USA: TERCERA PARTE
¡EMPIEZA EL SUEÑO!
Si hay algo bueno que reconocer en el gran país del Norte, es que aunque sea a regañadientes, en primera instancia, acoge a personas ilegales de diferentes países y les proporciona, en la mayoría de los casos, cierta estabilidad económica cuando aquellas responden con trabajo honesto, responsabilidad y respeto hacia las leyes que establece la sociedad para una plena convivencia.
Cuando uno cumple con las normas de convivencia social, la persona ilegal pasa desapercibida hasta que tiempo después consigue legalizar su estado, el de residente o nacionalizado; toma su tiempo, pero se logra ese objetivo. Mucha gente se queda atrapada en la primera fase, por el asunto del idioma o la falta de conocimiento respecto a la Historia del país, lo cual, hasta cierto es inconcebible, porque si uno llega a un país con otro idioma, lo que cabe es aprenderlo prontamente para conseguir mejores propuestas laborales, conocí mucha gente latina que llevaba viviendo bastante tiempo (algunos hasta más de 20 años) en este país de habla inglesa y no podían comunicarse correctamente.
Dos de las razones que pude observar fueron: a) el ilegal busca integrarse en una comunidad donde se le haga fácil comunicarse, generalmente es con sus paisanos, de ese modo no tiene que esforzarse en aprender otro idioma; b) en el caso de los latinos, que hablamos español, cuando contratamos los servicios de cable visión, buscamos, pagamos o exigimos que en el paquete nos incluyan canales en nuestro idioma materno, así no tenemos que “perder” el tiempo tratando de “adivinar” lo que dicen los canales en inglés.
Mi experiencia personal al respecto fue el día que me tocó contratar el mencionado servicio; ya tenía colocado el teléfono en mi cuarto así que llamé a la compañía, mientras sonaba la campanilla del otro lado, pensaba que tenía que decir; me había preparado, era la primera vez que iba a pedir un servicio a través del teléfono, así que tenía un guión escrito en inglés por si acaso, pero primero iba a pedir que me pusieran a un hispano parlante para poder comunicarme. El teléfono sonaba, hasta que alguien contestó:
_Good morning! This is Beth for the Blah Blah Cable Company. What can I do for you? _ Al escuchar esto, mi primera reacción fue de pánico, pero como tenía mi carta debajo de la manga, repliqué:
_Good morning Miss! My name is Augusto Naranjo. Can you put me somebody who speaks Spanish on the phone? _ obviamente estaba leyendo mi guión y pensé que iban a aceptar mi propuesta en forma inmediata.
_Augusto, yo hablo español también, pero le aconsejo que empiece a practicar el Inglés porque es mejor para que pueda comunicarse, aquí uno tiene que hacer las cosas solo _ me quedé anonadado, porque cuánta razón tenía, no podía esperar a que todo se acomodara a lo que yo deseaba, si había conseguido hacer lo más difícil que era llegar hasta allí, lo menos que podía hacer era enfrentarme al mundo real, tal y como era; le agradecí por sus palabras, luego de que me ayudara con el tema del cable empecé a trabajar con el aprendizaje del idioma, a pesar de que lo conocía desde mi país, pero aquí era diferente; estamos hablando del lenguaje del día a día, del “Street language”; por lo tanto, el “sueño” tomaba otra dirección.
No todos cumplen con estos requisitos de buen comportamiento social, a veces se descubren casos especiales como cuando se esquiva o burla las leyes en beneficio propio, conocí varias formas en que la gente pretende aprovecharse de la inocencia o el descuido de los demás, como en el caso de quienes llegan a arrojarse frente a los autos en las intersecciones para fingir que son atropellados y “ganar” dinero haciendo ese “trabajo” ya que los conductores queriendo evitar tener líos con la demanda, prefieren arreglar el asunto en el mismo instante del suceso.
Otro tema es el de la asistencia del estado a las mujeres que se embarazan, ya que son extremadamente cuidadosos en ese sentido, los neonatos son el argumento perfecto de muchas mujeres para tener varios hijos, de ese modo el estado las mantendrá a través de ellos.
Lo admitamos o no, nuestra sangre latina tiene un ADN “especial”, en nuestros países, duele decirlo, nos consideramos astutos, sabidos, inteligentes para quebrantar leyes, nos acogemos a esas leyes y reglas oscuras, con el auxilio de una justicia injusta o ciega que es permisible a todas luces. Eso probablemente cambie cuando el sol se congele.
THE “WAREHOUSE”!
No pasó mucho tiempo en que mis manos encontraron la vía del trabajo gracias a la intervención de Carlos un amigo muy querido, de mi misma ciudad, considerado casi como familiar para nosotros; trabajaba como manager en una empresa de distribución de ropa fina comercializada desde Europa especialmente, esta gran empresa estaba localizada cerca del aeropuerto.
En principio llegaba solo a la empresa, desde la casa de mis anfitriones, los que me ayudaron en cuanto nos pusimos en contacto por teléfono desde Guatemala, cuando constataron que estaba viajando en realidad; después tuve que mudarme a otro lado y allí la movilización hacia la empresa la tuve que hacer a través de otros medios.
El ambiente de trabajo fue excelente siempre, si consideramos la administración que nos trataban muy bien, los compañeros de trabajo, que en el inicio se portaron un poco rudos luego se tornaron solidarios; ellos eran dominicanos y ya estaban duchos en el trabajo, de tal forma que me ayudaron mucho con todo lo que teníamos que hacer allí: carga, descarga, organización de la ropa en la bodega, luego el empaque y la carga en los camiones para su distribución a los diferentes puntos de destino.
Durante el tiempo que trabajé en la empresa, tuve muchas experiencias agradables y desagradables también, entre las primeras: el ayudar en el diseño del almacenamiento de los grupos de trajes italianos para hombres y mujeres, reubicándolo todo con una nomenclatura con la que podíamos encontrar más fácilmente las prendas, con lo cual fui mejor reconocido en el trabajo, incluso me ayudó a conservarlo durante los meses fuertes de invierno cuando el movimiento de la transportación disminuía.
Otra de las cosas agradables fue justamente eso, que debido a ese reconocimiento mantuve mi trabajo hasta el último día que estuve en ese grato país, aun cuando la empresa se mudó desde New York a New Jersey. Hasta allá viajábamos en el automóvil de Tony, el menor de los dos hermanos dominicanos, lo cual era también un acto de solidaridad que se lo agradecí, claro que colaborábamos para la gasolina. El pago en la empresa era semanal y jamás fallaba, con lo cual podíamos planificar nuestros presupuestos sin problemas.
Los dos gerentes seniors que manejaron la empresa, cuyos dueños eran italianos, eran diferentes el uno del otro: el primero era bastante amigable con los trabajadores, paciente, el segundo fue difícil de entender, porque no entendía el plano que yo había diseñado con todas las indicaciones para la localización de los sets de trajes por medio de sus etiquetas, pasaba raudo por los pasillos agitando los brazos, mascullando _ F****** Augusto _ lo repetía incesantemente, hasta que yo salía de en medio de los rieles cargados de ropa y atendía sus necesidades de búsqueda.
En el área de la transportación y embarque-desembarque de los camiones, hubo dos casos peculiares: una tarde llegó una furgoneta para trasladar mercadería, fuimos con Tony a entregar las cajas que habíamos embalado, bajaron las dos personas del vehículo se dirigieron hacia la parte de atrás donde estábamos preparando el cargamento; subieron para recibir las cajas, estaban limpiando el interior cuando de pronto se me acercó, preguntó si tenía un cuchillo; para el trabajo con los cartones cada uno de nosotros llevaba uno en los bolsillos posteriores del pantalón, lo saqué y se lo pasé; el hombre me miró sonriendo ampliamente felicitándome por tener un arma blanca encima, la carga que llevarían iría para Harlem; el favor se lo estaba haciendo un latino (estereotipada la cosa).
El segundo caso me sorprendió realmente, porque jamás pasó por mi mente nada parecido: el dueño de un camión, de origen portorriqueño seguramente tenía problemas de algún tipo con el primero de los gerentes seniors; ese gerente era de origen italiano, con nosotros se portaba muy bien, pero no veíamos cómo trataba a los choferes o dueños de esos vehículos. Un día llegó a la empresa, estacionó su vehículo al frente de la plataforma de embarque; mientras estábamos en el proceso de preparar las cajas para llevarlas al camión, el boricua se acercó donde yo estaba y me dijo: _Augusto, estoy seguro de que eres ilegal aquí, eres prácticamente invisible, nadie sabe que existes, por eso es que quiero proponerte un pequeño negocio _ fue una petición hecha en firme.
_No soy del todo invisible, ya tienen mi dirección porque pedí una tarjeta de biblioteca y en varios locales comerciales he realizado compras _ fue mi respuesta sin saber lo que vendría después.
_Mira Augusto, lo que quiero es que desaparezcas al italiano, te doy 3 mil dólares por el trabajo, huyes y nadie te va a encontrar _ insistió.
_ ¡No, no! Imposible, no quiero participar en esa situación y no te preocupes que jamás diré esto que me propusiste _ mi respuesta fue firme y no esperaba una contrapropuesta, me retiré a revisar la orden de embarque, en ese momento llegó Tony, preparamos las cajas, las embarcamos, el boricua las recibió, completamos el trabajo; en ese momento llegó el gerente para dar la revisión final, firmó los documentos, se despidieron, el camión salió, cerramos las puertas del área y allí terminó el incidente de la propuesta indecente. Pero el asunto no terminó allí.
La siguiente semana regresó a llevar más mercadería para repartir; acudimos como siempre con las órdenes (invoices) para atender el pedido de embarque; como estaba a cargo de atender los pedidos necesariamente tenía que hablar con el boricua, así que me acerqué al camión, nos saludamos bien, entonces habló: _ Hola Augusto, ¿Cómo va todo? Mira que te traigo una cosa interesante, espero que no me digas que no, porque ya esto lo llevo preparando bastante tiempo y tiene que pegar esta vaina _ entonces sacó de su chaqueta una pistola, de las de 9mm para mostrármela.
_ ¡Qué pasó, boricua! ¿De qué me estás hablando? ¡Déjate de vainas, no vengas con esas cosas por aquí! _ respondí.
_ ¡Te estoy poniendo fácil la cosa! _ dijo; mientras hablaba, José y Tony se iban acercando con la mercadería.
_ Augusto, mi última oferta es de $ 5000 ni un peso más, te pago esa cantidad porque este tipo me tiene encojona’o y tengo que salir de él _ dijo finalmente.
_ Ya te dije que no puedo, ni quiero hacerlo boricua, los siento, no me quiero meter en líos aquí, estoy haciendo bien las cosas y me quiero quedar _ entonces me volvió a mostrar la pistola extendiéndomela para que la tomara en mis manos.
_ Mira que es liviana, fácil de manejar, no te va a dar problema, pruébala, está sin balas _ en eso, José me gritó que fuera a ayudarlo con uno de los cartones; le dije al boricua que regresaba en un momento; al llegar donde mi compañero, me dijo:
_ ¡Augusto, no seas bobo! ¡No agarres esa pistola, tus huellas van a quedar allí y te puede inculpar de alguna cosa que haga con ella! _ entendí no volví donde estaba el boricua, los delegué a Tony y José.
Cerrando este tema, puedo decir que fue una excelente temporada de trabajo y que en mi quedaron los mejores recuerdos.
THE CASHIER!
Aparte de la satisfacción que proporciona la estabilidad emocional por tener un trabajo que le permite sentirse bien con uno mismo, está el resultado intrínseco de ese esfuerzo diario que, en mi caso, se daba cada viernes: la remuneración.
El cheque semanal era el resultado de un trabajo diario el cual implicaba un horario normal y horas extras que compensaban el sábado no trabajado ya que había un acuerdo con el manager, para que pudiera respetar mi argumento basado en el libro de los cristianos que, en el Libro de Éxodo, capítulo 20, versículo 8 ordena claramente el descanso en el séptimo día:
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo”.
Mucha tela se ha cortado alrededor de estos mandatos, pero no es mi propósito establecer un debate sobre este tema, solo lo pongo aquí como referencia para entender mi posición ideológica en cuanto al por qué de mi horario de trabajo; era lógico que como lo compensaba con las horas extras o mi labor en el primer día de la semana (Domingo) no tenía problema con la empresa y mi cheque semanal lo recibía cada viernes.
Una de mis preocupaciones con el primer cheque recibido fue que no tenía la menor idea de cómo cobrarlo, porque la idea que tenía en mi mente era que el pago se realizaba en efectivo, este detalle no lo había aclarado anteriormente con nadie. El manager que era mi amigo me explicó que cerca del warehouse quedaba una oficina de cambios (Cashier) donde realizaban este tipo de operaciones, solo tenía que mostrar mi tarjeta de seguridad social (el Social Security) donde constaba un número y eso era suficiente para que me cambiaran el cheque, obviamente bajo un pequeño pago que cubría la operación.
Con esa explicación, acudí a esa oficina el primer viernes, con mi primer cheque en mano y lo cambié; todo se dio exactamente como me lo explicó mi amigo así que regresé a la empresa caminando, porque quedaba relativamente cerca; los dominicanos tenían sus documentos legales por lo tanto depositaban sus cheques en cuentas bancarias.
Empezaban los noventas, así que desde ese entonces pagaba impuestos y aunque recibía dinero de vuelta en la declaración del impuesto a la renta, durante mi tiempo de estadía en ese país, mi número de seguro social debe haber aparecido en rojo, eso era un hecho.
La gran importancia que estas oficinas de cambio tienen es por el tremendo favor que hacen en beneficio de las personas que carecen de una identidad legalizada; esta circunstancia dura poco tiempo si la persona que está en ese problema analiza la conveniencia de tener sus documentos en orden y empiezan a tramitar su residencia en el país que lo acoge.
La oficina de cambios o “Cashier” es la fuente segura para transformar una vida invisible en visible, el ilegal disminuye la carga negativa de su estado anímico, con la seguridad de que no tendrá problema al acercarse a cualquiera de estos locales para efectivizar esos cheques, productos de su esforzado trabajo diario. Esta operación, efectuada con éxito permite que el trabajador ilegal justifique su suave o atormentado viaje con el envío del dinero con que apoya a su familia en su país de origen. Quienes hayan realizado el viaje consiguiendo préstamos onerosos, empezarán a pagarlos, aquellos que hayan apostado todo su dinero en su proyecto del viaje, empezarán a recuperar la inversión. En todo caso, aprendí que la oficina de cambios o Cashier fue, es y será una bendición para la persona ilegal.
THAT’S WHAT I WANT!
Todavía no me había mudado a Brooklyn, por lo tanto permanecía hospedado en el departamento de mis buenos amigos-paisanos; una tarde, de regreso del trabajo, bajaba de la parada del tren en Roosevelt, para tratar de comer algo que no fuera hamburguesa o hot dog porque estaba empezando a hartarme de esa dieta, a la cual solo se sumaba una gaseosa. Caminaba a paso lento hacia Sunnyside, que era mi objetivo, observando en detalle los locales comerciales, no había recorrido mucho tiempo cuando vi un pequeño restaurante de comida rápida estilo coreano, decidí entrar para pedir arroz que no había comido cerca de un mes y se me antojó el plato chino que en mi país era conocido como “Chaulafán” (este tema fue tocado en el capítulo de Honduras), pero esta anécdota que contaré sucedió aquí.
Era la primera vez que iba a hacer uso del supuesto inglés que creía haber adquirido, por lo tanto llegué al mostrador bastante cohibido, así que a la voz del _May I help you? _ primero sentí una leve descarga eléctrica que recorrió mi espalda, pero pude articular mi respuesta _ Do you have “Chaulafán”? _ la mirada de sorpresa que me dirigió el coreano me desarmó totalmente, pero pensaba que no me había escuchado bien, por lo tanto repetí mi pregunta; después de la segunda mirada del coreano y de su _What are you talking about?_ What do you want?_ dos preguntas seguidas significaba que empezaba a ponerlo fuera de sus casillas; como el espacio era pequeño, alcanzaba a ver sin ningún problema lo que estaba comiendo una pareja sentada a un costado del mesón, clavé mi angustiada mirada en sus platos y alcancé a divisar el arroz…entonces señalando el plato, salió mi pedido desde el fondo de mi corazón _That’s what I want!_ lo dije dos veces.
El coreano sonrió y me dijo _That’s called Chicken Fried Rice!_ que viene siendo “Arroz frito con Pollo”; fue la lección que jamás olvidaría; el mejor acontecimiento en esos momentos, porque por lo menos empezaría a variar mi menú.
¡LOS DOMINICANOS!
Los primeros compañeros de trabajo que encontré en el warehouse fueron dos hermanos dominicanos: José era el mayor y Tony el menor, ambos tenían buen carácter, eran alegres, muy bromistas; cuando me integré al equipo Carlos me los presentó, en principio fui bien recibido por ellos, luego hubo un lapso, cuando rediseñé la estructura de control en la bodega, que fue el tiempo en que el manager me recompensó colocándome como intermediario entre él y los dominicanos, lo cual los hizo sentir envidia y me fastidiaron una o dos veces; fue allí cuando tuve que denunciar sus actos de sabotaje.
Siendo ellos quienes me entrenaron en la técnica del empaque y embalaje de la mercadería, les guardaba mucho respeto, lo guardo todavía en mis recuerdos, por lo que ellos me transmitieron cuando llegué desconociendo todo, a trabajar en el warehouse.
Los dominicanos en general son alegres, dicharacheros, bailarines contumaces, la música la llevan en la sangre como todos los caribeños. Mis compañeros de trabajo me invitaron varias veces a compartir reuniones con su familia, aunque yo no bailaba ni bebía, asistía por su generosidad así fui conociendo esa maravillosa gente y a su cultura.
En una de esas reuniones, conocí dos deliciosos ejemplos del arte culinario de los dominicanos: “El Mofongo y el Morir Soñando”, el primero era solo una variación del “Bolón de Verde” ecuatoriano, pero el segundo era una marca registrada de ese hermoso pueblo que se me metió en el corazón, estómago y mente, llegando a pedir la receta para agregarlo a mi menú particular. Años después, en mi tierra, en mi casa, lo seguía haciendo porque llegué a considerarlo como parte de mi heredad cultural por adopción.
Las reuniones me llevaron a conocer bastante sobre la gente dominicana, sus expresiones idiomáticas, de las cuales conservo algunas que uso todavía; además llegué a diferenciarlos fácilmente de otros latinos por su fraseología; eso me llevó a establecer contacto a la salida del metro con una hermosa dominicana, cuando tropecé y solté un _ ¡Coño…esto está más roto que el rabo’ el Diablo! _ Cuando terminé la expresión, la muchacha que venía detrás soltó una carcajada y me dijo: _Muchacho, ¿pero es que tú no viste el agujero?_
En ese momento me viré y mientras ella seguía riendo en medio del gentío que subía en esa salida del subway, yo solo atiné a sonreír y darle las gracias por su “preocupación”; dado que se quedó parada frente a mí, tampoco caminé, ella me miró un poco asombrada y dijo _¿De dónde tú eres? ¿Eres dominicano? _ le contesté que no, que lo que había escuchado era una frase que se me había pegado de mis compañeros de trabajo que si lo eran. Lo entendió, luego me preguntó que cuál era mi nacionalidad, que dónde trabajaba, le dije que era ecuatoriano, que trabajaba en un warehouse, le conversé de José y Tony, que eran dominicanos, que eran también mis vecinos de barrio; ella me conversó que vivía muy cerca de nosotros, que le gustaría intercambiar números de teléfonos, lo cual hicimos.
Antes de despedirnos me di cuenta de que estuvimos midiéndonos: ella me miraba escrutadoramente, yo no pude evitar hacerlo tampoco, cuando noté que no se despidió rápidamente la supe interesada, me agradó mucho la idea porque era una mujer muy bonita, de mi estatura, muy blanca, cabello negro, rizado, ojos verdes, su cuerpo era casi perfecto, vestía un pantalón de mezclilla ese día, que combinaba con una camiseta negra ajustada a su cuerpo la cual resaltaba su figura. Me dijo que se llamaba Altagracia; le di el mío y luego de finalizar con nuestras encuestas visuales nos despedimos y volvimos a la realidad de nuestras vidas en la ciudad que nunca duerme.
¡BROOKLYN: EL SÓTANO!
Cuando una persona llega a un país que no es el propio, con todos los documentos en regla tiene bien claro el contenido de su itinerario o plan con el que inició su viaje; el tema también contempla tener dinero en mano (o cartera) para sustentarse, pasear, acogerse en alguna parte cuando necesite refugio, llámese casa de amigos u hoteles en el tiempo de su estadía, tan bien calculado como es todo eso se entiende que no puede fallar.
Por el contrario, cuando la situación se presenta en el caso de las personas sin documentos legales, todo es al acaso, al azar, aunque tuviera planes diseñados con anticipación desde el inicio del viaje porque en el camino van sucediendo cosas que cambian la perspectiva. El riesgo de este tipo de viaje es el de perder la vida en cualquier momento si se pone en manos de un “coyotero” que no tenga principios ni valores.
En el segundo escenario, el del viajero ilegal, llegar donde quería y encontrar apoyo para la sostenibilidad es encontrar éxito en el auto exilio; en mi caso particular, habiendo conseguido completar los primeros puntos, la estabilidad emocional fue mejorando; en ese momento ya podía salir de la casa donde estaba refugiado; por lo tanto, cuando conversé en el trabajo sobre la idea de buscar un lugar propio para vivir, fueron mis compañeros dominicanos quienes me propusieron que me mudara al condado de Brooklyn donde ellos vivían; les contesté que me gustaría que averiguaran y me lo dijeran apenas pudieran.
Lo hicieron al siguiente día, apenas llegaron a la empresa me comunicaron que cerca de donde ellos tenían su casa había un cuarto para alquilar, me aseguraron que el dueño de la casa, de nombre Juan, era un portorriqueño muy buena persona; les agradecí, dije que en la tarde iría con ellos para conversar con él y nos dedicamos a trabajar. A la hora del almuerzo, salimos a comprar en el camión de comida que se estacionaba todos los días cerca de la empresa y continuamos conversando acerca del cuarto, ellos me confirmaron que estaba libre, pero que quedaba en el sótano, lo cual no me incomodaba en absoluto. Al término de la jornada, fuimos en el automóvil de Tony y José a su barrio, para hablar con el dueño de la mencionada casa, cuando llegamos, estacionamos justamente al frente de ella, descendimos y avanzamos hasta la entrada, pero vimos a un hombre salir por el lado derecho de la fachada, subiendo unos cuantos peldaños hasta llegar donde nosotros, lo saludamos, mis compañeros me presentaron con el formalmente, Juan me dijo que los hermanos dominicanos habían dado una buena referencia de mí, que no tenía ningún inconveniente en alquilarme el cuarto que estaba ubicado al fondo del sótano, el pago sería de setenta dólares semanales, como nosotros cobrábamos del mismo modo (cada semana), no vi ningún problema.
No firmamos ningún contrato, fue un acuerdo entre caballeros como dicen en ciertos países. Luego conversé con la familia que me había protegido durante los primeros meses; ellos entendieron el tema, les agradecí profundamente por todo lo que habían hecho, nos despedimos fraternalmente; tuve que despedirme con mucha tristeza de sus tres nenes porque me sentía parte de ellos, pero se trataba de respetar una situación grave que atravesaban sus padres en su relación como pareja, tocaba entonces analizar bien esa problemática, ya había tratado de ayudar conversando con cada uno, al fallar, pensé en respetar su pensamiento…y empecé con la mudanza.
Se pueden tener deseos y mucha esperanza de vivir bien, o por lo menos con decencia en esa inmensa ciudad, pero para el ilegal es un sueño que se puede convertir en pesadilla, porque a menos que haya llegado con mucho dinero, los costos de vivienda o alquiler de casas, departamentos o estudios son altos, con nivel de inalcanzables. Mientras duró mi estadía en la ciudad que nunca duerme, esos nueve metros cuadrados fueron la esencia de un bunker donde llegaba a refugiarme, era mi mundo, si bien era pequeño, carente de luz y ventilación natural, tenía lo necesario.
El sótano tenía un corredor estrecho en el centro, se dividía en dos alas: en la izquierda se ubicaba el cuarto de Juan, justo en la entrada porque había decidido alquilar las dos plantas de la casa y vivir abajo, lo cual le permitiría tener esos dos ingresos libres; después de su cuarto, había uno central que lo alquilaba otro portorriqueño, al frente de este, en el lado derecho estaba un mesón de cocina en L, un refrigerador, seguido por el único baño que teníamos. Las paredes internas estaban hechas de madera.
En mi cuarto, que no tenía ventanas por ningún lado, por lo menos había sistema de ventilación-calefacción que nos protegía; ya estaba el teléfono que me conectaba directamente con los míos, además del servicio de televisión por cable que cubría parte de mi tiempo. Cosa rara, siendo músico nunca compré una guitarra, pero me entretenía escribiendo artículos, canciones, poemas.
Después del encuentro con la dominicana a la salida del metro, los días fueron, en cierto sentido, normales, cumpliendo la misma agenda. Pasaron dos semanas antes de que nos pusiéramos en contacto; una noche estaba descansando, riendo ridículamente solo con el episodio de “El Apartamento” en el programa de Jerry Senfield, cuando sonó el teléfono, como no tenía identificador de llamada tuve que contestar, a esa hora no podía ser un vendedor, ni nadie que estuviera haciendo encuestas, supuestamente iba a lo seguro. Levanté el auricular y dije: _ Hellooo! _ dando ese pequeño alargamiento a la o, para hacerlo fonéticamente agradable, además era así como lo había escuchado en la televisión.
_Hiii! I’m calling you because I have a wonderful device…! Tu tu tu tu tu _ ese último sonido lo hice yo mismo con la boca para quitarme de encima esa llamada porque me di cuenta que era un avezado vendedor y no quise perder el tiempo, Volví entonces a prestar atención al programa televisivo que estuve viendo.
Una tercera llamada atendí a regañadientes, contestando del mismo modo siempre, pero en esta ocasión no fue un vendedor…era Altagracia, la dominicana de la salida del metro; preguntó primero si había superado lo del tropezón, le dije que sí, que no tenía ningún problema de salud por ese resbalón; nuestra conversación era ligera, como de amigos neutrales, ella preguntaba sobre mi estado civil actual, como que le interesaba saber si tenía alguna pareja, a esa pregunta le contesté con la verdad, que estaba casado (no sabía del intento de divorcio), con dos hijos, pero que no estaban en el país, luego preguntó sobre el trabajo, también le respondí sobre el tema; el asunto es que me parecía que eran preguntas de una encuesta que estaba contestando.
Charlamos un rato más, ella me habló de lo suyo a breves rasgos, pero el punto más importante de su conversación fue saber que tenía tres hijos con los que estaba lidiando; luego, como viejos conocidos nos despedimos con la promesa de volver a contactarnos, lo cual ocurrió pocos días después, para lo cual quedamos en encontrarnos en la misma salida del metro, donde ocurrió el incidente, le di la hora aproximada en la que bajaría a la calle donde estaba la pizzería que se había convertido en mi segundo bunker, pero ella me dijo que me esperaría arriba, en uno de los asientos de la plataforma.
En el tren, cuando se abrieron sus puertas, salí a la plataforma, allí estaba ella esperando pacientemente, le pregunté si había esperado mucho, me dijo que no, que solo tenía alrededor de cinco minutos esperando. Bajamos, le pedí que me acompañara a la pizzería porque era como un rito que no iba a dejar de hacer por nadie, esos dos pedazos de pizza con queso extra y mi café regular con dos bloques de azúcar eran mi cena diaria, solo cambiaba la bebida de vez en cuando, cuando eso sucedía solicitaba que me sirvieran té helado.
Caminamos poco, la pizzería estaba ubicada a pocos metros de la escalera de hierro que nos permitía bajar directamente a la acera donde ésta se encontraba; entramos, nos saludamos con el dueño quien ya me conocía, poco a poco se había acostumbrado a verme llegar noche tras noche y pedir el mismo menú, pero esta vez, viéndome acompañado nos indicó una mesita, luego se acercó para receptar el pedido, lo hizo hablando directamente con ella, ignorándome, porque ya sabía lo que yo iba a pedir.
Yo, con mi té helado, mis dos pedazos de pizza, ella con sus dos de pepperoni y un vaso enorme de una popular bebida gaseosa, comenzamos nuestra nada romántica cena; adiviné, a través de la conversación y su afán por encontrarse conmigo en mi propio terreno que su encuesta privada seguía efectuándose; probablemente, además de lo bien que le había caído como persona, estaba comprobando que no fuera irreal.