ECUADOR: SEGUNDA PARTE

LLAMADA TELEFÓNICA A MAX, PREPARACIÓN DE VIAJE A QUITO

Mi situación personal se estaba transformando en un verdadero conflicto, podría llamarlo un terrible caos; perdí la cabeza; todo lo que era dulce, bondadoso, estaba tornándose en agrio, malvado; el alcohol había entrado a formar parte de mi estructura, ya no bebía ocasionalmente, me había convertido en un bebedor consuetudinario; no tenía control, no hallaba calma fuera de la bebida o dentro de ella, fue el alcohol quien tomó posesión de mí y me hacía hacer cosas que distaban de ser normales.

En ese triste escenario momentáneo de mi vida, recordé que tenía que llamar a quien iba a ser mi compañero de viaje: Max. Este muchacho, vivía en la ciudad capital de mi país, Quito; yo, estaba diseñando y dirigiendo la construcción de una vivienda para mi amigo Fernando O., en la ciudad de Guayaquil, a cuarenta y dos kilómetros de nuestra ciudad; le había confesado que tenía el loco pensamiento de salir del Ecuador, porque estaba pasando por el peor momento de mi vida, se me habían juntado todos los males del mundo, tanto físicos como espirituales: acababa de perder a mi madre; tenía problemas de tipo profesional con unos desgraciados que se decían amigos míos; tenía un pobre comportamiento humano en mi casa, mi matrimonio se estaba yendo por el caño del desagüe, había vuelto a beber; es decir, estaba en el nivel en que cualquier ser humano que no esté tomado de la mano de Dios...revienta, y no quería eso para mí. Así que elegí la ruta del cobarde... ¡la huida!

Fue Fernando O. quien me comentó sobre un joven que estaba en una situación similar (luego me enteré de la verdadera historia, contada por propia boca de Max), quien vivía con su familia y que tenía el mismo deseo urgente de salir del país, pero su objetivo era bien claro: viajar hacia los Estados Unidos. En cambio yo, lo único que quería era salir del Ecuador, no me importaba donde, así que le dije que lo acompañaría hasta donde pudiera. Fernando lo contactó para decirle que ya había conversado conmigo, que estábamos listos para reunirnos para sostener una conversación en persona, que luego nos encontraríamos en Guayaquil, para planificar el tema del viaje. No iba a durar mucho la espera, porque fue casi de inmediato, a los dos días volvimos a contactarnos.

Como tenía que revisar la construcción de la casa de Fernando en la ciudad de Guayaquil, el mismo me recogió en mi oficina para viajar juntos; de ese modo aprovecharíamos el tiempo para encontrarnos con Max en el restaurante donde habíamos concertado esa primera reunión. Fuimos a la construcción primero, hablamos con el capataz de la obra, revisamos todo lo concerniente a esa segunda fase que comprende el armado de las estructuras de los plintos, riostras, columnas, incluyendo la cantidad de arena, cemento y lastre que Fernando había comprado. Realizado esto, calculando la hora de la cita con Max, subimos a su carro (una Blazer), nos dirigimos al encuentro con este amigo.

Llegados al sitio, Fernando me señaló a un muchacho fornido, trigueño, alto diciéndome: _ Ése de allí es mi amigo Max; su padre ha hecho muchos negocios conmigo (el negocio al que refería era el de la comercialización de arroz, maíz, etc.), su familia es de la capital como ya te dije y quiere hacer ese viaje_ Nos saludamos con el muchacho, estrechando nuestras manos, noté que tenía una apariencia de veinticinco años; nos sentamos, pedimos primero refrescos al mesero que nos atendió, luego Fernando hizo las presentaciones:

¬_Max, éste es Augusto, la persona de quien te hablé, es mi amigo, le tengo mucha confianza _ al acentuar esta última frase me di cuenta de que había algo más que no me contó.

_Augusto, este es Max, hijo de un gran amigo mío, socio en algunos negocios que tengo allá en la Sierra _ nos estrechamos las manos con Max, atendiendo de inmediato al mesero para que nos mostrara el menú y poder ordenar la comida.

Después del sencillo protocolo de presentaciones y de ordenar la comida, pudimos empezar a dialogar con Max: ¬_Me dice Fernando que tienes programado viajar al Norte, pero no lo quieres hacer por vía legal; quiero expresarte que tengo los mismos deseos, pero no voy a contratar un coyote para hacer el viaje, lo voy a hacer por mi propia cuenta y riesgo _ fui lo suficientemente claro para que no se malinterprete mi deseo de viajar sin guía.

_Lo sé Augusto, ya me lo había contado Fernando, es por eso que tomé la decisión de viajar contigo, no me conviene hacerlo de la otra forma, aunque debo decirte que probablemente no viajaré solo, tengo un amigo que vive en otra ciudad, con su familia tengo un fuerte grado de amistad y me han pedido que lo lleve conmigo, aunque no está totalmente decidido su viaje; si no te molesta eso creo que estaríamos de acuerdo _ lo dijo en un tono amigable, respetuoso, por lo cual no me quedó más remedio que decirle que estaba de acuerdo con lo que pedía.

Fernando intervino para desearnos lo mejor, dijo que se alegraba del acuerdo al que habíamos llegado y empezamos a comer lo que habíamos ordenado. Poco después, nos despedimos de Max, intercambiamos números de teléfonos; entonces Fernando y yo subimos a su vehículo y regresamos a nuestra ciudad.

Después de esa entrevista quedamos en encontrarnos en la capital en dos semanas, mientras tanto, en la oficina me tomaba el tiempo para diseñar las rutas posibles por las que íbamos a viajar. Yo no conocía absolutamente nada sobre los países por los que el mapa me arrojaba la línea de la carretera Panamericana, que supuestamente era lo más lógico de hacer, por eso, ingenuamente trazaba la línea imaginaria por cada ciudad donde veía que pasaba la mencionada vía.

Era un plan iluso de mi parte, la hice en una sola línea, atravesando todas las fronteras desde Colombia, hasta los Estados Unidos (la planificación la hice conociendo que éramos dos los comprometidos ahora), sin hacer ningún alto en ninguna parte y eligiendo las ciudades a las que yo quería llegar o conocer... ¡ni más ni menos como un paseo turístico! (el mapa lo conservo todavía). Tardé bastante tiempo en darme cuenta que eso no iba a ocurrir, estaba absorto planeando detalles que contemplaban una agenda de viaje espectacular, todo era posible; en mi cabeza ni siquiera contemplaba la posibilidad de que nos exigieran documentos en las fronteras, era una locura, la desesperación de realizar el viaje me llenaba la cabeza de irrealidades. Así que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para volver a la realidad y empezar a buscar otras alternativas más confiables.

Pero como dije, la decisión ya había sido tomada, el inexorable tiempo había pasado desde aquel encuentro, yo me encontraba ya en la ciudad de Riobamba, en casa de mis queridos amigos Vizuete, haciendo esa llamada a Max. Hablé con él mismo y quedamos en que nos encontraríamos en el terminal de Quito en dos días, yo tendría que volver a llamar para decirla la hora exacta de mi salida de Riobamba, para que él me fuera a recoger donde habíamos acordado previamente.

Comenté la respuesta que me dio con la familia Vizuete, y pasamos una casi toda la noche conversando al respecto: ellos expresaron sus recomendaciones, sus buenos deseos, surgió vehementemente la petición sobre reconsiderar nuestro viaje, porque era peligroso, decían que la mayoría de las veces las personas que se arrojaban a esa aventura no regresaban, que las usaban como mulas en el narcotráfico luego las asesinaban y todas las cosas negativas que hubieran hecho desistir a una persona cuerda; pero al final terminaron por aceptar lo inevitable...que yo no estaba cuerdo. Todavía recuerdo esas dos últimas noches de tertulia familiar, después de las espectaculares actividades en la Peña… ¡La Peña!

LOS AMIGOS DE LA PEÑA.

Quien no haya vivido la experiencia de estar en una peña folklórica (?), no sabe lo que se ha perdido; tampoco aquí les haré un estudio o tratado sobre lo que es una, solamente les digo que no saben lo que se pierden; con la excepción del abuso del licor (¡no en todas, por supuesto!), el hecho es que se disfruta de un ambiente casi fraternal cuando solo se va a escuchar y cantar en coro las canciones que ofrecen los artistas en un escenario; diferente de lo que uno encontraría en una discoteca.

Para quienes hayan quedado intrigados por el signo de interrogación en la palabra folklórica, les hago notar que es por el comentario que hace Carvalho Neto (insigne folklorólogo brasileño) quien enseñaba en sus seminarios que lo que hacemos en una presentación de cantos o danzas de folklore no es más que un traslado de ese hecho folklórico hacia un escenario; es decir, que quienes hacen ese tipo de espectáculo, como el de danza, hace una proyección del hecho, por eso esos grupos deberían ser llamados Grupos de Proyección Folclórica o de Folclor (la palabra en inglés Folklore también es aceptado en cualquier escrito en idioma español); pero bueno, era solamente una corta aclaración por lo del signo de interrogación.

Las noches en una peña son riquísimas para quienes gustan de la música y el canto; las canciones que se cantan allí son de todo tipo: las nuestras (del llano y de la montaña), las de otras tierras, las de reflexión, las románticas, es decir todas las imaginables. Cuando se “rompe” la peña, ya puede cantar el común denominador de la gente: afloran todos los sentimientos y se empiezan a descubrir a los artistas que todos llevamos dentro (así me di cuenta que pasadas las dos de la mañana, con unos sorbitos de canela dentro, ¡la gente canta hasta en diversos idiomas!).

El penúltimo día de mi estadía en Riobamba, Ángel, uno de los hermanos, me invitó a caminar un poco por la ciudad, llegamos a uno de los mercados y me dijo que si me iba tendría que ir saboreando uno de los sabrosos platos típicos de la Sierra para que tenga un bonito recuerdo de mi estancia con ellos, porque no sabría cuándo volvería a saborearlos; entonces pidió a una de las señoras que atendían en el local, que me sirviera un gran plato de mote con papitas y maní…sin cuero; porque sabía que no comía carne, pero antes de que sirviera el plato con esas delicias, ya me había hecho probar un plato parecido en tamaño…en todo caso, lo que comí, lo hice con delicia; agradecí a Angelito por su gesto y regresamos a la casa. En el camino me contó una anécdota acerca de la amabilidad extrema de los queridos riobambeños que jamás olvidaré:

Se cuenta la historia de un par de mellizos riobambeños que estaban esperando el momento de salir al mundo, en el vientre de su madre, y que llegado el tiempo del parto, en el momento de la salida uno de los mellizos le dice al otro con mucha amabilidad _ ¡Pase usted primero!_ el otro, con esa misma amabilidad que caracteriza a estos ciudadanos de mi patria le responde _ ¡No, no! ¡Usted primero!_ Desafortunadamente, este impasse sucedió por tiempo prolongado ya que ambos se cedían el paso; el resultado fue que los mellizos fallecieron porque ninguno de los dos quería salir primero.

Reí del chascarrillo, le pregunté si los riobambeños no se sienten mal porque les encajan esa anécdota y me contestó que no, que lo habían empezado a contar en la misma ciudad, por los mismos habitantes, que más bien se sienten orgullosos de que se los conozca con esa característica. Fue nuestra última plática, llegamos al departamento y fuimos a dormir directamente, porque ya estábamos cansados.

La siguiente mañana fue toda de preparación, de consejos, la despedida con todos, la hora del almuerzo, las conversaciones y despedidas. En ésta que sería la última noche, Marcelo me llevaría a dormir al departamento que alquilaba con una novia gringa cuyo nombre jamás recordé; el encuentro con Max ya había sido acordado para el siguiente día, así que nos despedimos de todos en la casa, salimos a la calle y fuimos caminando en esa hermosa noche de Riobamba. Marcelo era un gran tipo, como todos sus hermanos, buena gente como todos los Riobambeños.

Al siguiente día, Marcelo y yo desayunamos mientras su gringuita todavía dormía. Estábamos revisando algunos libros y cintas de audio que él tenía allí, junto con algunos afiches. En uno de los libros que revisé, encontré $ 30,00 dólares (en aquel tiempo todavía usábamos como moneda, el Sucre).

Para no pensar que en ese momento de necesidad y debilidad humana que tomé los por siempre benditos treinta dólares cometía un delito y traición a la vez, lo pensé en términos de una “contribución” de mi querido amigo Marcelo para la esforzada caminata que iba a empezar. Para los amigos revolucionarios eso tiene un nombre específico (¡expropiado en nombre de la revolución dirían ellos!); en todo caso, después de no haber tenido absolutamente nada, contar con esos treinta dólares, en mi caso, era como haberme ganado el cielo. Después de despedirme de Marcelo, caminé hasta el redondel que queda cerca del terminal y me embarqué en un bus que me llevaría a Quito (¿Por qué un bus, si hasta allí había “hecho dedo”?), la respuesta es sencilla: Porque Max me estaba esperando ya en Quito, en el terminal y tenía prisa por llegar.

En el interior del bus, cuando el ayudante se me acercó a cobrar el pasaje, saqué de mi bolsillo el billete de $ 10,00 dólares, se lo quise dar pero no tuvo cambio; entonces un amable pasajero intervino, me hizo el favor de cambiarlo, y así pude viajar tranquilo. Bueno, ni tan tranquilo, porque tuve que viajar de pie, durante el mayor tramo; lo cual consideré como calentamiento previo al largo caminar que me estaba esperando.

QUITO

Cuando llegué al terminal, Max estaba allí; a su lado estaba el amigo Walter quien también se había sumado al recibimiento de este servidor; de estatura baja, muy baja, le encontraba parecido a Pablo Mármol (el de los Picapiedra), pero combinado con Mr. Magoo; me lo presentó inmediatamente, estrechamos manos, me cayó bien por el momento, tenía que conocerlo más para tener un diagnóstico acertado sobre lo que esperaría de su comportamiento en el duro viaje que nos esperaba. Luego me aseguraron que era la persona que iba a formar parte de nuestra pequeña caravana.

Lo del tamaño casi no era un problema, porque junto a Max, cualquiera de los dos era pequeño; sin embargo, descubrí algo que podía molestarnos si no lográbamos que Walter pusiera de su parte para evitarnos inconvenientes, como era oriundo de un pueblo de nombre Azogues, el cantadito…su marca particular, bastante llamativa, este detalle siempre fue un problema para él y para nosotros, porque lo identificaban de inmediato como extranjero, varias veces le tuvimos que pedir que hablara lo menos posible, porque por el descubrirían que éramos extranjeros.

Su actuación durante gran parte del viaje fue aceptable, aunque en la isla San Andrés (Colombia) se dejó notar bastante egoísta, pero jamás pude culparlo de nada; él estaba haciendo lo que le habían sugerido y era correcto, estaba cuidando lo suyo, yo era el que estaba mal (porque no tenía dinero...eso era obvio).

Fuimos a la casa de una de las hermanas de Max, departamento típico quiteño común, agradable; allí empezamos a hablar acerca del viaje, se dirigió a mí ansiosamente, preguntándome sobre las posibilidades del mismo, le contesté que nunca lo había hecho, haciéndola notar que no era un coyotero que estaba buscando hacer negocio con la suerte de su hermano y del amigo de la familia. Creo que la calmé un poco cuando le aseguré que por eso mismo sabía que iba a salir bien, porque íbamos puros a ese viaje (yo estaba súper optimista). También me preguntó si yo estaba seguro de que podíamos llevar a Walter, que no constituiría un problema para nosotros dos y le respondí que no tenía ningún inconveniente.

Mi razonamiento en cuanto eso era, que si viajábamos tres, las condiciones de seguridad eran mayores (razonamiento simple); después me di cuenta que no me había equivocado, porque ellos eran los que tenían los medios económicos para viajar, si hubiésemos viajado Max y yo, el tema del dinero si iba a ser un tremendo problema. Me pregunto si alguien más se hubiese animado. Por esos mismos días, un buen amigo de los muchachos había sufrido un accidente automovilístico, estaba asilado en una clínica de la ciudad, fuimos a visitarlo; después de los saludos y de las preguntas de rigor sobre su estado, le empezaron a contar sobre el proyectado viaje. Este muchacho también nos recomendó tener cuidado y pidió que le contáramos a breves rasgos cómo habíamos pensado viajar.

Debo acotar aquí que, las recomendaciones hechas por todos, se debía a la situación extrema de viajar sin nadie que nos guiara, para ellos hubiese sido mejor que lo hiciéramos con alguien que tuviera experiencia en el tema, ahora pienso que las familias de Max y Walter hubieran pagado lo que fuera con tal de verlos llegar sanos y salvos a su destino final; solos como viajaríamos les significaba preocupaciones porque significara un gran riesgo, pero como ninguno de los tres había hecho ese tipo de viaje nunca, era menos riesgoso debido a que no teníamos que depender de un “coyotero” desconocido o conocido pero que podía traicionarnos en cualquiera de los países por los que tuviéramos que pasar. Hasta ese momento, nuestro pensamiento era que si Dios nos ayudaba, el viaje lo iniciábamos y lo terminaríamos los tres.

Esa misma noche, aprovechando que andábamos en el auto de su hermana, Max nos llevó a visitar y a despedirnos de otro de sus queridos hermanos; pasamos un buen rato con ellos allí, en su casa, y nos despedimos. Ya estábamos muy cerca del tiempo de salida, solo nos quedaban horas. La última noche la pasamos cantando, contando “cachos”, haciendo bromas respecto al viaje, para quitarles el pesimismo y las preocupaciones a todos. Las hermanas de Max y la familia de Walter me los recomendaron a ambos, porque sabían que de entre los tres, yo era quien tenía más edad (38 años); los muchachos debían haber tenido 24 o 25 años, no más.

LOS TÉRMINOS ECÓNOMICOS.

Como se sabe, desde tiempos inmemoriales (¡y por Lógica!), todo viaje, proyecto, plan o programa necesita de un presupuesto; eso se daba por descontado; es más, de eso ni siquiera se debía hablar. Toda planificación, de cualquier cosa que sea necesita esclarecer los montos necesarios para ser ejecutados; por lo tanto, se daba por sentado que los tres manejábamos dinero…dólares para ser exactos; si mal no recuerdo Max confesó que llevaba $1200 y Walter dijo que con $800. El problema era que yo nunca me llevé bien con la Lógica, y como tampoco me lo preguntaron, en ese momento no supieron cuánto dinero llevaba conmigo.

Max y Walter se habían puesto de acuerdo con su familia, para que les envíen dinero por medio de las agencias que existen para este propósito (este detalle no lo sabía, pero resultó ser tremendamente útil para ellos (para mí también) pero tenía su dosis de peligro, como veremos después en la isla San Andrés). A ellos los apoyaban familiares que vivían en los Estados Unidos de Norteamérica y los que quedaban en el Ecuador. A mí solamente me quedaba orar para que los ángeles me llevaran en sus alas, porque en ese momento tenía en mis bolsillos, apenas 25 dólares americanos, que eran los que me quedaban de la “expropiación” que con el dolor del alma había hecho en Riobamba.

Debido a mi discreción y al hecho de que Max conocía que había realizado trabajos de construcción para Fernando, supuso que yo también tenía dinero y que no era necesario molestarse en preguntarme nada al respecto, cosa que se lo agradecí toda la vida (después, casi al final del viaje, me tocó devolverle el favor, con un dinero que, para variar, tampoco fue mío).

Cuando las personas en estado de ilegalidad empiezan a viajar, los coyotes de cualquier país o si van guiándolos, además de los policías fronterizos saben que estos peregrinos llevan dinero encima. ¿Dónde esconden entonces los caminantes su dinero? En cualquier parte de su ropa. Max y Walter optaron por guardar la mayor parte de su dinero en las pretinas del pantalón, las descosieron, metieron su dinero allí y luego volvieron a coserlas; para sacarlo, halaban de uno en uno los billetes (quedaba más o menos parecido a una relojera).

También se puede esconder el dinero (billetes) en la costura que bordea la cintura en el mismo pantalón, pues queda disimulado por el cinturón, aunque para los policías de migración, no hay secreto ni argucia que valga, porque ellos lo saben todo. En cambio yo, todo el grueso de mi “fortuna” cabía en un solo bolsillo, no tuve que devanarme los sesos buscando donde guardarlo. La forma en cómo salí del problema del tema dinero, fue afortunadamente rápido, cuando el bus en el que viajábamos a Tulcán arribó al terminal de esa ciudad.

La hora de la partida llegó, fue la hermana de Max quien nos llevó hasta el terminal en la capital; tomaríamos el autobús hacia Tulcán, al Norte de la Provincia de Pichincha, para dirigirnos después al puente Rumichaca, el cual está en la frontera misma con Colombia. Max y Walter se despidieron de la hermana del primero; yo lo hice después, con abrazos y todo, además de las susodichas recomendaciones que me volvió a hacer ella para que cuide sobre todo a su hermano Max. Entonces envió a alguien a comprar los tres boletos, subimos al bus, buscamos nuestros asientos y aquí empezamos a pensar seriamente en que nos aprestábamos a cortar el cordón umbilical que hasta ese instante nos unía con las familias, con el país. Hasta este momento, cualquiera de nosotros que estuviese con muchas dudas, podía echarse para atrás...ninguno lo hizo, empezamos el viaje.

El carro rodó...y nosotros con él.

En el camino a Tulcán, escuchamos a través de una emisora por la radio del carro, canciones del valle del Chota, alegres, bullangueras como sus habitantes. Hombres y mujeres de raza negra, hermanos violentados, arrancados de sus orígenes africanos, pero orgullosos de ser partícipes del engrandecimiento de un pueblo que los acogió como sus hijos. Música que llega al alma, ritmo cadencioso y pegajoso que se apaga cuando se llega a Colombia y se encuentra uno con el vallenato, el cual tiene otra cadencia que obliga al oído a degustar ese ritmo con pasión.

El terminal terrestre de Tulcán es pequeño pero acogedor. Los vendedores se acercaron a nosotros para ofrecernos sus productos, no compramos nada; los cambistas también, pero ellos con el propósito de cambiar nuestros sucres o dólares en pesos colombianos. Max cambió 40 dólares, Walter hizo lo mismo y yo le entregué a Max $ 20, quedándome con el resto de los dólares (es decir $ 5,00). Además, le dije que no cambiaba más porque lo que yo cargaba encima eran cheques de viajero (esperando convencerlo con ese cuento)...y lo hizo, momentáneamente. Se quedó tranquilo porque lo dejaba “a cargo de las finanzas del grupo” (¡le estaba encargando mi dinero!). Todavía recuerdo a Max con cariño, era una buena persona y lo demostró durante todo el camino, aun cuando después se dio cuenta de que yo no tenía dinero encima.

EL PUENTE RUMICHACA:

LA FRONTERA COLOMBO-ECUATORIANA

Luego de transformados los dólares en pesos, teníamos que dirigirnos a la frontera; para ello, debíamos tomar un taxi. Aquí debo acotar que nuestra salida debía ser sin dejar huella. El taxista sabía que queríamos dejar el país subrepticiamente, así que nos recomendó bajarnos del taxi antes de llegar al control de frontera, pero no hicimos caso de su advertencia; llegamos hasta allá, regresamos derrotados donde el, después de ver que teníamos que identificarnos para salir.

Un kilómetro antes del puente Rumichaca, existen cientos de trochas para pasar al lado colombiano; asimismo, gente que está tratando de captar la desesperación de otra gente para ayudarlos a cruzar la frontera de esa otra forma; el taxista tenía un amigo en el borde, nos contactó con él. Entramos en la trocha, siguiendo a este compa (la gente del lugar los llama coyotes) y después de caminar por algunos minutos nos encontramos con un riachuelo que debíamos pasar, lo cual hicimos, mostrando nuestra primera desnudez, consideramos esto como un anticipo de lo que nos esperaba. Hubo otras desnudeces pero esta fue fatal...por lo inútil.

Llegamos al otro lado del río (más bien riachuelo) nos vestimos y caminamos hacia el pueblo, del otro lado de Rumichaca, ya en territorio colombiano. Avanzamos hasta un bar que estaba en la calle central y el tipo que nos llevó hasta allí nos dijo que debíamos sacar un permiso (?) para permanecer sin problemas en Colombia, le preguntamos que cómo era el asunto, cuántos días duraba el permiso, qué necesitábamos entregar para obtener ese papel; llegamos a un acuerdo de que eran diez dólares por los tres permisos, pero tuvimos que entregar nuestras cédulas (?); lo cual hubiéramos hecho nosotros mismos, sin necesidad de cruzar desnudos el riachuelo mencionado. Por eso hablaba anteriormente de lo inútil que fue esa primera caminata en trocha, me sentí como estúpido por una buena temporada pero ya iría aprendiendo...eso era lo importante. Nuestras salidas fueron registradas y creo que a Max no le gustó mucho la idea (después supe por qué, en el capítulo de las confesiones).

El tipo regresó con los famosos papeles, nos daban, si mal no recuerdo, 72 días y no podíamos pasar del centro de Colombia, datos que no nos interesaban, lo más mínimo, porque nuestra intención era cruzar el país, para seguir por Panamá hasta Costa Rica, lo que demostraba que nuestro conocimiento sobre Geografía Americana no estaba mal, lo único que nos faltó averiguar era cómo diablos íbamos a cruzar el Canal. Esto último jamás lo averiguamos porque Dios tenía preparado otros caminos para nosotros. Tomamos otro taxi (ya estábamos en Colombia) para llegar a la ciudad de Ipiales, homónima de la famosa plaza comercial en la ciudad de Quito.

Lamento mucho que, como no íbamos en plan turístico ni pensaba escribir acerca del viaje, no tomé la precaución de documentarlo todo, con fotografías; hay que tener en consideración que, en aquel tiempo, no existían los celulares con todas esas nuevas características; sin embargo, además del relato, hay huellas que quedaron impresas en las oficinas gubernamentales de los países en que fuimos apresados por ilegales, solo tengo la fotografía de la casa Juan Diego, cuando escuchábamos atentamente al profesor de inglés en una clase de preparación, con frases cortas para poder interactuar con la gente que requeriría nuestra mano de obra en Houston. Allí estoy con Max.

Sin embargo, todos los recuerdos están perennes en mi cerebro; todavía no he sido atacado por el generador de olvidos (Alzheimer), sumados a los de aquellos que vivieron las mismas experiencias en el camino a la tierra prometida, están certificando el contenido de lo escrito aquí.