Capítulo 17
—Chico.
—¿Sí?
Baja la vista a sus manos. Ese acto no pasa por inadvertido.
—En Hel no tuve tantos obstáculos para traerte de vuelta —explica sin tan siquiera verme. Sacudo la cabeza, extrañado, ¿qué hizo? —, pero acarreó una consecuencia fuera del susodicho; los recuerdos han vuelto a mí, se materializan, solo puedo verlos yo, son un tormento, me hacen viajar a ese pasado que tanto aborrezco. Por eso mi aspecto tan demacrado, es porque no he logrado disuadir esas emociones que contraigo cada vez que soy perturbada por una memoria.
Me incorporo. Empiezo a dar vueltas con los dedos enjaulados en mi cabello. ¿Por mí sufre? Es mi culpa, ¿cuántas veces más por mí ella será lastimada? Por el rabillo del ojo percibo cómo se mueve de manera inquieta. No quiere verme así, pero no puedo evitarlo. El desliz sigue presente, se aferra tanto a mis emociones, que estas empiezan a revolucionarse.
—Me hubieses dejado —mascullo, inexpresivo.
Niega con un movimiento feroz del mentón.
—Sentí que no merecías haber dejado este mundo de esa forma, también percibí que aún te aferrabas a estar pisándolo. Quizá fue egoísta de mi parte… no quería cumplir las promesas sola, seguir en un próximo viaje sin acompañante que me comprenda. ¡Llámalo egoísmo entonces! No pude… no quise que te fueras, y ahora pago por eso. No me siento mal por haber sido indiscreta. —Se gira, dándome la espalda—. La soledad es un arma de doble filo, te enloquece, sin embargo, a su vez te da tranquilidad. Esta vez asumí un futuro sin ella.
Sus palabras audaces apaciguan esos sentimientos que me culpaban de manera implícita sobre su sufrimiento. La asimilo, yo hubiera hecho lo mismo en una situación similar; es egoísta, pero comprendió que no era mi momento para partir, que ese modo de morir no era el adecuado y que, yo, seguía con el ideal de estar vivo, porque así me sentí hasta cierto punto. El carcaj suelta un sonido que la alerta, más no le da la señal para esquivarme; la abrazo sin querer soltarla, refugio la cara en su pecho cálido, intentando parar las cavilaciones que se han formado en mi mente. Merece más que afecto, no obstante, es lo único que puedo darle por ahora.
—Gracias por haber hecho eso por mí —gimoteo. Respira con fuerza, sus pulmones se comprimen, el corazón se le acelera y sus brazos hacen lo mismo que los míos—. Eres mi heroína.
Es lo que alcanzo a comentar antes de soltar alguna barbaridad. Se tensa, pero vuelve a ablandarse con celeridad.
—Estamos hechos para no vagar solos… estamos hechos para estar acompañados sin que nos demos cuenta, chico. En este momento lo entiendo, lo he tragado, adiós a ese silencio que tanto me acompañaba antes. Somos seres complejos y eso, es ser únicos de cierta manera.
Levanta mi rostro, tiene una gran sonrisa bañada por lágrimas. Sollozo, no de tristeza… de entendimiento, compasión, fortaleza, empeño.
—Me siento más humana, lo reconozco, me siento más viva. —Ante mi gesto, aclara—: Eso no quita que sea igual de dura, chico.
De un empujón se aparta. Bufo. Ni siquiera vuelve a mostrarme su cara antes de lavarse ese líquido salado; es buena destruyendo momentos tan expresivos como ese.
—Se nos hace tarde —indica—. Einar nos espera.
Guarda su espada.
—Oye… quiero ayudar para que disuadas ese sufrimiento.
—Ya sé cómo enfrentar esos demonios —musita.
Se adelanta con largas zancadas, la sigo para no perderme. Está haciendo que pierda el hilo del tema principal, típico.
—Pero…
—Andando —interrumpe en voz alta.
Enfurruñado, me callo.
Desinflo los pulmones, sigo con la mirada puesta en su espalda. Alguien como ella es difícil de hallar, me refiero a su forma de desenvolverse, de entender que no todo en esta vida es la sombría soledad. Que necesita con quién charlar, pelear, debatir y compartir. Presencio su crecimiento en ese aspecto y me siento afortunado de ser el primer espectador. Ahora que lo pienso, no nos hemos encontrado con enemigos, y eso que me afirmó que en esta montaña hay muchos, ni siquiera he demostrado la capacidad que adopté con las anteriores batallas. Sin embargo, sé que tendremos esas peleas que nos faltan muy poco.
Y al parecer, los evoqué, porque los draugr no tardaron en hacer acto de presencia. ¡La mente es poderosa!
✺✺✺
La flecha cae en su tórax, dándome el minuto adecuado para lanzar otra que da en donde quería: en la frente. Esquivo el garrote hasta volver a posar una sagita en la cuerda que tiembla cuando la pongo a funcionar, gimo de felicidad. Maté cinco, Ariana me gana por dos.
—Rayos —maldigo. El carcaj está vacío.
El cuchillo vuelve a mi mano, retrocedo, giro, me enrollo e incluso salto para no recibir golpes. Mientras tanto, ciertos cortes he dado, más no para quitarles la apestosa vida. Me encaramo en la espalda de uno, el olor putrefacto no me impide que clave la navaja en su nuca.
—Bien hecho, chico.
Recibo su mano para erguirme.
—Mejoré bastante —suelto, orgulloso de mi avance.
Ese orgullo se esfuma al trastabillas, el dolor se agita a la altura de mi pecho, si no fuese por sus reflejos, estaría comiendo tierra.
—No te esfuerces tanto —señala. Estabiliza mi pobre cuerpo hasta que me suelta cuando está segura de hacerlo.
—Perdona. No tuve tan presente la herida.
Sus cejas rozan la cima de su frente.
—Para la próxima no lo olvides —gruñe.
Su espada vuelve a estar guardada, revisa el carcaj con una maldición suspirada.
—Ojalá nunca se acabaran —resopla.
Encojo los hombros para volverme a su lado, patea la cabeza de un cadáver como si estuviera descargando su coraje en él. Ya satisfecha, los dejamos atrás a paso apresurado.
—Ariana, ¿Hela es la responsable de esa perturbación?
Esquiva la mirada acusadora que le doy.
—Sí.
—¿Sabes que es hermana de la serpiente?
Bufa.
—Por supuesto, al igual de que esos dos son hermanos de Fenrir.
Boquiabierto mantengo por un minuto largo.
—Eso no lo sabía, es decir, ¿cómo Loki junto a Angrboda pudieron tener hijos como el lobo y la serpiente?
—Pregúntaselo a ellos si tanto deseas saber. —Al ver mi gesto, se ríe—. No lo sé, no es de mi incumbencia.
—Pues…
Mi discurso es interrumpido por una avalancha de tierra que proviene de la colina; me protege con su brazo y la espada que impide que pedazos de escombros la golpeen, algo aturdido, examino aquello con lentitud, la escayola de una estructura se ve en el lodo mezclado con nieve, además de partes de una estatua y un largo tronco. Atemorizado, admiro las nubes grises arremolinándose en lo alto del firmamento, el fiero sol desaparece, dejando así un clima lúgubre. Los cirrus se estremecen, golpean y gruñen, dando paso a los truenos que no tardan en relampaguear. Un rayo cae justo frente nuestro, nos deja a ciegas por un mínimo tiempo. La ceguera es también impedida por un rugido, no por la misma naturaleza, si no por una bestia tras los escombros.
Jadeo, creí que esa clase de criatura solo existía a través de los mitos.
—Grendel —murmuro sin aire.
Es gigante, parecido a un Jotun por su tamaño, una bestia en toda su palabra. La cabeza parece la de un canino, con agudos colmillos, encorvado como un cuerpo humano velludo con una cola que se divide en tres, las potentes garras rastrillan el suelo y el vaho que exhala se asemeja a una terrible niebla. Es brutal. Un demonio. Sus orbes brillan de furia como color del fuego, este se distrae y, al parecer, se aturde en el momento que un rayo parte un árbol que cae a su lado. Las rodillas oscilan, mi cuerpo desea salir huyendo.
Pide sangre, aquello es lo que desea obtener.
Me cubro con los brazos para no recibir el azote de la ventisca que produce en la cara, el chillido del arma afilada de Ariana siendo sacada de su hogar, llama la atención de Grendel que no tarda en dar un salto y con un zarpazo, derribar a mi acompañante que se queja, más el rasguño lo recibió el potente metal. Analizo las opciones que tenemos para llegar a la victoria; con anterioridad, la bestia se puso extraña por el sonido fuerte del árbol cayendo, se distrajo, la puso molesta, pero no de enojo… si no de agobio. Esa es una ventaja.
—¡Óláfr!
Atiendo su llamado, la tiene aprisionada con su gran mano, intenta quitarle la espada; de una zancada y de un movimiento para nada calculado, le clavo la navaja en el ojo. El bicho exclama, un chillo de dolor agónico. Eso le da la oportunidad a Freya de cortarle en las pantorrillas, dejándolo casi arrodillado. Alarga su mano hasta envolverla en mi antebrazo con un apretón furioso, no tarda en aventarme fuera de la batalla, no me quiere involucrado. Impacto en el suave césped, casi cerca del pico que conduce abajo. Veo en forma lenta el cómo Grendel se saca el cuchillo, este sale con su ojo incrustado en la punta, las arcadas no se hacen de rogar. La sangre negra y vil emana casi con felicidad, mancha la poca nieve y evoca los insectos que no tardan en relamerse por ese festín.
Debo actuar, no la dejaré sola con tan colosal bestia que exuda poderío.
—Aléjate —regaña. Sus pupilas se llenan de preocupación al percatarse que rozo su espalda—, ataca desde lejos, eres bueno lanzando, ayúdame a distraerlo, de ese modo podré derribarlo de nuevo —aconseja.
Asiento, sí, es mejor no interponerme. Me alejo corriendo hasta encontrar rocas que pueda lanzar desde este punto; empiezo a tirárselas en la cabeza del monstruo que no tarda en dirigirse donde me hallo, es como si lo estuviese llamando por su nombre con una comidilla. Veo la espada relucir, el brillo blancuzco lo alerta, más no lo disuade que le ampute el brazo de cuajo. El miembro al caer sigue moviéndose; aquel líquido viscoso mancha la armadura de mi mentora que suelta una exhalación para volver a atacar, pero aquello fue una mala decisión: un golpe severo recibe que la manda a volar al extremo contrario de nuestra ubicación. Huyo, es lo único que puedo hacer ahora, ¡no estoy preparado para una batalla de esa dimensión!
Soy abatido, el corazón se drena por la adrenalina y se dirige a la zona afectada: el muslo derecho, este está en carne viva, el dolor no lo siento, más lo sentiré dentro de poco. Con la mirada nublada, espero el impacto contundente. Suerte o qué sé yo, pero sus garras vuelven a enterrarse en la arena justo al lado de mi cráneo. Rehuí… un reflejo extraordinario.
—¡Vamos! Escapa.
Bueno, no todo fue una acción mía. Fue la distracción que causó Ariana al envolver su claymore en el cuello de Grendel, cortándolo, atravesando la piel forrada de vello. Un gruñido de furia sale de él acompañado por el suyo, ambos dan su fuerza, uno para arrancar la cabeza y el otro por proponerse salir de esa prisión impuesta. El flujo rojizo que baja por la frente de ella no es una distracción suficiente para que termine con su trabajo, no cierro los ojos cuando cercena el cráneo que rebota y rueda a mis pies, el cuerpo no tarda en acompañarlo. Al verlos en el suelo, noto que la cola de esa criatura estaba atravesando el estómago de la pelinegra. Más pálida que antes, me observa.
—No te preocupes —tartamudea—, estoy excelente.
Con las piernas trémulas estoy a su lado en un segundo, sin escrúpulo alguno, saco ese musculo de su abdomen, tensa la mandíbula para no quejarse. Su armadura está rota, algo tan hermoso como ese no debió dañarse. Estrecha sus dedos en la carne blanda de mi bícep tan nerviosa como yo.
—Es solo un rasguño —balbucea.
Presiono la herida flamante, no cesa de sangrar. Tiemblo más si es posible, cae de rodillas y yo la sigo. No aparto los ojos de los suyos que están muy abiertos.
—No lo parece —vacilo.
Ríe. ¿Carcajearse en un momento tan delicado como este?
—Venga, ningún órgano fue lastimado.
Jadeo por segunda vez. Miro embelesado cómo la carne se une hasta aparentar que nada sucedió ahí. Quita mi toque con un bufido para ocultar la piel con tela roída, la armadura parece estar intacta al levantarse conmigo. Es como si también el bronce se hubiese curado.
—Se restablece después de un daño —explica—, magia a lo seguro.
Ignora mi estupefacción. Recoge la claymore con un silbido, patea el cuerpo tieso con algo de orgullo para luego pasar sobre él.
—Sigamos. Hagamos de cuenta que no pasó nada.
—A veces pienso que sería genial tener ese don de curación —exhalo tras su estela.
—Chico, a mí me gustaría ser una mortal, pero me conformo con ser una deidad a las malas.
Apoyo los pies en sus muslos para saltar y quedar suspendido en un muro de piedra, con esfuerzo, subo. Se posa a mi lado, con solo un salto me acompañó, siento envidia por eso.
—Y ¿tu padre? —inquiero. En definitiva, haré como que no sucedió nada.
—Nos espera.
—¿Cómo? —titubeo.
—Está esperándonos en el sarcófago de la amada de Baldrsfadir.
Hace caso omiso al clima que se torna más oscuro y tétrico. Dirige sus ojos a las nubes congestionadas con una mueca, yo también sé quién es el causante de eso.
—Creo que tendremos compañía dentro de poco —susurra.
—Una compañía prepotente —agrego.
Pues vale… no nos dejarán en paz.