Chapter 20: Capítulo 19
FREYA
Volteo la cara hacía atrás. Un sentimiento extraño atenazó mi percepción, algo que me gruñe que el chico no está bien afuera. Sin embargo, he llegado a la sala y no podré ayudarle, él verá por su vida, aunque mi instinto clame por ir a auxiliarle sin más. Restriego mi mejilla, las alucinaciones no han hecho acto de presencia, no aún. Esta vez me atormentaron con el recuerdo vivido de la noche que dejé de ser la niña amable, ese acontecimiento que se llevó a mi madre para no regresarla jamás. Aprieto la mordida. Hela es inalcanzable, se divierte demasiado con lo que hace conmigo, más no le daré más satisfacción.
Las telarañas adornan los candelabros, la mesa circular en el centro tiene jarrones llenos de polvo, los espejos que se bambolean en las paredes medio reflejan mi cuerpo. Una atracción invisible me conduce hasta la puerta dorada en la esquina, que antes estaba refugiada por telas sucias; reconozco el sellado, lo vi antes de pequeña, y parece que mi memoria hace el intento de evocar ese instante. Los dedos me tiemblan en el momento que la llave abre la cerradura, la luz incandescente me ciega y la ventisca que expulsa hace que dé unos pasos atrás. Siento la bestia rugir, más desesperada que mi alma, cruzo el panteón con una exhalación.
La puerta se cierra con un estrepito. El lugar me es familiar; la larga mesa con copas de oro sobre ella reluce más que el blanco eterno que la rodea, no hay muros, ventanas o tan siquiera una puerta para regresar, se ha esfumado. Solo están esos elementos. Arrugo las cejas, creí que me encontraría con una estancia. Los hombres se tensan al sentir la caricia perpetua en mis piernas, la cola que se enrosca en el muslo no me asusta, me mantiene más rígida. Eimnis es libre.
—Hace mucho que no tocaba este sitio. —Se posa a mi lado, mantengo los ojos abiertos del todo, está de mi tamaño, la esencia magnética de malicia en él no está—. No hay nada para ti aquí.
—¿No?
Los faros anaranjados analizan mi reacción. La llama en la punta de su cola es más viva que su gesto.
—No. Este espacio fue recorrido por tu madre antes de aterrizar en la nada, en la muerte crónica que desfallecía por poseerla entre sus brazos.
Ceñuda lo observo. La tranquilidad en su rostro es confiada.
—¿Qué ocultó?
—Nada para ti, ni siquiera alguna verdad… pero, sí el encuentro con tu verdadero yo.
Los dientes castañean al verme sentada en uno de los muebles, pero tengo quince años allí, el gesto adormecido en los ojos me conduce a mi ser apesadumbrado que llevaba en ese entonces. Al lado de esa presencia, surge mi yo de ocho años. Un poco asustada y anonadada, me miro sentada como ahora al lado suyo, después, una sombra se cierne sobre las estelas hasta adaptar la figura de madre. Ingiero saliva, las lágrimas pican tras los párpados, me sonríe.
—Mi niña.
El león se acuesta con las patas bajo su melena, escudriñando su anterior yugo.
—No dejes que el recuerdo mentiroso de su forma viva te trague —sugiere.
—¿Es una prueba?
Ríe.
—Al parecer sí. Muerta está y muerta seguirá.
—Ven conmigo, me niña. —Su mano me insta a cogerla, más Eimnis se interpone con un rugido. De un zarpazo aquel ser desaparece, su cola se envuelve de nuevo en mi pie, haciéndome caer, el dolor del impacto atraviesa cada nervio. Jadeo.
Ya no estamos en la habitación blanca. El pastizal alimenta mis pupilas, allí, sentadas sobre las rocas, están mi madre y yo de pequeña. Unas cadenas adhieren el peso de mi cuerpo en la firme tierra, el polvo yace sobre mí, como una fuerza invisible. El gran león se pasea alrededor de ambas figuras.
—Déjalas —mascullo.
—Es tu mente, no sabrán que estoy. —Vuelve a estar a mi lado—. Esta es la prueba que dejó vuestra progenitora.
—¿Por qué?
—Para asegurarse que estás cuerda, de ese modo, te dará la verdad que tanto anhelas. Observa.
—Miras las estrellas, ¿qué ves?
—¡Veo a papá!
—¿Segura?
—Segurísima.
Cierro los ojos, no quiero ver, no. Sin embargo, los parpados se despegan como si hubiese ordenado que lo hicieran.
El rostro de mi madre se torna lastimero, acaricia los cabellos hechos una trenza, yo le frunzo el ceño con un puchero.
—Tu padre era un asesino de dioses. Pronto serás como él —susurraba con el dolor en su mirada.
No le entendía, mi mente solo captaba muy poco y lo que podía recaudar de mis memorias.
—Pero soy una niña, soy débil —contesté. Emnis se jacta en silencio.
—¿Te hace débil ser mujer? —Asentí. Era muy inocente en ese entonces—. No, pequeña. Lo que te hace fuerte es la valentía, no la fuerza bruta. Recuérdalo, mi niña, que pronto tendrás que oír esas mismas palabras en algún futuro.
Madre acaricia el pequeño pecho con el dedo índice, puedo sentir esa ternura a pesar de que solo sea un recuerdo. Dejo de mover los brazos, ya los grilletes dejan de quejarse. Esa frase siempre la recordé por donde iba. La primera gota de lágrima cae en la hebra de pasto que toquetea mi mejilla; Hela sabía que pronto estaría en este lugar, me estaba preparando para esto, pero ¿por qué?
—Una deuda —susurra la bestia, ha leído el pensamiento—, que ya se saldó. Sigue mirando.
Lo hago.
La pequeña niña se mete más en el regazo de su madre.
—Ve a casa, yo te seguiré.
Justo cuando esas palabras se desprendieron de su garganta, Thor emergió de un rayo que asustó a la niña que tan solo se quedó quieta mientras el dios del trueno atacaba a su mamá, que protegía a su pequeña, que se dejó lastimar, pero que no sirvió para lo que sucedería después.
—¡Ya basta! —sollozo—, basta, no… ¡vete! —le grito a la sombra que se acerca al retoño—, ¡no la toques! Déjala, no… déjala.
La agarra, la estrella al lado del cadáver de su madre, la despoja de sus ropas y abusa de su cuerpo. Los ojos de mi yo pequeño se tornan opacos, reciben la fría realidad a la que estaría destinada. Gimoteo, lloro, me remuevo, intento apaciguar el dolor y el sufrimiento.
—No podrás hacer nada —recuerda Eimnis, viendo la escena que se posa frente nuestro—, falta.
—¡Detenlo! Quítalo, no dejes que le haga más daño —pido entre hipidos. Este hace caso omiso—. ¡Te lo ruego!
—¡No ruegues como lo hiciste esa noche!
Me callo, dejo de luchar. Ese recuerdo se rompe en miles de fragmentos, volvemos a estar en la habitación blanca, pero sigo en el mismo estado, encadenada, apresada en contra de mi voluntad. Sigo derramando lágrimas, no puedo evitarlo, aunque así lo desee.
—Eso es. Vuelve a ser esa niña indefensa que fuiste.
Bajo la mirada, ya no estoy encerrada por las viles cadenas, mis manos se han vuelto pequeñas, casi tiernas, la armadura fue suplantada por un vestido de telas azules y mi cabello se encuentra trenzado. La impotencia se enmarca en mi organismo, feliz de sentirse en mí de nuevo. El león ya no está, en donde estaba sentado se encuentra mi madre que me ve con tristeza.
—Perdóname, mi pequeña Freya.
Sacudo la cabeza.
—No pude protegerte, mi niña.
—Estás muerta —vocifero—, no eres real.
—Ahora lo soy en tu mente.
—Déjame en paz —resuello. Mis rodillas me protegen de su mirada, me hago compacta, más pequeña—. No eres real, no lo eres.
—Es hora que tomes mi lugar. —Levanta mi mentón, sus cabellos como el fuego vuelan, se mueven con gracia, los ojos iguales a los míos destellan en reconocimiento, alegres—. Perteneces aquí, mi niña. Lo lamento tanto, no dejes que te agarren, sé libre… Einar tendrá que venir a por ti, ya te he dado el regalo que te hacía falta.
Besa mi frente al igual que me rodea con sus brazos, tiemblo más si es posible. ¿Por qué me haces esto? Acaricia con ternura mi espalda, trasmite esa paz que daba cada vez que me sentaba en su regazo, el desosiego se atenúa, deja a su paso esa benevolencia que había apartado.
—Nunca me olvides.
Reacciono. Pestañeo, unas paredes decoradas por pinturas me saludan, el hombro me arde, más no hace que la sorpresa se largue. Me incorporo, la mesa fue mi cama, las copas están regadas en el mármol y la puerta entreabierta con el chico apoyado en el umbral, receptivo, expectante. ¿Cómo entró? Titubea al acercarse, sus ojos parecen no reconocerme, el filo de la espada sopla en mi mentón; su fiereza no la reconozco, me amenaza con mi espada.
—¿Quién eres?, ¿dónde está Ariana?
—Óláfr —tartamudeo.
—¿Cómo sabes mi nombre? —gruñe de vuelta, feroz.
Examino con lentitud cada rincón de mi organismo.
—¿Por qué tienes sus ropas? —escupe.
Por el reflejo del agua que se escurre a mi lado, logro atisbar el aspecto que traigo. Jadeo, soy la viva imagen de mi madre, niego con la cabeza, no puede ser, esto es imposible. De un salto dejo de estar en la superficie rugosa, el chico se ha dado cuenta y ha dejado caer la claymore que hace eco al impactar contra el mármol.
—¿Ariana?, ¿Freya? —titubea.
—Soy yo, chico —exhalo.
¿Este era el regalo?, ¿ser su viva imagen del todo?
—No. Dejó libre tu verdadero yo, dejó al descubierto la mujer que escondió ante los ojos de Odín, la que heredó su poder… ya estás completa y yo ya soy parte de ti. La profecía se cumplió: la rencarnación de la diosa guerrera está aquí y esa eres tú —susurra en mi mente el gran León—, ya nada podrá sacarme de este encierro, moriré contigo si hace falta, eres mi complemento, así como yo soy el tuyo. Te hizo parecer mortal para no atraer la atención de Baldrsfadir, pero, de todos modos, la obtuviste. Pronto sabrás qué otro cambio tienes.
—¿Me oyes?
Vuelvo en sí.
—¿Qué pasa?
—El herrero, Syl, me atacó e intentó quitarme la espada, pero lo dejé aturdido porque casi lo mato. En fin —tartamudea, aún embelesado—, ahora sí pareces una deidad, tu presencia es poderosa.
Vuelvo a observar las palmas de mis manos, jadeo otra vez, las marcas en los antebrazos han desaparecido, mi cabello se ha tornado rojo, tanto, que parezco el fuego mismo. Tanteo mi cara, sigue igual, menos mal.
—Tienes runas tatuadas —agrega en mi inspección. Asiento, aquellas que madre tenía, simbolizan el apoyo de la naturaleza, con que esto era lo que ocultaba el palacio. Por la ranura de los dedos, lo miro.
—Chico, salgamos de aquí.