ISLA SAN ANDRÉS, COLOMBIA: TERCERA PARTE
¿EL ÚLTIMO DÍA?
Era el último día en la isla para nosotros. Fernando nos fue a ver en la mañana para avisarnos que nos recogería en la tarde y llevarnos a una de las casas de seguridad que poseía para el cumplimiento de su “trabajo”, desde donde supuestamente saldríamos, lo cual no fue cierto, por los acontecimientos que se suscitaron después. Cuando regresó a recogernos ya estábamos listos, arreglamos la cuenta en el hotel y salimos; no era necesario tomar un taxi porque la casa a la que íbamos quedaba relativamente cerca, avanzamos hasta el malecón y seguimos caminando, como despidiéndonos de la playa y de los amigos que habíamos hecho allí.
La vivienda a la que Fernando nos condujo era una bonita villa, de tamaño medio, quedaba a medio bloque de donde terminaba el malecón, en su parte posterior tenía vista a la playa; nos hizo entrar y de inmediato me fijé que había bastante gente amontonada en la sala, todos con mochilas. Nos dijo que tomáramos ubicación donde hubiera sitio; vimos que quedaba un pequeño espacio en la salita, hacia allá nos dirigimos, nos sentamos en el piso; y, mientras miraba por la puerta-ventana que me regalaba una linda vista al mar, en mi ilusa mente imaginaba que por allí íbamos a salir a subirnos a la lancha y dirigirnos directamente a la libertad, muy románticamente. La realidad fue otra, casi inmediatamente.
Ya estábamos todos los involucrados en el nuevo embarque reunidos en la villa: los peruanitos (curiosamente sin su guía) eso me puso una luz de alerta en el cerebro, pero no lo capté en toda su dimensión; de pie, cerca de la puerta estaba Fernando con su compañera, y por supuesto nosotros, sentados, arrimados a una pared; todavía era temprano, el reloj de pared de la sala, marcaba aproximadamente las dos de la tarde, en realidad faltaban cerca de tres minutos, pero nadie estaba controlando asistencia así que no era problema, en el ambiente se notaba una fuerte tensión, como cuando uno ve cargado el cielo de nubes negras y sabe que pronto caerá un aguacero tremendo...algo así; si dejáramos que los agoreros del destino opinaran al respecto dirían “eso se llama presentimiento”.
Yo tenía un mal sabor en la boca, algo no me estaba cuadrando; se lo hice saber a Max, pero él estaba tranquilo no sospechaba nada, me dijo que no había notado cosas raras, le expliqué lo del coyote chino que no estaba con los peruanitos, que debía estar allí con ellos pues era su guardián, su guía…eso me tenía pensando mal. Max me pidió que dejara de lado las dudas y que revisáramos nuestras cosas: teníamos nuestras mochilas preparadas para partir, nuestras esperanzas, nuestras expectativas estaban intactas, firmes; en fin…estábamos listos, preparados para el viaje. Sentados en el piso de la sala, mirando con curiosidad todo lo que se moviera; pensando, pensando. De pronto Fernando se me acercó, me pidió que me levantara, me llevó hasta la puerta y me dijo en voz queda, casi murmurando:
_ Augusto, necesito que me hagas un favor, ve a la tienda, trae dos bidones de agua y una mortadela grande, porque eso van a necesitar cuando lleguen a Nicaragua_ (yo todavía no sabía que llegaríamos a otra isla antes de tocar tierra firme).
Ya le había entregado antes mis cincuenta dólares, así que no contaba con dinero, él lo sabía, por eso sacó dinero de su bolsillo y me lo entregó para la compra que me estaba encargando; pero agregó algo más que me pareció bastante extraño e hizo que otra vez sonaran cascabeles en mi cerebro (luego entendí la verdadera dimensión de esas palabras).
_ Pero ve a la tienda más lejana, diles que vas de mi parte, porque allí me dan un buen descuento _ Asentí, y salí, Max, Walter y los peruanitos quedaron en la casa; quise llamar a Max, para que me acompañe, pero Fernando me dijo que no lo haga, que vaya solo…y partí a la tienda.
Volví a pensar en esa idea que me tenía bloqueado, no acertaba a atar los cabos, sabía que había algo complejo en el tema de que los peruanos estuvieran solos sin su guía, porque es bien conocido que los coyoteros están con ellos a sol y sombra, incluso cuando quisimos contactar a nuestros paisanos, estaban tan aleccionados por su guía que no nos dirigieron palabra.
Iba terminando de rumiar ese pensamiento, no había llegado a la mitad de la vereda del primer bloque, en dirección a la tienda que me fuera indicada por Fernando, cuando vi que pasaron velozmente tres carros de policía; todas las personas que estábamos en las veredas nos detuvimos y volteamos a mirar en dirección a los autos de policía; entonces ya me pareció demasiada casualidad que se detuvieran a armar un operativo exactamente al frente de la casa de Fernando, traté de regresar pero me detuve bruscamente; preferí observar lo que estaba pasando desde lejos, eso era lo más prudente.
Dos policías se bajaron del primero de los autos y se dirigían hacia la casa que yo había dejado minutos antes; enseguida vi cómo los demás policías también bajaban de los otros carros y empezaron a rodearla por el otro lado; uno de ellos (supongo que era el jefe de la operación) hablaba por medio de un megáfono dando indicaciones de no moverse a los que estaban en el interior de la casa, les advertían que estaban rodeados, que hubiese sido inútil cualquier intento de evasión, que evitaran el ser maltratados. Desde adentro no se escuchaba nada, entonces dos policías entraron a la casa, entraron otros dos y decidí marcharme del lugar por si acaso.
En ese momento, lo único que se me ocurrió fue correr hasta la playa, no sabía qué iba a pasar el minuto siguiente, ni la tarde, ni la noche, ya no tenía cabeza para nada, ni siquiera estaba seguro de que iba a salir de la isla; al problema del dinero, se sumaba uno nuevo: me había quedado sin la mochila, es decir sin ropa ni mi cuadernillo de apuntes que actuaba como una bitácora; como se suponía que no iba a demorar en la compra, no me puse nada encima, mi vestuario en ese momento era: un pantalón corto (de baño), una camiseta sin mangas y zapatillas (sandalias) ¡Había completado la triste imagen de un hombre caído en desgracia!
En la playa no encontré ninguno de los amigos con los que usualmente nos reuníamos para cantar, así que opté por ir a buscar al suizo en el hotel donde estaba alojado, para comentarle lo que me había pasado y pedirle ayuda. Lo hallé, subí a su departamento; después de que le expuse la situación me dijo que no podía ayudarme con dinero, que ya no le quedaba mucho; le dije que no estaba tratando de molestarlo, de tomar ventaja por lo del casete o el cancionero, le describí lo que había pasado con Fernando, y la redada de la policía, pero no hubo caso, sostuvo que no podía ayudarme, así que se me cerró esa opción; no insistí, salí dándole las gracias de todos modos.
Apesadumbrado, regresé a la playa nuevamente, a esperar a alguien, a cualquiera a quien le pudiera conversar el asunto, y que me pudiera ayudar de alguna forma, especialmente, a saber algo de Walter y Max. Si Fernando me hubiese contado lo que pretendía hacer con los viajeros, yo hubiera regresado después que se hubiera ido la policía; pero como no me explicó nada, estaba en las nebulosas, sin saber qué hacer, tampoco quería correr el riesgo de ser encerrado otra vez.
Llegaron algunos amigos al fin, Louis entre ellos, les comenté lo que había pasado; estábamos en eso, pensando en las varias posibilidades, pero todos coincidían en que Fernando tenía que ver en algo con el asunto, porque sabían cómo se manejan esos asuntos en la isla; yo no quería dar crédito a eso, pero supongo que ellos lo conocían mejor ya que ellos vivían allí.
La tarde estaba muriendo, la noche se asomaba ya; todavía pensábamos en las alternativas que me tocaba analizar; eran alrededor de las siete de la noche, conversábamos en la vereda del malecón. Les revelaba a mis amigos la verdadera intención de mi llegada a la isla y lo que quería hacer a partir de allí. Louis insistía en que tenía que ir a cantar con él en la Providencia, le dije que talvez esa sería mi única alternativa, ya que me estaba quedando por quién sabe cuánto tiempo más, o jamás saldría de la isla.
Louis llegaba cada vez que podía a compartir con nosotros en la playa, por las tardes o por las noches, se sentaba a cantar con nosotros, hacía el círculo y muchas ocasiones el hacía solos cantando y tocando la guitarra, de hecho, era músico profesional, pero al igual que el suizo, se interesó por las canciones de mi repertorio que era vasto, ya que desde mi tierna infancia venía cantando sin haberme dedicado de lleno a profesionalizarme en la Música, pero me gustaba tanto, influenciado por mi amada madre quien cantaba feliz haciendo todas las labores de la casa, que me hacía participar en todos los actos musicales que hubiera en la ciudad.
Louis trabajaba en la isla de La Providencia, cantando en forma profesional, por eso fue que propuso quedarme tranquilamente en San Andrés, que entre todos los amigos ayudarían a estabilizarme; él me llevaría a cantar en los locales donde trabajaba y por supuesto, luego legalizaría mis documentos.
Nos encontrábamos platicando de ese tema empezando a darle forma a las mejores posibilidades; estábamos absortos en esa conversación, cuando se parqueó un taxi cerca de nosotros, era Fernando quien asomando su rostro por la ventana posterior derecha entre serio y sonriente me miraba con intenciones de decirme algo. Iba acompañado del “coyote” peruano, era un chino fornido; este, iba en la parte delantera del carro en el asiento del copiloto; Fernando, que ya me había focalizado, dirigiéndose al coyote que iba delante le dijo que yo era la persona que estaba buscando, el coyote le respondió que hiciera lo que tenía que hacer y se apurara, entonces explicó que lo que había hecho en el momento de la redada al enviarme fuera de la casa, era para evitar que me involucrara en el suceso y en todo lo que pasó:
_ Sube Augusto, te estaba buscando, tus amigos te están esperando _ Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando pues no había visto a mis dos compañeros desde lo sucedido, por eso hablé:
_ ¿Qué pasó hoy en la tarde, Fernando?, ¿Qué pasó con la gente de la casa? ¿Dónde están todos?_ le pregunté con ansiedad.
_ Walter y Max te están esperando en otra casa, vamos no me hagas perder tiempo, ya está toda la gente allá _ se estaba alterando por mi desconfianza, pero yo no podía reaccionar de otro modo después de lo sucedido. En ese momento sentí que la conversación estaba poniéndose un poco pesada, y viendo que no daba respuesta dijo:
_ Bueno, Augusto, ¿Qué decides…te vas o te quedas?_ fue la última pregunta de Fernando y la idea de que me iba a quedar, quién sabe si eternamente en la isla fue la que me hizo mirar a Louis y a mis otros amigos de la playa. Louis estaba a mi lado, debe haber notado mi desesperación y dudas, por lo que fue él quien habló ahora:
_ Mira, ya te conozco Fernando, si algo le llega a pasar a Augusto te las verás conmigo. Yo sé dónde encontrarte_ se lo dijo con aplomo; luego dirigiéndose a mí, me puso su mano en mi hombro y me dijo tratando de calmarme:
_ Ve tranquilo con él Augusto, nada te va a pasar; si algo te sucede, yo lo busco y arreglo cuentas con él, ya lo conozco; si te llega a pasar algo se las verá conmigo; pero, si por algún motivo llegaras a quedarte, no te desanimes, recuerda lo que hemos hablado, sabes dónde encontrarme_
A la distancia, después de varias décadas, te agradezco Louis por ese apoyo tan importante en la vida de alguien que no tiene a nadie en ese instante de su vida; cuando nos despedimos con Louis, me estrechó la mano y me deslizó una navaja mediana; con ella, me subí al taxi.
No hablé con nadie cuando subí al taxi, estaba pensando cientos de cosas que se agolpaban en mi mente a una velocidad incontenible. Esa aparente fantasía de las personas en determinados momentos de la vida, especialmente en los de extremo peligro, donde se dice que uno empieza a ver su vida como en una película es tan cierta que no me atrevo a contradecir a nadie cuando me lo cuentan con firmeza, con seguridad.
Viajábamos a gran velocidad en el taxi, el coyote de los peruanitos tenía prisa por ir a prepararlos; luego supe que también había estado involucrado en el asalto a sus “protegidos”, que después del hecho se asomó en la residencia que fue rodeada por migración haciéndose el sorprendido; no estoy seguro de que sus “pollos” supieron lo que les hizo, y habiéndome demorado tanto en la presentación de este libro probablemente ya ni se acuerden de ese momento. De regreso al instante que estábamos viviendo en el taxi, me di cuenta que empezábamos a tomar dirección hacia la estación de policía; me puse en guardia, mis músculos se tensaron, enmudecí, estaba esperando lo que se venía. Mi navaja ya estaba lista para entrar en acción, me dije a mi mismo que si me llevaban a la policía, por lo menos me defendería, no me dejaría entregar tan fácilmente.
Mientras con la mano izquierda sostenía la navaja de Louis, con la derecha otra tenía sujeta la manija de la puerta del carro, para abrirla y lanzarme al camino si era preciso; fueron segundos de incertidumbre; pero, pasamos de largo, y enfilamos en dirección a San Luis, el emplazamiento que quedaba el otro lado de la isla, que era el punto clave de embarque. No conversamos nada con Fernando, él iba en silencio, igual que la otra persona a quien ya pude identificar como “pollo”, porque iba con más miedo que yo.
Llegamos a la puerta del patio de una casa de construcción mixta, las paredes perimetrales externas eran de madera (tablas); estaba oscuro, no era para nada como en la que habíamos estado en la tarde, pero me alegré mucho cuando vi las siluetas de Walter y Max que salían a recibirme. Ese fue el punto final a las dudas; pregunté por mi mochila, me dijeron que la tenían, pero lo que busqué desesperadamente fueron mis botas, porque sin ellas me sentía incompleto, también las habían rescatado en el pandemónium que se había formado con la policía de migración; entramos en la casa y nos acomodamos lo mejor que pudimos, en un área más oscura aún.
Max empezó a ponerme al tanto de lo que había ocurrido en la casa apenas salí; cuando escuchamos los chirridos de los autos fuera de la casa, algunos de los peruanos se asomaron a las ventanas de la facha principal y vieron los tres carros de la policía atravesados en la calle; con las luces encendidas que mostraban estar en operación activa; a la casa entraron primero dos policías sin forzar la puerta, porque de paso estaba casi abierta, esa primera entrada fue para sorprendernos, de inmediato otros dos policías irrumpieron en la sala, mientras los restantes se ubicaron cerca de la parte de atrás de la casa, para evitar que alguien fugara por ese lado.
Cuando nos juntaron a todos en la sala, Fernando junto con su esposa discutieron fuertemente con los policías defendiéndonos, pero no les hicieron caso; les advirtieron que si proferían una palabra más los tomaban prisioneros; entonces vi cómo se apartaron y se fueron para la cocina, de donde no salieron por un buen rato.
Luego de juntarnos y contabilizarnos, nos sacaron en columna para alinearnos en el patio; mientras esto sucedía, nos dimos cuenta con Walter, que Fernando y su mujer se quedaron dentro de la casa, ellos no salieron en ningún momento mientras duró la operación afuera (luego me di pude constatar que todas las mochilas habían sido abiertas y registradas, ellos nos dijeron que dos de los policías se habían quedado dentro para hacer ese trabajo”.
Una vez alineados todos afuera, pegados a la pared, lo que hicieron los policías, fue llegar a “acuerdos” con nosotros y nos arrancaron, a partir de 20 dólares lo que pudiera dar cada uno; después de eso, nos soltaron, nos dijeron que podíamos regresar al interior de la casa, y se fueron con el dinero que recaudaron. Escuché con mucha atención el relato de Max, pero no dije nada, no hice ningún análisis de lo sucedido, pero ahora me quedaba clara la película: Fernando me envió a comprar, sabiendo que se venía la operación policial, para la recaudación de fondos.
Pero, lo que me quedaba más claro aún era que él trabajaba en contubernio con la policía, al igual que los peruanos que nos delataron antes; de este modo, la policía tenía muy bien montada su red y Fernando, al formar parte de ella tenía arreglada su vida porque nadie lo molestaba. Luego de encontrarnos con los muchachos, Fernando se me acercó y me pidió que lo disculpara, pero que yo tenía que comprenderlo, no podía decirme nada sobre la operación porque corría el riesgo de que se la dañara, como casi lo hago cuando llamé a Max para que me acompañara a comprar, eso se salía de su plan.
Le dije que lo entendía perfectamente, pero que me había preocupado cuando pensé que había quedado solo, no hubiera sido fácil organizar mi vida si no sabía qué había pasado con mis compañeros de viaje, le comenté que yo estaba en un compromiso moral con las familias de ellos y que no podía dejarlos sin saber lo sucedido.
Enseguida, a pesar de que ya tenía amigos que me iban a ayudar; le agradecí por haberme ido a buscar, eso hablaba bien de él, nos dimos la mano, el me abrazó y me dijo que pensara bien sobre la propuesta de manejar la ruta desde Nicaragua hacia arriba, pero le volví a decir que no podía, que era una promesa que tenía que hacer con mi familia, con la familia de los muchachos y conmigo mismo; volvió a abrazarme y me dijo que eso lo entendía también, que ya no me preocupara por eso y que trate de llegar donde iba; luego agregó que tenía que estar listo cuando me dijera que subiera al bote, porque iba a ser una cosa muy rápida, entonces nos retiramos a descansar.
La mañana siguiente nos sorprendió todavía en la isla, el viaje se retrasaba un día más. Aprovechamos entonces para dirigirnos a la playa, y reconocer el terreno, porque esta sí, era la estación de salida. Fernando desapareció durante la mañana, pero regresó en la tarde y se sumó a nosotros en la playa, allí pasamos buena parte de ese tiempo acordado, regresamos a la casa, donde teníamos que prepararnos para partir. Llegó la noche, Fernando trajo algunos comestibles que debíamos llevar y como a eso de las 10 de la noche salimos los cuatro de la casa para dirigirnos a la playa donde habíamos estado por la tarde.
Al llegar, vimos abierta la ventana de una casita y una señora se asomó; nos llamó la atención, conversó con nosotros un rato, preguntó qué hacíamos por su casa, aunque ella sabía lo que estaba pasando en realidad, era casi como un asunto protocolario el de ella; no tengo idea de por qué las preguntas ya que esa era una especie de Cabo Cañaveral de los indocumentados, ella debía estar al corriente de lo que pasaba por allí o quizá quería conversar simplemente. Fernando nos llamó para que nos acercáramos donde él se encontraba; nos despedirnos de la señora, ella nos bendijo y nos deseó feliz viaje (¡definitivamente lo sabía!).
Cuando llegamos donde Fernando, (apenas unos diez metros de donde estuvimos) escuchamos ruidos que provenían de un costado de la casa de la señora que nos había despedido tan cariñosamente, pero no se lograba ver nada porque esa parte estaba muy oscura.
Afinando un poco la vista, alcanzamos a distinguir entre las sombras, un grupo de personas que estaban agachadas, en actitud de espera. Eran los peruanitos, los “pollos” del chino, pero no se los distinguía muy bien, así que no sabíamos quién era quién. Nos quedamos de pie, junto a Fernando, mirando hacia la playa, porque él nos dijo que la lancha que nos llevaría, vendría por donde estábamos; aproveché para preguntarle por mi situación, me dijo que estaba arreglado, que no me preocupara, lo cual tampoco era verdad (recién en ese momento lo iba a hacer...según la conversación que sostuvo con el lanchero cuando llegaron); además, cada vez que me decía que no me preocupara era cuando más lo hacía, porque conmigo siempre estuvo improvisando; sé que lo hacía por aprecio, porque sabía que no tenía dinero, pero me preocupaba grandemente cuando me decía eso.
Los tres mirábamos con atención el mar, en la dirección que Fernando nos indicara; entonces, a la distancia una mancha pequeña empezó a aparecer aunque no se la identificaba bien; mi corazón palpitaba con esperanza pero combinada con temor debido a que estaba en condición de “ya veremos”; el sonido de un motor se apagó, vimos cómo la tan esperada lancha avanzaba silenciosamente cuando se acercaba a la playa; claramente se distinguían dos hombres negros en ella: uno en la proa, el otro en la popa. Cuando estuvieron más cerca, se pudo ver que era una lancha con motor fuera de borda, pero venían remando en el último tramo para no llamar la atención. El coyote chino, el guía de los peruanos y Fernando se acercaron donde ellos, cruzaron palabras con los nicaragüenses, y empezaron a llamar a las parejas que estaban escondidas.
Empezaron a salir del mismo modo, emparejados, tal como fueron aleccionados, estaban preparados para el embarque, eran doce personas, el coyote dirigía sus movimientos, los lancheros contaban mientras subían; viendo la manera en cómo ellos llevaban su control, pensé para mis adentros, con esa negatividad que le sale a uno desde los intestinos cuando sientes que se te abre la tierra y pides que te trague de una buena vez; con ese ímpetu arrollador emití un susurro…“_ ¡Me jodí! _”
En el momento en que Fernando dirigía la subida de Max al bote, yo comencé a ver todo en cámara lenta; todo el tema de la subida al bote no debía durar más allá de veinte minutos como mucho, la subida de Walter la vi en términos de siglos; lo mío no era sólo pánico, ahora se mezclaba con desesperación; como me encontraba tratando de congraciarme con los lancheros y obviamente con el coyote chino y Fernando ayudando a subir a todos, yo quedé para el final obviamente.
Ya solo faltaba yo, las olas mecían el bote, Fernando estaba conmigo agarrados del borde, los lancheros no querían saber nada de llevarme en las condiciones que planteaba mi amigo, pero él insistía, entre palabra y palabra, mecida y remecida, además de la adrenalina generada por la prisa, la negación, el ruego; en todo ese proceso, a Fernando no le quedó más opción que, sin esperar que le dieran una negativa más, me tomó por detrás y me empujó subiéndome a la lancha, solo que no me di cuenta de que algo no subió conmigo…de eso me daría cuenta luego, en el bote, ya en pleno océano.
Como ya no había espacio “de lujo” (los que pagaban completo) no me quedó más remedio que sentarme en la proa de la misma, y cuando digo proa, estoy describiendo la parte delantera de ella, exactamente el punto donde rompen las olas. Había un diminuto mástil (?) en la punta, de donde me agarré fuertemente y sentado abrí mis piernas, tratando de viajar lo menos incómodo posible (si chocábamos con algo, yo recibiría el impacto frontalmente, no iba a poder esquivar nada, ni hacer movimiento salvador alguno).
Sólo me falta un pequeño detalle que añadir: en el calor de la discusión y de la locura del grito de Fernando: _“¡Trépate Augusto, que te quedas!”_ me olvidé de la mochila, se quedó en la playa, supongo que él se daría cuenta y la recogería; claro que no tenía dinero, pero si, toda la ropa, y el cuaderno donde iba anotando las experiencias del viaje (la “bitácora). Esta aparente pérdida, la de la mochila, resultó ser ganancia después.
Ya estábamos embarcados, rumbo a Nicaragua; por fin salíamos de la isla San Andrés; no había luna esa noche, viajábamos a oscuras; no vi los delfines de Fernando, ni el romanticismo de su relato, pero las espumas de las olas al chocar con la lancha si me golpeaban la cara y no solo eso, me bañaban. Tuve mucha precaución durante el trayecto, porque recordé lo que habíamos acordado con los muchachos en el muelle, que trataríamos de evitar el viaje a través del mar, por lo que nos habían contado que cuando encontraban polizones los arrojaban al mar, estuvieran en el punto geográfico marítimo que estuvieran. Pero había algo que olvidaba…el único polizón era yo.
No sucedió nada de eso durante este viaje, pero un poco antes de llegar al punto donde los lancheros nos dejarían, el uno le dijo al otro, en inglés: – We´re reaching the beach. We leave this F#&$% people there and that´s it! – Este comentario también me puso a pensar en su significado, especialmente al final; nos iban a dejar en un punto cualquiera, botados simplemente, aunque no podía ser, porque íbamos con el coyotero peruano, por lo tanto él sabía dónde nos iban a dejar. Entonces, podía ser sólo un exabrupto del lanchero, una forma nada sutil de expresarse, pero que me hizo preocupar; sin embargo, como el coyotero no se inmutó siquiera, esperé a que se desarrollaran los acontecimientos.
Finalmente, llegamos supuestamente a la costa y empezamos a bajar. Ellos dijeron que volverían (lo cual no era cierto); corrimos hacia la playa y lo primero que hice fue decirles a Walter y Max que ellos no volverían, que nos abandonarían a nuestra suerte allí; no vi preocupado al coyote así que deduje que tenía su propia agenda; los peruanitos le preguntaron qué pasaría después; fue él quien nos aclaró que habíamos llegado a una de las dos islas de Maíz de la costa atlántica de Nicaragua. De cómo saldríamos, era otro problema por resolver. También les comenté a los muchachos sobre la pérdida de la mochila. Aquí pasaríamos otros tres días de nuestras vidas, y tendríamos algunos sustos menores que corresponden al relato del siguiente capítulo.