevo.
—Entiende, creí que en su palacio encontraría algo para mí, pero no, era para ti. Debes irte, yo los distraeré, confía de nuevo en mí. Esta vez tú no me buscarás, seré yo quien lo haga.
El escozor en mi nariz no se hace de rogar.
—¿Lo prometes? —musito.
El chico se abraza a mi cintura, quizá se propone en trasmitirme las pocas fuerzas que le quedan. No lo aparto, recibo ese gesto cariñoso con deleite, pues aparta el desosiego.
Él también se acerca; anonadada, siento el frescor de sus labios en mi frente, las lágrimas se deslizan hasta morir en el suelo, otro contacto genuino, uno que no recibí de pequeña. Sollozo, no aguanto las ganas. No soy capaz de darle un abrazo como lo hago con Óláfr, no me siento preparada para eso. Duele más esta despedida que la que hice en silencio esa noche, la tristeza se agranda, mis gimoteos no son secretos, ya no.
Agarro su mano cuando se dispone en alejarse, no quiero soltarlo, pero me veo haciéndolo unos segundos después. El chico me obliga a dar media vuelta, sabe que es mejor irnos ya antes de que me ponga más sentimental. De algún modo, siento el dolor que Einar siente justo ahora mientras me voy, él no es de piedra, aunque jamás podré ver esos sentimientos porque sé que no tiene reparo.
A través de mi hombro observo su mirada decaída. Padre, fue un gusto tenerte a mi lado después de tanto.
✺✺✺
Trastabillo. Si seguimos bajando a este paso, nos atraparán. Sin embargo, esa idea se esfuma cuando el chico saca del interior de su peto las cadenas con una mueca feliz y reluciente. Pero la idea de bajar con rapidez sigue fresca.
—Chico.
—¿Qué pasa? —inquiere, preocupado.
—Abrázame de nuevo.
—¿Qué?, ¿por qué?
—Solo hazlo —bramo.
No tarda en hacerlo como ordené. Nos acerco al filo del camino, esa pequeña cima que hará que haga un salto perfecto para caer en la laguna justo al lado de Jörmundgander… como esa vez que entrando en pánico, salté para salvar el alma de Óláfr.
—¿Preparado? —Asiente—. ¿Preparado también para la próxima travesía?
Sus ojos se iluminan.
—Más que tú.
Sonrío. Claro que sí, chico.