Chapter 3: ECUADOR: PRIMERA PARTE
¡CON EL CORAZÓN EN LA PATRIA!
¡No están más aquí! ¡Desaparecieron! Nuestras calles dejaron de sentir sus pisadas. No se mezclan más con nuestra gente, ya no forman parte de nuestra realidad; nos quedan sus recuerdos, sus miradas, sus sonrisas francas, las noches de eternos planes tejiendo los sueños de crecer hombro con hombro para vencer al mundo, con la fuerza de la “eterna” juventud.
¡No están más aquí! ¡Volaron! Abrieron sus alas como mariposas, claudicando sus proyectos juveniles: grandes fábricas quedaron en camino, oficinas que jamás serán abiertas, jardines de infantes que no verán jugar un niño; planes y proyectos, guardados en voluminosas carpetas, bosquejadas al calor de un afable “che” café; planes, proyectos, cuyas blancas páginas se amarillaron con el tiempo y sirvieron de alimento a las polillas.
¡No están más aquí! ¡Soñaron! No soportaron la cultura de la carencia a la que nos quisieron acostumbrar los desgobiernos que hasta hoy nos apabullan la existencia. No soportaron las contradicciones de un país rico en recursos naturales pero empobrecidos a golpe de robos y malos manejos del tesoro nacional. ¡Se fueron!, con la esperanza de encontrar mejores días, en países donde fueron acogidos como hijos, o entraron, amparados en las sombras de la noche…a escondidas…con el temor corroyendo sus entrañas.
El tiempo, inexorable, avanzó, se asentaron mis hermanos: un millón de ecuatorianos andan fuera de la tierra que los vio nacer, crecer y marchar. Pero, al no olvidarse de la mitad de vida que dejaron aquí (protegiendo con envíos de dinero a su familia) son reconocidos como la gran fuerza que sostiene la nación. Contradictoriamente, el aumento de la emigración fue el pilar fundamental en el país, para la reactivación económica y la disminución del desempleo (ese mismo escenario se repite en otros países de la América Latina). Las remesas enviadas al Ecuador por los emigrantes, el año pasado sumaron 1500 millones de dólares, 175 millones más que en el año 2000 y 420 millones más que en 1999. Un aporte de divisas solo superado por la exportación petrolera, según datos del banco Central.
¡Pero no están aquí! Sus hijos, los que nacieron en el país que los adoptó, no quieren saber de la de sus mayores, a no ser que el motivo sea solo el de la visita. Aquellos, los que pudieron llevar a sus familias cuando pudieron, viven en su estrecho círculo, añorando el regreso, reuniendo dinero para volver a la patria añorada. Otros, como consecuencia del tiempo o la distancia, rompieron lazos familiares provocando la infame ruptura del núcleo de la sociedad, formando un mundo alterno…o dos, si quien esperaba acá…también se cansó de esperar… ¡Tragedia!
Son los mayores, los que se fueron cantando en la agonía de la partida, confiando en la esperanza del regreso; los que no se olvidaron del olor de la melaza en las calles, del paseo dominical obligado por el Parque Central, del griterío de los mercados, de la muralla impenetrable e inamovible de los mercaderes de la calle García Moreno y el juego de pelota en las calles. Son los mismos que no olvidan la cazuela, las papas con maní, el morocho, las humitas, las hayacas, el arroz con menestra, el seco de chivo, el caldo de bolas de verde, el famoso “encebollao”, la guatita o la chanfaina, y toda la amplia gama de comida de nuestra heredad.
Se, que los que andan por fuera, tienen su cuerpo (el envase) donde quiera que estén, pero su corazón está aquí, en la patria; sus lágrimas no serán derramadas en vano, porque su gente: sus padres, sus hermanos y hermanas, sus esposos, esposas e hijos los esperan ansiosos. Mas, para los que tienen que seguir esperando, plegarias y lágrimas se unirán en franco desafío a la adversidad…porque en un día no muy lejano (Dios mediante)…todos estaremos juntos…de una vez por todas…no lo duden.
Por lo que los emigrantes hacen, por nuestro país (con sus divisas), aún a despecho de aquellos que la quieren ver destruida, les decimos: ¡Muchas gracias por aliviar la carga que nos toca llevar acá! ¡Que Dios los bendiga! ¡Y que regresen pronto!
Mi nombre es Augusto Naranjo, ahora tengo medio siglo de existencia y siento que esos años fueron vividos con la plenitud de la que es capaz un ser humano. Mis amigos y yo hemos recibido la visita del padre tiempo; algunos han sido capaces de combatir fieramente contra él; otros, se han dejado vencer y los he encontrado prematuramente envejecidos; claro que uno también ha recibido su parte, pero no en tan alto grado, el nivel del desastre ha sido bajo y los resultados después de verme en el espejo, son aceptables; podría decirse que he sabido aprovechar lo vivido.
Después de una vorágine de sucesos, acaecidos en los noventas, que no se pueden contar todos aquí, sino un breve relato de lo que pasó en poco más de cuatro meses de un viaje no turístico pero sí bastante placentero aunque peligroso, donde ejecuté algo no planificado en primera instancia: mi viaje hacia lo desconocido, usando cualquier vía, con un norte inseguro (lo único seguro era que debía salir de donde estaba); es decir, abandonar el Ecuador, el Norte era todo; no sabía entonces que iba a llegar a Estados Unidos de Norteamérica, porque bien pudo haber sido Europa (según mis pensamientos en el muelle y playas de la isla San Andrés, en el Caribe).
El motivo de este documento, no es el de proporcionar detalles turísticos para nadie, ni motivar a nuevos “caminantes” a emprender el mismo derrotero guiándose por este escrito; sino el de hacerlos reflexionar, de que tal odisea no es completamente buena, ni merece ser recorrida, por el simple hecho de “vivir” una nueva y “buena” vida; eso, debemos dejárselo a los locos y desesperados (como yo); a ellos va especialmente dedicado este relato. Que si de todos modos lo van a hacer, les sirva, por lo menos, para que no se lancen a lo “bestia”, que piensen en esto, como una boya, un marco sólo referencial para tan dura travesía y evitar ser engañados en el camino.
Es bien conocido el hecho de personas que logran llegar en un mes y muchas veces hasta en menos tiempo, porque viajan directo a México o Guatemala usando a estos dos países como plataformas para tratar de llegar a la frontera con el gran país del norte donde existe la ciudad que nunca duerme; aquí narraré lo que yo viví, sobre el tiempo que me tomó hacer este viaje y algunos de los detalles que no se han escapado del baúl de los recuerdos.
Para esto, debo empezar con la descripción de un elemento que, aparentemente, es imprescindible para tal efecto; y, digo aparente porque cuando la perdí, se me hizo más fácil la movilización casi inadvertida y pude mimetizarme con los hermanos centroamericanos.
LA MOCHILA
Representa un apéndice del viajero. Nadie con espíritu aventurero puede imaginarse sin ella; ningún caminante que se respete, puede prescindir de tal amiga-compañera (obviamente, para aquellos que aún se dejan subyugar por el discreto encanto del autostop, creo que todavía funciona por allí). Grande, mediana, pequeña, o hasta una bolsa (funda como la llamamos en Ecuador) sirve.
Todo es bienvenido; es más, cuanto más pequeña sea, más conveniente es, como lo veremos en un capítulo posterior; cuando los viajes son planificados y completamente legales, la mochila casi no cuenta; son las maletas las que forman el complemento del viajero. Éstas, manifiestan muchas veces, el poder de las personas, porque cuanto más lujosas, numerosas y grandes sean, se deja ver la unidad métrica con que una parte de la “sociedad” (los que tienen) mide a la otra (los que no tienen). La mochila no es pesada cuando la llevas con amor, cuando sientes que forma parte de ti mismo; una vez que uno se acostumbra a ella, no la siente como carga, sino como complemento. La mía era un recuerdo de mis campañas como muchacho explorador (boy scout), tenía armazón de aluminio y la lona era de color crema; en su parte inferior, la base, tenía una especie de sostenedor para la bolsa de dormir (sleeping-bag, para los muchachos exploradores de alcurnia, o colcha enrollada, para los de escasos recursos).
De todos modos, no quiero levantar debates sobre el movimiento escultista, eso lo dejaré para los relatores de su propia historia; debo hacer constar aquí en este relato, que de no haber sido por las enseñanzas que tomé de nuestro viejo lobo (Heraldo), no hubiera llegado ni a la esquina de mi casa. Fue la seguridad que adquirí con él, en mis condiciones como scout, lo que me hizo tomar la decisión de emprender aquel largo viaje. La mochila es una parte del todo; el paquete completo lo da la fe, la esperanza y la seguridad en que el Ser Supremo lo acompañará a uno en cada momento.
EL CALZADO
Casi nadie presta mucha atención a este detalle, siendo una de las partes más importantes cuando hay que tomar una buena decisión, porque si se trata de una caminata larga, debo usar: ¿zapatos de suela, de caucho (tenis) o botas?
Decisiones, decisiones; si se está seguro de que su caminata será de una o dos semanas no hay problema en usar cualquier calzado, pero si el asunto va a llevar algo más de tiempo, lo prudente es calzar botas; me gustaría agregar en este párrafo, que con las botas que salí de Ecuador, con esas mismas botas llegué donde llegué, lo cual facilita el análisis.
DOCUMENTOS
Antes de que los intereses político-económicos del viejo orden mundial a través de la clase poderosa dividieran los países mediante las líneas fronterizas, podíamos caminar con tranquilidad por todo el continente que está bajo nuestros pies.
Debido a lo expuesto, crearon documentos, impuestos para poder acceder a cualquier país, entre ellos: el pasaporte, aunque hay arreglos entre países vecinos para que sus ciudadanos puedan ingresar solamente con su cédula de identidad; por lo tanto, desde entonces es inevitable que se deba usar tales documentos al tratar de ingresar donde se desea ir.
La otra cara de la moneda es la que origina este escrito; en este caso, las razones son diferentes, no existe una regulación para ser aplicada, las líneas fronterizas, siendo tan importantes son visibles en núcleos focalizados donde controlan entradas y salidas; sin embargo, la mayor parte es invisible, casi sin control, es por allí por donde los migrantes sin pasaporte cruzan, y si han hecho viajes previos, van solos; si no conocen bien la ruta, lo hacen con el coyotero. En mi caso particular, al perder la mochila, y los documentos, aunque no lo sabía en ese momento, se hizo más fácil mimetizarme en cada país; al quedarme con mi pantalón de mezclilla, una camiseta y mi par de botas se completó el atuendo con el que pude atravesar los países que se mencionan en la obra.
Debo aclarar que ésta es una información de conocimiento público; de todos modos, insisto que no vale la pena correr tanto riesgo por perseguir ese sueño que en algún momento se puede convertir en pesadilla. Mucha gente que consigue pagar 12 o 15 mil dólares a un coyotero, bien podría usarlo para montar un negocio en su propio país, cimentando su objetivo sin riesgo alguno. Escribí los párrafos sobre la implementación de los documentos, como información complementaria; ahora regreso al hilo de la historia.
MILAGRO – BUCAY: EL TREN
Pasear en tren es una de las experiencias más bonitas que cualquier persona pueda gozar sin duda alguna. Cosa extraña, nuestra hermosa ciudad, antaño floreciente, fue punto importante del movimiento comercial ferroviario con que el gobierno apoyaba a la transportación e intercambio de mercadería entre Costa y Sierra; actualmente, carece de esta clásica maravilla, debido a la cobarde agresión de un politiquero sin escrúpulos que, tomando una decisión sátrapa, dictatorial y cruel, dejó sin el beneficio de este recurso turístico-comercial a la región; además de desaparecer los rieles paralelos que atravesaban la ciudad por una de sus calles principales.
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Sospecho además, que las distintas mafias que gobiernan nuestro país, decretaron la muerte del ferrocarril en mi ciudad (tomemos en cuenta que la mencionada máquina, abarata completamente los costos de la transportación, de mercaderías y de seres humanos), porque no era del agrado de estas personas. Pensemos: ¿A quiénes beneficia el hecho de que no funcione más, este medio de transporte? Su respuesta es la respuesta y el pensamiento de todos...pero todos callamos, hasta nuestros presidentes; en 1990, era Rodrigo Borja Cevallos.
En fin, embarcado en el techo de uno de los vagones, compartiendo el cielo azul con muchos coterráneos y algunos viajeros “gringos”; no importa si son alemanes, norteamericanos, holandeses, ingleses, italianos; para nuestra gente, si son rubios o blancos...todos son gringos. Avanzamos lentamente por los rieles que nos conducirán a la Sierra (la parte alta de nuestro país); son muchas las paradas que el tren efectúa, hasta llegar a Bucay (porque solo hasta allí había determinado mi primera parte del viaje en tren. el resto lo haría a pie... ¡O como pudiera!)
No iba a pasar la famosa Nariz del Diablo, pero ¡qué caray!...ya la había visto montón de veces y no era cosa que me iba a hacer desfallecer, a pesar de que quizá no la volvería a ver. La característica de este paisaje es digna de ser relatada, porque llama la atención la forma en cómo los constructores habían diseñado la subida del tren en esta montaña, paso obligado del tren. El General Eloy Alfaro, en los años de su función como presidente de la República había contratado los servicios de ingenieros extranjeros para terminar de construir la línea férrea y éstos desarrollaron una obra increíble de ingeniería.
En todo caso, esta experiencia es maravillosa, el viento le golpea a uno en la cara, mientras vemos cómo el tren va subiendo en reversa, hasta un terraplén en la mitad de la montaña, para luego tomar su rumbo normal hacia delante, siempre subiendo. ¡Ah, la magia de la Sierra!...
Pero, yo me había bajado en Bucay, ciudad que queda en la verdadera entrada a los farallones que empiezan a identificar la serranía o los filos de la cordillera; empecé a caminar apenas puse pie en tierra. No me detuve mucho tiempo, porque quería llegar a Riobamba lo antes posible, sabía que podía encontrar a alguien voluntarioso que me diera un aventón (lo había hecho cientos de veces anteriormente, cuando salíamos a las caminatas colegiales), pero que esto iba a ser un poco más duro... ¡también lo sabía!
Seguí caminando, pasé por un hermoso sitio, que poco a poco ha ido ganando fama para hacer turismo, se llamaba “Aguas Claras”, una especie de piscina con cascada su agua era limpia y nada fría, con una temperatura agradable, la cual invitaba a bañarse...(invitación que no acepté, por supuesto!), siempre llena de gente. Pasé de largo, hasta llegar a la primera gasolinera que se enfrenta a la montaña, frente a ésta se colocan vendedores de frutas tropicales, entre ellas vi bananos de todo tipo: los típicos (los de seda, llamados así por su suavidad); los “oritos” (pequeñitos, dulces, deliciosos, del color del oro...de allí su nombre); los “morados” (el nombre también lo tiene por el color de la cáscara), mi padre es fanático de ellos y cuando los vi, inmediatamente me acordé de él.
También exhibían caña de azúcar para la venta (es uno de los íconos de mi ciudad junto con la piña). Vendían naranjas, mandarinas y hasta la tan nombrada fritada, de cuyos lazos me pude desatar cuando conocí el tremendo desastre que ocasiona al cuerpo humano (refiéranse al estudio de la triquinosis...los que quieran saber más al respecto). Mucha gente todavía no quiere aceptar esta realidad, así que los invito a que investiguen por ustedes mismos.
Quizás se pregunten qué daño me ha causado la carne del cerdo...y se los voy a decir en muy corto espacio: Cuando mi padre fue atendido por los médicos que lo estaban tratando por un tumor maligno que le había aparecido en el pabellón de una de sus orejas, lo primero que le recomendaron hacer fue que evitara tres cosas:
1. el sol excesivo (papá trabajaba mucho bajo el sol);
2. el cigarrillo (era un fumador empedernido...la historia respecto a esto es bien interesante...el, no dejó de fumar por su problema...sino por otro asunto que les relataré en breve); y,
3. que abandonara la carne de cerdo (mi padre es serrano e hijo de serranos, comprenderán su dilema)
Esto es con relación a mi padre...pero, mi abuelita (su madre) murió de cáncer, mi queridísima madre murió también con esta terrible enfermedad. ¿Cómo me puedo sentir con respecto a lo de la fritada?... ¡Ni pensarlo! Felizmente el cigarrillo nunca se me hizo problema, no me gustó cuando lo probé y jamás intenté hacerlo una costumbre, además de que me parece un tanto idiota este asunto, porque sabemos cuánto daño hace a nuestros pulmones y sin embargo continuamos fumando. Lo extraño es, que las compañías tabacaleras están obligadas a colocar en sus cajetillas que el fumar causa daño a la salud del fumador, que le produce cáncer, que le puede ocasionar la muerte...pero, con todo esto, se sigue fumando; a mí personalmente, me parece estúpido donar mis pulmones a tan mortal enfermedad, peor conociendo sus malignos efectos.
Decía (con respecto a este punto) que mi padre no se interesó en lo absoluto por dejar de fumar, hasta que le comprobaron (científicamente) que el fumador se quitaba cinco minutos de vida (lo cual lo tenía sin cuidado...él seguía fumando sus tres cajetillas diarias). Sólo cuando le demostraron que las personas que estaban a su alrededor perdían diez minutos de vida, siendo fumadores pasivos, que el humo era completamente pernicioso para la salud de quienes lo aspiraban, entonces abandonó el cigarrillo; no lo hizo por nosotros, sus hijos, lo hizo por sus nietos, quienes lo visitaban frecuentemente en casa y desde ese momento, no vimos un cigarrillo en casa. ¡Bendito Dios!
La carne de cerdo siguió entrando en nuestra casa, en forma de contrabando, subrepticiamente; esto pasó cuando mamá todavía vivía, yo ya no estaba en casa con ellos, me había casado hacía algún tiempo y no sabía qué estaba sucediendo, aunque tampoco hubiera podido hacer nada, porque cuando las personas se rigen solamente por lo que conocen, por no quebrantar sus costumbres, es difícil convencerlos de observar reglas de buena alimentación que se empiezan a analizar científicamente.
Es probable que a los consumidores de cerdo no les guste esta parte de mi escrito, pero no son ellos los que realmente me preocupan, sino los productores de la misma, quienes, para dorar un tanto la píldora, ahora han buscado una manera de disfrazar la pelea por el mercado, se han refugiado en la Semántica y ahora llaman a la carne de cerdo, “la otra carne blanca”, para tratar de confundirla con la de pollo o la de pescado, las cuales no son tan dañinas para el género humano. En todo caso, éste no es un tratado de salud y/o nutrición, así que, para cualquier debate, diríjanse a los expertos, aquí yo solo relato experiencias.
Retornando la historia, me bajé del tren, caminé casi un kilómetro hasta la gasolinera y esperé (con los pensamientos revoloteando a millón por mi cabeza, sentado junto a una de las bombas despachadoras), por el primer transporte que me haría el favor de llevarme hacia las entrañas de la cordillera.
BUCAY-GASOLINERA (VÍA A PALLATANGA)
Estaba sumido en mis profundos pensamientos, conversando con mi otro yo, sentado cerca de una de las bombas expendedoras de gasolina, cuando se detuvo una camioneta pequeña; me acerqué al conductor para pedirle que me llevara hasta donde pudiera, y me dijo que bueno; afortunadamente me había confundido con chileno (extranjero). Recalco esto, porque a veces nos dejamos llevar por estereotipos, como todo lo extranjero es bueno, aunque también se puede pensar el lado amable de las cosas y es la de que él estaba ayudando a un caminante o mochilero de afuera; en todo caso, la cosa se dio y ya estábamos en camino.
CONFUSIÓN DE FRANCISCO N.: EL PRIMER AVENTÓN
Francisco era el nombre del dueño del primer vehículo que me dio el primero de los aventones en el viaje, su camioneta era pequeña, una Datsun 1200, de color blanco. Me conversó que era dueño de una hostería donde presentaban artistas (después la conocí por medio de unos amigos músicos), mi ingratitud y el tiempo transcurrido me impiden recordar su apellido. Buena gente, fuimos conversando durante todo el camino, él viajaba hasta la ciudad de Riobamba, conocida como La Sultana de los Andes, o también El Corazón de la Patria, lo cual es cierto, es una ciudad realmente bella, mis abuelos paternos eran oriundos de un pueblo pequeño llamado San Luis, a 5 minutos de Riobamba.
Francisco y yo, mantuvimos una conversación amena porque nuestro punto en común era la música de lo que ya se conocía en ese entonces como de la Nueva Trova o la Nueva Canción. Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Inti Illimani, Quilapayún, Mercedes Sosa, León Gieco, Víctor Heredia, Víctor Jara y otros fueron desfilando en nuestra conversación, claro que (como usted, ya habrá supuesto) jamás le desvirtué que era chileno (tenía cierto dejo que se me había pegado cuando trabajé con algunos de ellos, allá por los setentas). No fue difícil llegar a Riobamba con semejante aventón, Francisco me dejó en la estación del ferrocarril, nos despedimos amigablemente esperando encontrarnos después, por lo del asunto musical, en su hostal (esto si pasó días después).
BÚSQUEDA DE “LA CASA VIEJA”, PEÑA DE LA FAMILIA VIZUETE, HOGAR DEL GRUPO “A M A R U”
Eran aproximadamente las cuatro de la tarde, ya hacía frío, y empecé a caminar en busca de “La Casa Vieja”, famosa peña de la ciudad, hogar de la familia Vizuete. Una de mis hermanas vivía en esta ciudad por ese entonces, pero lo que yo necesitaba era un lugar donde al mismo tiempo pudiera hacerme de unos sucres (cantando) y a la vez ayudando a trabajar en el local. Pero había un asunto más de fondo, no quería que mi hermana y su esposo se comprometieran en mi salida, porque tuvo repercusiones en mi entorno familiar.
Con los muchachos del grupo “AMARU” tuvimos algunos contactos en el transcurso de nuestras vidas. Nos conocíamos desde los años ochenta. Ellos y nosotros, el Taller de Música INTI-CHASQUI (Mensajeros del Sol), alternamos en conciertos solidarios con las organizaciones populares de diferentes sectores de la Patria; llegaron a nuestro pueblo varias veces y fuimos al suyo otras tantas, de modo que había amistad y compañerismo ligados.
Algunas veces llegamos a su Peña y la hicimos nuestra. Nuestros amigos-hermanos, nos permitían hacer música en su casa, y aunque ellos eran excelentes músicos, nos cedían espacio. AMARU era un grupo familiar muy compacto (Ángel, Patricio, Marcelo y los amigos) su música era una mezcla increíble, hacían de todo, pero especialmente el folklore sudamericano, razón por la cual atraían cantidades de fanáticas extranjeras.
Caminando y preguntando (porque no me acordaba de los nombres de las calles) llegué a la casa, iba, como dije anteriormente con mi mochila vieja a cuestas y toqué la puerta; la idea principal era que me refugiaría allí, por una semana hasta que Max (mi futuro compañero de viaje) me dijera que ya estaba listo para partir. Habíamos acordado esto, dos semanas atrás, cuando un amigo, Fernando O., me lo presentó en Guayaquil y aseguró que este muchacho quería viajar de la misma forma que yo. Así que tenía que contar con la benevolencia y comprensión de estos amigos que me “hospedarían” en su casa, casi por dos semanas. Fui recibido de la forma en como lo hacen los amorosos parientes serranos con los “monos” parientes de la Costa; los chicos, sus hermanas y sus padres me hicieron sentir el calor humano más grande que había tenido en mucho tiempo.
Por supuesto que pensaba en el famoso adagio “el muerto y el arrimado a los tres días apestan” (lo que deberíamos hacer todos y llevarlo como norma de vida) pero no era mi intención causar molestias, también iba a colaborar durante el tiempo en que iba a permanecer en su casa...y lo hice.
Cuando les expliqué lo que quería hacer (viajar), conversamos mucho sobre este tema, me aconsejaron; y, cuando vieron que era una decisión tomada, me ayudaron en todo lo que pudieron, física y espiritualmente.
Durante ese tiempo, era un hijo más de Papá Lucho, así llamaban los chicos a su padre y así lo comencé a llamar yo también. Participé de sus comidas, de una de sus maravillosas reuniones familiares, un domingo. ¡Qué increíble forma de llevarse la de esta familia! Para la familia serrana ecuatoriana es muy importante la integración de cada uno de sus miembros en el seno familiar. Todos los hijos e hijas aparecen el día domingo, para almorzar juntos. Aquel día especial, Papá Lucho agradeció al Señor por la comida y me sentí muy bien palpando ese calor familiar. Me sentía como en mi propia casa; mis propios hermanos y yo, junto con nuestros padres (cuando vivía mamá) teníamos este tipo de convivencia, también los domingos.
Fue pues, en ese tiempo, cuando asumí mi rol de músico por conveniencia monetaria: me había dado cuenta de que los chicos, en la Peña, no cobraban la entrada y que los asistentes pagaban solo el consumo; los convencí de que su trabajo como músicos era también muy bueno y que no debían regalar su actuación, que por lo menos se cobrara algo simbólico, lo que hicieron desde esa época (500 sucres la entrada...mucho dinero, para ese entonces).
Durante las casi dos semanas que pasé con ellos me presenté en las noches de Peña con la frase: Un hombre, una guitarra, una esperanza; no sé de dónde me salió tanta tontería, así que no se devanen los sesos preguntándoselo, pero con ese lema fue con el que salía al escenario a cantar, tal como lo había hecho algunos años atrás en la capital del país, solo que en otras circunstancias; las canciones eran de corte social, o de compromiso.
Con mis compañeros de música hicimos un cambio, empezamos a transmutar el sentido que le deban de canción protesta, porque no queríamos que nos encasillaran como “comunistas”, no nos molestaba realmente ya que siempre expresábamos que nuestras canciones entregaban un mensaje de rebeldía, de reclamo, pero eran letras que reclamban en contra de las injusticias sociales que imperaban en aquel tiempo, las cuales continúan dándose en la actualidad; eso no va a cambiar si no somos capaces de reaccionar ante cualquier hecho negativo en contra de los seres humanos, por eso las letras de nuestros cantos llevaban un claro objetivo: sensibilizar a quienes las escucharan, para que al analizarlas dejaran de encasillarlas como canciones revolucionarias, de política adversa, dura; era cierto, eran de trinchera pero llevaban, ante todo…una propuesta.
Una propuesta que trataba y trata de despertar conciencias adormecidas, encerradas en una burbuja impenetrable, que no permite a quienes están dentro de ella, darse cuenta de la problemática social que nos envuelve desde siempre. La era de la música influyendo en el corazón de ese gigante dormido, fue para todos nosotros en el Taller… ¡un tiempo increíble!